viernes, 4 de abril de 2014

Lecciones Privadas-Capitulo 2

Capítulo 2



Miley se puso de pie y levantó la barbilla. Su boca tenía un mohín remilgado.
-No es necesario que se burle de mí, señor Mackenzie -dijo con calma, a pesar de que le costó un arduo esfuerzo modular la voz. Sabía que no era muy atractiva; no necesitaba que nadie se lo recordara con sarcasmo. 
Por lo general, su propia insignificancia no la inquietaba. La había asumido como un hecho inalterable, como que el sol saliera por el este. El señor Mackenzie, sin embargo, la hacía sentirse extrañamente indefensa, y le resultaba sorprendentemente doloroso que le hubiera dicho tan a las claras lo poco atractiva que era.
Las cejas de Nick, rectas y negras, se juntaron sobre su nariz aguileña.
-No me estaba burlando de usted -replicó-. Hablaba muy en serio, señora. Quiero que se largue de mi montaña.
-Entonces me marcharé, por supuesto -contestó ella con firmeza-. Pero insisto en que no era necesario que se burlara de mí.
Él puso los brazos en jarras.
-¿Burlarme de usted? ¿Cómo?
El sonrojo cubrió la tez exquisita de Miley, pero sus ojos azul grisáceo no vacilaron.
-Sé que no soy una mujer atractiva, de ésas que despiertan los... eh... apetitos salvajes de los hombres.
Estaba hablando en serio. Diez minutos antes, Nick habría estado de acuerdo con ella en que era anodina, y bien sabía Dios que no vestía muy a la moda, pero no dejaba de asombrarlo que no pareciera darse cuenta de lo que significaba que él fuera indio, ni de lo que había querido decir con su sarcasmo, ni siquiera de que su cercanía le había producido una fuerte excitación. El pálpito de su sexo, todavía perceptible, le recordó que aquella excitación no se había disipado aún. Dejó escapar una áspera risotada carente de humor. ¿Por qué no darle un poco más de color a la vida de aquella mujer? Cuando oyera la verdad pura y dura, se largaría a todo correr de su montaña.
-No estaba bromeando, ni burlándome de usted -dijo, y sus ojos negros brillaron-. Tocarla así, estar tan cerca de usted que podía oler su dulzura, ha hecho que me excitara.
Ella lo miró con perplejidad.
-¿Que se excitara? -preguntó, pasmada.
-Sí -ella siguió mirándolo como si hablara otro idioma, y Nick añadió con impaciencia-: O que me ha puesto cachondo, como quiera decirlo.
Ella se apartó un mechón de pelo suave que había escapado de sus horquillas.
-Se está burlando otra vez de mí -le reprochó. Aquello era imposible. Ella nunca había puesto... Nunca había excitado a un hombre.
Nick estaba molesto, además de excitado. Había aprendido a dominarse férreamente cuando trataba ron blancos, pero aquella mujercita tan remilgada tenía algo que se le metía bajo la piel. Se sentía tan lleno de frustración que creía estar a punto de estallar. No pretendía tocarla, pero de pronto descubrió sus manos sobre la cintura de ella, atrayéndola hacia sí.
-Puede que necesite una demostración -dijo con voz baja y áspera, y se inclinó para besarla.
Miley empezó a temblar, aturdida por la impresión. Sus ojos se agrandaron hasta hacerse enormes mientras los labios de Nick se movían sobre los suyos. Él tenía los ojos cerrados. Miley veía cada una de sus pestañas, y por un instante le maravilló lo densas que eran. Luego él, que seguía agarrándola por la cintura, la apretó contra su cuerpo recio y Miley dejó escapar un gemido de sorpresa. Nick aprovechó que había abierto la boca para introducirle la lengua. Ella se estremeció otra vez y cerró los ojos despacio, al tiempo que un extraño calorcillo comenzaba a extenderse por su cuerpo. Aquella sensación placentera resultaba extraña, y era tan intensa que la asustaba. Un sinfin de sensaciones nuevas la asaltaban y la aturdían. Estaba la firmeza de los labios de Nick, su sabor embriagador, la turbadora intimidad de su lengua, que rozaba la suya como si la invitara a jugar. Notaba el calor de su cuerpo; sentía el olor cálido y almizclado de su piel. Tenía los suaves pechos apretados contra el torso plano y musculoso de Nick, y los pezones volvían a cosquillearle de aquella manera tan extraña y embarazosa.
De pronto, Nick levantó la cabeza y Miley abrió los ojos, desilusionada. La mirada negra de Nick parecía quemarla.
-Bésame tú -masculló él.
-No sé cómo -balbució Miley, todavía incapaz de creer que aquello estuviera sucediendo.
La voz de Nick sonaba casi gutural.
-Así -se apoderó otra vez de su boca, y esta vez ella abrió los labios de inmediato, ansiosa por franquearle la entrada a su lengua y sentir de nuevo aquel placer extraño y ondulante. Él ciñó sus labios con fiero placer al tiempo que le enseñaba cómo debía devolverle la presión. Su lengua tocó de nuevo la de ella, y esta vez Miley respondió tímidamente, saliendo al paso del asalto de Nick con leves caricias propias. Era demasiado inexperta para comprender lo que significaba su rendición, pero la respiración de Nick se hizo más rápida y somera, y su beso más ávido y más urgente.
Una excitación aterradora, que iba más allá del simple placer, se extendió por el cuerpo de Miley, convirtiéndose en ansia. Ya no tenía frío. Ardía por dentro y su corazón latía tan fuerte que sentía cómo le golpeaba las costillas. Así que a aquello se refería él cuando decía que lo había puesto cachondo. Ella también estaba cachonda, y la asombraba pensar que él pudiera sentir aquel mismo anhelo ansioso, aquel portentoso deseo. Profirió un sonido débil e involuntario y se arrimó más a él, no sabiendo cómo dominar las sensaciones que los diestros besos de Nick agitaban en ella.
Nick le apretó la cintura y un ruido áspero y bajo resonó en su garganta. Luego la levantó en brazos, la apretó contra sí y pegó las caderas de Miley a las suyas para mostrarle en qué estado se hallaba.
Miley no sabía que aquello podía ser así. Ignoraba que el deseo pudiera producir aquel ardor, pudiera hacerle olvidar las advertencias de tía Ardith acerca de los hombres y de las porquerías que les gustaba hacerles a las mujeres. Miley había llegado por su cuenta a la muy juiciosa conclusión de que aquellas cosas no podían ser porquerías, o las mujeres no las consentirían, pero pese a todo nunca había coqueteado o intentado buscar novio. Los hombres que había conocido en la universidad y en el trabajo le habían parecido personas normales, no aviesos sátiros; se sentía a gusto con ellos, y a algunos incluso los consideraba sus amigos. Lo que sucedía era, sencillamente, que ella no era sexy. Ningún hombre había echado la puerta abajo para salir con ella; ni siquiera se había molestado en marcar su número de teléfono, de modo que su relación con el sexo masculino no la había preparado para la fortaleza de los brazos de Nick Mackenzie, para el ansia de sus besos o para la dureza de su miembro, que él apretaba contra su pubis. Y tampoco había sospechado nunca que ella pudiera desear algo más.
Cerró inconscientemente los brazos alrededor del cuello de Nick y empezó a restregarse contra él, presa de una frustración creciente. Sentía el cuerpo en llamas, vacío, tirante y ansioso al mismo tiempo, y carecía de la experiencia necesaria para dominarse. Aquellas sensaciones, extrañas para ella, eran como una ola que ahogaba su mente y colapsaba sus neuronas.
Nick echó la cabeza hacia atrás y apretó los dientes mientras intentaba dominarse. Bajó la mirada hacia ella y un fuego negro iluminó sus ojos. Sus besos habían dejado los suaves labios de Miley rojos e hinchados, y un rosa delicado coloreaba su piel de porcelana traslúcida. Ella abrió los párpados pesadamente y lo miró despacio. El pelo castaño claro se le había soltado por completo del moño, y caía, sedoso, alrededor de su cara y de sus hombros. Su semblante traslucía deseo; estaba despeinada y sofocada, como si Nick hubiera hecho algo más que besarla, y así era, en efecto, en su imaginación. La notaba ligera y delicada entre sus brazos, a pesar de que Miley se restregaba contra él con un ansia semejante a la suya.
Podría llevársela a la cama en ese mismo instante. Sabía que estaba muy excitada. Pero, cuando lo hiciera, sería porque ella hubiera tomado la decisión conscientemente, no porque estuviera tan turbada que ni siquiera sabía lo que hacía. Su falta de experiencia resultaba evidente. Hasta había tenido que enseñarle a besar... Su pensamiento se detuvo tan bruscamente como si hubiera chocado contra una pared, y de pronto comprendió lo que significaba la inexperiencia de Miley. ¡Dios santo, era virgen!
Aquella idea le dio vértigo. Miley lo estaba mirando con aquellos ojos azul grisáceo, a un tiempo inocentes e inquisitivos, lánguidos y llenos de deseo, como si esperara que diera el siguiente paso. No sabía qué hacer. Tenía los brazos cerrados en torno a su cuello, su cuerpo se apretaba con fuerza contra el de él, y sus piernas se habían separado un poco para permitir que Nick encontrara acomodo entre ellas, y ella aguardaba porque ignoraba cómo proceder. Nunca la habían besado. Ningún hombre había tocado aquellos pechos suaves,
ni se había metido sus pezones en la boca. Ningún hombre la había amado.
Con los ojos todavía fijos en ella, Nick se tragó el nudo que amenazaba con asfixiarlo.

-Dios Todopoderoso, señora, esto casi se nos va de las manos.

Ella parpadeó.

-¿Sí? -su tono era remilgado; sus palabras, claras; pero sus ojos seguían teniendo aquella mirada brumosa.
Nick dejó que el cuerpo de Miley se deslizara por el suyo lentamente, porque no quería soltarla, y con delicadeza, porque sabía que tenía que hacerlo, hasta que la dejó otra vez en el suelo. Ella desconocía las consecuencias que podía tener aquello, pero él no. Él era Nick Mackenzie, el mestizo, y ella era la maestra. Los buenos ciudadanos de Ruth no querrían que tratase con él; estaba a cargo de sus hijos adolescentes, sobre cuya moral, todavía titubeante, ejercía una influencia desmedida. Ningún padre querría que su hija, adolescente e impresionable, recibiera enseñanzas de una mujer que estaba liada con un indio que había estado en la cárcel. ¡Cielo santo, pero si hasta podía seducir a sus hijos! Los antecedentes penales de Nick podían pasarse por alto, pero su origen racial jamás.
De modo que tenía que apartarse de ella, por más que deseara llevársela a su cuarto y enseñarle lo que pasaba entre un hombre y una mujer.
Ella seguía colgada de su cuello, con los dedos escondidos entre el pelo de su nuca. Parecía incapaz de moverse. Nick la agarró de las muñecas y le apartó las manos.

-Será mejor que vuelva luego.

Una voz desconocida se introdujo en el ensueño de Miley, poblado por sensaciones recién descubiertas. Se apartó, sofocada, y se giró para mirar al recién llegado. Junto a la puerta de la cocina había un chico alto y moreno, con el sombrero en la mano.
-Perdona, papá. No quería interrumpir.
Nick se apartó de ella.
-Quédate. De todos modos, ha venido a verte a ti.
El chico la miró extrañado.
-Cualquiera lo diría.
Nick se limitó a encogerse de hombros.
-Es la señorita Miley Potter, la profesora nueva. Señorita Potter, mi hijo Joe.
A pesar de que estaba azorada, a Miley le extrañó que la llamara «señorita Potter» después de los instantes de intimidad que acababan de compartir. Pero él parecía tan tranquilo y comedido como si aquello no lo hubiera afectado en absoluto. Ella, en cambio, todavía sentía la vibración discordante de cada uno de sus nervios. Quería lanzarse en sus brazos y rendirse a aquel fuego que todo lo rodeaba.
Se quedó, sin embargo, allí parada, con los brazos tiesos junto a los costados y la cara colorada, y se obligó a mirar a Joe Mackenzie. Había ido a ver al chico; no podía olvidarlo. Mientras su turbación se disipaba, se fue dando cuenta de que Joe se parecía mucho a su padre. Tenía sólo dieciséis años, pero medía ya un metro ochenta y la anchura de sus hombros, todavía inmaduros, auguraba que algún día llegaría a igualar a Nick en estatura y fortaleza. Su cara de poderosa estructura ósea y expresión altiva, y sus rasgos cincelados con precisión, parecían una versión rejuvenecida del rostro de Nick. Era tranquilo y comedido, demasiado quizá para un chaval de dieciséis años, y sus ojos eran de un extraño azul claro y brillante. Aquellos ojos parecían contener algo indomable, y también una especie de amarga resignación y un conocimiento que lo hacían parecer mayor. Era sin duda el hijo de su padre.
Miley no pensaba darse por vencida con él. Le tendió la mano.
-Me gustaría hablar contigo, Joe.
El chico mantuvo su expresión distante, pero cruzó la cocina para estrecharle la mano.
-No sé por qué.
-Has dejado el colegio -aquella afirmación no requería constatación, pero Joe asintió con la cabeza. Miley respiró hondo-. ¿Puedo preguntar por qué?
-No se me había perdido nada allí.
A Miley la molestó aquella aseveración lisa y serena. No percibía en aquel extraño muchacho incertidumbre alguna. Tal y como Nick había dicho, Joe había tomado una decisión y no pensaba cambiar de idea. Intentó pensar en otro modo de abordar la cuestión, pero la voz profunda y calmosa de Nick se interpuso en su camino.
-Señorita Potter, pueden seguir hablando cuando se haya cambiado de ropa. Joe, ¿no tienes por ahí algún pantalón viejo que pueda servirle?
Miley vio, asombrada, que el chico la miraba de arriba abajo con ojo experto.
-Creo que sí. Quizá los que me ponía cuando tenía diez años -sus ojos azules y diamantinos brillaron un instante, burlones, y Miley tensó la boca remilgadamente. ¿Por qué se empeñaban los Mackenzie en hacer notar su falta de atractivo?
-Calcetines, camisa, botas y chaqueta -añadió Nick a la lista-. Las botas le quedarán grandes, pero con dos pares de calcetines no se le saldrán.
-Señor Mackenzie, le aseguro que no necesito cambiarme de ropa. Con lo que llevo puesto me bastará hasta que llegue a casa.
-No, nada de eso. Hoy la temperatura máxima será de unos diez grados bajo cero. No va a salir usted de esta casa con las piernas desnudas y esos estúpidos zapatos.
¿Aquellos zapatos tan juiciosos eran de pronto estúpidos? Miley sintió el impulso de salir en defensa de sus zapatos, pero recordó de inmediato que la nieve se le había metido dentro y le había helado los pies. Lo que en Savannah era sensato en invierno resultaba descabellado en Wyoming.
-Muy bien -dijo, pero sólo porque, a fin de cuentas, era lo más juicioso. Aun así, la incomodaba aceptar la ropa de Joe, aunque fuera por poco tiempo. Nunca se había puesto la ropa de otra persona; ni siquiera siendo adolescente había intercambiado blusas o sudaderas con sus amigas. A la tía Ardith aquellas confianzas le parecían de mala educación.
-Yo iré a echarle un vistazo a su coche mientras se cambia -Nick se puso la chaqueta y el sombrero sin molestarse en mirarla y salió.
-Por aquí -dijo Joe, indicándole que lo siguiera. Miley echó a andar tras él, y Joe giró la cabeza-. ¿Qué le ha pasado a su coche?
-Se le soltado un manguito del agua.
-¿Dónde está?
Ella se detuvo.
-En la carretera. ¿No lo has visto al subir? -de pronto se le ocurrió una idea espantosa. ¿Se habría despeñado su coche montaña abajo?
-He subido por la cara delantera de la montaña. No es tan empinada -de nuevo parecía burlón-. ¿De veras ha intentado subir por la carretera de atrás en coche, usted que no está acostumbrada a conducir con nieve?
-No sabía que ésa era la carretera de atrás. Pensaba que era la única que había. ¿Es que no habría podido subir? Llevo neumáticos antinieve.
-Tal vez.
Miley notó que no parecía muy seguro de sus habilidades, pero no dijo nada porque ella tampoco se sentía muy segura de sí misma. Joe la condujo a través de un cuarto de estar rústico pero cómodo y por un corto pasillo, hasta llegar a una puerta abierta.
-Mi ropa vieja está guardada en el trastero, pero no tardaré en sacarla. Puede cambiarse aquí. Es mi cuarto.
-Gracias -murmuró ella al entrar en la habitación.
El dormitorio de Joe era tan rústico como el cuarto de estar, con sus vigas al aire y sus gruesas paredes de madera. No había nada en aquella habitación que indicara que pertenecía a un adolescente: ni equipación deportiva de ninguna clase, ni ropa por el suelo. En un rincón había una silla de respaldo recto. Junto a la cama, las estanterías se extendían del suelo al techo.
Saltaba a la vista que las baldas estaban hechas a mano, pero sin embargo no eran toscas. Habían sido pulidas, lijadas y barnizadas. Estaban atestadas de libros, y la curiosidad empujó a Miley a examinar los títulos.
Tardó un momento en darse cuenta de que todos ellos estaban relacionados de un modo u otro con la aviación, desde los experimentos aeronáuticos de Da Vinci a Kitty Hawk, pasando por la exploración del espacio. Había libros sobre bombarderos, cazas, helicópteros, aviones-radar, reactores y aviones cisterna; libros sobre combates aéreos de todas las guerras desde que los pilotos se dispararon por primera vez con pistolas en la Primera Guerra Mundial; libros sobre aeronaves experimentales, sobre tácticas de combate, sobre diseño de alas y motores.
-Aquí tiene la ropa Joe entró sin hacer ruido y dejó la ropa sobre la cama. Miley lo miró, pero el chico no se inmutó.
-Te gustan los aviones -dijo, y se avergonzó de su propia banalidad.
-Sí, me gustan -admitió él sin inflexión en la voz.
-¿Has pensado en dar clases de vuelo?
-Sí -sin embargo, no añadió nada más a aquella seca respuesta. Se limitó a salir de la habitación cerrando la puerta tras él.
Miley estuvo pensando mientras se quitaba lentamente el vestido y se ponía la ropa que le había llevado Joe. Aquellos libros no indicaban mero interés por la aviación, sino una auténtica obsesión. Las obsesiones eran cosas curiosas; las insanas podían destrozarle a uno la vida; otras, en cambio, impulsaban a algunas personas a alcanzar estratos más elevados de la existencia, las hacían brillar con luz más fuerte, arder con un fuego más intenso, y en caso de que no fueran alimentadas, hacían que se fueran marchitando y que sus vidas se consumieran por inanición del espíritu. Si estaba en lo cierto, acababa de encontrar un modo de llegar hasta Joe y hacerlo volver al colegio.
Los vaqueros le quedaban bien. Irritada al comprobar de nuevo que tenía la figura de un niño de diez años, se puso la camisa de franela, que le quedaba grande, y se la abrochó. Luego se la arremangó por encima de las manos. Tal y como Nick había dicho, las botas, muy gastadas, le quedaban grandes, pero los dos pares de calcetines le acolchaban lo suficiente los pies como para que no se le salieran por los talones. Daban un calorcito delicioso, y Miley resolvió arañar dinero de aquí y de allá hasta que pudiera comprarse un buen par de botas.
Joe estaba echando leña al fuego de la enorme chimenea de piedra cuando entró, y una leve sonrisa tensó su boca al verla.
-Le aseguro que no se parece usted nada a la señorita Langdale, ni a ninguna otra maestra que haya conocido.
Ella juntó las manos.
-La apariencia no tiene nada que ver con la capacidad. Soy muy buena profesora..., aunque parezca un niño de diez años.
-De doce. Yo me ponía esos pantalones cuando tenía doce años.
-Menudo consuelo -él se echó a reír y Miley se sintió satisfecha porque tenía la sensación de que ni Joe ni su padre se reían mucho-. ¿Por qué dejaste el colegio?
Había aprendido que, si se repetían una y otra vez las mismas preguntas, a menudo se obtenían respuestas distintas y al final se terminaban las evasivas y acababa aflorando la verdad. Joe, sin embargo, se quedó mirándola con fijeza y volvió a darle la misma respuesta.
-No se me había perdido nada allí.
-¿No tenías nada más que aprender?
-Soy indio, señorita Potter. Un mestizo. Lo que he aprendido lo he aprendido solo.
Miley se quedó callada un momento.
-¿La señora Langdale no...? -se detuvo, no sabiendo cómo formular la pregunta siguiente.
-Yo era invisible -la voz juvenil de Joe sonó ásperamente-. Desde que empecé a ir al colegio. Nadie se molestaba en explicarme nada, en hacerme preguntas, ni en contar conmigo para nada. Hasta me extrañaba que me corrigieran los trabajos.
-Pero eras el primero de tu clase.
Él se encogió de hombros.
-Me gustan los libros.
-¿No echas de menos el colegio? ¿Aprender?
-Puedo leer sin ir al colegio, y si me quedo aquí todo el día puedo ayudar a mi padre. Sé mucho de caballos, señora, tal vez más que cualquiera de por aquí, excepto mi padre, y eso no lo aprendí en la escuela. Este rancho será mío algún día. Mi vida está aquí. ¿Para qué iba a perder el tiempo yendo al colegio?
Miley respiró hondo y sacó el as que tenía en la manga.
-Para aprender a volar.
Joe no pudo impedir que en sus ojos apareciera un brillo ávido que, sin embargo, se extinguió de inmediato.
-En el instituto de Ruth no puedo aprender a volar. Puede que algún día dé clases.
-No me refería a clases de vuelo. Me refería a la Academia de las Fuerzas Aéreas.
La tez broncínea de Joe palideció de repente. Esta vez, Miley no distinguió un brillo de avidez, sino un deseo profundo y angustiado cuya fuerza la impresionó como si Joe acabara de vislumbrar un atisbo del cielo. Él giró la cabeza y de pronto pareció más mayor.
-No intente engañarme. Eso es imposible.
-¿Por qué? He visto tu expediente. Tu nota media es bastante alta.
-Pero he dejado el colegio.
-Puedes volver.
-¿Con el tiempo que he perdido? Tendría que repetir curso, y no pienso quedarme sentado de brazos cruzados mientras esos capullos me llaman indio estúpido.
-No has perdido tanto tiempo. Yo podría darte clases, ponerte al día. Así podrías empezar el último curso en otoño. Soy profesora titulada, Joe, y para que lo sepas tengo excelentes credenciales. Puedo darte todas las clases particulares que quieras.
Joe agarró un atizador y clavó su punta en un leño del que salió volando una lluvia de chispas.
-¿Y de qué serviría? -masculló-. La Academia no es una universidad en la que uno hace un examen de ingreso, paga la matrícula y entra.
-No. Lo normal es que te recomiende un congresista de tu estado.
-Sí, ya, pero no creo que ningún congresista vaya a recomendar a un indio. Los indios estamos en los últimos puestos de la lista de gente a la que está de moda ayudar. O en el último, mejor dicho.
-Me parece que le das demasiada importancia a tu origen -dijo Miley con calma-. Puedes echarle la culpa de todo al hecho de ser indio o puedes seguir adelante con tu vida. No puedes hacer nada para impedir que los demás reaccionen como lo hacen, pero sí que puedes cambiar el modo en que reaccionas tú. No tienes ni idea de qué hará un congresista, así que ¿por qué tiras la toalla sin intentarlo siquiera? ¿Acaso eres un perdedor?
Él se irguió; sus ojos claros tenían una expresión feroz.
-Creo que no.
-Entonces, ya va siendo hora de averiguarlo, ¿no crees? ¿Deseas volar lo bastante como para luchar por ese privilegio? ¿O quieres morirte sin saber siquiera lo que es sentarse en la cabina de un avión?
-No se anda usted con chiquitas, señora -musitó Joe.
-A veces hace falta darle un palo en la cabeza a la gente para que reaccione. ¿Tienes agallas para intentarlo?
-Pero ¿y usted? A la gente de Ruth no le hará ninguna gracia que me dedique tanto tiempo. Lo tendría muy crudo si estuviera solo, pero estando mi padre, lo tengo el doble de crudo.
-Si a alguien lo molesta que te dé clases particulares, le pondré las cosas claras -dijo ella con firmeza-. Entrar en la Academia es un honor, y ésa es nuestra meta. Si dejas que te dé clases, me pondré a escribir a los congresistas de Wyoming inmediatamente. Creo que ya va siendo hora de que tu origen racial juegue a tu favor.
Resultaba asombroso lo altivo que podía parecer aquel rostro tan joven.
-No quiero ese honor si sólo me lo dan porque soy indio.
-No seas ridículo -lo reprendió ella-. No van a aceptarte en la Academia sólo porque seas medio indio. Pero si el hecho de que lo seas atrae el interés de los políticos, por mí estupendo. Así tendrán más presente tu nombre.
Pero el superar las pruebas de admisión sólo dependerá de ti.
Joe se pasó la mano por el pelo negro; luego se acercó a la ventana, inquieto, y se quedó mirando el blanco paisaje.
-¿De veras cree que es posible?
-Claro que es posible. No es seguro, pero es posible. ¿Podrás volver a mirarte al espejo si no lo intentas? ¿Si no lo intentamos?
Miley ignoraba qué había que hacer para que un congresista se interesara por un alumno y recomendara su ingreso en la Academia, pero estaba dispuesta a escribir una vez por semana a cuantos senadores y representantes por Wyoming hubiera en el Congreso hasta que lo averiguara.
-Si aceptara, tendría que ser por la noche. Aquí tengo mucho trabajo.
-Por la noche me viene bien. Hasta a medianoche me parecería bien, con tal de que vuelvas al colegio.
Él le lanzó una mirada inquisitiva.
-Habla en serio, ¿verdad? De veras le importa que haya dejado el instituto.
-Claro que me importa.
-Aquí no hay claro que valga. Ya se lo he dicho, a ningún profesor le importaba que apareciera por clase.
Seguramente se alegraban de que no fuera.
-Bueno -dijo ella con su voz más enérgica-, pues a mí sí me importa. Me dedico a la enseñanza, y si no puedo enseñar y sentir al mismo tiempo que estoy haciendo algo que vale la pena, pierdo parte de lo que soy. ¿No es eso lo que sientes tú respecto a volar? ¿Que tienes que hacerlo o te morirás?
-Lo deseo tanto que me hace sufrir -reconoció él con voz áspera.
-He leído en alguna parte que volar es como lanzar tu alma al cielo y correr para alcanzarla mientras cae. -No creo que la mía se cayera -murmuró Joe mientras miraba el cielo claro y frío.
Lo miraba absorto, como si el paraíso le hiciera señas desde lo alto, como si pudiera contemplarlo eternamente. Quizá estuviera imaginándose allá arriba, libre y salvaje, con una máquina poderosa rugiendo bajo él, subiendo cada vez más alto. Luego se estremeció, sacudiéndose visiblemente aquel ensueño, y se volvió hacia ella. -Está bien, profesora, ¿cuándo empezamos? -Esta noche. Ya has perdido bastante tiempo. -¿Cuánto tardaré en ponerme al día?
Ella le lanzó una mirada mordaz.
-¿Ponerte al día? Los vas a dejar atrás. El tiempo que tardes depende de lo que te esfuerces.
Sí, señora -dijo él, y sonrió un poco.
Miley pensó que de pronto parecía otra vez más joven, más niño. Era, en todos los sentidos, mucho más maduro que los chavales de su edad que iban a las clases de Miley, pero parecía que acababan de quitarle un gran peso de encima. Si volar significaba tanto para él, ¿qué había sentido al condenarse a un futuro que le negaba su mayor deseo?
-¿Puedes estar en mi casa a las seis? ¿O prefieres que venga yo aquí? -Miley pensó en aquella carretera de noche y con nieve y se preguntó si sería capaz de llegar si Joe prefería que fuera ella al rancho.
-Como no está acostumbrada a conducir con tanta nieve, iré yo a su casa. ¿Dónde vive?
-Baja por la carretera de atrás y gira a la izquierda. Es la primera casa a la izquierda -se quedó pensando un momento-. Bueno, creo que en realidad en la única que hay.
-Sí. No hay más casas en ocho kilómetros a la redonda. Es la vieja casa de los Witcher.
-Eso me han dicho. La junta escolar ha sido muy amable por proporcionarme un lugar donde vivir.
Joe parecía poco convencido.
-Será que no tenían otro modo de conseguir una profesora a mitad de curso.
-Bueno, en cualquier caso se lo agradezco -dijo ella con firmeza, y miró por la ventana-. ¿No debería haber vuelto ya tu padre?
-Depende de lo que se haya encontrado. Si puede, arreglará el coche allí mismo. Mire, ahí viene.
La camioneta negra se detuvo rugiendo delante de la casa y Nick se bajó de ella. Subió al porche, dio unos zapatazos para quitarse la nieve de las botas y abrió la puerta. Su mirada fría y negra brilló un instante sobre su hijo y luego sobre Miley. Sus ojos se agrandaron levemente mientras examinaba las esbeltas curvas que dejaban al descubierto los viejos vaqueros de Joe, pero no hizo ningún comentario al respecto.
-Recoja sus cosas -le dijo a Miley-. Tengo un manguito de sobra que sirve para su coche. Se lo pondremos y la llevaré a casa.
-Puedo ir en mi coche -contestó ella-. Pero gracias por tomarse tantas molestias. ¿Cuánto es el manguito? Quiero pagárselo.
-Considérelo una muestra de amabilidad vecinal hacia una recién llegada. Aun así, la llevaremos a casa.
Prefiero que aprenda a conducir con nieve en otro sitio, no en mi montaña.
Su rostro atezado parecía inexpresivo, como siempre, pero Miley tuvo la sensación de que había tomado una decisión y no pensaba dar su brazo a torcer. Fue a buscar su vestido a la habitación de Joe y el resto de sus cosas a la cocina. Cuando regresó al cuarto de estar, Nick le dio una gruesa trenca para que se la pusiera. Miley se la puso. La trenca le llegaba casi hasta las rodillas, y las mangas le tapaban totalmente las manos, de modo que tenía que ser de él.
Joe había vuelto a ponerse la chaqueta y el sombrero.
-Listos.
Nick miró a su hijo.
-¿Ya habéis hablado?
El chico asintió con la cabeza.
-Sí -miró a su padre a los ojos con fijeza-. Va a darme clases particulares. Voy a intentar entrar en la Academia de las Fuerzas Aéreas.
-Tú decides. Pero asegúrate de que sabes en lo que te estás metiendo.
-Tengo que intentarlo.
Nick asintió con la cabeza una vez, y la discusión quedó zanjada. Abandonaron el calor de la casa y Miley, que iba emparedada entre ellos, sintió de nuevo con asombro aquel frío áspero y despiadado. Se encaramó de buena gana a la camioneta, que tenía el motor encendido, y la ráfaga de aire caliente que despedían las rejillas de la calefacción le pareció deliciosa.
Nick se montó tras el volante y Joe se sentó a su lado, de modo que ella quedó atrapada entre sus cuerpos. Se sentó remilgadamente, con las manos juntas, y colocó los pies uno al lado del otro mientras empezaban a bajar hacia un enorme granero de cuyos flancos salían, como largos brazos, sendos establos. Nick se bajó y entró en el granero. Medio minuto después, regresó con un trozo de grueso manguito negro.
Cuando llegaron al coche, padre e hijo se bajaron y metieron la cabeza bajo el capó levantado, pero Nick le dijo a Miley con aquel tono que no admitía protestas, y que ella ya había aprendido a reconocer, que se quedara en la camioneta. Nick Mackenzie era muy autoritario, de eso no cabía duda, pero a Miley le gustaba su relación con Joe. Había entre ellos un sólido respeto.
Miley se preguntaba si de veras la gente del pueblo era tan hostil con los Mackenzie por la sencilla razón de que eran medio indios. Recordó algo que había dicho Joe, algo acerca de que ya lo tendría bastante crudo si estuviera él solo, pero más aún por causa de Nick. ¿Qué pasaba con Nick? Aquel hombre la había rescatado de una situación desagradable, incluso peligrosa, se había esforzado por reconfortarla, y encima le estaba reparando el coche.
Además, la había besado hasta dejarla aturdida.
Sintió que le ardían las mejillas al acordarse de aquellos besos ansiosos. Pero no, aquellos besos y su recuerdo generaban en realidad un acaloramiento de otra clase. Se había puesto colorada porque su propia conducta le parecía tan espantosa que apenas se atrevía a pensar en ella. Nunca (¡nunca!) había sido tan atrevida con un hombre. Aquello era totalmente impropio de su carácter.
A la tía Ardith le habría dado un síncope de haber sabido que su sobrina, aquella joven tan formal, había dejado que un desconocido le metiera la lengua en la boca. Aquello tenía que ser muy poco higiénico, aunque a decir verdad también producía una exaltación intensa y elemental.
Todavía le ardía la cara cuando Nick volvió a la camioneta, pero él ni siquiera la miró.
-Ya está arreglado. Joe va a ir detrás de nosotros.
-Pero ¿no necesita el coche más agua y anticongelante?
Él la miró con extrañeza.
-Llevaba una lata de anticongelante en la parte de atrás de la camioneta. ¿Es que no me ha visto sacarla? Miley se sonrojó de nuevo. No había prestado atención; estaba absorta reviviendo sus besos. El corazón le palpitaba con fuerza y la sangre le corría a toda prisa. No sabía cómo enfrentarse a aquella turbación tan extraña para ella.
Lo más sensato sería hacer como si no existiera, pero ¿era posible ignorar algo así?
Nick cambió de marcha y su pierna recia rozó la de Miley. De pronto, ella se dio cuenta de que seguía sentada en medio del asiento.
-Voy a quitarme de en medio -se apresuró a decir, y se deslizó hasta la ventanilla.
A Nick le gustaba sentirla sentada a su lado, tan cerca que sus brazos y sus piernas se tocaban cada vez que cambiaba de marcha, pero no se lo dijo. En la casa habían estado a punto de perder el control, y no quería que aquello volviera a ocurrir. Aquel asunto con Joe lo preocupaba, y Joe era más importante para él que el estrechar a una mujer cálida y suave entre sus brazos.
-No quiero que Joe lo pase mal por culpa de sus buenas intenciones -dijo con una voz baja y tersa que hizo dar un respingo a Miley, y al instante comprendió la advertencia que ocultaban sus palabras-. ¡La Academia de las Fuerzas Aéreas! Eso es escalar muy alto para un chaval indio, y hay mucha gente esperando para pisarle los dedos.
Si pretendía intimidarla, fracasó. Miley se volvió hacia él con la cabeza bien alta. Sus ojos echaban chispas.
-Señor Mackenzie, no le he prometido a Joe que vaya a entrar en la Academia. Él lo sabe. Sus notas son lo bastante buenas como para que obtenga la recomendación, pero ha dejado el instituto. No tiene ninguna oportunidad a menos que vuelva a clase y consiga las calificaciones que necesita. Eso es lo que le he ofrecido: una oportunidad.
-¿Y si no lo consigue?
-Quiere intentarlo. Y, aunque no sea aceptado, por lo menos sabrá que lo ha intentado, y tendrá un título.
-Para hacer lo que podría hacer sin necesidad de un título.
-Tal vez. Pero el lunes empezaré a informarme sobre el procedimiento y las calificaciones que se necesitan, y me pondré a mandar cartas. Hay mucha competencia para entrar en la Academia.
-A la gente del pueblo no le gustará que le dé clases a Joe.
-Eso me ha dicho -su cara adquirió de nuevo aquella expresión obstinada y cursi-. Pero el que se atreva a quejarse me va a oír. Usted deje que yo me encargue de ellos, señor Mackenzie.
Siguieron bajando por montaña que a ella le había costado tanto subir. Nick guardó silencio el resto del camino, y Miley también. Pero, al detenerse delante de la vieja casa donde ella vivía, Nick apoyó las manos enguantadas sobre el volante y dijo:
-No se trata sólo de Joe. Por su propio bien, no vaya diciendo por ahí que va a darle clases. Es mejor para usted que nadie sepa siquiera que ha hablado conmigo.
-¿Y eso por qué?
Nick esbozó una sonrisa glacial.
-Soy un ex convicto. Estuve en la cárcel por violación.


martes, 1 de abril de 2014

Lecciones Privadas-Capitulo 1

Capitulo 1



Necesitaba una mujer. Urgentemente.
Nick Mackenzie no podía dormir. La luna, llena y brillante, lanzaba su luz plateada sobre la almohada vacía, junto a él. Su cuerpo palpitaba dolorosamente de deseo, el deseo sexual de un hombre en la flor de la vida, y el paso de las horas sólo intensificaba su frustración. Por fin se levantó y se acercó desnudo a la ventana; su cuerpo, fornido y poderoso, se movía con fluidez. Notaba el suelo de madera helado bajo los pies descalzos, pero agradecía aquella leve molestia, que enfriaba su sangre enardecida por un ansia sin cauce.
La luz incolora de la luna labraba las líneas y ángulos de su cara, testimonio vivo de su legado ancestral. Su cara, más aún que la densa cabellera negra que tocaba sus hombros o que los ojos negros de pesados párpados, delataba su origen indio, visible en sus pómulos altos y salientes y en su frente despejada, en sus labios finos y en su nariz aguileña. Menos evidente pero igual de intensa era la herencia celta que había recibido de su padre, al que tan sólo una generación separaba de las Tierras Altas de Escocia. El legado paterno había suavizado los rasgos indios heredados de su madre, dotando a Nick de un rostro afilado como una espada, tan depurado y cortante como recio. Por sus venas corría la sangre de dos de los pueblos más belicosos de la historia: los comanches y los celtas. Era un guerrero nato, y en el ejército se dieron cuenta de ello nada más alistarse.
Pero era también un hombre sensual. Conocía bien su naturaleza y a pesar de que la dominaba, había veces en que necesitaba una mujer. Cuando eso sucedía, solía hacerle una visita a Julie Oakes. Julie era una divorciada, varios años mayor que él, que vivía en un pueblecito a treinta kilómetros de allí. Sus relaciones duraban ya cinco años; ninguno de los dos quería casarse, pero tenían necesidades, y se gustaban. Nick procuraba espaciar sus visitas a Julie, y tenía cuidado de que nadie lo viera entrar en su casa. Aceptaba desapasionadamente el hecho de que los vecinos se escandalizarían si descubrían que Julie se acostaba con un indio. Y no con un indio cualquiera. Una condena por violación marcaba a un hombre de por vida.
Al día siguiente era sábado. Lo esperaban sus tareas cotidianas, y tenía que ir a recoger un cargamento de tablones para el cercado a Ruth, el pueblecito situado al pie de su montaña. Pero las noches de los sábados habían sido siempre para desmadrarse. Él no se desmadraría, pero iría a hacerle una visita a Julie y se desfogaría en su cama.
La noche se iba haciendo cada vez más fría, y unas nubes densas y bajas se acercaban. Nick se quedó mirándolas hasta que taparon la luna. Sabía que anunciaban otra nevada. No quería regresar a su cama vacía. Su rostro permanecía impasible, pero su sexo palpitaba dolorosamente. Necesitaba una mujer.

Miley Elizabeth Potter tenía un sinfin de pequeñas tareas de las que ocuparse aquella mañana de sábado, pero su conciencia no le permitiría descansar hasta que hablara con Joe Mackenzie. El chico había dejado la escuela hacía dos meses, uno antes de que ella llegara a ocupar el puesto de una profesora que se había marchado inesperadamente. Nadie le había hablado del chico, pero Miley se había tropezado con su expediente y lo había leído por curiosidad. En el pueblecito de Ruth, Wyoming, no había muchos alumnos, y Miley creía conocerlos a todos. Había, en realidad, menos de sesenta estudiantes, pero el índice de los que llegaban a graduarse era casi del cien por cien, de modo que cualquier deserción resultaba extraña. Al leer el expediente de Joe Mackenzie, se había quedado de piedra. Aquel chico era el mejor de su clase. Sacaba sobresalientes en todas las materias. Los alumnos que iban mal se desanimaban y dejaban los estudios, pero la vocación docente de Miley se rebelaba ante la idea de que un alumno tan excepcional abandonara el colegio así como así. Tenía que hablar con él, hacerle comprender lo importante que era para su futuro que siguiera estudiando. Dieciséis años eran muy pocos para cometer un error que lo perseguiría de por vida. Ella no podría pegar ojo hasta que hubiera hecho cuanto estuviera en su mano para convencer a aquel chico de que volviera a la escuela. Por la noche había vuelto a nevar y hacía un frío que pelaba. El gato maullaba lastimosamente mientras olfateaba alrededor de los tobillos de Miley, como si también él se quejara del tiempo.

-Lo sé, Woodrow -consoló al animal-. El suelo tiene que estar frío para tus patitas.

No le costaba trabajo ponerse en el lugar del gato. Le parecía que no había tenido los pies calientes desde que había llegado a Wyoming.
Se había prometido que, antes de que llegara el siguiente invierno, se compraría un par de botas fuertes y calientes, forradas de piel y resistentes al agua, y andaría por la nieve como si llevara haciéndolo todo la vida, como una lugareña. Las botas le hacían falta ya, en realidad, pero los gastos de la mudanza habían agotado sus magros ahorros, y las enseñanzas que le había inculcado su ahorrativa tía Ardith le impedían comprarlas a crédito.
Woodrow maulló otra vez cuando se puso los zapatos más calentitos y juiciosos que tenía, los que ella llamaba sus «zapatos de maestra solterona». Se detuvo para acariciar a Woodrow detrás de las orejas, y el gato se arqueó, extasiado. Miley había heredado a Woodrow junto con la casa que le había proporcionado la junta educativa. El gato, igual que la casa, no era gran cosa. Miley ignoraba cuántos años tenía, pero tanto él como la casa parecían un poco avejentados. Ella siempre se había resistido a comprarse un gato (aquello le parecía el colmo de la vida de una solterona), pero finalmente su sino le había pasado factura. Era una solterona. Ahora tenía un gato. Y llevaba serios zapatos de solterona. El cuadro estaba completo.

-El agua busca sola su nivel -le dijo al gato, que la contemplaba con su impávida mirada-Pero ¿a ti qué más te da? A ti no te importa que mi nivel parezca detenerse en gatos y zapatos serios.

Suspiró al mirarse en el espejo para asegurarse de que estaba bien peinada. Su estilo eran los zapatos serios y los gatos, y el ser pálida, flacucha e insignificante. «Ratonil» era un buen término para describirla. Miley Elizabeth Potter había nacido para solterona.
Iba todo lo abrigada que podía ir, a no ser que se pusiera calcetines con aquellos zapatos tan serios, pero hasta ahí no llegaba. Ponerse unos lindos calcetines blancos de los que llegaban justo por encima de los tobillos con una falda larga de vuelo era una cosa, y ponerse calcetines hasta la rodilla con un vestido de punto, otra bien distinta. Estaba dispuesta a prescindir de la elegancia con tal de ir abrigada; pero no estaba dispuesta a ir hecha un adefesio.
En fin, no tenía sentido posponerlo; de todos modos, el tiempo no mejoraría hasta la primavera. Se preparó para aguantar la embestida del aire frío contra su cuerpo, todavía acostumbrado al calor de Savannah. Había dejado su pulcro nidito de Georgia por el desafió de una pulcra escuela en Wyoming, por la ilusión de una forma distinta de vida; incluso reconocía en sí misma una leve ansia de aventura, un ansia que, naturalmente, jamás permitía que aflorara. Pero, por alguna razón, no había tenido en cuenta la cuestión del clima. Había dado por supuesta la nieve, pero no las ásperas temperaturas. No era de extrañar que hubiera tan pocos alumnos, pensó al abrir la puerta, y dejó escapar un gemido cuando el viento le lanzó un latigazo. Hacía tanto frío que los adultos no podían desvestirse para engendrar niños.
Se le metió nieve en los juiciosos zapatos cuando se acercó al coche, un juicioso Chevrolet mediano de dos puertas al que, muy juiciosamente, había puesto neumáticos antinieve al mudarse a Wyoming. Según el parte meteorológico que habían dado por la radio esa mañana, la temperatura máxima no superaría los siete grados bajo cero. Suspiró de nuevo por el tiempo que había dejado en Savannah; era marzo, la primavera estaría allí en todo su esplendor y las flores brotarían en un tumulto de colores.
Pero Wyoming poseía una belleza salvaje y majestuosa. Las altas montañas empequeñecían las endebles moradas de los hombres, y le habían dicho que en primavera los prados se cubrían de flores silvestres y los arroyos cristalinos empezaban a cantar su peculiar tonada. Wyoming era completamente distinto a Savannah, y ella era sólo una magnolia recién trasplantada a la que le estaba costando aclimatarse.
Le habían dado indicaciones de cómo llegar a casa de los Mackenzie, aunque se las habían dado a regañadientes. Le extrañaba que nadie pareciera interesarse por el chico, porque la gente del pueblo era amable y servicial con ella. El comentario más directo que había recibido procedía del señor Hearst, el dueño del supermercado, que había rezongado entre dientes que los Mackenzie no se merecían que se preocupara por ellos. Pero Miley consideraba que cualquier chico merecía sus desvelos. Era profesora, y tenía intención de ejercer su oficio.
Al montarse en su juicioso coche vio la montaña que llamaban Mackenzie y la estrecha carretera que serpeaba por su ladera como una cinta, y se acobardó. Pese a los neumáticos nuevos, no se sentía segura conduciendo en aquel entorno desconocido. La nieve era... en fin, ajena a ella, aunque no pensaba permitir que le impidiera hacer lo que se había propuesto.
Estaba ya tiritando tan violentamente que apenas pudo meter la llave en el contacto. ¡Qué frío hacía! Le dolían la nariz y los pulmones cuando aspiraba. Tal vez debiera esperar a que mejorara el tiempo antes de atreverse a conducir. Miró la montaña otra vez. Quizá en junio se hubiera derretido toda la nieve..., pero hacía ya dos meses que Joe Mackenzie había dejado el insti-tuto. Tal vez en junio la brecha le pareciera insuperable y no quisiera hacer el esfuerzo. Quizá fuera ya demasiado tarde. Ella tenía que intentarlo, y no se atrevía a dejar que pasara ni una semana más.
Tenía costumbre de darse ánimos en voz alta cuando emprendía alguna tarea dificultosa, y se puso a mascullar en voz baja en cuanto el coche arrancó.


-La carretera no me parecerá tan empinada cuando llegue allí. Todas las carreteras cuesta arriba parecen verticales desde lejos. Es una carretera perfectamente transitable. Si no, los Mackenzie no podrían subir y bajar, y si ellos pueden, yo también puedo.

En fin, tal vez pudiera. Conducir sobre nieve era una habilidad adquirida que aún tenía que dominar.
La determinación la impulsó a seguir adelante. Cuando por fin llegó a la montaña y la carretera comenzó a empinarse, agarró con fuerza el volante y procuró no mirar más allá de la cuneta, desde la que el fondo del valle se veía cada vez más lejano. No le haría ningún bien pensar en la caída desde aquella altura si se precipitaba por el borde de la cuneta. A su modo de ver, aquello pertenecía a la categoría de los saberes inútiles, y de ésos ya tenía más de la cuenta.
-No voy a patinar -mascullaba-. No voy tan rápido que pueda perder el control. Esto es como la noria. Estaba segura de que iba a caerme, pero no me caí -se había montado una vez en la noria cuando tenía nueve años, y nadie había sido capaz de convencerla de que volviera intentarlo. A ella le iban más los tiovivos-. A los Mackenzie no les importará que hable con Joe -se dijo en un intento de olvidarse de la carretera-. Puede que haya tenido problemas con una novia y por eso no quiera ir a clase. A su edad, seguramente ya se le habrá olvidado.

La carretera no resultó ser tan mala como temía, y empezó a respirar un poco más tranquila. La pendiente era más gradual de lo que parecía desde lejos, y además no creía que le quedara mucho camino. La montaña no era tan grande como se veía desde el valle.
Estaba tan concentrada en la conducción que no vio la luz roja que apareció en el salpicadero. No se dio cuenta de que el coche se había recalentado hasta que de pronto empezó a salir del capó un humo que el aire congelaba de inmediato sobre el parabrisas. Pisó instintivamente el freno y profirió un discreto improperio cuando las ruedas empezaron a patinar. Levantó rápidamente el pie del pedal del freno, y las ruedas empezaron a girar otra vez, pero ella no veía nada. Cerró los ojos, rezó por seguir yendo en la dirección correcta y dejó que el coche se frenara por su propio peso hasta detenerse.
El motor siseaba y rugía como un dragón. Asustada, giró la llave de contacto y salió del coche; el viento la golpeó como un látigo de hielo, y dejó escapar un quejido. El mecanismo de apertura del capó estaba embotado por el frío, pero cedió al cabo de un momento, y ella levantó el capó pensando que estaría bien saber qué le pasaba al coche aunque no pudiera arreglarlo. No hacía falta ser mecánico para localizar la avería: uno de los manguitos se había soltado, y del freno salía un espasmódico chorro de agua caliente.
Al instante comprendió la gravedad de su situación. No podía quedarse en el coche porque no podía poner el motor en marcha para mantenerse caliente. Aquélla era una carretera privada, y tal vez los Mackenzie no salieran del rancho en todo el día, o en todo el fin de semana. Estaba demasiado lejos y hacía demasiado frío para volver andando a su casa. Su única alternativa era ir andando hasta el rancho de los Mackenzie y rezar por que no estuviera muy lejos. Ya empezaba a notar los pies entumecidos.
No quiso pararse a pensar en que tal vez no lograra llegar al rancho de los Mackenzie y comenzó a subir por la carretera a ritmo regular, procurando hacer caso omiso de la nieve que se le metía en los zapatos a cada paso.
Dobló una curva y perdió de vista el coche, pero al mirar hacia delante no vio la casa; ni siquiera un establo. Se sentía sola, como si hubiera caído en mitad del desierto. Estaban sólo la montaña y la nieve, el vasto cielo y ella. El silencio era absoluto. Hacía daño hablar, y pronto descubrió que iba arrastrando los pies, en vez de levantarlos. Había avanzado menos de doscientos metros.
Le temblaron los labios y se rodeó con los brazos en un intento de retener su calor corporal. Por penoso que fuera, tenía que seguir andando.
Entonces oyó el rugido amortiguado de un motor y se detuvo. Sentía un alivio tan intenso y doloroso que notó el picor del llanto en los ojos. Le horrorizaba llorar en público y procuró contener las lágrimas. Era absurdo llorar; llevaba menos de quince minutos andando y en realidad no había corrido ningún peligro. Todo se debía a su imaginación hiperactiva, como de costumbre. Arrastró los pies por la nieve hasta la cuneta para quitarse de en medio y esperó a que llegara el vehículo.
Una camioneta negra con enormes ruedas apareció a la vista. Miley notó los ojos del conductor clavados en ella y a pesar de sí misma agachó la cabeza, avergonzada. Las maestras solteronas no estaban acostumbradas a ser el centro de atención y, además, se sentía tonta de remate. Seguramente daba la impresión de haber salido a dar un paseíto por la nieve.


La camioneta aminoró la velocidad y se detuvo delante de ella. Un instante después, se apeó un hombre. Era grande, y a Miley eso le desagradaba de manera instintiva. La molestaba el modo en que los hombresaltos bajaban la mirada hacia ella, y le fastidiaba verse obligada por una simple cuestión de estatura a levantar la vista hacia ellos. Pero, en fin, grande o no, era su salvador. Entrelazó los dedos enguantados y se preguntó qué debía decir. ¿Cómo pedía una que la rescataran? Nunca había hecho autoestop; no parecía propio de una maestra seria y respetable.
Nick se quedó mirando a la mujer, atónito porque hubiera salido con aquel frío y con un atuendo tan absurdo, además. ¿Qué demonios estaba haciendo en su montaña, de todos modos? ¿Cómo había llegado hasta allí?
De pronto comprendió quién era. En el supermercado había oído hablar de la nueva profesora venida del sur. Nunca había visto a nadie que tuviera más pinta de profesora que aquella mujer, y saltaba a la vista que iba mal pertrechada para un invierno en Wyoming. Llevaba un vestido azul y un abrigo marrón tan anticuados que casi parecía un cliché; por debajo de la bufanda le asomaban unos mechones de pelocastaño claro, y unas grandes gafas de pasta le empequeñecían la cara. No llevaba maquillaje; ni siquiera brillo para protegerse los labios.
Y tampoco llevaba botas. La nieve endurecida le llegaba casi a las rodillas.
Nick la examinó de hito en hito en dos segundos y no esperó a oír sus explicaciones acerca de por qué estaba en su montaña, si es que ella pensaba darle alguna. De momento no había dicho ni una palabra; seguía mirándolo con fijeza, con una expresión levemente escandalizada. Nick se preguntó si hablar con un indio le parecería humillante, aunque fuera para pedir ayuda, y se encogió de hombros mentalmente. Qué demonios, no podía dejarla a la intemperie.
Dado que ella no decía nada, él tampoco abrió la boca. Se limitó a inclinarse, le pasó un brazo por detrás de las rodillas y el otro por la espalda y la levantó como si fuera una niña, haciendo caso omiso de su quejido de sorpresa. Mientras la llevaba a la camioneta, pensó que en realidad no pesaba mucho más que una niña, y notó el destello de sorpresa de unos ojos azules tras las gafas; luego, ella le pasó el brazo alrededor del cuello y se agarró a él con todas sus fuerzas, como si temiera que la dejara caer.
Nick se la cambió de brazo para abrir la puerta de la camioneta y la depositó en el asiento. Después le sacudió enérgicamente la nieve de los pies y de las piernas. Oyó que ella gemía otra vez, pero no levantóla mirada. Cuando hubo acabado, se sacudió la nieve de los guantes y se dio la vuelta para sentarse tras el volante.

-¿Cuánto tiempo llevaba caminando? -masculló de mala gana.

Miley dio un respingo. No esperaba que su voz fuera tan profunda que casi reverberara. La calefacción de la camioneta le había empañado los cristales de las gafas y, al quitárselas, notó que le escocían las mejillas heladas al afluir a ellas la sangre.

-Yo... no mucho -balbució-. Unos quince minutos. Se me soltó uno de los manguitos del agua. Bueno, a mi coche, quiero decir.



Nick la miró a tiempo de ver que se apresuraba a bajar los ojos y notó que se había puesto colorada. Bien, eso significaba que empezaba a entrar en calor. Además, estaba azorada; Nick lo notaba en el modo en que se retorcía los dedos. ¿Creía acaso que iba a abalanzarse sobre ella y a violarla en el asiento del coche? A fin de cuentas, él era un indio resentido, capaz de cualquier cosa. Claro que, por la pinta que tenía ella, seguramente aquello era lo más emocionante que le había pasado nunca.
No estaban lejos de la casa del rancho y llegaron al cabo de un par de minutos. Nick aparcó junto a la puerta de la cocina y salió; rodeó la camioneta y llegó a la puerta del acompañante justo cuando ella la abría y se disponía a bajar.

-Olvídelo -dijo, y la tomó de nuevo en brazos.

Al deslizarse ella del asiento, la falda se le subió hasta la mitad de los muslos. Ella se apresuró a bajársela, pero no sin que antes los ojos negros de Nick examinaran sus piernas flacas, y al instante se puso aún más colorada.
El calor de la casa la envolvió, y respiró hondo, aliviada, sin notar apenas que él apartaba una silla de madera de la mesa y la depositaba sobre ella. Sin decir palabra, Nick abrió el grifo y dejó correr el agua caliente. Luego se puso a llenar un barreño. De vez en cuando probaba el agua para ir regulando la temperatura.
En fin, Miley había alcanzado su destino, y aunque no había conseguido llegar como esperaba, bien podía abordar el objeto de su visita.

-Soy Miley Potter, la profesora nueva.
-Lo sé -dijo él secamente.

Los ojos de Miley se agrandaron mientras miraba su espalda ancha.

-¿Lo sabe?
-No hay muchos forasteros por aquí.

Miley se dio cuenta de que él no se había presentado y de pronto vaciló. ¿Estaba en el lugar adecuado?

-¿Es... es usted el señor Mackenzie?

Él la miró por encima del hombro, y Miley notó que sus ojos eran tan negros como la noche.

-Soy Nick Mackenzie.

Ella se distrajo de inmediato.

-Supongo que sabrá que su nombre es muy poco frecuente. Es inglés antiguo...
-No -dijo él, dándose la vuelta con el barreño en la mano, y lo puso en el suelo, junto a los pies de Miley-. Es indio.

Ella parpadeó.

-¿Indio? -se sentía increíblemente estúpida. Debería haberlo adivinado por la negrura de su pelo y de sus ojos y por el color broncíneo de su piel, pero no se había dado cuenta. La mayoría de los hombres de Ruth tenían la piel curtida por la intemperie, y ella había pensado simplemente que era más moreno que los demás. Luego lo miró con el ceño fruncido y dijo con firmeza-: Mackenzie no es un apellido indio.

Él también frunció el ceño.

-Es escocés.
-Ah. ¿Es usted mestizo?

Hizo la pregunta con la misma naturalidad que si hubiera pedido indicaciones para llegar a algún sitio, y sus cejas suaves se arquearon inquisitivamente sobre sus ojos azules. Nick rechinó los dientes.

-Sí -masculló.

Había algo tan irritante en la expresión remilgada de aquella mujer que le daban ganas de quitarle la cursilería de un buen susto. Luego notó que estaba temblando y dejó a un lado su irritación, al menos hasta que la hiciera entrar en calor. Sabía por la torpeza con que ella andaba cuando la había encontrado que estaba sufriendo los primeros síntomas de hipotermia. Se quitó su pesado abrigo y lo tiró a un lado; luego se puso a preparar café.
Miley guardó silencio mientras él hacía el café. No parecía muy hablador, aunque eso no iba a desanimarla. Tenía muchísimo frío; esperaría hasta haberse tomado una taza de aquel café, y luego empezaría otra vez. Levantó la mirada cuando él se dio la vuelta, pero Nick tenía una expresión ilegible. Sin decir palabra, le quitó la bufanda de la cabeza y empezó a desabrocharle el abrigo. Sorprendida, ella dijo:

-Ya lo hago yo.

Pero tenía los dedos tan fríos que le dolían al moverlos. Él retrocedió y dejó que lo intentara un momento; luego le apartó las manos y acabó de desabrocharle el abrigo.
-¿Por qué me quita el abrigo, con el frío que tengo? -preguntó Miley, desconcertada, mientras él le bajaba las mangas.
-Para poder frotarle los brazos y las piernas.

Entonces procedió a quitarle los zapatos.
A Miley, aquella idea le resultaba tan ajena como la nieve. No estaba acostumbrada a que la tocaran, y no pensaba acostumbrarse. Se disponía a decírselo a Nick Mackenzie, pero las palabras se disiparon sin llegar a salir de sus labios cuando de pronto él le metió las manos debajo de la falda, hasta la cintura. Miley dio un gritito de sorpresa y al echarse hacia atrás estuvo a punto de tirar la silla. Él se quedó mirándola, los ojos como hielo negro.

-No tiene por qué preocuparse -le espetó-. Hoy es sábado. Yo sólo violo los martes y los jueves -se le pasó por la cabeza arrojarla de nuevo a la nieve, pero no podía permitir que una mujer muriera congelada; ni siquiera una mujer blanca que parecía creer que iba a contaminarse si la tocaba.

Los ojos de Miley se hicieron tan grandes que eclipsaron el resto de su cara.

-¿Qué tienen de malo los sábados? -balbució, y entonces se dio cuenta de que prácticamente le había hecho una proposición, ¡por todos los santos! Se llevó las manos enguantadas a la cara, notando que una oleada de sonrojo le subía a las mejillas. Debía de habérsele helado el cerebro; era la única explicación.

Nick levantó la cabeza bruscamente. No podía creer que ella hubiera dicho aquello. Unos ojos azules, grandes y horrorizados, lo miraban fijamente por encima de los guantes de cuero negros, que cubrían el resto de su cara pero no podían ocultar su intenso sonrojo. Hacía tanto tiempo que no veía ruborizarse a nadie que tardó un momento en darse cuenta de que ella estaba avergonzada. ¡Menuda mojigata! Era el último cliché que le faltaba a su imagen de maestra solterona y anticuada. El regocijo suavizó la irritación de Nick. Aquello era probablemente el no va más de la vida de aquella mujer.

-Voy a quitarle las medias para que meta los pies en el agua -le explicó con voz gruñona.
-Ah -la voz de Miley sonó sofocada porque seguía tapándose la boca con las manos.

Él seguía con los brazos metidos bajo su falda y con las manos le agarraba las caderas. Casi involuntariamente notó su estrechez y su suavidad. Anticuada o no, la profesora seguía teniendo la suavidad de una mujer, el dulce olor de una mujer, y el corazón de Nick empezó a latir más aprisa a medida que su cuerpo se desperezaba. Maldición, le hacía falta una mujer más de lo que creía, si aquella maestrita lo excitaba.
Miley se quedó muy quieta cuando un fornido brazo la rodeó y la levantó para que Nick pudiera bajarle las medias. En aquella postura, la cabeza de él quedaba junto a sus pechos y su vientre. Miley miró su pelo negro, denso y lustroso. Él sólo tenía que volver la cabeza para rozar con la boca sus pechos. Miley había leído en algunos libros que los hombres se metían los pezones de las mujeres en la boca y los chupaban como lactantes, y siempre se había preguntado por qué. De pronto, al pensarlo, sintió que se quedaba sin aliento y que le cosquilleaban los pezones. Las manos ásperas y curtidas de Mackenzie le rozaban las piernas. ¿Cómo sería que le tocara los pechos? Empezaba a sentirse extrañamente sofocada y un poco aturdida.
Nick tiró al suelo las finísimas medias sin mirarla. Se apoyó los pies de Miley sobre el muslo, colocó el barreño y le sumergió lentamente los pies. Se había asegurado de que el agua estuviera tibia, pero sabía que, incluso así, teniendo los pies tan fríos, a ella le resultaría doloroso. Miley contuvo el aliento pero no se quejó, a pesar de que Nick advirtió el brillo de las lágrimas en sus ojos cuando levantó la mirada.

-No le dolerá mucho tiempo -murmuró para tranquilizarla, y se colocó de tal modo que sus piernas quedaron a ambos lados de las de ella, sujetándolas suavemente. Entonces le quitó los guantes con cuidado y se sorprendió al ver la delicadeza de sus manos frías y blancas. Las sostuvo entre las suyas un momento y, habiendo tomado una decisión, se acercó más a ella y comenzó a desabrocharse la camisa.
-Esto las calentará -dijo, y se metió las manos de Miley bajo las axilas.

Miley estaba muda de asombro. No podía creer que sus manos hubieran anidado como pájaros en las axilas de Mackenzie. El calor de su cuerpo le calentaba los dedos fríos. En realidad, no estaba tocando su piel; él llevaba puesta una camiseta. Nunca antes, sin embargo, había compartido un momento de mayor intimidad con otra persona. Axilas... Sí, todo el mundo tenía axilas, pero ella, por lo menos, no estaba acostumbrada a tocar las de los demás. Nunca antes se había sentido arropada por otra persona, y mucho menos por un hombre. Las recias piernas de Nick atenazaban las suyas. Estaba un poco inclinada hacia delante, con las manos metidas bajo los brazos de Nick, y de pronto él se puso a frotarle enérgicamente los brazos y los hombros, y luego los muslos. Miley dejó escapar un leve gemido de sorpresa. Apenas podía creer que aquello estuviera pasándole a ella, a Miley Elizabeth Potter, una maestra solterona corriente y moliente.
Nick estaba enfrascado en su tarea, pero levantó la mirada al oír su quejido y vio sus grandes ojos azules. Eran de un azul extraño, pensó. Su tono tenía un viso gris. Azul pizarra, eso era. Notó vagamente que se le había deshecho el desmadejado moño en que se había recogido el pelo y que su cara aparecía enmarcada en sedosos mechones de color castaño claro. Su cara estaba muy cerca, a unos pocos centímetros de la de él. Tenía la piel más delicada que Nick había visto nunca, fina como la de un recién nacido, tan clara y traslúcida que se veía la delicada tracería de las venas azules de sus sienes. Sólo los muy jóvenes debían tener una piel así. Mientras la observaba, el rubor comenzó de nuevo a teñir 

los pomulos de Miley y Nick sintio que iba quedadandose involuntariamente hipnotizado ante aquella vision. se preguntaba si su piel seria tan tersa y delicada en todas partes:en los pechos, en las tripa, en los muslos, entre las piernas...Aquella idea le produjo una sacudida elecetrica que le produjo una sacudida electrica que le erizó los nervios. ¡Qué bien olía! Pero seguramente se levantaría de un salto si le subía la falda, como deseaba, y hundír la cara entre sus tersos muslos.
Miley se lamió los labios, ajena al modo en que los ojos de Nick seguían el movimiento de su lengua. Tenía que decir algo, pero no sabía qué. La proximidad de Nick parecía haberle paralizado el pensamiento. ¡Cielo santo, qué calentito estaba! ¡Y qué cerca! Tenía que recordar a qué había ido allí, en vez de comportarse como una boba sólo porque un hombre guapo y viril, aunque un tanto tosco, se acercara a ella. Se lamió los labios otra vez, carraspeó y dijo:

-Yo... eh... he venido a hablar con Joe, si es posible.

La expresión de Nick cambió muy poco, pero Miley tuvo la impresión de que se distanciaba de ella de pronto.

- Joe no está aquí. Está haciendo cosas.
-Entiendo. ¿Y cuándo volverá?
-Dentro de una hora. Puede que de dos.
Ella lo miró con cierta incredulidad.
-¿Usted es su padre?
-Sí.
-¿Su madre está...?
-Muerta.
Aquella palabra cruda y desolada desconcertó a Miley, quien al mismo tiempo sintió una leve y sorprendente sensación de alivio. Desvió la mirada otra vez.

-¿Qué le parece que Joe haya dejado el colegio?
-Fue decisión suya.
-¡Pero sólo tiene dieciséis años! Es un crío y...
-Es indio -la interrumpió Nick-. Es un hombre.
Miley sintió un arrebato de rabia y de indignación. Apartó las manos de las axilas de Nick y puso los brazos en jarras.

-¿Qué tiene que ver eso? Su hijo tiene dieciséis años y debe seguir estudiando.
-Sabe leer, escribir y hacer cuentas. Y también sabe todo lo que hay que saber para entrenar un caballo y llevar un rancho. Fue él quien decidió dejar el colegio y ponerse a trabajar. Éste es mi rancho, y mi montaña.
Algún día será suyo. Fue él quien decidió a qué quería dedicarse. Y es a entrenar caballos.
A Nick lo molestaba dar explicaciones sobre sus asuntos y los de su hijo, pero aquella maestrita respondona y desastrada tenía algo que lo impulsaba a responder. Ella no parecía darse cuenta de que eran indios; lo sabía en un sentido intelectual, desde luego, pero estaba claro que ignoraba lo que suponía ser indio, y ser Nick Mackenzie en particular, y que todo el mundo lo mirara con desprecio.

-De todos modos, me gustaría hablar con él -dijo Miley con obstinación.
-Eso que lo decida él. Puede que no quiera hablar con usted.
-¿No va a intentar influir en su opinión?
-No.
-¿Por qué no? ¡Por lo menos debería haber intentado que siguiera en el colegio!

Nick se acercó a ella hasta que sus narices casi se tocaron. Miley miró pasmada sus ojos negros.

-Mi hijo es indio, señora. Puede que no sepa usted lo que eso significa. Y qué va a saber usted. Usted es blanca. Los indios no somos bien recibidos en ninguna parte. La educación que tiene mi hijo se la ha buscado él solo, sin la ayuda de ninguna profesora blanca. Nunca le hacían caso, y cuando se lo hacían era para insultarlo. ¿Por qué iba a querer volver?
Miley tragó saliva, alarmada por aquel estallido de cólera. No estaba acostumbrada a que los hombres le gritaran improperios a la cara. A decir verdad, no estaba acostumbrada a los hombres en absoluto. De jovencita, los chicos no la habían hecho caso por empollona y feúcha, y al hacerse mayor las cosas no habían cambiado mucho. Palideció un poco, pero estaba tan convencida de los beneficios de una buena educación que no se dejó intimidar. Las personas grandes solían apabullar a las pequeñas, seguramente sin darse cuenta, pero no iba a darse por vencida sólo porque aquel hombre fuera más grande que ella.
-Era el mejor de su clase -dijo con energía-. Si lo consiguió solo, imagínese lo que podría hacer con un poco de ayuda.
Nick se irguió en toda su estatura, cerniéndose sobre ella.
-Ya le he dicho que eso tiene que decidirlo él.
El café estaba listo hacía rato. Nick se volvió para servir una taza y se la dio. El silencio se hizo otra vez entre ellos. Él se apoyó en los armarios y la observó beber delicadamente, como un gato. Delicada, sí, eso era. No era diminuta; medía tal vez un metro sesenta, pero era de complexión menuda. Nick bajó los ojos hacia sus pechos, que se adivinaban bajo el anticuado vestido azul. No eran grandes, pero parecían bonitos y redondos. Se preguntó si sus pezones serían de un tierno rosa claro o de un beige rosado, si sería capaz de acogerlo holgadamente en el interior de su cuerpo, si estaría tan tensa que se volvería loco...
Nick atajó bruscamente aquellos pensamientos. Maldición, debería llevar grabada a fuego en el alma aquella lección. Las blancas podían coquetear con él y revolotear a su alrededor, pero, a la hora de la verdad, pocas querían liarse con un indio. Aquella cursi ni siquiera estaba coqueteando, así que ¿por qué se estaba excitando tanto? Quizá porque era una cursi. No paraba de imaginarse cómo sería su cuerpecillo bajo aquel horrendo vestido, desnudo y tendido sobre las sábanas.
Miley dejó a un lado la taza.
-Ya he entrado en calor. Gracias, el café me ha sentado muy bien -el café, y el modo en que le había frotado todo el cuerpo, pero eso no pensaba decírselo. Levantó la mirada hacia él y vaciló, indecisa, al ver la expresión de sus ojos negros. Ignoraba qué era, pero había en él algo que hacía que se le acelerara el pulso y que se turbara levemente. ¿Le estaba mirando los pechos?
-Creo que le quedará bien la ropa vieja de Joe -dijo él con voz y semblante inexpresivos.
-No necesito ropa. Quiero decir que la que llevo es perfectamente...
-Ridícula -la interrumpió él-. Esto es Wyoming, señora, no Nueva Orleáns, o de dondequiera que venga usted.
-De Savannah -dijo ella.
Él empezó a rezongar, lo cual parecía ser uno de sus medios de comunicación esenciales, y sacó una toalla de un cajón. Se arrodilló, le sacó los pies del agua y se los envolvió en la toalla, frotándoselos con una delicadeza tan acusada que contrastaba vivamente con la hostilidad apenas velada de su actitud. Luego se puso en pie y dijo:

-Venga conmigo.
-¿Adónde?
-Al dormitorio -Miley se quedó parada, parpadeando, y una agria sonrisa torció la boca de Nick-. No se preocupe -dijo con aspereza-. Intentaré controlar mis salvajes apetitos, y en cuanto se cambie de ropa podrá largarse de mi montaña.



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