sábado, 7 de febrero de 2015

Noche de amor con el jeque-Capitulo 3

Capítulo 3
Llego a la altura del dormitorio de Nicholas sin más contratiempos y se detuvo un
instante ante el panel que abriría la puerta de un falso armario que daba a la habitación.
Tomó aire. Había llegado el momento que llevaba tanto tiempo esperando. Alargó la
mano para abrir el panel y éste cedió fácilmente. Miley entró en una habitación
iluminada por cientos de velas.
Vestido con el traje de boda tradicional, Nicholas la miró con una solemnidad que la
dejó sin aliento.
–Empezaba a pensar que habías cambiado de idea –Miley negó con la cabeza y
él dio un paso hacia adelante, añadiendo–: Te espera tu noche de bodas. Ven.
Miley se sobresaltó cuando él alargó la mano hacia su espalda.
–Tranquila. Sólo voy a cerrar la puerta.
–¿Puede aparecer alguien? –preguntó ella, inquieta.
–Sólo la familia y algunos miembros del cuerpo de seguridad conoce los
pasadizos. De todas formas, nadie puede entrar si está cerrada desde dentro.
Miley respiró aliviada.
–He visto a Amir y Grace.
Nicholas se tensó.
–¿Te han visto?
–No.
–Aunque no hubiera supuesto un gran problema, prefiero que no te conviertas en
motivo de especulaciones –dijo él.
Miley no estaba de acuerdo. De haber sido vista tal y como iba vestida, no sólo
se habría sentido humillada, sino que no habría podido impedir que su tío la obligara a
casarse.
–¿Cómo sabías que estaba en el pasadizo? ¿Hay alguna alarma?
Nicholas se encogió de hombros, pero sus ojos tenían un brillo especial y la tenue luz
de las velas recortaban ángulos en sus masculinas facciones que le daban un aire
misterioso.
Alargó la mano y acarició la mejilla de Miley.
–Estás preciosa.
–¿No te gustaba el traje que llevaba?
–Sabes perfectamente que sí.
–¿Estás seguro?
–Desde luego que sí –Nicholas deslizó la mano hasta pasarla en su nuca y tiró
suavemente de ella hasta que sus cuerpos casi se tocaron–. No me había dado cuenta de
que eras una pícara.
–¡Qué palabra tan antigua!
–Soy un hombre anticuado.
–¿De verdad?
–En muchos sentidos, soy muy tradicional.
Y antes de que Miley contestara agachó la cabeza y le dio el beso que ella
esperaba hacía años. Y fue tan delicado y romántico como había imaginado.
Con un suspiro de placer, entreabrió los labios. Nicholas introdujo la lengua en su
boca y la reclamó con delicada determinación. Las manos de Miley se movieron por
voluntad propia y se aferraron a su cuello, mientras su cuerpo se apretaba contra él. Nicholas
se estremeció y Miley notó la prueba de su deseo en la presión de su sexo contra el
vientre.
Saber que la deseaba le dio el valor de devolverle el beso con una sensualidad de
la que no se sabía capaz. Llevaba tantos años reprimiendo sus impulsos sexuales que la
asaltaron con la fuerza de un volcán. Gimió y se frotó contra Nicholas ansiando más que un
beso.
Como si le leyera la mente, las manos de Nicholas empezaron a explorar su cuerpo a
través de la fina tela de la galabeya, trazando el dibujo de los bordados de la espalda
hasta asirle las nalgas. Ella gimió y él dejó escapar un gruñido de aprobación al tiempo
que la alzaba para dejarle sentir su firme sexo en el vértice de los muslos. Las piernas de
Miley se abrieron por sí mismas hasta donde se lo permitió el vuelo del vestido, pero a
Nicholas no pareció importarle y con otro gemido de aprobación, se meció contra ella. El contacto de su cuerpos, a pesar de la frontera de la ropa, hizo que una corriente eléctrica recorriera a Miley. Los empujes de Nicholas se aceleraron al tiempo que ella sentía que se
le humedecía la entrepierna.
Nunca había sentido nada tan maravilloso; nunca se había sentido tan fuera de control y ni siquiera estaban desnudos. Miley basculó la pelvis y súbitamente la asaltó una sensación desconocida y su vientre se contrajo en una sucesión de espasmos, obligándola a presionar sus labios contra los de él como si necesitara una mayor proximidad.
Nicholas respondió trasformando el beso en una experiencia salvaje y sensual. La tensión volvió a incrementarse en el interior de Miley que sintió pánico por lo desconocido de la sensación, por la necesidad de pegarse a él frenéticamente en busca de algo a lo que ni siquiera podía dar nombre.
Hasta que de pronto ese algo anónimo la atropelló con la fuerza de un vendaval
que le puso todo el cuerpo en tensión mientras le arrancaba un grito contra los labios de Nicholas. Un gemido se acumuló en su garganta al tiempo que estallaba de placer, antes de relajarse y estallar de nuevo.
Y después, no pudo ni respirar ni pensar; sólo sentir, aunque con una intensidad casi dolorosa que no quería dejar de experimentar.
El corazón estaba a punto de estallarle. Si Nicholas podía hacerle algo así con sólo un
beso, no sobreviviría a lo que la esperaba. Las sacudidas del placer fueron remitiendo,
hasta que quedó completamente relajada en brazos de Nicholas. Las manos que lo había
asido con fuerza apenas se posaban en su cuello como una caricia.
Finalmente, Nicholas rompió el beso y la irguió contra su pecho.
–Eres increíble –dijo, sonriendo. Miley sólo pudo negar con la cabeza, mientras
pensaba que el increíble era él. Nicholas añadió–: Hacerte el amor va a ser un placer.
Ante la mirada de incredulidad que le dirigió Miley, la miró fijamente y,
depositándola sobre la cama, dijo:
–Eres la primera mujer que ha sido sólo mía, y no imaginas la satisfacción que eso
me proporciona.
Miley habría querido llamarle arrogante, pero por encima de todo habría querido
preguntarle qué quería decir con eso. Era lógico pensar que Elsa habría tenido otros
amantes antes que él. Pero Miley no hizo ni una cosa ni otra porque era la primera vez
en todos los años que lo conocía que Nicholas daba una muestra de vulnerabilidad.
–Soy toda tuya –aunque sólo fuera por aquella noche.
Nicholas sonrió con la sensualidad de un felino.
–Toda mía.
Aunque sonó como si se refiriera a una posesión de por vida, Miley decidió que
ésa era la interpretación que sus oídos querían darle, no la verdad que se albergaba en su corazón.
–¿Vas a hacerme el amor ahora? –preguntó quedamente.
–Eso es lo que llevo haciendo desde que has entrado en la habitación.
Miley no pudo negarlo.Nicholas empezó a desnudarse, quitándose lentamente las capas que lo identificaban como príncipe heredero, hasta que se quedó completamente desnudo bajo la luz de las velas, con su perfecto cuerpo expuesto a la mirada de Miley.
Una piel algo más tostada que la de ella cubría unos músculos que Miley no hubiera esperado encontrar en un hombre que se pasaba el día en el despacho. Siempre había sabido que era fuerte, pero por primera vez creía los rumores de que ninguno de los miembros de su cuerpo de seguridad podía vencerlo en el ring.
–Pareces un guerrero beduino.
–Un hombre débil no puede liderar a su gente.
–Nunca he cuestionado tu fuerza mental.
–¿Pero sí mi fuerza física? –preguntó él, riendo.
Su risa espontánea causó a Miley el mismo placer que sus caricias. También ella
rió.
–Claro que no. Sólo que...
Miley no podía apartar la mirada de su impresionante cuerpo y de su sexo que,
erecto, se erguía en todo su esplendor.
–Me parece que te gusta mirar.
–A mí también.
–Pareces sorprendida.
–No estoy acostumbrada a ver hombres desnudos.
Nicholas volvió a reír y a Miley no le importó que fuera a su costa.
–Espero que no –bromeó él.
–Acabo de darme cuenta de que soy vergonzosamente inocente para una mujer
de mi país de adopción –Miley dudaba de que ninguna de las mujeres con las que
trabajaba en una revista de moda, fuera tan inocente sexualmente.
–Eres exactamente como debes ser.
Miley sabía que era sincero, pero no pudo evitar preguntarse si, de haber sido
más experimentada, Nicholas habría encontrado a Elsa tan fascinante. Ahuyentó al instante
ese pensamiento tan perturbador. Elsa Bosch no estaba presente y ya no formaba parte
de la vida de Nicholas. Y eso era todo lo que debía importarle en ese momento.
–Estoy convencido de que podría dejar que me observaras y que llegarías al
orgasmo.
–¡Qué arrogante!
Nicholas se encogió de hombros.
–Puede que lo sea, pero no sabes el placer que me produce que esos ojos de
color chocolate me miren como si fuera el más delicioso bocado.
–No creo que encontrara a ningún otro hombre tan atractivo –a Miley no le
importaba ser sincera.
Aquella noche no pensaba protegerse; ya comenzaría al día siguiente, cuando
volviera a los Estados Unidos habiendo perdido la virginidad y habiendo dejado de estar
prometida del futuro rey de Zohra.
–Por supuesto que no –Miley rió sintiendo que el corazón se le aceleraba ante la
satisfacción de Nicholas de ser visto con tan buenos ojos.
–Por supuesto.
–Como ninguna otra mujer te igualaría en mi cama.
Nicholas entendió que se refería al hecho de que luciera la galabeya de su abuela
como la novia que nunca llegaría a ser. Pero en lugar de entristecerse, sonrió.
–Nunca has traído aquí a una mujer.
–Claro que no.
–Así que estás viviendo una de tus fantasías de adolescencia –bromeó ella.
–No, son mucho más recientes –dijo él, sacudiendo a cabeza.
Miley fue a decir algo pero Nicholas deslizó la mano por su sexo y ella pensó que
querría ser ella quien lo acariciaba.
–Todo a su debido tiempo –dijo él, leyendo de nuevo su mente. Se acercó a la
cama–. Ahora es el turno de desvestir a la novia.
A Miley no le sorprendió que en primer lugar le quitara las babuchas, pero sí que
le besara ambos pies con sensual delicadeza. Luego se los acarició, presionando distintos
puntos que encontraron respuesta en el interior de su cuerpo. Para cuando subió hacia
sus gemelos, Miley  se retorcía de placer.
–Tienes una piel maravillosa, pero sé cuál es el punto donde es más sensible –
susurró él mientras ella sacudía la cabeza, jadeante–. Te aseguro que lo conozco, es un
lugar suave, delicioso y húmedo.
¿Delicioso? ¿Quería decir que...? Pero Miley no pudo seguir pensar cuando él le
subió la túnica hasta dejar sus muslos a la vista, expuestos a su mirada y a su boca.
Miley nunca había sabido que el interior de sus muslos pudiera ser tan sensible.
Nicholas rió al oírla gemir. Luego le subió un poco más la galabeya y exclamó:
–¡Qué preciosidad!
–¿Te gustan mis bragas?
–Mucho, ya habibti –dijo Nicholas, antes de acariciarle el clítoris por encima de la
seda. Miley se arqueó contra él como si recibiera una sacudida. –Me encantan, pero me gusta más lo que hay debajo. Con una osadía que desconocía que tuviera, Miley
susurró provocativamente: –Demuéstramelo.
–Eso pienso hacer –dijo Nicholas, acariciándola hasta hacerla enloquecer.
Sin saber cómo había sucedido, Miley descubrió que le había quitado la
galabeya. Nicholas la contempló unos segundos en sujetador antes de quitárselo y a
continuación se entregó a dar placer a sus senos con un ardor casi espiritual. Casi.
Los pezones endurecidos le dolían y tenía las bragas literalmente empapadas para
cuando él se separó unos centímetros y preguntó:
–¿Estás lista? –Llevo lista un buen rato –Miley pretendía hablar con firmeza,
pero su voz salió quebrada.
–Yo también –dijo él. Pero aun así le quitó las bragas lentamente y en lugar de
colocarse entre sus muslos, tal y como Miley había esperado, se los separó y empezó a
darle placer con los dedos.
–Nicholas –le suplicó. –Te resultará más fácil si te rompo el himen con los dedos. –
¿Qué? –susurró Miley perpleja. Luego sacudió la cabeza–. No, yo... Lo que...
Pero el dedo índice y corazón de Nicholas ya se adentraban en su cueva, apartando
la barrera que separa su virginidad de su unión final. Hizo círculos suaves con los dedos sin dejar de presionar. Miley sintió una molestia sorda más que un dolor agudo, que
despertó su cuerpo y la puso alerta mientras Miley empezaba los preparativas                para penetrarla.
–Eres tan cuidadoso conmigo... –susurró ella.
Nicholas le dedicó una de aquellas sonrisas de satisfacción que ella encontraba más
arrebatadoras que irritantes.
–Por supuesto.
–Me pregunto si es un reflejo aprendido o innato.
–¿A qué te refieres? –preguntó él con fingida inocencia.
–A tu arrogancia.
–Conoces a mi padre, así que sabes que es genética.
Era verdad. Miley conocía al rey de Zohra y al de Jahwar y tuvo que admitir que
Nicholas tenía razón. La elevada autoestima era una característica familiar.
–Khalil y Amir no son tan engreídos.
–No estoy tan seguro de que Grace o Jade estén de acuerdo contigo, pero en
cualquier caso, aziz, no deberías pensar en otros hombres mientras estás conmigo.
Nicholas volvió a presionarle el clítoris con el pulgar y todo pensamiento abandonó la
mente de Miley. Un prolongado gemido escapó de su garganta a medida que el placer
irradiaba desde ese punto al resto de su cuerpo.
Nicholas continuó acariciándola con destreza hasta hacerle olvidar su propio nombre.
Miley sintió el placer acumularse, tomar forma, ir apoderándose de ella. Cuando estalló,
nicholas presionó con los dedos hasta el fondo y el dolor quedó amortiguado por el placer
extremo.
Nicholas la miró fijamente antes de susurrar:
–Y ahora voy a hacerte mía.
Miley no se molestó en responder mientras él se colocaba entre sus muslos y la
penetraba con su sexo lentamente, abriéndose paso hasta que pudo cobijarlo. La
sensación de estar unida a él la hizo sentirse plena.
Ninguno de los dos habló mientras Nicholas empezó a mecerse lentamente,
profundizando más y más la penetración con cada empuje. Sus miradas permanecieron
fijas la una en la del otro estableciendo entre ellos una conexión que iba mucho más allá
de lo puramente físico. Pero a Miley no la sorprendió porque amaba a aquel hombre con
toda su alma y siempre había sabido que se entregaría a él plenamente.
Haciendo un extenuante ejercicio de contención para retenerse, Nicholas se inclinó
para besar a Miley delicadamente. Ella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas
pero no se avergonzó, ni él pareció inquietarse. Simplemente inclinó el rostro y se las
secó con los labios.
–¿Estás lista?
Miley casi tuvo que preguntar a qué se refería, pero Nicholas cambió levemente el
ángulo y le hizo sentir un nueva forma de placer todavía más primitiva e íntima que sólo le
dejó asentir con la cabeza.
Sin sonreír, aunque Miley percibió su satisfacción, Nicholas comenzó a moverse
rítmicamente despertando en ella sensaciones maravillosas pero no lo bastante intensas.
–Más, Nicholas, por favor.
Él sacudió la cabeza. Los círculos de tensión alrededor de sus ojos eran la única
prueba de que contenerse estaba costándole un esfuerzo sobrehumano.
–Es demasiado pronto. Hoy sólo voy a darte placer.
–Es maravilloso –dijo ella, entre la súplica y la afirmación.
Y no tendrían más oportunidades.
En lugar de contestar, Nicholas la besó con un frenesí que demostró lo cerca que
estaba de perder el control, y ella respondió dejándose llevar, perdiéndose en el éxtasis
de sentirse unida a él.
Los movimientos de Nicholas se aceleraron aunque siguió reteniéndose. Y a pesar de
que una voz interior le decía que en el futuro se alegraría de su control, Miley prefirió no
escucharla y proseguir con la búsqueda del placer.
Y cuando llegó, lo hizo como una oleada caliente, muy distinta a las convulsiones
de la primera vez. El cuerpo de Nicholas se tensó al tiempo que echaba la cabeza hacia atrás y dejaba escapar un gemido de plenitud.
Y Miley añadió al placer físico la maravillosa sensación de haberle proporcionado
tanto placer como él a ella.
–Está hecho –dijo él con una solemnidad que la emocionó.
Cualquiera que fuera la causa, Nicholas y ella habían sido uno por un instante.
Miley habría querido decir algo pero el cansancio la golpeó y la habitación se
difuminó mientras Nicholas le susurraba palabras afectuosas y sus cuerpos permanecían unidos.

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