sábado, 29 de marzo de 2014

Para Siempre-Capitulo 30

Capitulo 30




Miley estaba sentada en el salón a última hora de la tarde, esperando a que Nicholas regresara de hacer unos recados, cuando el anciano mayordomo que presidía la casa de Londres apareció en el umbral de la puerta.
—Su excelencia, la duquesa de Claremont, desea verla, milady. Le dije...
—Me dijo que no recibías visitas —irrumpió bruscamente la anciana duquesa, entrando en la sala para ho-rror del mayordomo—.. El pobre est/úpido parece no entender que yo soy de la «familia» no una «visita».
—¡Abuela! —estalló Miley, poniéndose de pie de un salto nerviosa y sorprendida por la aparición inesperada de la huraña anciana.
La cabeza con turbante de la duquesa se volvió hacia el conmocionado criado.
—¡Lo ve! —le soltó, ondeando su bastón ante el mayordomo—. ¿Lo ha oído? ¡Abuela! —remarcó con satisfacción.
Murmurando disculpas lamentables, el mayordomo hizo una reverencia y salió de la sala, dejando con aprehensión a Miley enfrentarse a su pariente, que se sentó en una silla y dobló las manos de venas azules sobre la empuñadura enjoyada de su bastón, escrutando minuciosamente los rasgos de Mileu.
—Pareces bastante feliz —concluyó, como si estuviera sorprendida.
—¿Has venido aquí desde el campo por eso? —preguntó Miley, sentándose frente a ella—. ¿Para comprobar si soy feliz?
—He venido a ver a Wakefield —anunció ominosamente su excelencia.
—No está aquí —le explicó Miley, abatida por la repentina expresión de gravedad de la duquesa.
El rostro de su bisabuela se ensombreció.
—Lo sé. ¡Todo Londres sabe que él no está aquí contigo! ¡Pienso localizarlo y llamarle al orden, aunque tenga que perseguirlo por toda Europa!
—Encuentro asombroso —dijo Nicholas arrastrando las palabras divertido mientras entraba en el salón— que casi todo el mundo que me conozca me tema, salvo mi mujercita, mi joven cuñada y usted, señora, que tiene tres veces mi edad y un tercio de mi peso. Solo puedo suponer que el valor, o la temeridad, se transmiten por la vía sanguínea junto con los rasgos físicos. Sin embargo —acabó, sonriendo—, adelante. Le permito que me llame al orden aquí mismo en mi propio salón.
La duquesa se puso en pie y le dirigió una mirada fulminante.
—¡Así que por fin ha recordado dónde vive y que tiene una esposa! —le espetó imperiosamente—. Le dije que le haría responsable de la felicidad de Miley y no la está usted haciendo feliz. ¡Nada feliz!
La mirada especulativa de Nicholas se cruzó con la de Miley, pero sacudió la cabeza con asombro y se encogió de hombros. Satisfecho porque Miley no era responsable de la opinión de la duquesa, rodeó los hombros de Miley con el brazo y dijo con voz templada:
—¿En qué sentido estoy faltando a mis deberes como esposo?
La duquesa se quedó boquiabierta.
—¿En qué sentido? —repitió con incredulidad—. Aquí está usted con el brazo en sus hombros, ¡pero sé de muy buena fuente que ha estado en su cama solo seis veces en Wakefield!
—¡Abuela! —irrumpió Miley horrorizada.
—Silencio, Miley —dijo, dirigiendo su mirada como puñales hacia Nicholas y continuando—: Dos de sus criados están emparentados con dos de los míos y ellos me contaron que Wakefíeld Park estaba revolucionado cuando se negó a ir a la cama de su esposa durante una semana después de la ceremonia.
Miley emitió un lamento de mortificación y el brazo de Nicholas se tensó cariñosamente alrededor de sus hombros.
—Bien —masculló la duquesa—, ¿qué tiene que decir a eso jovencito?
Nicholas levantó intencionadamente una ceja.
—Yo diría que parece ser que necesito tener unas palabras con mis criados.
—¡No se atreva a airear este tema! Usted, entre todos los hombres, debería saber cómo conservar a una esposa en su cama a su lado. Sabe Dios que la mitad de las mujeres casadas de Londres han estado suspirando por usted durante estos últimos cuatro años. Si fuera usted un afectado lechuguino engolado hasta la barbilla, podría entender que no supiera cómo proceder para darme un heredero...
—Pretendo hacer de su heredero mi principal prioridad —le interrumpió Nicholas arrastrando las palabras con divertida gravedad.


—No toleraré más titubeos al respecto —le advirtió algo aplacada.
—Ha sido muy paciente —admitió con gracia.
Ignorando su chanza, la dama asintió.
—Ahora que nos entendemos, debería invitarme a comer. Aunque no puedo quedarme mucho rato.
Con una mirada perversa, Nicholas le ofreció el brazo.
—Sin duda, tiene intención de hacernos una visita más larga en fecha posterior, digamos, por ejemplo, dentro de nueve meses.
—Hasta la fecha —afirmó con arrogancia, pero cuando miró a Miley tenía los ojos risueños. Mientras se dirigían al comedor, se inclinó hacia su bisnieta y susurró—: Atractivo diablillo, ¿verdad, querida?
—Mucho —coincidió Miley, dándole unos golpecitos en la mano.
—Y a pesar de los chismes que he oído, eres feliz, ¿verdad?
—Más de lo que acierto contar con palabras —le contestó Miley.
—Me gustaría que vinieras a visitarme algún día, pronto. Claremont House se encuentra solo a veinticuatro kilómetros de Wakefíeld, siguiendo la carretera del río.
—Iré muy pronto —le prometió Miley.
—Puedes traer a tu marido.
—Gracias.


En los días que siguieron, el marqués y la marquesa de Wakefield asistieron a muchas de las más resplandecientes funciones de la buena sociedad londinense. La gente ya no murmuraba sobre su supuesta crueldad con su primera esposa, pues era evidente para todos que Nicholas, lord Fielding, era el más devoto y generoso de los maridos.
Bastaba con echar una mirada a la pareja para ver que lady Miley estaba resplandeciente de felicidad y que su alto y guapo marido la adoraba. En realidad, dio pie a considerable jocosidad cuando la buena sociedad contempló al antes distante y austero Nicholas Fielding sonriendo cariñosamente a su flamante esposa mientras bailaba un vals con ella o riéndose a carcajadas en mitad de una obra tras un comentario al oído de ella.
Muy pronto, se convirtió en opinión consensuada que el marqués había sido el hombre más vilipendiado, incomprendido y juzgado erróneamente del mundo. Los caballeros y las damas que en el pasado lo habían tratado con precavida cautela ahora buscaban enérgicamente su amistad.
Cinco días después de que Miley intentase acabar con las murmuraciones acerca de su marido ausente, hablando de él en los más elogiosos y admirativos términos, lord Amstrong visitó a Nicholas para pedirle consejo sobre cómo ganar la cooperación de sus criados y arrendatarios. Lord Fielding parecía impresionado, luego sonrió e insinuó a lord Amstrong que consultase a lady Fielding sobre ese tema.
Esa misma noche en White's, lord Bimworthy maldijo de buen humor a Nicholas por la última compra de un escandalosamente caro conjunto de zafiros que había hecho lady Bimworthy. Lord Fielding le dirigió una mirada de sorpresa, apostó quinientas libras a la próxima mano de cartas y al cabo de un momento despojó a lord Bimworthy de esa suma.
La tarde siguiente en Hyde Park, donde Nicholas enseñaba a Miley a conducir el espléndido faetón alto que le había comprado, un carruaje se detuvo bruscamente y tres ancianas damas lo contemplaron.
—¡Increíble! —exclamó la condesa Draymore a sus amigas mientras escrutaba los rasgos de Nicholas a través del monóculo—. ¡Está casada con Wakefield! —se volvió hacia sus amigas—. Cuando lady Miley dijo que su esposo era «la misma esencia de la afabilidad y la bondad», ¡pensé que estaría hablando de algún otro!
—No solo es afable sino valiente —cacareó la más anciana de las damas, observando a la pareja pasando a toda velocidad por el camino—. ¡Ella ha estado a punto de volcar ese faetón en dos ocasiones!
Para Miley la vida se había convertido en un arco iris de placeres. Por la noche, Nicholas le hacía el amor y le enseñaba a hacérselo a él. Bañaba sus sentidos de placer y extraía de ella una pasión tempestuosa de la que no sabía que era capaz, y luego la compartían. Ella le había enseñado a confiar y ahora se entregaba a ella por completo, en cuerpo, corazón y alma. No le negaba nada y se lo daba todo: su amor, su atención y cualquier regalo que se le pudiera ocurrir por veleidoso o extravagante que fuera.
Había rebautizado su elegante yate con el nombre de Miley y la había persuadido para que navegara con él por el Támesis. Cuando Miley comentó que había disfrutado navegando por el Támesis más que por el océano, Nicholas encargó que se construyera otro yate para su uso exclusivo, amueblado por completo en azules pálidos y dorados, para la comodidad de Miley y sus amigos. Esa pieza de espectacular extravagancia hizo que la señorita Wilber comentase celosa a un grupo de amigos en un baile:
—¡Vivo sobre ascuas preguntándome qué será lo próximo que le compre Wakefield para superar el yate!
Robert Collingwood levantó el cejo y sonrió a la envidiosa joven:
—¿El Támesis, tal vez?
Para Nicholas, que nunca antes había conocido la dicha de ser amado y admirado, no por lo que poseía o por lo que aparentaba ser, sino por lo que realmente era, la serena paz interior que sentía era la felicidad absoluta. Por la noche, no podía abrazarla lo bastante ni lo bastante fuerte. Durante el día, se la llevaba a comidas campestres y a nadar con ella en el arroyo de Wakefield Park. Cuando estaba trabajando, ella estaba siempre en su mente, haciéndole sonreír. Quería rendirle el mundo a sus pies, pero lo único que quería Miley era a él y ese conocimiento le llenaba de profunda ternura. Nicholas donó una fortuna para construir un hospital cerca de Wakefield —el Hospital Patrick Seaton—, luego hizo preparativos para que se construyera otro en Portage, Nueva York, también en honor al padre de Miley.


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