miércoles, 26 de febrero de 2014

Para Siempre-Capitulo 21

Capitulo 21



El cielo estaba nublado y gris mientras el reluciente carruaje negro lacado de Nicholas recorría elegantemente las abarrotadas calles de Londres, arrastrado por cuatro briosos caballos zainos con un magnífico arnés plateado. Seis jinetes vestidos de terciopelo verde y librea encabezaban la procesión, seguidos por cuatro hombres uniformados, montados detrás del coche. Dos cocheros se sentaban orgullosamente tiesos encima del coche y dos más iban en la parte trasera del vehículo.
Miley se acurrucaba en el mullido y lujoso sillón del coche de Nicholas, envuelta en una capa de increíble belleza y de un coste salvajemente exorbitante, con las ideas tan sombrías como el día que hacía fuera.
—¿Tienes frío, querida? —preguntó Charles solícito desde el lugar que ocupaba frente a ella.
Miley negó con la cabeza, preguntándose nerviosa por qué Nicholas había insistido en hacer de su boda semejante espectáculo.
Pocos minutos más tarde, puso la mano en la de Charles y bajó del coche, subió despacio los empinados escalones de la gran iglesia gótica, como una niña a quien su padre lleva a un acontecimiento temible.
Esperó junto a Charles en la puerta trasera de la iglesia, intentando no pensar en la trascendencia de lo que estaba a punto de hacer, dejando que su mirada vagase sin rumbo sobre la multitud. Su mente aprehensiva se fijó al azar en las inmensas diferencias entre los aristócratas de Londres, vestidos con seda y finos brocados que habían ido a ser testigos de su boda, y los sencillos y amistosos aldeanos que siempre había deseado tener cerca el día de su boda. Apenas conocía a la mayoría de personas, a algunas no las había visto en la vida. Evitando cuidadosamente mirar hacia el altar, donde Nicholas y no Andrew pronto la aguardaría, observó los bancos. Había un lugar vacío, reservado para Charles, en el primer banco de la derecha, pero el resto estaba lleno de invitados. Directamente al otro lado del pasillo en el primer banco, que normalmente habría estado reservado para la familia cercana de la novia, había una vieja dama apoyada sobre un bastón de ébano, con el cabello oculto por un turbante de satén de un color púrpura intenso.
La cabeza del turbante le resultaba vagamente familiar, pero Miley estaba demasiado nerviosa para recordar dónde la había visto y Charles atrajo su atención haciendo un gesto hacia lord Collingwood, que caminaba hacia ellos.
—¿Ha llegado Nicholas? —preguntó Charles cuando Robert Collingwood les alcanzó.
El conde, que era el padrino de Nicholas, besó la mano de Miley, con una sonrisa tranquilizadora y afirmó:
—Aquí está y preparado, cuando vosotros lo estéis.
Las rodillas de Miley empezaron a temblar. No estaba preparada, ¡no estaba preparada para hacer aquello en absoluto!
Caroline le puso bien la cola del traje azul satinado salpicado de diamantes y sonrió a su marido.
—¿Está nervioso, lord Fielding?
—Dice que no —confesó Robert—, pero preferiría que esto ya estuviera en marcha.
¡Qué frío!, pensó Miley, mientras su miedo se convertía en pánico. ¡Qué distante! ¡Qué Nicholas!
Charles estaba intranquilo, ansioso.
—Estamos listos —respondió con entusiasmo—. Comencemos.
Sintiéndose como una marioneta cuyos hilos manejaba otra persona. Miley puso la mano en el brazo de Charles y, empezó el interminable desfile por el pasillo iluminado por velas. Avanzó a través de la luz de las velas en un lujoso remolino de satén azul brillante, con diamantes que centelleaban como pequeñas luces parpadeantes en su cabello, en su garganta y esparcidos por su velo. En la gran gradería superior, el coro cantaba, pero Miley no lo oía. Detrás de ella, alejándose deprisa a cada paso, quedaban la risa y los días despreocupados de su niñez. Delante... delante estaba Nicholas, vestido en un espléndido traje de rico terciopelo azul oscuro. Con el rostro parcialmente ensombrecido, parecía muy alto y oscuro. Tan oscuro como lo desconocido... tan oscuro como su futuro.
—¡Por qué haces esto! —exclamó para sí la mente aterrorizada de Miley mientras Charles la conducía hasta Nicholas.
—No lo sé —se respondió en silencio—. Nicholas me necesita.
—¡Eso no es ningún motivo! —le gritó su mente—. Aún puedes escapar. Da media vuelta y corre.
—No puedo —le gritó su corazón.
—¿Por qué no?
—Se sentiría humillado si lo hago... más humillado que por su primera mujer.
—Recuerda lo que te dijo tu padre: nunca dejes que nadie te convenza de que puedes ser feliz con alguien que no te quiere. Recuerda lo desgraciado que era. ¡Corre! ¡Rápido! ¡Sal de aquí antes de que sea demasiado tarde!
El corazón de Miley perdió la batalla contra el terror mientras Charles le colocaba la mano helada en la cálida mano de Nicholas y daba un paso atrás. Su cuerpo se tensó para huir, con la mano libre se recogió la falda, se le aceleró la respiración. Se disponía a retirar la mano derecha del alcance de Nicholas en el mismo momento en que sus dedos se cerraron alrededor de los suyos como una trampa de acero y volvió la cabeza bruscamente, con sus intensos ojos verdes mirándole a los suyos, advirtiéndole de que no lo intentara. De repente aflojó la mano, con la mirada perdida, distante. Nicholas le soltó la mano, dejando que cayera a un lado, ante su voluminosa falda y miró al arzobispo.
¡Va a parar esto!, pensó Miley mientras el arzobispo se inclinaba y decía:
—¿Empezamos, milord?
Nicholas movió la cabeza y abrió la boca.
—¡No! —susurró Miley, intentando detener a Nicholas.
—¿Qué ha dicho? —preguntó el arzobispo con el ceño fruncido.
Miley levantó los ojos hacia Nicholas y vio la humillación que ocultaba tras una máscara de cínica indiferencia.
—Solo estoy asustada, milord. Por favor, dame la mano.
Nicholas vaciló, la miró escrutadoramente a los ojos y pronto la férrea severidad de sus rasgos se aflojó. Sus manos tocaron las suyas, luego se cerraron tranquilizadoramente alrededor de sus dedos.
—Ahora, ¿puedo proceder? —susurró el indignado arzobispo.
Los labios de Nicholas temblaron.
—Por favor.
Mientras el arzobispo empezaba a leer el largo servicio religioso. Charles observaba gozoso a la novia y el novio, con el corazón henchido a punto de estallar, pero un destello púrpura divisado con el rabillo del ojo combinado con la inquietante sensación de ser observado, atrajo de repente su atención. Miró de reojo y se puso tieso de la impresión cuando sus ojos chocaron con los azul pálido de la duquesa de Claremont. Charles la miró, con el rostro vivo de frío triunfo; luego, con una última mirada desdeñosa, apartó la vista de ella y su presencia de su mente. Observó a su hijo junto a Miley, dos seres jóvenes y hermosos manifestándose que se unirían para siempre. Las lágrimas le inundaron los ojos cuando el arzobispo entonó:
—Tú, Miley Seaton...
—Katherine, mi amor —susurró Charles en lo más profundo de su corazón—, ¿ves a nuestros hijos aquí? ¿No son hermosos juntos? Tu abuela impidió que tuviéramos hijos, querida; esa fue su Miley, pero esta es la nuestra. Tendremos nietos en lugar de hijos, mi corazón. Mi querida y hermosa Katherine, tendremos nietos.
Charles inclinó la cabeza, no quería permitir que la anciana del otro lado del pasillo viera que estaba llorando. Pero la duquesa de Claremont no podía ver nada a través de las lágrimas que derramaban sus ojos y resbalaban por sus arrugadas mejillas.
—Katherine, mi amor —susurró para sí—, mira lo que he hecho. En mi est/úpido y ciego egoísmo evité que te casaras con él y tuvieras hijos con él. Pero ahora lo he dispuesto para que tengas nietos. ¡Oh, Katherine, te quería tanto! Quería que tuvieras el mundo a tus pies y no creí que lo único que querías era a él.
Cuando el arzobispo pidió a Miley que repitiera sus votos, recordó su trato para hacer que todo el mundo creyera que estaba muy ligada a Nicholas. Levantó la cara hacia la suya, intentó hablar con claridad y seguridad, pero cuando le estaba prometiendo amarlo, la mirada de Nicholas se elevó súbitamente hacia el arqueado techo de la iglesia y apareció una mirada sardónica en sus labios. Miley se percató de que estaba vigilando por si caía un rayo y la tensión se disolvió en una ahogada risita, que le valió una mueca profundamente reprobatoria por parte del arzobispo.
La hilaridad de Miley se disolvió bruscamente cuando oyó la voz profunda y resonante de Nicholas reverberar en toda la iglesia, ofreciéndole todas las bendiciones terrenales. Y luego se acabó.
—Puede besar a la novia —pronunció el arzobispo.
Nicholas se volvió y la miró con los ojos resplandecientes de intenso triunfo, tan inesperado y tan terrible que Miley se puso tensa cuando sus brazos la rodearon. Inclinando la cabeza, Nicholas reclamó sus temblorosos labios en un beso largo y audaz que hizo sonrojarse al arzobispo y reír a varios invitados; luego la soltó y le cogió la mano.
—Milord —susurró implorante mientras caminaban por el pasillo hacia la puerta encabezando la salida de la iglesia—, por favor... no puedo seguir tus pasos.
—Llámame Nicholas —le ordenó bruscamente, pero aminoró el paso—. Y la próxima vez que te bese, finge que te gusta.
Su tono glacial le sentó como un cubo de agua fría, pero de alguna manera Miley se las arregló para mantenerse en pie entre Charles y Nicholas fuera de la iglesia y sonreír, un poco tensa, a los ochocientos invitados que se detuvieron a desearles felicidad.
Charles se volvió para hablar con uno de sus amigos justo cuando el último invitado salió de la iglesia, inclinándose pesadamente en el mango engarzado de joyas de su bastón de ébano.
Ignorando por completo a Nicholas, la duquesa se acercó a Miley y la miró fijamente a los ojos azules.
—¿Sabes quién soy? —le exigió sin preámbulo cuando Miley le sonrió educadamente.
—No, señora —admitió Miley—. Lo siento mucho pero no. Creo haberla visto en alguna parte antes, me resulta muy familiar, sin embargo...
—Soy tu bisabuela.
La mano de Miley se crispó espasmódicamente en el brazo de Nicholas. Era su bisabuela, la mujer que se había negado a albergarla y que había destruido la felicidad de su madre. La barbilla de Miley se elevó.
—No tengo bisabuela —dijo con calma mortal.
Aquel sencillo enunciado tuvo un efecto muy extraño en la duquesa viuda. Sus ojos brillaban de admiración y el asomo de una sonrisa ablandó sus estrictos rasgos.
—¡Oh, pero sí la tienes, querida! La tienes —repitió casi con cariño—. De aspecto eres como tu madre, pero ese orgullo desafiante es mío —se rió y negó con la cabeza cuando Miley se disponía a discutir—. No, no te molestes en negar mi existencia otra vez, pues mi sangre fluye por tus venas y es mi propia obstinación la que veo en tu barbilla. Los ojos de tu madre, mi fuerza de voluntad...
—¡Apártate de ella! —exclamó furioso Charles—. ¡Fuera de aquí!
La duquesa se puso tiesa y sus ojos se llenaron de ira.
—No te atrevas a usar ese tono conmigo, Atherton, o yo...
—¿O qué me harás? —le espetó despiadadamente Charles—. No te molestes en amenazarme. Ahora tengo todo lo que quería.
La duquesa viuda de Claremont lo miró desde toda la longitud de su aristocrática nariz, con expresión triunfante.
—Lo tienes porque yo te lo di, idi/ota —haciendo caso omiso de la mirada atónita y furiosa de Charles, se volvió a dirigir hacia Miley y sus ojos se llenaron de cariño. Extendió la frágil mano y la posó en la mejilla de Miley mientras se le empañaban los ojos—. Tal vez vengas a Claremont House a ver a Dorothy cuando regrese de Francia. No ha sido fácil mantenerla alejada de ti, pero lo habría estropeado todo con su insulsa charla sobre viejos escándalos... viejos rumores —corrigió de inmediato la duquesa.
Se dirigió hacia Nicholas y su expresión se volvió más severa.
—Le confío el cuidado de mi bisnieta, Wakefield, le hago personalmente responsable de su felicidad, ¿está claro?
—Muy claro —respondió con voz solemne, pero miraba a la minúscula mujer que le lanzaba vagas amenazas con una hilaridad apenas disimulada.
La duquesa examinó a conciencia sus rasgos tranquilos, luego asintió.
—Ahora que nos comprendemos, me iré —levantó la muñeca—. Puede besarme la mano.
Con perfecta ecuanimidad, Nicholas tomó la mano levantada en la suya y le depositó un galante beso en el dorso.
Volviéndose hacia Miley, la duquesa dijo débilmente.
—Supongo que sería mucho pedir... —Miley apenas comprendía lo que estaba ocurriendo en los minutos transcurridos desde que su bisabuela se le había acercado, pero sabía sin ningún género de duda que la emoción que veía en los ojos de la anciana era amor... amor y un terrible arrepentimiento.
—Abuela —suspiró con voz entrecortada y se vio a sí misma abrazada fuertemente por su bisabuela.
La duquesa se echó un poco atrás, con una sonrisa emocionada y tímida; entonces dirigió una mirada imperiosa a Nicholas.
—Wakefield, he decidido no morir hasta sostener a mi tataranieto en los brazos. Como no voy a vivir eternamente, no toleraré retrasos por su parte.
—Me ocuparé prontamente del asunto, excelencia —prometió Nicholas, con rostro impasible, pero con la risa reflejándose en sus ojos de jade.
—Tampoco toleraré ninguna tontería por tu parte, querida —advirtió a su arrebolada bisnieta. Dando un golpecito en la mano a Miley, añadió con nostalgia—: He decidido retirarme al campo. Claremont está solo a una hora de viaje de Wakefield, así que tal vez puedas visitarme de vez en cuando. —Y diciendo eso, hizo una seña a su abogado, que aguardaba a la puerta de la iglesia y le ordenó solemnemente—: Déme su brazo, Weatherford. Ya he visto lo que quería ver y dicho lo que quería decir.
Con una última y triunfante mirada al perplejo Charles, se dio media vuelta y se alejó con los hombros muy tiesos y el bastón apenas rozando el suelo.
Muchos de los invitados a la boda aún estaban por allí, esperando sus carruajes, cuando Nicholas condujo a Miley a través de la muchedumbre hasta su lujoso vehículo. Miley sonreía de modo automático cuando la gente les saludaba y les observaba marcharse, pero su mente estaba tan afectada por el día cargado de emociones que no fue consciente de su entorno hasta que se acercaban al pueblo cercano a Wakefield. Con culpable sobresalto, se percató que no había dicho más que una docena de palabras a Nicholas en más de dos horas.
Miró a hurtadillas al atractivo hombre que ahora era su marido. Él miraba hacia el otro lado y su perfil era una máscara dura y bien definida, carente de compasión ni comprensión. Miley sabía que estaba enfadado con ella por haber intentado abandonarle ante el altar, enfadado y rencoroso. El miedo a una posible venganza le crispó los nervios, añadiendo más tensión a sus ya sobrecargadas emociones. Se preguntó frenéticamente si con aquel gesto ella había creado una brecha entre ellos que tal vez nunca se cerraría.
—Nicholas —empezó, usando tímidamente su nombre de pila—, siento lo que sucedió en la iglesia.
Se encogió de hombros sin que su rostro demostrara ninguna emoción.
Su silencio solo sirvió para aumentar la ansiedad de Miley mientras el carruaje doblaba una curva y descendía a un pueblecito pintoresco cercano a Wakefield. Estaba a punto de volver a disculparse, cuando de repente las campanas de la iglesia empezaron a tocar y vio a los aldeanos y campesinos alineados en la carretera que tenían delante, vestidos con sus mejores galas.
Sonreían y saludaban al paso del coche y los niños pequeños, con ramos de flores salvajes fuertemente apretados en los puños, se acercaban corriendo y le ofrecían sus ramilletes a Miley a través de la ventana abierta del carruaje.
Un niño de unos cuatro años se tropezó con una gruesa raíz que había a un lado del camino y aterrizó sobre su ramo.
—Nicholas —imploró Miley olvidándose del malestar que reinaba entre ambos—, dile al cochero que se detenga, por favor!
Nicholas obedeció y Miley abrió la puerta.
—¡Qué flores más preciosas! —exclamó al niñito, que se estaba levantando del camino al lado del coche, mientras algunos niños más mayores se burlaban y le gritaban—. ¿Son para mí? —le preguntó con entusiasmo, haciendo un gesto hacia las maltrechas flores.
El niño sollozó, se enjuagó las lágrimas de los ojos con su puñito sucio.
—Sí, señora, eran para usted, antes de que me cayera encima de ellas.
—¿Me las das? —le alentó Miley, sonriendo—. Estarán preciosas aquí en mi propio ramo.
El pequeño le tendió tímidamente los decapitados tallos.
—Las cogí yo mismo —susurró orgulloso con los ojos muy abiertos mientras Miley insertaba con cuidado dos tallos en su espléndido ramo—. Me llamo Billy —explicó mirando a Miley con el ojo izquierdo, mientras el derecho se desviaba hacia el lado próximo a su nariz—. Vivo en aquel orfanato.
Miley sonrió y dijo amablemente:
—Me llamo Miley, pero mis amigos me llaman Miley. ¿Te gustaría llamarme Miley?
Su pequeño pecho se hinchó de orgullo, pero dirigió una cauta mirada a Nicholas y aguardó a que el señor asintiera antes de asentir él mismo con la cabeza y con un eufórico sí.
—¿Te gustaría venir a Wakefield un día de estos y ayudarme a volar una cometa? —continuó, mientras Nicholas la observaba con pensativa sorpresa.
Su sonrisa se desvaneció.
—No soy buen corredor, me caigo mucho —admitió con dolorosa intensidad.
—Probablemente se deba a tu ojo, pero yo sé la manera de arreglarlo. Una vez conocí a otro niño con un ojo como el tuyo. Un día, cuando jugábamos a indios y a vaqueros, se cayó y se hirió en el ojo bueno, y mi padre le puso un parche en él hasta que se curó. Bueno, mientras el ojo bueno estaba tapado, el malo empezó a enderezarse, mi padre pensó que era debido a que el ojo malo tuvo que trabajar mientras el bueno estaba tapado. ¿Querrás venir a visitarme y probaremos el parche?
—Tendré un aspecto raro, señora —respondió dubitativo.
—Nosotros pensamos que Jimmy, así se llama el otro niño, parecía exactamente un pirata —le contó Miley— y pronto todos intentaremos llevar parches en un ojo. ¿Querrás que te visite y juguemos a piratas?
Asintió y se volvió para sonreír con aires de suficiencia a los demás niños.
—¿Qué te dijo la dama? —exigieron cuando Nicholas indicó al cochero que continuara.
Billy hundió las manos en los bolsillos, sacó pecho y declaró con orgullo:
—Dijo que podía llamarla Miley.
El niño se unió a los adultos, que formaron una procesión y siguieron el carruaje colina arriba en lo que Miley supuso sería una especie de costumbre festiva del lugar que se celebraba en los esponsales del señor de la heredad. Cuando los caballos atravesaron las macizas puertas de hierro de Wakefíeld Park, un pequeño ejército de aldeanos les seguía y más gente les aguardaba a lo largo de la avenida flanqueada por árboles que atravesaba el parque. Miley miró con incertidumbre a Nicholas y hubiera jurado que ocultaba una sonrisa.
La razón de su sonrisa fue obvia en cuanto el coche se acercó a la gran casa. Le había contado a Nicholas que siempre había soñado con casarse en un pequeño pueblo con los aldeanos allí para celebrar la ocasión y, en un gesto extrañamente quijotesco, el enigmático hombre con el que se acababa de casar intentaba hacer realidad al menos una parte de su sueño. Había transformado las praderas de Wakefield en una enramada de flores de cuento de hadas. Enormes cúpulas de orquídeas blancas, lirios y rosas se extendían sobre las enormes mesas repletas de bandejas de plata, porcelana y comida. El pabellón del confín más alejado de las praderas estaba cubierto de flores y ensartado de lámparas de alegres colores. Ardían brillantes antorchas allí donde mirase, apartando la invasora oscuridad y añadiendo un fulgor festivo y misterioso a la escena.
En lugar de molestarse por dejar a la mayoría de invitados a la boda en Londres, era obvio que Nicholas se había gastado una fortuna en convertir su finca en un refugio de fantasiosa belleza para ella y luego había invitado a todo el pueblo a celebrar su matrimonio. Incluso la naturaleza había colaborado con el plan de Nicholas, pues las nubes empezaban a disiparse, alejadas por el sol poniente, que decoraba el cielo con intensos destellos rosados y púrpura.
El coche se detuvo frente a la casa y Miley miró a su alrededor a aquella prueba de la amabilidad de Nicholas, una amabilidad que contradecía abiertamente su fachada normal de insensible indiferencia. Le miró, descubriendo la sonrisita que le arrugaba la comisura de los ojos, a pesar de sus esfuerzos por ocultarla y posó delicadamente la mano en su brazo.
—Nicholas —susurró, con voz temblorosa por la emoción—. Yo... yo... gracias.
Recordó la advertencia de que le agradeciera las cosas con un beso y se acercó contra su duro pecho y le besó, con una tímida ternura que se difundía por sus venas.
La risueña voz irlandesa de un hombre devolvió a Miley a la realidad.
—Nicholas, chico, ¿vas a salir de ese coche y presentarme a tu novia o tendré que presentarme yo mismo?
Nicholas dio media vuelta y una mirada de sorprendido placer recorrió sus bronceados rasgos mientras bajaba del coche. Estrechó la mano tostada del irlandés, pero el hombre lo envolvió en un gran abrazo de oso.
—Así que —exclamó por fin el extraño, cogiendo a Nicholas de los hombros y sonriéndole con un afecto no disimulado—, por fin has encontrado una esposa que dé calor a ese enorme y frío palacio tuyo. Al menos podías haber esperado a que mi barco llegara a puerto, así habría podido asistir a la boda —bromeó.
—No esperaba verte hasta el mes que viene —respondió Nicholas—. ¿Cuándo has vuelto?
—Me quedé para comprobar que se descargaba el barco y he vuelto a casa hoy. Llegué aquí hace una hora, pero en lugar de encontrarte trabajando duro, me entero de que estás ocupado, casándote. Bueno, ¿vas a presentarme a tu esposa? —pidió de buen humor.
Nicholas se volvió para ayudar a bajar a Miley y luego le presentó al marino como el capitán Michael Farrell. El capitán Farrell tenía unos cincuenta años, según la apreciación de Miley, tenía un grueso cabello castaño y los ojos de color avellana más alegres que había visto. El rostro bronceado y curtido, y las pequeñas arrugas que partían de las comisuras de los ojos, atestiguaban una vida pasada en la cubierta de un barco. A Miley le gustó a primera vista, pero oír cómo por primera vez se referían a ella como la esposa de Nicholas alteró su compostura tanto que saludó a Mike Farrell con la reservada formalidad que se le exigía que mantuviera desde que llegó a Inglaterra.
Al hacer esto, la expresión del capitán Farrell se alteró. La cálida aprobación se esfumó de sus ojos y sus modales superaron en mucho a los de Miley en rigurosidad.
—Es un placer conocerla, lady Fielding —entonó con una breve y elegante inclinación—. Debe perdonar mi inadecuado atuendo. No tenía ni idea de que iba a comenzar una fiesta. Ahora, si me disculpa, llevo seis meses en el mar y estoy ansioso por llegar a mi hogar.
—¡Oh, pero no puede irse! —le instó Miley, reaccionando con la inafectada calidez más propia de ella que la ceremoniosa formalidad. Veía que el capitán Farrell era un amigo especialmente bueno de Nicholas y quería que se sintiera bien recibido—. Mi marido y yo estamos exageradamente vestidos para este momento del día —bromeó—. Además, después de pasar en el mar solo seis semanas, añoraba sobremanera sentarme a una mesa que no cabeceara ni se balanceara, estoy segura de que nuestras mesas se quedarán donde están.
El capitán Farrell la examinó como si no supiera qué hacer con ella.
—¿Adivino que no disfrutó del viaje, lady Fielding? —preguntó sin ceremonias.
Miley negó con la cabeza, con una sonrisa contagiosa.
—Tanto como cuando me rompí el brazo o tuve el sarampión, al menos entonces no me dieron arcadas, lo cual me ocurrió durante toda una semana en el mar. Me temo que no soy un buen marino, pues cuando se desencadenó una tormenta, antes de que me recuperara del «mal de mer», estaba vergonzosamente asustada.
—¡Dios santo! —exclamó el capitán Farrell, recuperando en la sonrisa su original calidez—. No se llame cobarde por eso. Curtidos marineros tienen miedo de morir durante una tormenta en el Atlántico.
—Pero yo —le contradijo Miley, riéndose— tenía miedo de no morirme.
Mike Farrell echó la cabeza hacia atrás y estalló en carcajadas; luego cogió ambas manos de Miley en sus manazas callosas y enormes y sonrió.
—Será un placer quedarme y acompañarte a ti y a Nicholas. Perdona por haber estado tan... vacilante antes.
Miley asintió feliz. Luego cogió una copa de vino de la bandeja que pasaba un criado y se dirigió hacia los dos granjeros que la habían traído a Wakefield el día de su llegada.
Cuando se hubo ido, Mike Farrell se volvió hacia Nicholas y dijo tranquilamente:
—Cuando la vi besarte en el coche, me gustó su aspecto a primera vista, Nicholas. Pero cuando me saludó de aquel modo tan correcto y formal, con esa expresión ausente en los ojos como si realmente no me viera, temí por un momento que te hubieras casado con otra pu/ta altiva como Melissa.
Nicholas observó a Miley tranquilizando a los incómodos granjeros.
—Es cualquier cosa salvo altiva. Su perro es medio lobo y ella es medio pez. Mis criados la adoran, Charles la adora y todos los est/úpidos petimetres de Londres están fantasiosamente enamorados de ella.
—¿Incluido tú? —preguntó deliberadamente Mike Farrell.
Nicholas contempló a Miley apurar el vino y coger otra copa. El único modo en que había podido casarse con él aquella mañana era fingiendo que se trataba de Andrew e, incluso así, estuvo a punto de plantarlo en el altar delante de ochocientas personas. Como nunca antes la había visto beber más que un sorbo de vino, y ya iba por el segundo, Nicholas supuso que intentaba aliviar su repulsión por tener que acostarse con él aquella noche.
—No pareces el más feliz de los novios —le confesó Mike Farrell, observando la sombría expresión de Nicholas.
—Nunca he sido más feliz —respondió Nicholas amargamente y fue a saludar a unos invitados, cuyos nombres no sabía, para podérselos presentar a la mujer con la que se empezaba a arrepentir de haberse casado.
Actuó de anfitrión e hizo el papel de novio con una apariencia externa de sonriente cordialidad, recordando todo el rato que Miley casi había huido de él en la iglesia. El recuerdo le resultaba dolorosamente hiriente y denigrante y no podía quitárselo de la cabeza.
Las estrellas parpadeaban en el cielo mientras Nicholas se mantenía al margen, observándola bailar con los hacendados del lugar y con Mike Farrell y con algunos de los aldeanos. Miley le evitaba deliberadamente, lo sabía, y en aquellas raras ocasiones en que sus miradas se cruzaban, ella apartaba rápidamente la vista.
Hacía rato que se había quitado el velo y pedido a la orquesta que interpretara canciones más alegres, luego encantó a los aldeanos pidiéndoles que le enseñaran las danzas locales. Cuando la luna ya se había alzado en el cielo, todo el mundo estaba bailando y aplaudiendo y divirtiéndose a conciencia, incluso Miley, que se había tomado cinco copas de vino. Era evidente que intentaba beber hasta emborracharse, pensó Nicholas con sarcasmo, notando el rubor de sus mejillas. Se le hizo un nudo en el estómago mientras pensaba en lo que esperaba de aquella noche y del futuro. Como un idi/ota, había creído que tenía por fin la felicidad al alcance de la mano.
Reclinado contra un árbol la observaba, preguntándose por qué las mujeres se sentían tan atraídas hacia él hasta que se casaba con ellas y luego le odiaban. Había vuelto a hacerlo, pensó furioso. Había vuelto a cometer el mismo error idi/ota dos veces; se había casado con una mujer que consentía porque quería algo de él, no porque le quisiera.
Melissa quería a todo hombre que veía, salvo a él. Miley quería solo a Andrew: el bueno, amable, gentil y débil de carácter de Andrew.
La única diferencia entre Melissa y Miley era que Miley era mucho mejor actriz, decidió Nicholas. Sabía que Melissa era una pu/ta egoísta y calculadora desde el principio, pero había creído que Miley era lo más cercano a un ángel... un ángel caído, por supuesto —gracias a Andrew—, pero no lo había utilizado contra ella. Ahora lo hacía. La despreciaba por haberse entregado libremente a Andrew, pero querer evitar entregarse a su esposo, que era exactamente lo que intentaba hacer consumiendo tanto vino como para insensibilizarse. Odiaba el modo en que había temblado en sus brazos y evitado su mirada cuando bailaba con ella hacía solo unos minutos y luego también se había estremecido cuando le sugirió que era el momento de ir adentro.
Desapasionadamente, Nicholas se preguntó por qué podía hacer que sus amantes gritaran de éxtasis, pero las mujeres con las que se casaba no querían nada con él desde el momento en que pronunciaban los votos. Se preguntó por qué le resultaba tan fácil hacer dinero, pero la felicidad siempre se le escapaba. Era evidente que la depravada vieja bruja que le había criado tenía razón; él era el engendro del diablo, no merecía la vida y mucho menos la felicidad.
Las únicas tres mujeres que habían formado parte de su vida, Miley, Melissa y su madrastra, habían visto en él algo que le hacía odioso y horrible a sus ojos, aunque ambas esposas habían ocultado su repulsión hasta después de la boda, cuando su fortuna era finalmente de ellas.
Con implacable resolución, Nicholas se acercó a Miley y le tocó en el brazo. Ella dio un salto y se apartó como si su contacto le quemara.
—Es tarde y es hora de entrar —le dijo.
Incluso a la luz de la luna, su rostro estaba perceptiblemente pálido y una mirada acorralada e inquieta agrandaba sus ojos.
—Pe... pero aún no es tarde...
—Lo suficientemente tarde como para irse a la cama, Miley —le dijo tajante.
—¡Pero no tengo nada de sueño!
—Bien —respondió Nicholas con deliberada crudeza. Sabía que lo había entendido porque todo su cuerpo empezó a temblar—. Hicimos un trato —le recordó rudamente—, y espero que cumplas tu parte, por muy desa-gradable que te parezca la perspectiva de irte a la cama conmigo.
Su voz glacial y autoritaria la heló hasta los huesos. Asintiendo, Miley entró muy tiesa en la casa y subió hasta sus nuevas dependencias, que eran contiguas a las de Nicholas.
Notándola retraída, Ruth ayudó en silencio a Miley a quitarse el traje de novia y ponerse la negligé de encaje color crema que madame Dumosse había creado especialmente para su noche de bodas.
Miley sintió un gusto amargó en la garganta y el terror en sus entrañas cuando Ruth se inclinó a abrir la cama. El vino que había bebido, con el que esperaba calmar su temor, ahora le hacía sentirse mareada y descompuesta. En lugar de calmarla como antes había hecho, le hacía sentirse violentamente enferma y horriblemente incapaz de controlar sus emociones. Deseaba fervientemente no haberlo probado. La única vez que había tomado más que un sorbo de alcohol fue después del funeral de sus padres, cuando el doctor Morrison insistió en que tomara dos copas. En aquella ocasión le entraron arcadas y el doctor le dijo que tal vez fuera de aquellas personas cuyo organismo no tolera el alcohol.
Con la escabrosa descripción de la señorita Flossie en mente. Miley se acercó a la cama. Pronto su sangre se derramaría en aquellas sábanas, pensó intensamente. ¿Cuánta sangre? ¿Cuánto dolor? Le entró un sudor frío y un fuerte mareo mientras Ruth ahuecaba las almohadas. Como una marioneta, subió a la cama, intentando controlar el pánico y la creciente náusea. No podía gritar ni demostrar su repulsión, le había dicho la señorita Flossie, pero cuando Nicholas abrió la puerta que conectaba las habitaciones y entró vestido con una bata de brocado marrón que dejaba ver buena parte de su pecho desnudo y sus piernas, Miley no pudo reprimir una expresión de miedo.
—¡Nicholas! —exclamó, hundiéndose en la almohada.
—¿A quién esperabas, a Andrew? —preguntó sin entusiasmo.
Se disponía a desanudar el cinturón que mantenía los dos lados de la túnica juntos y el miedo de Miley se convirtió en pánico.
—No lo hagas —suplicó con vehemencia, incapaz de hablar o pensar coherentemente—. Un caballero seguro que no se desnudaría delante de una dama, ni siquiera aunque estuvieran casados.
—Creo que ya hemos mantenido esta conversación antes, pero en caso de que lo hayas olvidado, te recuerdo que no soy un caballero —sus manos tiraron de los extremos del cinturón de satén—. Sin embargo, si la visión de mi cuerpo poco caballeroso hiere tu sensibilidad, puedes resolver ese problema cerrando los ojos. La otra solución posible es meterme en la cama y entonces quitarme la bata y esa opción hiere mi sensibilidad.
Se abrió la bata, la arrugó y los ojos de Miley se abrieron de mudo terror ante su enorme y musculoso cuerpo.
La secreta y minúscula esperanza que Nicholas había albergado de que se sometiera voluntariamente a sus insinuaciones se esfumó cuando ella cerró los ojos y apartó la cara.
Nicholas la miró y luego, con deliberada rudeza, arrancó las sábanas de sus puños y las apartó. Se metió en la cama a su lado y sin palabras desató el lazo del escote de su négligé de satén y encaje; ella respiró hondo mientras Nicholas contemplaba la desnuda perfección de su cuerpo.
Tenía unos senos prominentes y maduros, la cintura fina, las caderas sutilmente redondeadas. Tenía largas piernas e increíblemente torneadas, con muslos esbeltos y finas pantorrillas. Mientras la recorría con la mirada, un rubor manchaba su lisa piel de marfil y cuando se disponía a posar la mano vacilante en uno de sus voluptuosos pechos, todo su cuerpo se sacudió, rechazando su contacto.
Para ser una mujer experimentada, estaba tan fría y rígida como una piedra, allí tumbada, vuelta la cara con repulsión. Nicholas pensó en seducirla para que cooperase, pero luego rechazó la idea con desprecio. Aquella mañana casi lo abandona en el altar y era obvio que no deseaba sufrir sus prolongadas caricias.
—No hagas esto —dijo frenéticamente mientras le acariciaba los senos. ¡Voy a marearme! —gritó, intentando huir de la cama—. ¡Vas a hacer que me maree!
Sus palabras martilleaban el cerebro de Nicholas como afilados clavos y una ira brutal estalló dentro de él. Hundiendo las manos en su exuberante cabello, Nicholas se puso encima de ella.
—En ese caso —rugió, jadeante—, será mejor que acabemos esto deprisa.
Visiones de sangre y terrible dolor rondaban a Miley añadiendo su horror a la náusea que el vino le provocaba.
—¡No quiero! —gritó lastimera.
—Hicimos un trato y mientras estemos casados, lo cumplirás —susurró mientras le apartaba los rígidos muslos.
Miley gimoteó mientras su miembro rígido se hundía audazmente en ella, pero, en lo más hondo de su agitada mente, sabía que tenía razón en lo del trato y dejó de luchar con él.
—Relájate —le advirtió amargamente en la oscuridad, encima de ella—, puede que no sea tan considerado como tu querido Andrew, pero no quiero hacerte daño.
Su perversa mención de Andrew en una ocasión como aquella le llegó al alma y su angustia se volcó en un grito de dolor mientras Nicholas la embestía. Su cuerpo se encogía debajo del suyo y las lágrimas caían de sus ojos en humillados torrentes mientras su marido la usaba sin cariño ni ternura.
En el instante en que su peso se levantó de encima de ella, Miley se volvió a un lado, enterrando el rostro en la almohada, con el cuerpo estremecido de sollozos producidos en parte por el horror en parte por la conmoción.
—Fuera —le ordenó con voz ahogada, levantando las rodillas hacia su pecho y acurrucándose en una bola de angustia. ¡Vete, fuera!
Nicholas vaciló, entonces bajó de la cama, cogió su bata y se fue a su habitación. Cerró la puerta, pero los sonidos del llanto de Miley le siguieron. Desnudo, se acercó a su tocador, sacó una botella de cristal de brandy y llenó media copa con el potente brebaje. Tragó el ardiente líquido, intentando ahogar el recuerdo de su resistencia y el sonido de su desconsolada repulsión, borrar la idea de su cara afligida cuando intentaba soltarle la mano en el altar.
Que est/úpido había sido creyendo que Miley sentía cariño por él cuando le besaba. Le había dicho que no quería casarse con él cuando le sugirió que se casaran por primera vez. Hacía mucho tiempo, cuando descubrió que se suponía que estaban comprometidos, le había dicho lo que realmente pensaba de él: «Eres un monstruo, frío, insensible, arrogante... Ninguna mujer en su sano juicio querría casarse contigo... No vales ni una décima parte que Andrew...».
Sentía cada una de las palabras que le había dicho.
Qué est/úpido había sido convenciéndose de que realmente lo quería... Nicholas volvió a poner la copa en el tocador y miró su reflejo en el espejo. Restos de sangre fluían por sus muslos.
Sangre de Miley.
Su corazón podía haber pertenecido a Andrew, pero no su hermoso cuerpo, ese se lo había entregado solo a Nicholas. Se miró mientras un odio contra sí mismo fluía por sus venas como el ácido. Estaba tan celoso, tan herido por haber intentado dejarle en el altar, que ni siquiera se había dado cuenta de que era virgen.
Cerró los ojos con doloroso remordimiento, incapaz de contemplar la visión de sí mismo. No había mostrado hacia Miley más ternura o consideración que un marinero borracho hacia una buscona de pago.
Pensó en lo seco y tenso que estaba su conducto, lo pequeña y frágil que se sentía en sus brazos, lo perversamente que la había usado y le invadió un arrepentimiento enloquecedor.
Abrió los ojos, se miró al espejo, sabiendo que había convertido su noche de bodas en una pesadilla. Miley en realidad era el ángel dulce, valiente y lleno de vida que había creído que era desde el principio. Y él... él era exactamente lo que su madrastra le había llamado de niño: el engendro del diablo.
Se puso la bata, cogió una caja de terciopelo de un cajón y volvió a la habitación de Miley. Se quedó de pie junto a su cama, mirándola dormir.
—Miley —susurró.
Ella se estremeció en sueños ante el sonido de su voz y Nicholas sintió remordimientos. Qué vulnerable y herida parecía; qué increíblemente hermosa estaba con el cabello derramado sobre las almohadas brillando a la luz de las velas.
Nicholas la observaba en atormentado silencio, incapaz de molestarla. Por fin se agachó y cariñosamente tapó con la colcha sus hombros desnudos, luego le quitó el cabello de la frente.
—Lo siento —susurró a su esposa durmiente.
Sopló la vela y dejó la caja, de terciopelo en la mesita junto a la cama, donde seguro la vería cuando se despertara. Los diamantes la aplacarían. Las mujeres lo perdonan todo con diamantes.



viernes, 21 de febrero de 2014

Para Siempre-Capitulo 20

Capitulo 20



—Buenas tardes, querida —saludó Charles alegremente, dando una palmada en la cama a su lado—. Ven a sentarte aquí. Tu visita de anoche con Nicholas me ha devuelto increíblemente la salud. Ahora, cuéntame más sobre tus planes de boda.
Miley se sentó a su lado.
—Realmente es todo muy confuso, tío Charles. Northrup me acaba de decir que Nicholas ha empacado las cosas de su estudio esta mañana y ha regresado a Wakefíeld.
—Lo sé —admitió Charles con una sonrisa—. Ha venido a verme antes de irse y me ha explicado que había decidido hacerlo «para guardar las apariencias». Cuanto menos tiempo pase cerca de ti, menos posibilidad hay de que se levanten más murmuraciones.
—Así que por eso se fue —comentó Miley, despejándose su expresión preocupada.
La risa sacudía los hombros de Charles mientras asentía.
—¡Mi niña, creo que esta es la primera vez en mi vida que Nicholas ha hecho una concesión al decoro! Le fastidia hacerlo, pero lo ha hecho de cualquier modo. Decididamente eres una buena influencia para él —concluyó Charles alegremente—. Tal vez lo próximo que puedas enseñarle sea a dejar de burlarse de los principios.
Miley le devolvió la sonrisa, aliviada y de repente muy feliz.
—Me temo que no sé nada sobre los preparativos de boda —admitió—, salvo que tendrá lugar en una gran iglesia aquí en Londres.
—Nicholas se está ocupando de todo. Se llevó a su secretario con él a Wakefield, junto con su personal principal de Londres, para poder hacer los preparativos. Después de la ceremonia, tendrá lugar una celebración de boda en Wakefield para vuestros amigos más íntimos y algunos de los aldeanos. Creo que la lista de invitados y las invitaciones ya se están confeccionando. Así que tú no tendrás nada que hacer salvo permanecer aquí y disfrutar de la sorpresa de todos cuando se enteren de que eres la más adecuada para convertirte en la próxima duquesa de Atherton.
Miley le restó importancia a eso y luego tímidamente sacó a colación algo que le preocupaba mucho más.
—La noche en que te pusiste tan enfermo, mencionaste algo sobre mi madre y tú, algo que tenías intención de contarme.
Charles volvió la cabeza y miró hacia la ventana y Miley se apresuró a decir:
—No tienes que contármelo si te preocupa hablar de ello.
—No es eso —manifestó, mientras su mirada regresaba lentamente hasta el rostro de Miley—. Sé lo comprensiva y sensible que eres, pero aún eres muy joven. Tú querías a tu padre, probablemente tanto como yo quería a tu madre. Cuando te cuente lo que tengo que contarte, tal vez pienses que soy un intruso en su matrimonio, aunque te juro que nunca me comuniqué con tu madre después de que se casara con tu padre. Miley —explicó apesadumbrado—, intento decirte que no quiero que me desprecies y temo que lo hagas cuando oigas la historia.
Miley le cogió la mano y le dijo amablemente:
—¿Cómo podría despreciar a alguien con el buen juicio de querer a mi madre?
Bajó la vista a su mano y su voz estaba anegada por la emoción.
—También has heredado el corazón de tu madre, ¿lo sabes?
Cuando Miley permaneció en silencio, volvió la mirada hacia las ventanas y empezó la historia de su relación con Katherine. Hasta que no la acabó no volvió a mirar a Miley y, cuando lo hizo, no vio condena en sus ojos, solo pena y compasión.
—Así que, ya ves —concluyó Charles—, la amé con todo mi corazón. La amé y la eché de mi vida cuando era la única cosa por la que merecía la pena vivir.
—Mi bisabuela te obligó a hacerlo —dijo Miley con ojos conmocionados.
—¿Fueron felices? Me refiero a tu madre y tu padre. Siempre me he preguntado qué tipo de matrimonio formaron, pero no me atrevía a preguntar.
Miley recordó la horrible escena de la que había sido testigo, hacía tantas navidades, entre sus padres, pero pudieron más los dieciocho años del cariño y consideración que se demostraron el uno al otro.
—Sí, fueron felices. Su matrimonio no fue en absoluto un matrimonio de la buena sociedad.
Habló de «un matrimonio de la buena sociedad» con tanta aversión que Charles sonrió picado por la curiosidad.
—¿A qué te refieres con «un matrimonio de la buena sociedad»?
—Al tipo de matrimonio que casi todo el mundo tiene aquí en Londres, salvo Robert y Caroline Collingwood y pocos más. El tipo de matrimonio en el que la pareja rara vez se ve en compañía del otro y, cuando sucede que coinciden en algún acto, se comportan como extraños, extraños correctos y bien educados. Los caballeros siempre están fuera disfrutando de sus diversiones y las damas tienen sus admiradores. Al menos mis padres vivieron juntos en un verdadero hogar y éramos una auténtica familia.
—Supongo que intentas formar un matrimonio a la vieja usanza con una familia a la vieja usanza —le incitó, pareciendo muy complacido por la idea.
—No creo que Nicholas quiera ese tipo de matrimonio —no pudo evitar contarle a Charles que la oferta original de Nicholas era que ella le diera un hijo y luego se fuera. Se consoló al saber que, aunque había hecho esa oferta, parecía preferir que ella se quedara con él en Inglaterra.
—Dudo mucho que ahora mismo Nicholas sepa lo que quiere —comentó Charles con gravedad—. Te necesita, niña. Necesita tu afecto y tu entereza. No lo admitirá, ni siquiera ante sí mismo... y, cuando finalmente lo admita, no le gustará, créeme. Se peleará contigo —le advirtió Charles con cariño—. Pero antes o después, te abrirá su corazón y cuando lo haga, encontrará la paz. A cambio, te hará más feliz de lo que nunca has soñado.
Parecía tan incrédula, tan escéptica, que la sonrisa de Charles se desvaneció.
—Ten paciencia con él, Miley. Si no fuera tan fuerte de cuerpo y mente, no habría sobrevivido a los trece años. Tiene cicatrices, profundas cicatrices. Pero tú tienes el poder para curárselas.
—¿Qué tipo de cicatrices?
Charles negó con la cabeza.
—Será mejor para los dos que sea el propio Nicholas quien te hable de su vida, en especial de su niñez. Si no lo hace, podrás acudir a mí.


En los días siguientes, Miley tuvo poco tiempo para pensar en Nicholas o en ninguna otra cosa. En cuanto salió del dormitorio de Charles, llegó a la casa madame Dumosse con cuatro costureras.
—Lord Fielding me ha dado instrucciones para que le confeccione un vestido de novia, mademoiselle —anunció, empezando a moverse alrededor de Miley—. Dijo que tiene que ser muy lujoso y muy elegante, personal, propio de una reina y sin nada de volantes.
A medio camino entre el fastidio y la risa ante la prepotencia de Nicholas, Miley la miró de soslayo.
—¿Ha elegido también el color?
—Azul.
—¿Azul? —estalló Miley, preparándose para presentar batalla a favor del blanco.
Madame Dumosse asintió, presionándose meditativa los labios con un dedo y la otra mano en jarras.
—Sí, azul. Azul hielo. Dice que está magnífica en ese color, «un ángel pelirrojo», dijo.
Miley decidió de repente que el azul hielo era un maravilloso color con el que casarse.
—Lord Fielding tiene un gusto excelente —continuó madame Dumosse, levantando las finas cejas sobre sus brillantes y despiertos ojos—. ¿No está usted de acuerdo?
—Decididamente —respondió Miley, riendo y rindiéndose a las hábiles atenciones de la modista.
Cuatro horas más tarde, cuando por fin madame Dumosse la soltó y ordenó a las costureras que fueran corriendo a la tienda, informaron a Miley de que lady Caroline Collingwood la aguardaba en el salón.
—Miley —exclamó su amiga, con expresión algo preocupada mientras extendía las manos para coger las de Miley—. Lord Fielding ha venido a nuestra casa esta mañana para contarnos lo de la boda. Será un placer ser tu dama de honor, según me dijo lord Fielding que querías, pero todo esto es tan repentino, tu boda, me refiero.
Miley reprimió el placer de su sorpresa ante las noticias de que Nicholas había recordado consideradamente que necesitaba ayuda y se había detenido en casa de los Collingwood.
—Nunca sospeché que albergaras un cariño duradero por lord Fielding —continuó Caroline—, no dejo de sorprenderme. ¿Quieres casarte con él, no? ¿No estarás siendo... bien... forzada a casarte en algún sentido?
—Solo por el destino —intentó aclarar Miley con una sonrisa, hundiéndose cansada en un sillón. Vio el ceño de Caroline y se apresuró a añadir—: No me están forzando. Es lo que deseo hacer.
El semblante de Caroline brilló de alivio y felicidad.
—Me alegro tanto... esperaba que esto sucediera —y ante la mirada extrañada de Miley, explicó—; Las últimas semanas lo he conocido mejor y estoy completamente de acuerdo con Robert, cuando me decía que lo que la gente piensa de lord Fielding es el resultado de comadreos difundidos solo por una mujer particularmente despechada y maliciosa. Dudo que nadie hubiera creído los rumores si el propio lord Fielding no se hubiera mostrado tan distante y poco comunicativo. Claro que a nadie le gusta en particular la gente que cree cosas terribles de uno. Así que lo más probable es que no sintiera ni la más mínima obligación de sacarlos del error. Y como dice Robert, lord Fielding es un hombre orgulloso, por lo que le resulta imposible postrarse ante la opinión pública adversa, ¡sobre todo cuando es tan injusta!
Miley reprimió una risita ante la defensa apasionada del hombre que en otro tiempo había temido y condenado, pero era típico de Caroline. Caroline se negaba a ver ningún defecto cuando la gente le gustaba y, a la inversa, no estaba dispuesta a admitir ninguna cualidad positiva en la gente que no le gustaba. No obstante, esa peculiaridad de su vivaracha personalidad la convertía en la más leal de las amigas y Miley le estaba profundamente agradecida por su amistad desinteresada.
—Gracias, Northrup —dijo cuando llegó el mayordomo con la bandeja del té.
—No acierto a comprender por qué alguna vez lo encontré amenazador —le explicó Caroline mientras Miley servía el té. Ansiosa por absolver a Nicholas de cualquier culpa que hubiera podido achacarle en el pasado, continuó—: Me equivocaba al dejar volar mi imaginación y perder el sentido común de esa manera. Creo que la razón por la que lo encontraba amenazador nacía del hecho de que es tan alto y su cabello tan negro, lo cual me resulta completamente absurdo. Porque, ¿sabes qué dijo cuando se fue de nuestra casa esta mañana? —preguntó con voz de intensa gratificación.
—No —disimuló Miley, reprimiendo otra sonrisa ante la determinación de Caroline de elevar a Nicholas de demonio a santo—. ¿Qué dijo?
—Dijo que yo siempre le había recordado a una linda mariposa.
—¡Qué adorable! —declaró Miley muy sinceramente.
—Sí, lo fue, pero no tan adorable como el modo de describirte a ti.
—¿A mí? ¿Cómo es posible?
—¿Te refieres a los cumplidos?
Cuando Miley asintió, Caroline explicó:
—Acababa de comentar lo feliz que me sentía de que te casaras con un inglés y te quedaras aquí, así podíamos seguir siendo amigas íntimas. Lord Fielding se echó a reír y dijo que nos complementábamos mutuamente, tú yo, porque yo siempre le había recordado a una linda mariposa y tú eres como una flor salvaje que florece incluso en la adversidad y alegra la vida de todos. ¿No fue absolutamente encantador por su parte?
—Absolutamente —coincidió Miley, sintiéndose absurdamente complacida.
—Creo que está mucho más enamorado de ti de lo que se cree —le confió Caroline—. Al fin y al cabo se batió en duelo por ti.
Cuando Caroline se marchó. Miley estaba medio convencida de que Nicholas realmente la quería, una creencia que le permitió sentirse alegre y positiva a la mañana siguiente, cuando una procesión estupefacta de visitas empezaron a llegar para desearle felicidad al enterarse de su inminente boda.
Miley recibía a un grupo de jóvenes damas que habían acudido a visitarla por esa razón, cuando el objeto de su conversación romántica entró en el salón azul. La risa se convirtió en murmullos nerviosos e inciertos mientras las jóvenes damas contemplaban la peligrosa e impresionante figura del impredecible marqués de Wakefield, ataviado con una chaqueta de montar negra y unos pantalones negros ajustados que le daban un aspecto abrumadoramente masculino. Ignorando el impacto que causaba en aquellas impresionables féminas, muchas de las cuales habían albergado en secreto el sueño de cautivarlo para ellas, Nicholas les ofreció una refulgente mirada.
—Buenos días, señoras —saludó, y luego se dirigió a Miley y su sonrisa se hizo mucho más íntima—. ¿Tienes un momento para mí?
Excusándose de inmediato, Miley le siguió a su estudio.
—No te tendré alejada de tus amigas mucho rato —prometió, buscando en el bolsillo de su chaqueta.
Sin más preámbulo, le cogió la mano y le puso un pesado anillo en el dedo. Miley miró el anillo, que cubría su dedo hasta el nudillo. Dos hileras de resplandecientes diamantes flanqueaban una fila de enormes zafiros.
—Nicholas, es precioso —soltó—. Impresionante e increíblemente hermoso. Gracias...
—Agradécemelo con un beso —le recordó en voz baja, y cuando Miley levantó el rostro hacia él, capturó sus labios en un largo, ávido y minucioso beso que borró toda resistencia de su mente y su cuerpo.
Conmovida por el ardor de Nicholas y la respuesta involuntaria de su propio cuerpo, Miley miró fijamente los ojos de jade ahumado, intentando comprender por qué los besos de Nicholas siempre provocaban aquel efecto demoledor en ella.
Nicholas bajó los ojos hasta sus labios.
—La próxima vez, ¿crees que podrás besarme de corazón sin que tenga que pedírtelo?
Era una pizca de anhelo contrariado lo que Miley creyó oír en su voz y que le llegó al corazón. Le había ofrecido ser su marido, a cambio pedía muy poco, solo aquello. Se puso de puntillas, deslizó las manos sobre su firme pecho, las enlazó alrededor de su nuca y luego cubrió sus labios con los suyos. Ella sintió cómo el esbelto cuerpo de Nicholas se estremecía cuando de manera inocente frotó sus labios contra los de él, explorando despacio las cálidas curvas de su boca, aprendiendo su sabor, mientras sus labios abiertos empezaban a moverse contra los de ella en un beso salvajemente excitante.
Perdida en el creciente remolino de su beso e inconsciente de la dura presión que sentía contra su estómago, Miley deslizó los dedos en el suave cabello de su nuca mientras su cuerpo se adaptaba de manera automática al de él y de repente todo cambió. Nicholas la abrazó con una fuerza sorprendente, le abrió la boca con la suya con feroz avidez. Le apartó los labios, la excitó con la lengua hasta hacer que le tocara los labios con la suya y, cuando lo hizo, él jadeó, atrayéndola más contra su cuerpo tenso de salvaje necesidad.
Cuando por fin levantó la cabeza, él la miraba con una expresión extraña, como si desconcertantemente se burlase de sí mismo, en sus finamente dibujados rasgos.
—Debería haberte dado diamantes y zafiros la otra noche, en lugar de perlas —comentó—. Pero no vuelvas a besarme así hasta que estemos casados.
Su madre y la señorita Flossie habían advertido a Miley que un caballero podía dejarse arrastrar por su ardor, el cual le haría comportarse de una manera inespecificada, pero muy impropia, con una joven dama que equivocadamente le permitiera perder la cabeza. Instintivamente se dio cuenta de que Nicholas le decía que había estado muy cerca de hacerle perder la cabeza. Y era lo bastante femenina como para sentir una pequeña punzada de satisfacción por el hecho de que su inexperto beso hubiera afectado tanto a un hombre tan experimentado, sobre todo cuando Andrew nunca había parecido tan afectado por sus besos. Por otro lado, nunca había besado a Andrew del modo en que a Nicholas le gustaba que le besara.
—Veo que has comprendido lo que quiero decir —comentó con ironía—. Personalmente nunca he valorado demasiado la virginidad. Casarse con una mujer que ya sabe cómo complacer a un hombre tiene considerables ventajas... —esperó, observándola minuciosamente como si esperase, o si desease, algún tipo de reacción por su parte, pero Miley se limitó a apartar la mirada, con gesto abatido.
Su virginidad debía haber sido un don muy preciado para su esposo, o al menos eso se decía. Ciertamente no podía ofrecerle ninguna experiencia en cuanto a «complacer a un hombre», entrañara lo que eso entrañase.
—Lo siento... siento contrariarte —se disculpó azorada por el tema—, en América las cosas son muy diferentes.
A pesar del deje en la voz de Nicholas, sus palabras eran amables.
—No necesitas disculparte ni parecer tan desgraciada, Miley. Nunca temas decirme la verdad. No importa lo mala que la verdad sea, la aceptaré e incluso te admiraré por haber tenido el valor de contármela. —Levantó la mano para acariciarle la mejilla—. No importa —le animó con voz tranquilizadora. De repente, sus maneras se volvieron bruscas—. Dime si te gusta tu anillo, luego vuelve con tus amigas.
—Me encanta —respondió, intentando asimilar su rápido e incomprensible cambio de humor—. Es tan bonito que me da terror perderlo.
Nicholas se encogió de hombros con total indiferencia.
—Si lo pierdes, te compraré otro.
Entonces se fue y Miley miró su anillo de compromiso, deseando que no hubiera sido tan caballeroso acerca de su posible pérdida. Le habría gustado que el anillo hubiera sido más importante para él y no tan fácilmente reemplazable. Por otro lado, como símbolo de su afecto, era deprimentemente apropiado, pues para él no era importante y era fácil de reponer.
«Te necesita, niña.» Las palabras de Charles resonaron en su cabeza para infundirle confianza y sonrió, al recordarlo, al menos cuando estaba en sus brazos, Nicholas parecía necesitarla mucho. Sintiéndose más segura, volvió al salón, donde de inmediato vieron el anillo y todas las jóvenes damas profirieron exclamaciones de admiración.


En los días que precedieron a la boda, casi trescientas personas visitaron a Miley para desearle felicidad. Los elegantes carruajes desfilaban por la calle, descargando a sus pasajeros y regresando a los veinte minutos para recogerlos, mientras Miley se sentaba en el salón, escuchando a las atractivas matronas de mediana edad ofrecerle consejo sobre la difícil tarea de gobernar grandes mansiones y recibir invitados a la lujosa escala que requería la nobleza. Las jóvenes casadas le hablaban de sus problemas para encontrar gobernantas adecuadas y el mejor modo de localizar tutores aceptables para sus hijos. Y, en medio de todo aquel alegre caos, una confortable sensación de pertenencia empezó a arraigar en lo más hondo de su ser.
Hasta el momento, no había tenido ocasión de conocer a aquellas personas más que por encima o conversar con ellas solo sobre los temas más superficiales. Se había inclinado a verlas como mujeres ricas y mimadas que nunca pensaban en nada salvo en vestidos, joyas y diversión. Ahora las veía bajo una nueva luz, como mujeres y madres que también se preocupaban por cumplir con sus obligaciones de una manera ejemplar, y le gustaban mucho más.
De entre todo el mundo, solo Nicholas se mantenía alejado, pero lo hacía para guardar las apariencias, y Miley le tenía que estar agradecida por ello, incluso aunque a veces le produjera la incómoda sensación de que se estaba casando con un extraño absentista. Charles bajaba a menudo para encantar a las damas con su conversación y dejar bien claro que Miley contaba con todo su apoyo. El resto del tiempo permanecía fuera de la vista, «para reunir fuerzas», según le dijo a Miley, así podría tener el honor de entregarla en matrimonio. Ni Miley ni el doctor Worthing pudieron disuadirle de su decisión. Nicholas ni siquiera se molestó en intentarlo.
Mientras transcurrían los días, Miley disfrutaba realmente del tiempo que pasaba en el salón con sus visitas, salvo en aquellas ocasiones en que se mencionaba el nombre de Nicholas y le daba la sensación de que les recorría un trasfondo de aprensión familiar. Era obvio que sus nuevos amigos y conocidos admiraban el prestigio social del que disfrutaría como esposa de un marqués fabulosamente rico, pero Miley tenía la molesta sensación de que había quienes aún tenían serias reservas sobre su futuro esposo. Le preocupaba porque le empezaban a gustar mucho aquellas personas y quería que Nicholas les agradara también. A veces, mientras charlaba con una visita, sorprendía fragmentos de conversación sobre Nicholas desde el otro lado del salón, pero las conversaciones siempre se acallaban bruscamente cuando Miley se volvía atentamente para escucharlas. Aquello le impedía salir en su defensa, porque no sabía de qué defenderlo.
El día antes de la boda, las piezas del rompecabezas encajaron por fin, formando una escabrosa imagen que casi hizo que Miley cayera desmayada al suelo. Cuando lady Clappeston, la última visita de la tarde, se iba, le dio a Miley una palmadita en el hombro y comentó:
—Eres una joven sensible, querida. Y a diferencia de algunas est/úpidas que se preocupan por tu seguridad, tengo puesta toda mi fe en que manejarás bien a Wakefield. No te pareces en nada a su primera esposa. En mi opinión, lady Melissa se mereció todo lo que él le hizo y más. ¡La mujer no era más que una ramera!
Con eso, lady Clappeston abandonó el salón dejando a Miley contemplando fijamente a Caroline.
—¿Su primera esposa? —preguntó, sintiendo como si estuviera en medio de una pesadilla—. ¿Nicholas estuvo casado antes? ¿Por qué... por qué nadie me lo ha dicho?
—Pensé que ya lo sabías —exclamó Caroline, nerviosa por librarse de toda culpa—. Supuse de manera natural que tu tío o lord Fielding te lo habrían contado. Al menos debes de haber oído ciertos comentarios.
—Todo lo que he alcanzado a oír han sido fragmentos de conversaciones que siempre cesaban en cuanto la gente notaba que yo estaba presente —replicó Miley, blanca de ira y conmoción—. He oído mencionar el nombre de lady Melissa en relación a Nicholas, pero nadie se refirió a ella como su esposa. La gente suele hablar de ella en tonos tan desaprobadores que supuse que había estado... relacionada... con Nicholas, sabes —concluyó tímidamente—, del mismo modo que la señorita Sybil estaba relacionada con él hasta ahora.
—¿Estaba relacionada? —repitió Caroline sorprendida del uso del pasado por parte de Miley.
Lo captó de inmediato y bajó la mirada, aparentemente fascinada por el dibujo de la tapicería del sofá de seda azul.
—Naturalmente, ahora que vamos a casarnos, Nicholas no... ¿o sí? —le preguntó.
—No lo sé —admitió afligida Caroline—. Algunos hombres, como Robert, olvidan a sus amantes cuando se casan, pero otros no.
Miley se frotó las sienes con la yema de los dedos, tenía la mente en semejante hervidero que se distrajo con la conversación sobre las queridas.
—A veces, Inglaterra me resulta extraña. En casa, los maridos no dedican su tiempo ni su afecto a más mujeres que a sus esposas. Al menos nunca oí hablar de ello. Sin embargo, he oído comentarios que me hacen pensar que es perfectamente aceptable que los caballeros casados confraternicen con... con damas que no son sus esposas.
Caroline desvió la conversación hacia un tema más acuciante.
—¿Tanto te importa que lord Fielding estuviera casado antes?
—Claro que sí. Al menos creo que sí. No sé. Lo que me importa más ahora es que nadie en la familia me lo contara —se levantó tan bruscamente que Caroline dio un salto—. Si me disculpas, quiero subir a hablar con mi tío Charles.
El ayuda de cámara del tío Charles se llevó el dedo a los labios cuando Miley llamó a su puerta y le informó de que el duque estaba dormido. Demasiado preocupada para esperar a que se despertara y respondiera a sus preguntas, Miley atravesó el vestíbulo hasta la habitación de la señorita Flossie. En las últimas semanas, la señorita Flossie había cedido sus obligaciones como carabina de Miley a Caroline Collingwood. Por ese motivo Miley apenas había visto a la adorable mujer de cabello rubio, salvo en una comida ocasional.
Miley llamó a la puerta y cuando la señorita Flossie le invitó alegremente a entrar, irrumpió en la agradable salita contigua al dormitorio de la señorita Flossie.
—¡Miley, querida, pareces tan radiante como una novia! —exclamó la señorita Flossie con su sonrisa brillante y vaga y con su usual carencia de discernimiento, pues en realidad Miley estaba pálida y visiblemente alterada.
—Señorita Flossie —empezó Miley yendo directamente al grano—, acabo de ir a la habitación de tío Charles, pero estaba dormido. Usted es la única persona a la que puedo acudir. Se trata de Nicholas. Algo va terriblemente mal.
—¡Cielos! —gritó la señorita Flossie dejando a un lado su labor de costura—. ¿Qué quieres decir?
—¡Acabo de descubrir que Nicholas estuvo casado! —exclamó Miley.
La señorita Flossie ladeó la cabeza, como una vieja muñeca de porcelana en su gorrito blanco de encaje.
—Querida, pensé que Charles te lo había dicho... o el propio Wakefíeld. Bien, en cualquier caso, estuvo casado antes, querida. Así que ahora lo sabes.
Una vez despachado el problema, la señorita Flossie sonrió y volvió a coger su labor.
—Pero yo no sé nada. Lady Clappeston dijo una cosa muy extraña, dijo que la esposa de Nicholas merecía todo lo que le hizo. ¿Qué le hizo?
—¿Hacerle? —repitió la señorita Flossie parpadeando—. Bueno, no sé nada seguro. Lady Clappeston fue una est/úpida por decirte que Nicholas le hizo algo, porque ella tampoco lo sabe, a menos que hubiera estado casada con él, lo cual te aseguro yo que no. Así que, ¿te sientes mejor?
—¡No! —profirió Miley algo alterada—. Lo que quiero saber es por qué cree lady Clappeston que Nicholas le hizo algo malo a su esposa. Debe de tener algún motivo para creerlo y, a menos que haya entendido mal a mi invitada, muchísima gente piensa como ella.
—Tal vez —admitió la señorita Flossie—. Mira, la perversa esposa de Nicholas, descanse en paz, aunque no sé cómo podría hacerlo, cuando una piensa en lo mal que se comportó en vida, lloriqueaba a todo el mundo sobre el trato abominable que Wakefield le daba. Algunas personas evidentemente la creyeron, pero el hecho de que no la matara demuestra que es un hombre con una contención admirable. Si tuviera marido, lo cual por supuesto no es así, e hiciera lo que Melissa hacía, lo cual por supuesto nunca haría, seguramente me pegaría. Así que, si Wakefield pegó a Melissa, lo cual no sé seguro que hiciese, estaría más que justificado. Te doy mi palabra de ello.
Miley pensó en las veces que había visto a Nicholas enfadado, en la furia desatada de sus ojos y en la fuerza impresionante y dañina que a veces se vislumbraba bajo su cortés apariencia. Por su mente aterrada pasó rápidamente la imagen de una mujer que gritaba mientras él la golpeaba por alguna nimia infracción de sus reglas personales.
—¿Qué —susurró roncamente—, qué tipo de cosas hizo Melissa?
—Bueno, no hay modo bonito de decirlo. Lo cierto es que fue vista en compañía de otros hombres.
Miley se encogió de hombros. Casi todas las damas a la moda de Londres habían sido vistas en compañía de otros hombres. Era un modo de vida para las damas casadas tener sus admiradores.
—¿Y le pegó por eso? —susurró asqueada.
—No sabemos que le pegara —detalló la señorita Flossie con minuciosa precisión—. En realidad, lo dudo. Una vez oí a un caballero criticar a Nicholas, a sus espaldas, claro, porque nadie tenía el valor de hacerlo a la cara, por el modo en que ignoraba el comportamiento de Melissa.
Una súbita idea nació en la mente agitada de Miley.
—¿Exactamente qué dijo el caballero? —preguntó con atención—. Exactamente —remarcó.
—¿Exactamente? Bueno, como insistes, dijo, si recuerdo correctamente, «a Wakefield le ponen los cuernos delante de todo Londres y él lo sabe, maldita sea, sin embargo no hace nada y lleva los cuernos. Si me preguntan a mí, debería encerrar a esa ramera en su casa de Escocia y tirar la llave».
La cabeza de Miley cayó débilmente hacia atrás contra la silla y cerró los ojos en una mezcla de alivio y pena.
—Un asunto de cuernos —susurró—. Así que se trata de eso... —pensó en lo orgulloso que era Nicholas y cómo debía de haber sufrido su orgullo con las infidelidades públicas de su esposa.
—Así que, ¿hay algo más que quieras saber? —preguntó la señorita Flossie.
—Sí —dijo Miley con visible nerviosismo.
La tensión en su voz contagió a la señorita Flossie.
—Bien, espero que no se trate de algo sobre «ya sabes» —canturreó intranquila—, porque como tu pariente femenina más próxima, me he dado cuenta de que es mi responsabilidad explicártelo, pero lo cierto es que soy abismalmente ignorante sobre ello. Tenía la esperanza de que tu madre ya te lo hubiera explicado.
Miley abrió con curiosidad los ojos, pero estaba tan cansada por todo lo que había pasado que solo alcanzó a decir:
—No entiendo del todo de qué está hablando, señora.
—Estoy hablando de «ya sabes», así es como mi querida amiga, Prudence, siempre lo llama, lo cual es muy tonto, pues no sé nada en absoluto. Sin embargo, puedo repetirte la información que a mi amiga Prudence le dio su madre el día antes de su boda.
—¿Perdón? —repitió Miley, sintiéndose como una est/úpida.
—Bueno, no necesitas mi perdón, debería pedírtelo yo por no poder darte la información. Pero las damas no hablamos de «ya sabes». ¿Quieres oír lo que dice de ello la madre de Prudence?
Miley hizo una mueca.
—Sí, señora —asintió, sin tener ni la más remota idea de qué estaban hablando.
—Muy bien. En tu noche de bodas, tu marido se reunirá contigo en tu cama o tal vez te lleve a la suya, no lo recuerdo. En cualquier caso, no debes, bajo ninguna circunstancia, demostrar tu revulsión, ni chillar ni deprimirte. Debes cerrar los ojos y permitir que te haga «ya sabes». Sea lo que sea. Te dolerá y será repugnante y la primera vez sangrarás, pero debes cerrar los ojos y perseverar. Creo que su mamá le sugirió a Prudence que mientras estuviera en medio de «ya sabes», intentase pensar en otra cosa, como las nuevas pieles o el nuevo vestido que podrá comprarse pronto si su marido está complacido con ella. Feo asunto, ¿no?
Lágrimas de risa y nerviosismo afloraron a los ojos de Miley y sus hombros se sacudieron con una risa irrefrenable.
—Gracias, señorita Flossie. Ha sido muy tranquilizadora.
Hasta ahora, Miley no se había permitido preocuparse por las intimidades del matrimonio a las que Nicholas tendría derecho y que sin duda aprovecharía, pues quería un hijo de ella. Aunque era hija de un médico, su padre se había asegurado meticulosamente de que sus ojos nunca estuvieran expuestos a la visión de la anatomía de un paciente varón por debajo de la cintura. Sin embargo, Miley no era del todo ignorante del proceso de apareamiento. Su familia había tenido gallinas y había visto el aleteo y los graznidos que acompañaban al acto, aunque exactamente era imposible decir lo que estaba ocurriendo. Además, siempre había desviado la mirada de cierta necesidad peculiar, para permitirles intimidad mientras procedían a crear nuevos pollos.
Una vez, cuando tenía catorce años, su padre fue llamado a la casa de un granjero para atender a la esposa del granjero que estaba de parto. Mientras Miley esperaba a que naciera el bebé, estuvo paseando por los pequeños pastos donde se guardaban los caballos. Allí fue testigo del tremendo espectáculo de la monta de un semental a una yegua. El caballo clavó violentamente sus grandes dientes en el cuello de la yegua, dejándola indefensa mientras le hacía lo peor y la pobre yegua chillaba de dolor.
Visiones de batir de alas, gallinas cacareantes y yeguas aterrorizadas desfilaron por su mente y Miley se estremeció.
—Mi querida niña, pareces muy pálida y no te culpo —intentó animarla inútilmente la señorita Flossie—. Sin embargo, he llegado a enterarme de que una vez una esposa ha cumplido con su obligación y dado un heredero, un marido atento se las arreglará para conseguirse una amante y hacer «ya sabes» con ella, dejando a su esposa en paz para que disfrute del resto de su vida.
Miley miró nerviosa hacia la ventana.
—Una amante —y respiró pesadamente, sabiendo que Nicholas ya tenía una y que había tenido muchas más en el pasado, todas hermosas, según los rumores que había oído.
Allí sentada, Miley empezó a reformular sus antiguas ideas sobre la buena sociedad y sus queridas. Le parecía pérfido estar casado y seguir teniendo amantes, pero tal vez no lo fuera en absoluto. Parecía más probable que, como sugería la señorita Flossie, los caballeros de la buena sociedad fueran más civilizados, refinados y considerados con sus esposas. En lugar de usar a sus esposas para satisfacer sus más bajos instintos, simplemente buscaban a otra mujer que lo hiciera, le ponían una casa bonita con sirvientes y hermosos vestidos y dejaban a sus pobres esposas en paz. Sí, decidió con sensatez, aquella era probablemente la manera ideal de resolver el asunto. Ciertamente las damas de la nobleza parecían creerlo así, y lo sabían mucho mejor que ella.
—Gracias, señorita Flossie —le agradeció sinceramente—. Ha sido de mucha ayuda y muy amable.
La señorita Flossie sonrió encantada, los rizos dorados se movieron bajo su gorrito blanco de encaje.
—Gracias a ti, querida niña. Has hecho que Charles sea más feliz que nunca. Y Nicholas también, por supuesto —añadió educadamente.
Miley sonrió, pero no podía aceptar por completo la idea de que había hecho a Nicholas realmente feliz.
Regresó a su habitación, se sentó ante la chimenea vacía y se obligó a intentar desenredar sus emociones y dejar de huir de la realidad. Mañana por la mañana iba a casarse con Nicholas. Quería hacerlo feliz, tenía tantas ganas de ello que apenas sabía cómo tratar sus propios sentimientos. El hecho de que hubiera estado casado con una mujer infiel le despertaba simpatía y compasión en su corazón, no resentimiento, e incluso un deseo aún mayor de compensarlo por toda la infelicidad de su vida.
Miley se levantó inquieta y caminó por la habitación, cogió la caja de música de porcelana del tocador, luego la dejó y se acercó a la cama. Intentó convencerse a sí misma de que se estaba casando con Nicholas porque no tenía otra elección, pero mientras se sentaba en la cama, admitió que eso no era del todo cierto. Una parte de ella quería casarse con él. Le encantaban sus miradas y su sonrisa y su mordaz sentido del humor. Le encantaba la enérgica autoridad de su voz profunda y la seguridad de sus pasos largos y atléticos. Le encantaba el modo en que le brillaban los ojos cuando se reía y el modo en que ardían cuando la besaba. Le encantaba la indolente elegancia con la que vestía sus trajes y la sensación que le producían sus labios...
Miley apartó su pensamiento de los labios de Nicholas y dejó la mirada perdida en las cortinas de seda dorada de la cama. Le encantaban muchas cosas de él... demasiadas. No era buena juzgando a los hombres; su experiencia con Andrew era prueba de ello. Le había engañado haciéndola creer que la amaba, pero no se hacía ilusiones sobre lo que Nicholas sentía por ella. Le atraía y deseaba un hijo de ella. Miley sabía que a él también le gustaba, pero aparte de esto, no sentía nada por ella. Por otro lado, ella corría el grave peligro de enamorarse de él, pero él no quería amarla. Se lo había dicho de la manera más sencilla posible.
Durante semanas había estado intentando convencerse de que lo que sentía hacia Nicholas era gratitud y amistad, pero ahora sabía que se había convertido en algo mucho más profundo. ¿Por qué si no iba a sentir esa ferviente necesidad de hacerle feliz y conseguir que la quisiera? ¿Por qué si no habría sentido tanta rabia cuando la señorita Flossie habló de las infidelidades públicas de su esposa?
Le asaltó el miedo y se frotó las palmas de las manos húmedas en el vestido de muselina de color lima. Mañana por la mañana iba a comprometer toda su vida en el cuidado de un hombre que no deseaba que le amase, un hombre que podía usar la ternura que sentía por él como un arma para herirla. El instinto de supervivencia que Miley poseía le advertía de que no se casara. Las palabras de su padre resonaban en su mente, como llevaban haciendo durante días, advirtiéndola de que no caminara hacia el altar mañana: «¡Amar a alguien que no te ama es un infierno!... No dejes nunca que nadie te convenza de que puedes ser feliz con alguien que no te ama... Jamás quieras a nadie más de lo que él te quiere, Miley...».
Miley inclino la cabeza, su cabello cayó hacia delante como una cortina alrededor de su tenso rostro y apretó las manos. Su mente le advertía de que no se casara con él, que él la haría desgraciada, pero su corazón le suplicaba que lo apostara todo por él, para alcanzar una felicidad fuera de sus límites.
Su mente le decía que huyera, pero su corazón le suplicaba que no, que no fuera cobarde.
Northrup llamó a la puerta, en su voz vibraba la desaprobación.
—Discúlpeme, lady Miley —dijo desde el otro lado de la puerta cerrada—. Hay una joven dama consternada y alterada abajo, sin escolta ni sombrero, que ha llegado en un carruaje alquilado, pero que pretende ser… ejem… ¿su hermana? No sabía que tuviera ninguna joven pariente aquí en Londres, así que naturalmente le sugerí que se fuera, sin embargo…
—¿Dorothy? —exclamó Miley, abriendo de par en par la puerta y apartándose el cabello de la frente—. ¿Dónde está? —preguntó con rostro radiante.
—La hice pasar al pequeño salón de delante —explicó Northrup con visible aflicción—. Pero si es su hermana, claro, debería acomodarla en el salón amarillo que es más cómodo y…
Su voz se extinguió mientras Miley doblaba la esquina corriendo y bajaba la escalera.
—¡Miley! —estalló Dorothy enlazando a Miley en un intenso y protector abrazo, las palabras giraban a su alrededor, le temblaba la voz entre risas y lágrimas—. Deberías haber visto la mirada que tu mayordomo echó a mi carruaje, fue casi tan mala como la que me echó a mí.
—¿Por qué no respondiste a mi última carta? —preguntó Miley estrechándola fuertemente.
—Porque acabo de regresar de Bath hoy. Mañana me enviarán a Francia dos meses para adquirir lo que la  abuela llama «lustre». Se pondría como loca si descubriera que he estado aquí, pero no puedo quedarme cruzada de brazos y dejar que te cases con ese hombre. Miley, ¿qué te han hecho para que consientas? Te han pegado o te han hecho pasar hambre o...
—Nada de eso —contestó Miley, sonriendo y acariciando el cabello dorado de su hermana—, quiero casarme con él.
—No te creo. Solo intentas engañarme para que no me preocupe...


Nicholas se inclinó hacia atrás en su carruaje, golpeando ociosamente los guantes contra su rodilla mientras miraba por la ventana las mansiones que desfilaban a lo largo de la ruta hasta su casa en Upper Brook Street. Su boda era mañana...
Ahora que había admitido ante sí mismo que deseaba a Miley y había decidido casarse con ella, la quería con una urgencia casi irracional. Su creciente necesidad de ella le hacía sentir vulnerable e incómodo, pues sabía por pasadas experiencias lo despiadado y traidor que podía ser el «bello sexo». Sin embargo, no podía evitar quererla ni tampoco reprimir su ingenua e infantil esperanza de que iban a hacerse felices el uno al otro.
La vida con ella nunca sería plácida, pensó con una sonrisa irónica. Miley le divertiría, frustraría y desafiaría a cada momento, lo sabía con tanta certeza como sabía que se casaba con él porque no tenía otra elección. Lo sabía con la misma certeza que sabía que ya había entregado su virginidad a Andrew.
La sonrisa se esfumó abruptamente de sus labios. Esperaba que lo negara la otra tarde; en lugar de eso había apartado la mirada y había dicho: «lo siento».
Odiaba haber oído la verdad, pero la admiraba por decírsela. En su corazón no podía culpar a Miley por entregarse a Andrew, no cuando le resultaba fácil comprender cómo había ocurrido. Podía imaginarse perfectamente cómo una jovencita inocente, criada en el campo, podía haberse dejado convencer por el hombre más rico del distrito de que iba a ser su esposa. Una vez Bainbridge la convenció de eso, probablemente no le resultó difícil robarle la virginidad. Miley era una muchacha ardiente y generosa que probablemente se entregara al hombre que amaba de verdad con la misma naturalidad que le prestaba atención a los criados o afecto a Lobo.
Después de la vida disoluta que él había llevado, condenar a Miley por haber rendido su virginidad al hombre al que amaba habría sido una soberana hipocresía y Nicholas despreciaba a los hipócritas. Por desgracia, también despreciaba la idea de Miley desnuda en brazos de otro hombre. Andrew le había enseñado bien, pensó fijamente mientras el carruaje llegaba ante el número 6 de la calle Upper Brook Street. Le había enseñado a besar a un hombre y a aumentar su ardor apretándose contra él...
Apartando de su mente aquellos dolorosos pensamientos, se levantó del sillón y subió los escalones. Miley ha terminado con Andrew ahora, se dijo con intensidad. Le había olvidado durante las últimas semanas.
Llamó a la puerta y se sintió un poco idi/ota por aparecer ante su puerta la noche antes de la boda. No tenía razón para acudir, salvo complacerse mirándola y, esperaba, complacerla contándole que había dispuesto que embarcaran un caballito indio desde América para ella. Sería uno de sus regalos de boda, pero en realidad estaba absurdamente ansioso por verla demostrar sus habilidades. Sabía lo hermosa que le parecería con su grácil cuerpo inclinado sobre el cuello del caballo y su maravilloso cabello brillando al sol...
—Buenas noches, Northrup. ¿Dónde está lady Miley?
—En el salón amarillo, milord —respondió Northrup—, con su hermana.
—¿Su hermana? —preguntó Nicholas, sonriendo de sorpresa y placer cuando Northrup asintió—. Es evidente que la vieja bruja ha levantado la prohibición de que Dorothy viniera aquí —añadió, cruzando el pasillo. Contento de tener la oportunidad de conocer a la hermana menor de la que Miley le había hablado, Nicholas abrió la puerta del salón amarillo.
—No lo soporto —lloraba una joven pañuelo en mano—. Me alegro de que la abuela no me deje asistir a tu boda. No podría soportar estar allí, viéndote caminar hacia el altar, sabiendo que finges que es Andrew...
—Es evidente que llego en mal momento —soltó Nicholas.
La esperanza que secretamente había albergado de que Miley quisiera realmente casarse con él murió de manera súbita y dolorosa al descubrir que fingía que era Andrew para obligarse a caminar hacia el altar.
—¡Nicholas! —exclamó Miley, dándose media vuelta, desolada al darse cuenta de que había oído las tontas divagaciones de Dorothy. Recuperando la compostura le tendió las manos y le dijo con una amable sonrisa:
—Me alegro de que estés aquí. Por favor, ven que te vea mi hermana.
Sabiendo que no había modo posible de arreglar las cosas con una mentira piadosa, intentó hacérselo comprender contándole la verdad.
—Dorothy ha oído algunos comentarios condenatorios hechos por la amiga de mi bisabuela, lady Faulklyn, y por eso Dorothy se ha formado la absurda impresión de que tú eres un monstruo cruel —se mordió el labio cuando Nicholas levantó sardónicamente una ceja mirando a Dorothy y no dijo absolutamente nada; luego se inclino sobre Dorothy—. Dorothy, por favor, sé razonable y al menos deja que te presente a lord Fielding, así verás por ti misma que es muy agradable.
Sin convencerse, Dorothy levantó la vista hacia los fríos e implacables rasgos del hombre que se alzaba ante ella como un gigante amenazador, oscuro y enojado, con los brazos cruzados sobre su amplio pecho. Volvió la mirada, sin una palabra, se levantó, pero en lugar de hacerle una reverencia, se quedó mirándole.
—Lord Fielding —dijo de modo desafiante—. No sé si es usted «muy agradable» o no. Sin embargo, le advierto que si se atreve a hacerle el menor daño a mi hermana no tendré ningún reparo en... ¡en dispararle! ¿Lo he dejado bastante claro? —le temblaba la voz de rabia y miedo, pero valientemente aguantó la mirada de los fríos ojos verdes de Nicholas.
—Perfectamente.
—Entonces, como no puedo convencer a mi hermana de que huya de usted —concluyó—, debo regresar a casa de mi bisabuela. Buenas noches.
Se levantó para irse con Miley pisándole los talones.
—Dorothy, ¿cómo has podido? —le exigía afligida—. ¿Cómo puedes ser tan grosera?
—Prefiero que crea que soy grosera a que abuse de ti sin recibir su merecido.
Miley levantó los ojos al cielo, dio un abrazo de despedida a su hermana y regresó al salón.
—Lo siento —se excusó lamentablemente ante Nicholas, que estaba de pie ante los ventanales, observando cómo se iba el carruaje de Dorothy.
Mirándola por encima del hombro, Nicholas levantó las cejas.
—¿Sabe disparar?
Como no estaba segura de su humor, Miley moderó una risita nerviosa y sacudió la cabeza. Cuando Nicholas volvió a la ventana y no dijo nada más, intentó explicarle.
—Dorothy tiene una imaginación muy despierta y cree que me caso contigo porque estoy despechada por lo de Andrew.
—¿No lo estás? —se burló él.
—No, no lo estoy.
Se dio la vuelta hacia ella con ojos como fragmentos de helado cristal verde.
—Mañana, cuando camines hacia el altar. Miley, no será tu precioso Andrew quien te esté aguardando, sino yo. Recuerda eso. Si no puedes afrontar la verdad, no vayas a la iglesia.
Había ido a decirle que le había comprado un caballito indio; tenía intención de bromear y hacerle sonreír, pero se marchó sin más palabras.