martes, 17 de febrero de 2015

Lecciones Privadas-Capítulo 6

Capitulo 6

Una ira sulfúrica ardió en aquellos ojos negros como la noche.
-Y, naturalmente, habéis pensado en el indio -escupió las palabras como balas por entre los dientes. Dios, aquello no podía estar ocurriendo otra vez. Dos veces en una sola vida, no. La primera vez casi había acabado con él. Sabía que no podía volver a aquel agujero infernal, fuera lo que fuese lo que tuviera que hacer para impedirlo.
-Sólo estamos interrogando a algunas personas. Si tienes coartada, no habrá ningún problema. Serás libre de irte.
-Y supongo que habéis ido a buscar a todos los rancheros de por aquí, ¿no? ¿Estáis interrogando a Eli Baugh en la oficina del sheriff?
El semblante de Clay se oscureció, lleno de ira.
-No.
-Sólo al indio, ¿eh?
-Tú tienes antecedentes -replicó Clay, incómodo.
-No tengo... ni... una... sola... condena... anterior -bramó Nick-. Fui absuelto.
-¡Maldita sea, eso ya lo sé! -gritó de pronto Clay-. A mí me han dicho que venga a buscarte. ¡Sólo estoy cumpliendo con mi trabajo!
-Ah, bueno, haberlo dicho antes. No quisiera impedir que un hombre cumpla con su trabajo -contestó Nick con sarcasmo, y echó a andar hacia su camioneta-. Iré detrás de ti.
-Puedes venir en mi coche. Yo te traeré luego.
-No, gracias. Prefiero tener mi propio medio de transporte, por si acaso el sheriff decide que me vendrá bien un paseo.
Clay se dio la vuelta maldiciendo en voz baja y se montó en el coche. Sus neumáticos levantaron una nube de polvo y grava cuando enfiló de nuevo la carretera de la montaña, con Nick tras él, levantando aún más polvo y más grava.
Miley empezó a temblar. Al principio sólo se estremecía suavemente, pero pronto sus temblores se convirtieron en intensos escalofríos que sacudían todo su cuerpo. Joe permanecía inmóvil, como petrificado, con los puños cerrados. De pronto se volvió y dio puñetazo al capó de la camioneta.
-No pueden volver a hacerle esto, Dios mío -musitó-. Otra vez no.
-No, claro que no -Miley seguía temblando, pero irguió los hombros-. Si tengo que recurrir a todos los jueces y los tribunales de este país, lo haré. Llamaré a los periódicos, a las cadenas de televisión, llamaré a... oh, ellos no tienen ni idea de a cuánta gente puedo llamar.
Todavía contaba con la red de contactos que había dejado en Savannah. Podía pedir más favores de los que sería capaz de contar el sheriff de aquel condado. ¡Iba a dejarlo en paños menores!
-¿Por qué no te vas a casa? -sugirió Joe con desgana.
-Quiero quedarme.
Joe esperaba que se acercara serenamente a su coche, y al oír su respuesta la miró por primera vez. En el fondo, había creído que a Miley le faltaría tiempo para marcharse, que Nick y él se quedarían de nuevo solos, como siempre habían estado. Estaban acostumbrados a estar solos. Pero Miley no se movía. Tenía los ojos azul pizarra llenos de fuego y la delicada barbilla levantada, con aquella expresión que Joe había aprendido a reconocer y que parecía desafiar al mundo entero, como si no tuviera intención de moverse de la montaña.
Joe, al que las circunstancias habían obligado a crecer a marchas forzadas, la abrazó de pronto, absorbiendo con avidez su fortaleza, consciente de que iba a necesitarla. Y Miley le devolvió el abrazo. Era el hijo de Nick, y estaba dispuesta a protegerlo con todas sus fuerzas.


Eran más de las nueve cuando oyeron la camioneta de Nick, y una mezcla de crispación y alivio los dejó paralizados; crispación porque temían saber lo que había ocurrido, y alivio porque Nick estaba en casa, y no encerrado en prisión. Miley no lograba imaginarse a Nick encerrado, a pesar de que sabía que había pasado dos años en la cárcel. Era demasiado salvaje, como un lobo imposible de domar. Encerrarlo había sido un acto tan cruel como obsceno.
Nick entró por la puerta de atrás y se quedó parado, mirándola. Su cara morena permanecía inexpresiva. Joe y ella estaban sentados a la mesa de la cocina, tomándose una taza de café.

-¿Qué haces aquí todavía? Vete a casa.

Miley ignoró la lisura de su voz. Estaba tan enfadado que ella casi podía sentir el ardor de su ira desde el otro lado de la habitación, aunque sabía que no iba dirigida contra ella. Se levantó, tiró su café tibio al fregadero, sacó otra taza del armario y sirvió café recién hecho en las dos tazas.

-Siéntate, bébete el café y cuéntanos qué ha pasado -dijo con su mejor tono de maestra.

Nick aceptó el café, pero no se sentó. Estaba demasiado enfadado para sentarse. La ira que bullía dentro de él despojaba a sus movimientos de su habitual fluidez. Aquello había vuelto a empezar, y él no pensaba ir de nuevo a prisión por algo que no había hecho. Lucharía con uñas y dientes, con todas las armas a su alcance, pero prefería morir antes que volver a la cárcel.

-Te han soltado -dijo Joe.
-No les ha quedado más remedio. A la chica la violaron sobre mediodía. A esa hora yo estaba. entregando dos caballos en el Barra W R. Wally Rasco lo verificó, y al sheriff no se le ocurrió ningún modo de demostrar que podía estar a la vez en dos sitios separados por casi cien kilómetros de distancia, así que tuvo que soltarme.
-¿Dónde ha sido?

Nick se frotó la frente y luego se pinzó la nariz entre los ojos como si le doliera la cabeza; o tal vez estuviera sólo cansado.

-La chica tenía el coche aparcado en el camino de entrada a su casa. La agarraron por detrás cuando se montó en el coche. El tipo la obligó a conducir casi una hora y luego le dijo que se apartara a la cuneta.
Ella no le vio la cara en ningún momento porque llevaba un pasamontañas. Pero vio que era alto, y al sheriff le bastó con eso.

-¿La cuneta? -balbució Miley-. Qué raro. No tiene sentido. Ya sé que por aquí no hay mucho tráfico, pero aun así podría haber pasado cualquiera.
-Sí.Y, además, la estaba esperando a la entrada de su casa. Es todo muy extraño.

Joe se puso a tamborilear con los dedos sobre la mesa.

-Tal vez haya sido algún forastero que pasaba por aquí.
-¿Cuánta gente pasa por Ruth? -preguntó Nick ácidamente-. ¿Y cómo iba a saber un forastero cuál era el coche de esa chica, y cuándo iba a salir ella de casa? ¿Y si el coche hubiera sido de un hombre? Era mucho riesgo, sobre todo teniendo en cuenta que la violación parece ser el único móvil, porque no la robó, aunque ella llevaba dinero encima.
-¿Están manteniendo en secreto la identidad de la chica? -preguntó Miley.

Nick la miró.

-No seguirá siendo un secreto por mucho tiempo, porque su padre se presentó en la oficina del sheriff con un rifle y amenazó con reventarme las tripas. Se armó mucho jaleo, y la gente habla.

Su rostro seguía siendo inexpresivo, pero Miley sentía la amarga rabia que lo embargaba. El fiero orgullo de Nick había sido arrastrado por el polvo otra vez. ¿Cómo había soportado permanecer sentado en la oficina del sheriff, escuchando insultos y amenazas? Porque Miley sabía que lo habían insultado vilmente por el solo hecho de que era un mestizo y lo habían llevado a interrogar. Nick se lo guardaba para sí, procuraba dominarse, pero su ira resultaba evidente.

-¿Qué pasó?
-Armstrong calmó los ánimos. Luego llegó Wally Rasco y lo aclaró todo, y el sheriff me dejó marchar con una cordial advertencia.
-¿Una advertencia? -Miley se levantó de un salto, con los ojos brillantes-. ¿Qué advertencia?

Nick le pellizcó la barbilla y le lanzó una sonrisa fría y cruel.

-Me advirtió que me mantuviera apartado de las mujeres blancas, tesoro. Y eso es lo que pienso hacer. Así que vete a casa ahora mismo y quédate allí. No te quiero ver más en mi montaña.
-No era eso lo que decías en el establo -replicó ella, y luego miró a Joe y se sonrojó. El chico se limitó a enarcar una ceja y pareció extrañamente satisfecho de sí mismo. Miley prefirió no darse por enterada y se volvió hacia Nick-. No puedo creer que vayas a permitir que ese ******* del sheriff te diga con quién puedes relacionarte.

Él la miró entornando los ojos.

-Puede que todavía no te hayas dado cuenta, pero esto ha empezado otra vez. No importa que Wally Rasco verificara mi coartada. Todo el mundo va a acordarse de lo que pasó hace diez años, y de lo que sintieron entonces.

-Pero de eso también te exculparon, ¿o es que eso no cuenta?
-Para algunos sí -reconoció él finalmente-. Pero no para la mayoría. Ya me tenían miedo. No les gusto, y no se flan de mí. Seguramente no podré comprar nada en el pueblo, ni comida, ni gasolina, ni pienso para los caballos hasta que atrapen a ese *******. Y cualquier mujer blanca que tenga algo que ver conmigo corre el peligro de que la embreen y la emplumen.
Así que era eso. Seguía intentando protegerla. Miley lo miró con exasperación.

-Nick, me niego a vivir de acuerdo con los prejuicios de los demás. Te agradezco que intentes protegerme, pero...

Él apretó los dientes, y Miley sintió su chasquido.

-¿Ah, sí? ¿Me lo agradeces? -dijo él con sarcasmo-. Entonces vete a casa y quédate allí, que yo me quedaré aquí.
-¿Por cuánto tiempo?

En lugar de contestar a su pregunta, Nick respondió con una evasiva.


-Siempre seré un mestizo.
-Y yo siempre seré la que soy. No te he pedido que cambies -replicó ella, y el dolor que sentía se hizo presente en su voz.

Miró a Nick con anhelo, como ninguna otra mujer lo había mirado jamás, y él sintió que su rabia se intensificaba porque no podía tomarla en sus brazos y proclamar a los cuatro vientos que era suya. La advertencia del sheriff no admitía dudas, y Nick sabía muy bien que la hostilidad hacia él crecería pronto hasta alcanzar proporciones explosivas. Quizá estallara sobre Miley, y ya no lo preocupaba únicamente que pudiera perder su trabajo. Un empleo no era nada comparado con el daño físico que podía sufrir. La gente del pueblo podía aterrorizarla, podía saquear su casa, insultarla y escupirle; podía agredirla físicamente. Miley era frágil y delicada, a pesar de su determinación, y se encontraría impotente ante cualquiera que quisiera hacerle daño.

-Lo sé -dijo Nick finalmente, y a pesar de sí mismo alargó la mano para tocarle el pelo-. Vete a casa, Miley. Cuando esto acabe... -se detuvo porque no quería hacer promesas que tal vez no pudiera cumplir, pero lo que dijo bastó para encender un destello en los ojos de Miley.
-Está bien -murmuró ella, apoyando su mano sobre la de él-. Por cierto, quiero que te cortes el pelo.

Él pareció sorprendido.

-¿El pelo?
-Sí. Tú quieres que lleve el pelo suelto, y yo quiero que te lo cortes.
-¿Por qué?

Ella le lanzó una mirada incisiva.

-No lo llevas largo porque seas indio. Lo llevas largo para molestar a la gente, para que nunca olviden tu sangre india. Así que córtatelo.
-No seré menos indio por llevar el pelo corto.
-Ni lo eres más por llevarlo largo.

Miley parecía dispuesta a quedarse allí parada hasta que le prometiera que iba a cortarse el pelo. Nick cedió bruscamente, mascullando:

-Está bien, me cortaré el pelo.
-Bien -ella le sonrió y se puso de puntillas para besarlo en la comisura de la boca-. Buenas noches. Buenas noches, Joe.
-Buenas noches, Miley.

Cuando ella se hubo ido, Nick se pasó cansinamente la mano por el pelo y frunció el ceño al darse cuenta de que acababa de prometer que iba a cortárselo. Al levantar la vista, descubrió que Joe estaba observándolo fijamente.

-¿Qué vamos a hacer? -preguntó el chico.
-Lo que haga falta -contestó Nick con expresión implacable.

A la mañana siguiente, cuando fue a hacer la compra, Miley descubrió que todas las personas que había en la tienda estaban arremolinadas en pequeños grupos, hablando en voz baja sobre la violación. Pronto averiguó la identidad de la chica. Era Cathy Teele, cuya hermana pequeña, Christa, iba a su clase. Mientras recogía las cosas que necesitaba, Miley oyó decir que la familia Teele estaba destrozada.
Junto al estante de la harina se encontró a Dottie Lancaster, que iba acompañada por un joven que Miley supuso era su hijo.

-Hola, Dottie -la saludó amablemente, a pesar de que creía posible que fuera ella quien había difundido el rumor acerca de su relación con Joe.
-Hola -Dottie tenía una expresión preocupada, en lugar de amarga, como era habitual en ella-. ¿Te has enterado de lo de la pobre niña de los Teele?
-No he oído hablar de otra cosa desde que entré en la tienda.
-Arrestaron a ese indio, pero el sheriff tuvo que soltarlo. Espero que a partir de ahora tengas más cuidado con las compañías que frecuentas.
-A Nick no lo arrestaron -Miley logró mantener una voz serena-. Lo interrogaron, pero estaba en el rancho de Wally Rasco cuando ocurrió la agresión, y el señor Rasco confirmó su coartada. Nick Mackenzie no es un violador.
-Un tribunal de justicia dijo que lo era y lo sentenció a prisión.
-Pero lo absolvieron cuando el verdadero violador fue atrapado y confesó el crimen por el que Nick había sido condenado.

Dottie se echó hacia atrás con el rostro lívido.

-Eso es lo que dice ese indio, pero, que nosotros sepamos, sólo salió en libertad condicional. Salta a la vista de qué lado estás. Claro que has estado codeándote con esos indios desde el día que llegaste a Ruth. En fin, señorita, hay un viejo refrán que dice que quien duerme con perros con pulgas se levanta. Los Mackenzie son unos sucios indios y...
-No digas ni una palabra más -la interrumpió Miley, sofocada, y dio un paso hacia ella. Estaba furiosa; tenía tantas ganas de abofetear el rostro desdeñoso de aquella mujer que le cosquilleaba la mano. La tía Ardith solía decir que una dama nunca montaba una escena, pero en ese momento Miley estaba dispuesta a renunciar para siempre a cualquier pretensión que tuviera de ser una dama-. Nick es un hombre decente y trabajador, y no voy a permitir que ni tú ni nadie diga lo contrario.

Dottie tenía la cara jaspeada de manchas rojas, pero algo en los ojos de Miley le hizo morderse la lengua. Al fin se inclinó hacia ella y siseó:

-Será mejor que te andes con cuidado, ilusa, o te vas a meter en un buen lío.

Miley apretó la mandíbula y también se inclinó hacia ella.

-¿Me estás amenazando? -preguntó con fiereza.
-Mamá, por favor -murmuró con nerviosismo el joven que permanecía detrás de Dottie, y tiró del brazo de su madre.

Dottie se volvió para mirarlo y de pronto cambió de semblante. Retrocedió y le dijo a Miley con desprecio:

-Acuérdate de lo que te he dicho -y se alejó.

Bobby, su hijo, corrió tras ella retorciéndose las manos con nerviosismo. Miley lamentó enseguida haberse enzarzado en aquella horrible escena; por lo que Joe le había dicho, Bobby ya lo pasaba bastante mal intentando resolver sus problemas cotidianos como para añadir otros más a su lista.
Miley respiró hondo varias veces para intentar recuperar la compostura, pero casi volvió a perderla cuando, al volverse, descubrió a varias personas paradas en el pasillo, mirándola. Estaba claro que todos habían oído hasta la última palabra de su conversación con Dottie, y parecían al mismo tiempo ávidos y escandalizados. Miley no dudaba de que la noticia se extendería por todo el pueblo en menos de una hora: ¡dos de las profesoras discutiendo por Nick Mackenzie! Se puso a rezongar para sus adentros mientras recogía un paquete de harina. Otro escándalo era justo lo que necesitaba Nick.
En el siguiente pasillo se encontró con Cicely Karr y, al recordar los comentarios que había hecho en la reunión de la junta escolar, no pudo refrenarse y le dijo:

-He recibido una carta del senador Allard, señora Karr. Va a recomendar a Joe Mackenzie para que ingrese en la Academia -su voz sonaba desafiante aun a sus propios oídos.

Pero, para su sorpresa, la señora Karr pareció gratamente sorprendida.

-¿De veras? Vaya, nunca lo hubiera creído. Hasta que Eli me lo explicó, no sabía que es un verdadero honor -luego, de pronto, se puso seria-. Pero ahora ha pasado esta cosa horrible... Es espantoso. Yo... no he podido evitar oírla hablar con Dottie Lancaster. Señorita Potter, no sabe usted lo que fue esto hace diez años. La gente estaba asustada y furiosa, y ahora ha vuelto a empezar la misma pesadilla.
-Para Nick Mackenzie también es una pesadilla -dijo Miley con vehemencia-. A él lo mandaron a prisión por una violación que no cometió. Su nombre quedó limpio, pero aun así ha sido la primera persona a la que el sheriff ha interrogado. ¿Cómo cree que se siente? Nadie va a devolverle los dos años que pasó en la cárcel, y ahora parece que todo el mundo está empeñado en mandarlo de nuevo allí.

La señora Karr parecía preocupada.

-Todos nos equivocamos entonces. El sistema judicial también. Pero, aunque Mackenzie demostrara que no violó a Cathy Teele, ¿no se da usted cuenta de por qué quería interrogarlo el sheriff?
-No, no me doy cuenta.
-Porque Mackenzie tiene razones para vengarse.

Miley se quedó boquiabierta. 

-¿Cree usted que sería capaz de vengarse agrediendo a una chica que sólo era una niña cuando lo mandaron a la cárcel? ¿Qué clase de hombre cree que es? -le producía horror tanto aquella idea como la impresión de que todo el mundo en Ruth estaba de acuerdo con la señora Karr.


-Creo que es un hombre lleno de odio -contestó con firmeza la señora Karr.

Sí, aquella mujer creía a Nick capaz de una venganza tan horrible y obscena; se le notaba en los ojos. Miley sintió asco y empezó a mover la cabeza de un lado a otro.

-No -dijo-. No. Nick está resentido por el modo en que lo trataron, pero no siente odio. Y nunca haría daño a una mujer.

Si algo sabía Miley, era eso. Había sentido ansia en las caricias de Nick, pero no brutalidad.

La señora Karr también empezó a sacudir la cabeza.

-¡No me diga que no siente odio! Se le nota en esos ojos negros como el infierno cada vez que nos mira, a cualquiera de nosotros. El sheriff averiguó que estuvo en Vietnam, en no sé qué grupo especial de asesinos, o algo por el estilo. Sólo Dios sabe cómo lo corrompió esa experiencia. Puede que no violara a Cathy Teele, pero ésta sería una oportunidad magnífica para que se vengara y le echara las culpas a quienquiera que haya violado a Cathy.

-Si Nick quisiera vengarse, no lo haría a hurtadillas -dijo Miley con desdén-. Usted no tiene ni idea de la clase de hombre que es, ¿no es cierto? Lleva años viviendo aquí, pero ninguno de ustedes lo conoce.

-Y supongo que usted sí -la señora Karr empezaba a ponerse colorada de rabia-. Puede que estemos hablando de un tipo distinto de conocimiento. Tal vez eso que decían de que estaba liada con Joe Mackenzie fuera medio cierto, después de todo. Con quien está liada es con Nick Mackenzie, ¿no es verdad?

Su tono de desprecio hizo perder los estribos a Miley.

-¡Pues sí! -gritó, y su sinceridad la impulsó a añadir-: Pero no tanto como me gustaría.

Un coro de exclamaciones de sorpresa la hizo mirar a su alrededor, y se encontró con las caras de los vecinos del pueblo que se habían parado en el pasillo a escuchar. En fin, ya estaba hecho; Nick quería que se distanciara de él, y en lugar de hacerle caso ella se ponía a gritar a los cuatro vientos que era su amante. Sin embargo, no se avergonzaba en absoluto. En realidad, se sentía orgullosa. Con Nick Mackenzie era de verdad una mujer, no sólo una insignificante maestra solterona que hasta tenía un gato, ¡por el amor de Dios! Cuando estaba con Nick no se sentía insignificante; se sentía feliz y deseada. Si algo lamentaba era que Joe no hubiera vuelto un cuarto de hora, o cinco minutos, más tarde el día anterior, porque deseaba más que nada en el mundo que Nick la hiciera suya en todos los sentidos, yacer bajo las embestidas de su cuerpo, aceptar avariciosamente la fuerza de su pasión y entregarle la suya. Si por eso, por querer a Miley, se veía condenada al ostracismo, daría por bien perdida la compañía de los otros.
La señora Karr dijo en tono glacial:

-Creo que habrá que convocar otra reunión de la junta escolar.

-Pues, cuando lo hagan, tengan en cuenta que dispongo de un contrato blindado -replicó Miley, y dio media vuelta.

Aún no había acabado de hacer la compra, pero estaba tan furiosa que no podía seguir allí ni un segundo más. Al dejar sobre el mostrador las cosas que llevaba, la dependienta pareció por un instante dispuesta a no pasárselas por caja, pero cambió de parecer bajo su mirada feroz.

Miley regresó a casa hecha una furia, pero se alegró al comprobar que el tiempo parecía darle la razón, si los nubarrones que se arremolinaban en el cielo podían considerarse un indicio. Tras guardar la compra, fue a echarle un vistazo al gato, que últimamente se comportaba de forma extraña. De pronto se le ocurrió una idea espantosa: ¿no se atreverían a envenenar al gato? Pero Woodrow estaba tomando el sol plácidamente en la alfombra, de modo que descartó aquella idea con alivio.

«Cuando esto acabe...»

El eco de aquella frase de Nick, que resonaba en su memoria, alentaba sus esperanzas y al mismo tiempo despertaba en ella un profundo anhelo. Deseaba tanto a Nick que se sentía incompleta. Estaba enamorada y, a pesar de que entendía por qué quería él que guardaran las distancias, no podía compartir su opinión. Después de lo ocurrido esa mañana con Dottie Lancaster y Cicely Karr, aquel distanciamiento carecía de sentido. Era como si se hubiera plantado en mitad de la calle y hubiera gritado a los cuatro vientos que estaba loca por Nick Mackenzie.

Estaba dispuesta a darle a Nick lo que quisiera de ella. La tía Ardith la había educado en la creencia de que las relaciones íntimas sólo eran lícitas en el seno del matrimonio, siempre y cuando una mujer creyera por alguna razón (aunque ella no acertaba a adivinar cuál podía ser esa razón) que no podía pasar sin un hombre. Miley sabía que, obviamente, hombres y mujeres mantenían relaciones íntimas fuera del matrimonio, pero hasta conocer a Nick nunca había sentido esa tentación. Si él la quería sólo para pasar un rato, eso le parecía mejor que nada. En realidad, aunque sólo pudiera pasar un día con él, atesoraría su deslumbrante recuerdo como un tesoro que le daría calor y la reconfortaría durante los largos y sombríos largos años que tendría que pasar sin Nick.
Soñaba con vivir con él para siempre, pero procuraba no hacerse ilusiones. Nick estaba demasiado resentido, demasiado escarmentado; era poco probable que permitiera que una mujer blanca se acercara a él. Le entregaría su cuerpo, tal vez incluso su afecto, pero no podía ofrecerle ni su corazón, ni su lealtad.

Porque lo quería, Miley sabía que no le pediría nada más. No quería que entre ellos hubiese reproches, ni recelos. Mientras pudiera, sólo ansiaba hacer feliz a Nick del modo que fuese.

Él le había pedido que llevara el pelo suelto, y su sedosa melena descansaba sobre sus hombros. Esa mañana, al mirarse al espejo, la había sorprendido cómo suavizaba sus rasgos aquel peinado, y sus ojos habían brillado porque dejarse el pelo suelto era algo que podía hacer por Nick. Así parecía más femenina, como él la hacía sentirse.



Después de las discusiones en que se había metido, ya no tenía sentido aparentar indiferencia. Cuando le dijera a Nick lo que había pasado, él comprendería la inutilidad de aquella farsa. Incluso se sentía aliviada, porque la incomodaba formar parte de un engaño.

Había empezado a ponerse uno de sus anchos vestidos de estar en casa cuando vislumbró su imagen en el espejo y se detuvo. Recordó entonces el día que conoció a Nick, cuando, al verla vestida con los viejos vaqueros de Joe, los ojos de él se agrandaron un instante y adquirieron una expresión tan ardiente y viril que todavía se estremecía al rememorarla. Quería que Nick la mirara así otra vez, pero no era probable que lo hiciera mientras siguiera llevando aquellos... aquellos sacos de patatas.

De improviso se sintió insatisfecha con toda su ropa. Sus vestidos eran, sin excepción, resistentes y modestos, pero también demasiado grises y amorfos. A su figura le sentarían mejor las delicadas telas de algodón y los colores alegres y ligeros, o incluso los vaqueros que se ceñían a la cadera. Dio media vuelta y se miró el trasero en el espejo; era pequeño y curvo. No veía razón para avergonzarse de él. Era un trasero muy bonito, teniendo en cuenta cómo solían ser los traseros.

Refunfuñando para sí misma, volvió a embutirse en su vestido «bueno» y agarró el bolso. En Ruth no había mucho donde elegir en cuestión de moda, pero sin duda podría comprarse unos vaqueros y unas camisetas algo más atrevidas, y también alguna falda y alguna blusa bonita que, sobre todo, no le quedara grande.
No quería volver a ver un zapato «serio» en toda su vida.

Los nubarrones cumplieron su promesa, y cuando iba de camino al pueblo empezó a llover. Era una lluvia persistente, de las que les gustaban a los ganaderos y a los granjeros de todas partes, y no un chaparrón de los que desaguaban sin llegar a empapar la tierra. La tía Ardith no habría puesto un pie fuera de casa durante un aguacero, pero Mary no hizo caso de la lluvia. Se detuvo primero en la única tienda de Ruth que vendía exclusivamente ropa de mujer, a pesar de que, por fuerza, la ropa no parecía precisamente recién salida de un desfile de moda de París. Se compró tres pantalones vaqueros, dos sudaderas finas de algodón y una camisa de cambray azul que la hacía sentirse como una pionera. Encontró una falda vaquera muy bonita, a juego con una sudadera rojo rubí, y se vio tan guapa que se puso a dar vueltas delante del espejo, entusiasmada como una niña. Eligió también una falda marrón que le quedaba tan bien que no se decidió a dejarla a pesar del color, y una blusa de algodón rosa para ponérsela con ella. Por último, escogió una falda de algodón de pálido color violeta y una camiseta a juego, con un delicado cuello de encaje. Poseída todavía por un arrebato de entusiasmo y osadía, eligió un par de sandalias blancas de vestir y unas zapatillas de correr. Cuando la dependienta lo pasó todo por caja y mencionó el precio total, ella ni siquiera parpadeó. Tenía que haber hecho aquello hacía mucho tiempo.

Pero aún no había acabado. Guardó las bolsas en el coche y corrió entre la lluvia hacia el supermercado de los Hearst, donde todo el mundo se compraba las botas. Dado que pensaba pasar mucho tiempo en la montaña de Nick, suponía que necesitaba un par de botas.

El señor Hearst se mostró casi grosero con ella, pero Miley lo miró con fijeza y consideró por un instante sacudir su dedo de maestra delante de él. Al final descartó la idea porque el dedo perdía su poder si se usaba muy a menudo, y tal vez lo necesitara dentro de poco. Así que hizo caso omiso del señor Hearst y empezó a probarse botas hasta que por fin encontró un par que le quedaba bien.

Estaba deseando llegar a casa y ponerse los vaqueros y la camisa de cambray. Incluso podía ponerse las botas por la casa para que fueran cediendo, pensó. Woodrow no iba a conocerla. Recordó aquella mirada de Nick y empezó a estremecerse.

Tenía el coche aparcado algo más arriba de la calle, a una manzana de distancia, y llovía tanto que al salir profirió un quejido de fastidio dirigido contra sí misma por no haber llevado el coche de la tienda de ropa al supermercado de los Hearst. En Ruth no había aceras, y la calzada estaba ya tachonada de charcos. En fin, llevaba puestos sus zapatos serios; ¡a ver si servían para algo!

Agachó la cabeza y, sujetando en alto la caja de las botas para evitar en lo posible la lluvia, se apartó del voladizo del tejado y echó a correr, pero enseguida pisó un charco y se mojó hasta los tobillos. Iba todavía refunfuñando en voz baja cuando pasó junto al pequeño callejón que había entre el supermercado y el siguiente edificio, el cual había sido en tiempos una barbería y estaba ahora vacío.

No oyó nada, ni vio indicio alguno de movimiento; nada la advirtió. De pronto, una mano grande y mojada le tapó la boca, y un brazo la rodeó por delante y le bajó los brazos, al tiempo que comenzaba a arrastrarla por el callejón, alejándola de la calle. Miley empezó a debatirse de manera instintiva; se retorcía, pataleaba y profería sonidos que la mano de su atacante sofocaba. Aquella mano le apretaba tanto la cara que los dedos se le hundían en la mejilla, haciéndole daño.

Las malas hierbas del callejón, altas y mojadas, le pinchaban las piernas, y la lluvia, que caía con fuerza, le aguijoneaba los ojos. Aterrorizada, empezó a forcejear con más ímpetu. ¡Aquello no podía estar pasando! ¡Aquel individuo no podía llevársela a plena luz del día! Pero sí podía; lo había hecho con Cathy Teele.

Consiguió desasir un brazo y lo dobló hacia atrás, buscando la cara del hombre. Sus dedos desesperados encontraron sólo lana mojada. Él masculló una maldición con voz baja y rasposa y le dio un puñetazo en la cabeza.


Miley cabeceó, aturdida por el dolor, y sus esfuerzos se fueron haciendo más y más débiles. Luego notó vagamente que llegaban al final del callejón y que él la arrastraba tras el edificio abandonado.

Sintió en el oído la respiración áspera y agitada de aquel hombre cuando la empujó de cara contra el barro y la grava. Consiguió soltar de nuevo un brazo y apoyó la mano en el suelo para amortiguar la caída; la grava le arañó la mano, pero apenas lo notó. Él seguía tapándole la boca, asfixiándola; le aplastó la cara contra la tierra mojada y la sujetó tumbándose sobre su espalda.

Con la otra mano, buscó a tiendas el borde de su falda y se lo subió. Ella le clavó furiosamente las uñas en la mano, intentando gritar, y él la golpeó de nuevo. Estaba aterrorizada y siguió arañándolo. Él empezó a maldecir, la obligó a separar las piernas y empezó a frotarse contra ella. Miley notó la presión de su sexo a través de los pantalones y de su propia ropa interior, y sintió náuseas. ¡Dios, no!

Oyó cómo se rasgaba su ropa, y la repulsión que se apoderó de ella le dio fuerzas. Mordió salvajemente aquella mano y echó el brazo hacia atrás, buscando los ojos de aquel hombre con intención de clavarle las uñas.

Sentía un zumbido en los oídos, pero alcanzó a oír un grito. El hombre tumbado sobre ella se quedó rígido un momento; luego puso la mano en el suelo, junto a la cabeza de Miley, y se apoyó en ella para levantarse de un salto. Con la visión emborronada por la lluvia y el barro, Miley logró ver una manga azul y una mano pálida y pecosa antes de que él desapareciera. Desde atrás y desde arriba le llegó un estampido muy fuerte, y se preguntó vagamente si iba a alcanzarla un rayo. No, los rayos venían antes que los truenos.

Unos pasos apresurados resonaron en el suelo y pasaron a su lado. Miley se quedó inmóvil, con el cuerpo inerme y los ojos cerrados. Oyó que alguien maldecía en voz baja y que los pasos retornaban.

-Miley-dijo una voz firme-, ¿te encuentras bien?

Ella abrió los ojos con esfuerzo y miró a Clay Armstrong. Estaba empapado y sus ojos azules parecían furiosos, pero la ayudó a volverse suavemente y la levantó en brazos.

-¿Estás bien? -su voz sonaba ahora más afilada.

La lluvia aguijoneaba la cara de Miley.

-Sí -logró decir, y volvió la cabeza hacia el hombro de Clay.

-Lo atraparé -prometió él-.Te lo juro, atraparé a ese cab.rón.

En el pueblo no había médico, pero Clay llevó a Miley a casa de Bessie Pylant, que era enfermera titulada. Bessie llamó al médico privado para el que trabajaba y consiguió que se desplazara desde el pueblo de al lado. Entretanto, limpió cuidadosamente los arañazos de Miley, le puso hielo en las magulladuras y la obligó a beberse un té caliente y muy dulce.

Clay había desaparecido, y la casa de Bessie se llenó de pronto de mujeres. Sharon Wycliffe se presentó enseguida y le aseguró a Miley que Dottie y ella podían ocuparse de todo si el lunes no se sentía con ánimos de ir a trabajar; Francie Beecham, por su parte, se puso a contar historias de cuando era maestra. Su propósito resultaba obvio, y las demás mujeres le siguieron la corriente. Miley permanecía sentada en silencio, y agarraba con tanta fuerza la manta en que la había envuelto Bessie que tenía los nudillos blancos. Sabía que aquellas mujeres intentaban distraerla, y se lo agradecía; haciendo un severo esfuerzo de voluntad, se concentró en su parloteo banal. Incluso Cicely Karr apareció y le dio unas palmaditas en la mano, pese a que habían discutido apenas unas horas antes.

Luego llegó el médico, y Bessie la llevó a un dormitorio para que dispusiera de un poco de intimidad mientras la examinaba el doctor. Miley contestó a sus preguntas con voz apagada, pero dio un respingo cuando el médico presionó la parte de la cabeza en la que había recibido el puñetazo. El médico comprobó sus reflejos oculares, le tomó la tensión y finalmente le dio un sedante suave.

-Se pondrá bien -dijo por fin, dándole unas palmaditas en la rodilla-. No hay conmoción cerebral, así que el dolor de cabeza se le pasará pronto. Una buena noche de sueño le sentará mejor que cualquier cosa que pueda recetarle.

-Gracias por venir hasta aquí -dijo Miley educadamente.

Empezaba a sentir desesperación. Todos se portaban de maravilla con ella, pero aun así sentía en su interior un fino alambre que se iba tensando cada vez más. Se sentía sucia y expuesta. Necesitaba estar sola y darse una ducha, y, más que cualquier otra cosa, necesitaba ver a Nick.

Al salir del dormitorio, vio que Clay había vuelto. Él se acercó enseguida y la tomó de la mano.

-¿Qué tal te encuentras?

-Estoy bien -si tenía que decir una sola vez más que estaba bien, se pondría a gritar.

-Necesito que hagas una declaración, si te sientes con fuerzas.

-Sí, de acuerdo.

El sedante empezaba a hacer efecto; una sensación de indiferencia se iba apoderando de ella a medida que el medicamento embotaba sus emociones. Dejó que Clay la llevara a un sillón y la envolviera de nuevo en la manta. Estaba helada.

-No debes tener miedo -dijo Clay en tono tranquilizador-. Ya lo hemos atrapado. Está bajo custodia.

Aquello avivó el interés de Miley, que lo miró fijamente.

-¿Lo habéis atrapado? ¿Sabéis quién es?

-Yo mismo lo vi -la voz de Clay volvía a parecer de hierro.

-Pero llevaba un pasamontañas -eso lo recordaba, recordaba haber sentido la lana bajo los dedos.


-Sí, pero el pelo le colgaba por la espalda, debajo del gorro.

Miley levantó la mirada hacia él, y su aturdimiento se convirtió en una especie de horror. ¿Tenía el pelo tan largo que le colgaba por debajo del pasamontañas? Sin duda Clay no creería que... ¡No, no podía ser! De pronto se sintió enferma.

-¿Nick? -musitó.

-No te preocupes. Ya te he dicho que está bajo custodia.

Ella cerró los puños con tanta fuerza que se clavó las uñas en las palmas.

-Entonces soltadlo.

Clay pareció asombrado, y luego enojado.

-¡Soltarlo! Maldita sea, Miley, ¿es que no entiendes que ha intentado violarte?

Ella sacudió despacio la cabeza; estaba muy pálida.

-No, no ha sido él.

-Yo lo vi -dijo Clay, espaciando cada palabra-. Era alto y tenía el pelo negro y largo. Maldita sea, Miley, ¿quién iba a ser si no?

-No sé, pero no era Nick.

Las mujeres permanecían en silencio, paralizadas, escuchando la conversación. Cicely Karr tomó la palabra.

-Intentamos advertirte, Miley.

-¡Pues me advertisteis mal! -le ardían los ojos. Paseó la mirada a su alrededor y luego volvió a fijarla en Clay-. ¡Le vi las manos! Es un hombre blanco, un anglosajón. Tenía las manos llenas de pecas. ¡No era Nick Mackenzie!

Clay frunció el ceño.

-¿Estás segura de eso?

-Segurísima. Puso la mano sobre el suelo justo delante de mis ojos -alargó el brazo y agarró a Clay de la manga-. Soltad a Nick inmediatamente. ¡Ahora mismo!, ¿me oyes? ¡Y será mejor que no tenga ni un rasguño!

Clay se levantó y se acercó al teléfono, y una vez más Miley miró a las mujeres que había en la habitación. Estaban pálidas y horrorizadas. Miley imaginaba por qué.
Mientras habían sospechado de Wolf, habían tenido un blanco seguro contra el que dirigir su miedo y su ira. Ahora tenían que volverse hacia sí mismos, buscar al culpable entre los suyos. En aquella región muchos hombres tenían las manos pecosas, pero Nick no. Sus manos eran fibrosas y morenas, tostadas por el sol y curtidas por el manejo de los caballos y los largos años de duro trabajo manual. Ella las había sentido sobre su piel desnuda. Deseaba gritar que Nick no tenía razón para atacarla, porque podía hacerla suya cuando quisiera, pero no lo hizo. El aturdimiento estaba volviendo. Sólo quería esperar a Nick, si es que iba a buscarla.

Una hora después, Nick entró en casa de Bessie sin llamar, como si fuera el amo. Una exclamación de sorpresa se elevó entre las mujeres cuando apareció en la puerta, cuyo vano ocupaba casi por completo. Ni siquiera miró a las demás personas que había en la habitación. Fijó los ojos en Miley, que seguía envuelta en su manta, con el rostro incoloro, y sus botas resonaron en el suelo cuando se acercó a ella y se agachó. Sus ojos negros la recorrieron de la cabeza a los pies; luego le tocó la barbilla, le giró la cabeza hacia la luz para ver el arañazo que tenía en la mejilla y las marcas que había dejado la recia mano de su agresor sobre su piel suave. Le levantó las manos y le examinó las palmas arañadas. Su mandíbula parecía de granito.

Miley sentía ganas de llorar, pero logró esbozar una sonrisa trémula.

-Te has cortado el pelo -dijo con suavidad, y enlazó los dedos para no tocar los mechones densos y sedosos que reposaban en perfecto orden sobre su bien formada cabeza.

-Esta misma mañana -murmuró-. ¿Estás bien?

-Sí. No consiguió... ya sabes.

-Lo sé -Nick se levantó-. Volveré luego. Voy a atraparlo. Te lo prometo, lo atraparé.

Clay dijo con aspereza:

-Eso es cosa de la ley. -Los ojos de Nick eran como fuego frío y negro.

-La ley no está haciendo bien su trabajo.

Nick salió sin decir nada más, y Miley se sintió helada otra vez. Mientras él había estado allí, la vida había empezado a hormiguear en su cuerpo entumecido, y de pronto había desaparecido de nuevo. Nick había dicho que iba a volver, pero Miley quería irse a casa. Todo el mundo era muy amable; demasiado amable. Le daban ganas de ponerse a gritar. No podía soportarlo más.


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