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martes, 24 de febrero de 2015

Noche de amor con el queje-capitulo 5

Capítulo 5
Nicholas miró a su padre en tensión mientras intentaba encontrar un sentido a lo que
Faruq acababa de decirle.
Era imposible que Miley hubiera hecho algo así, y menos después de la noche
que habían pasado juntos.
–No te lo esperabas –dijo Faruq, acusador.
Desde luego que no. Pero saber que había sido traicionado lo había dejado sin
palabras, así que se limitó a negar con la cabeza.
–La huida, estas cartas... –Faruq no sonaba como un padre, sino como un rey
decepcionado–. Todo indica un plan detalladamente trazado.
–Es una de sus habilidades –dijo Nicholas, ocultando tras el sarcasmo su creciente
enfado.
Su mirada se trasladó del rostro grave de su padre al de los otros dos hombres
que los acompañaban en el despacho. El rey Malik fruncía el ceño con una mezcla de ira
y confusión. Kemal parecía resignado, aunque abiertamente disgustado.
Su resignación preocupó más a Nicholas de lo que habría admitido.
–¿Sabías lo que iba a pasar? –le preguntó.
–No –se limitó a contestar Kemal.
Pero Malik apuntó por él.
–Miley lo llamó de camino al aeropuerto.
–¿Y no hemos podido detener el vuelo? –preguntó Nicholas.
–Calculó el tiempo muy bien y se marchó en el avión de uno de los invitados a la
boda.
Nicholas dejó escapar una maldición.
–Ha sido más lista que todos nosotros –dijo Malik en tono de admiración.
Sin mediar palabra, Nicholas tendió la mano hacia la carta que su padre tenía en la
mano. Faruq se la dio.
–Ha incluido también una copia de la nota de prensa, en la que niega los rumores
de una futura boda contigo.
–No puede ser verdad –exclamó Nicholas, indignado.
Una cosa era ser meticulosa y otra, que fuera tan testaruda.
Faruq asintió.
–Según la carta, verá la luz en unas horas.
Nicholas leyó la nota con incredulidad.
–Es mentira que no quiera vivir en Zohra. Adora el país.
Los dos reyes asintieron.
–Siempre he pensado que ése era el caso –dijo Malik.
–Ha elegido la excusa que le acarrearía el rechazo de la gente de Zohra y Jawhar
al tiempo que aumentaría el apreció a Nicholas –era la primera vez que Kemal aportaba algo
más que un monosílabo–. Ha sido como un suicidio.
Nicholas recordó como Miley había dicho que no consentiría que los forzaran a
casarse, y que estaba dispuesta a asumir la culpa ante su familia y la prensa.
Él había querido creer que sólo eran amenazas y con ello se había equivocado
radicalmente al juzgar los motivos por los que le pedía celebrar su noche de bodas.
Incómodo con una imagen de sí mismo que lo mostraba lo bastante frágil como
necesitar ser protegido, Nicholas pasó del enfado a la ira. Él no era así, y que Miley no se
diera cuenta lo enfurecía, pero, tal y como acostumbraba, mantuvo un control férreo sobre
sus emociones.
–Bastaba con que rompiera el compromiso para que el pueblo se pusiera de mi
lado –dijo Nicholas con frío sarcasmo.
Kemal sacudió la cabeza.
–No si contaba la verdadera razón que la llevaba a actuar así. Supongo que te lo
dijo en persona.
Nicholas sacudió la carta con tanta fuerza que el papel se arrugó.
–¿Crees que me habló de esto?
–Conozco a mi hija y sé que no buscaría una salida fácil.
–¿Y por eso ha cancelado el compromiso con una carta? –dijo Nicholas con sorna.
¿Cómo no había pensado Miley que tenía que hablarlo con él? ¿Había creído
que sus palabras en el estudio bastaban como despedida?
Si era así, demostraba lo poco que conocía al hombre con el que acabaría
casándose.
Kemal lo miró con escepticismo.
–Por lo que me dijo, estoy seguro de que habló directamente contigo.
–¿Lo hizo o no? –preguntó Faruq a su hijo.
Nicholas asintió con un gesto seco de la cabeza. Era evidente que al margen de lo
que creyera, Miley y él habían interpretado la conversación de manera distinta. Intentó
ignorar un agudo dolor en el pecho.
–¿Y no creíste oportuno contárnoslo a mí o a su tío? –preguntó su padre,
olvidando la impasibilidad de la que siempre hacía gala y que exigía de su hijo.
–Su tío adoptivo –precisó Kemal–. Y el compromiso, que supuestamente dura diez
años, nunca se ha formalizado.
–Todos sabemos por qué –dijo Nicholas, mirándolo fijamente.
–Excusas –dijo Kemal sin ocultar su disgusto–. Podrías haber anunciado el
compromiso en cualquier momento, pero elegiste no hacerlo y mi hija se ha cansado de
esperar.
–¿Y actuando así pretende obligar a Nicholas a hacerlo? –preguntó Faruq en un tono
helador.
El padre de Nicholas  estaba acostumbrado a ser quien dirigía una negociación, no a
sentirse manipulado.
La mirada de Kemal se endureció aún más que cuando había acusado a Nicholas  de
negligencia.
–Al contrario –dijo con la misma frialdad que Faruq–. Mi hija está asegurándose de
que nada pueda forzarla a cumplir una promesa que está segura que no le causará más
que infelicidad.

–Eso es absurdo, hermano mío –dijo Malik, estresando el apelativo familiar al
tiempo que posaba una mano conciliadora en el hombro de Kemal–. Miley siempre ha
estado enamorada de Nicholas. Su rostro cuando está con él se puede leer como un libro
abierto.
Nicholas hizo una mueca de rechazo.
–Una mujer enamorada no rompe su compro... –al ver que Kemal clavaba los ojos
en él, Nicholas se corrigió–: una promesa de facto de un futuro matrimonio.
–A no ser que tema que su amor nunca sea correspondido.
Nicholas se negó a entrar en ese terreno.
–No es una ingenua adolescente que espere flores y poemas de un matrimonio
como el nuestro.
–Creo que no lo entiendes –dijo Kemal–: No va a haber ninguna boda.
–¿Acaso te alegras? –preguntó Nicholas en tono acusatorio, planteándose
sorprendido esa posibilidad. No se consideraba una mala opción como yerno.
–En absoluto. Pero conozco a mi hija lo bastante bien como para saber que una
vez toma un decisión, es imposible hacerle cambiar de idea.
Nicholas no pudo negarlo. Kemal y Lou-Belia habían querido que Miley terminara el
bachillerato en París en lugar de que fuera a una universidad en Estados Unidos. Había
hecho la carrera en Cornell. Ninguno de los dos habían aprobado que se quisiera
independizar, pero Miley se había ido de casa desde el primer año de universidad.
Nicholas nunca había reflexionado sobre lo que no consideraba más que pequeñas
muestras de rebeldía, con las que, por otra parte, había estado de acuerdo porque no
quería casarse con ella sin que antes hubiera tenido la oportunidad de hacer una vida lo
más normal posible.
De pronto se daba cuenta de que, de haber dedicado más tiempo a conocerla,
habría adivinado las consecuencias que sus decisiones podían acarrear.
–Podríamos sacar una nota de prensa diciendo que se trata de un engaño
perpetrado por sus enemigos –sugirió el rey Malik.
Kemal sacudió la cabeza. –Amenazó con conceder una entrevista si hacíamos
algo así.
Así que Kemal había intentado disuadir a su hija. Y Nicholas sólo podía pensar que tal
persuasión habría debido ser innecesaria después de la noche previa. Aquellas horas
fuera del tiempo y del espacio alimentaban su enfado y le provocaban una presión
desconocida en el pecho.
–Así que no tenemos opción –dijo Faruq mirando a su hijo, preocupado. Nicholas no
estaba dispuesto a ser motivo de inquietud o lástima. –Siempre quedan opciones.
Publicaremos nuestra propia declaración.
–¿Y qué diremos? –dijo el rey Malik con el brillo en los ojos de un hombre
acostumbrado a lograr lo que se proponía.
–Que reconozco que he cometido un error al tardar tanto tiempo en formalizar el
compromiso. Que cortejaré a mi prometida y que el pueblo puede esperar el anuncio de
boda para final de año.
Si lo que su novia fugitiva quería eran flores, las tendría. La carcajada que soltó su
padre estaba tan teñida de incredulidad como la que habían causado las acciones de
Miley. El rey Malik y Kemal se limitaron a mirar a Nicholas como si hubiera perdido el juicio.
–¿Dudáis de mis habilidades para conquistar a una mujer después de haberme
visto negociar con los líderes mundiales? –preguntó con arrogancia.
Kemal carraspeó.
–Una mujer no es una potencia mundial.
–No, pero algún día tu hija estará casada con una –Nicholas se despidió de ambos
reyes con una reverencia e inclinó la cabeza ante Kemal–. Ahora, si me disculpáis, tengo
que planear una campaña.
Frunciendo el ceño, su padre dijo:
–Si es así como crees que debes actuar, haré publicar una nota de prensa con tus
disculpas.
–¿Se te ocurre algo mejor?
–Podrías dejarla marchar.
–No. He fallado a Miley al haber tardado tanto en anunciar nuestro compromiso.
No pienso caer en el mismo error por no actuar.
Por otro lado, ya habían celebrado su noche de bodas, así que, de una manera u
otra, también celebrarían su boda.
–Buena suerte –dijo Kemal.
El rey Malik asintió.
–Mi familia y mi personal están a tu disposición. Pediré a mi esposa que prepare
un informe que te ayude en tu causa –Malik se volvió hacia Kemal–. Pedirá consejo a
Lou-Belia sobre su hija.
Kemal aprobó la sugerencia.
–Muy bien. Su madre la conoce mejor que nadie.
–Gracias –dijo Nicholas, aunque no pensaba que fuera a requerir ninguna ayuda para
convencer a Miley de que se casara con él. Aun así, estaba dispuesto a aceptar
cualquier ayuda que se le prestara.
Sólo comprendió las verdaderas motivaciones de su futura esposa varias horas
más tarde cuando, al volver a sus aposentos descubrió el abultado sobre dirigido a él. La
carta fue muy reveladora, y al ver las fotografías, Nicholas se dio cuenta de que era muy
afortunado de la forma que Miley había elegido para romper el acuerdo. Darse cuenta
de ello no contribuyó a mejorar su estado de ánimo.
La furia que había sentido al conocer su huida no tuvo comparación con la ira que
lo invadió al saber que había sido sometida a chantaje.
Mirándolas, tuvo la certeza de saber quién las había tomado y había pretendido
beneficiarse económicamente con ellas. Sólo podía ser una persona. Pero Nicholas nunca
hubiera creído a Elsa capaz de asumir tal riesgo pues tenía mucho más que perder que
qué ganar.
Cualquiera que fuera el culpable, Miley debía haberle contado lo que sucedía,
pero en lugar de hacerlo había optado por pagar. Y el que lo hubiera hecho para salvarlo
del escándalo, lo desconcertaba aún más.
Su comportamiento, tan leal aunque ingenuo, puesto que él tenía medios para
resolver situaciones como aquélla por sí mismo, era una prueba más de que lo amaba, o
al menos de que creía amarlo. Aunque Nicholas era escéptico respecto al amor y lo que
significaba, asumió que haría más fácil la reconquista.
Una vocecita interior lo perturbó recordándole que había creído que haciéndole el
amor le había hecho olvidar su plan. ¿Y todavía su padre le preguntaba por qué no la
dejaba marchar?
Era bien sencillo: Nicholas no perdía. Jamás. E igualmente importante era que era
consciente de que debía a Miley hacer un esfuerzo por cortejarla. Que estuviera
enfadado con ella no le impedía admitir que su pasividad, así como su inadecuada
relación con Elsa, habían conducido a Miley a actuar como lo había hecho. No cumplir
con su deber era aún peor que perder. Era un golpe a su integridad que no podía aceptar.
En primer lugar tendría que ocuparse de Elsa y de sus amenazas. Le haría
comprender que no podía volver a contactar a Miley.
Luego iría en busca de su renuente prometida.
Sentada en el escritorio de la revista, Miley leyó el artículo cuyo link le había
enviado su madre, y pasó de la confusión a la furia.
¡Qué arrogancia! ¿Cómo era posible que, después de ver las fotografías que le
había dejado, Nicholas creyera que todavía podía convencerla de que se casara con él?
Se le citaba diciendo que había sido poco considerado y que quería cambiar.
¿Cuándo? Después de todo, ella llevaba ya dos semanas en casa y no había hecho el
menor intento de contactarla.
Un par de días atrás, había recibido una nota de él, escrita a mano, en la que le
decía que «el problema» de las fotografías había sido resuelto y que confiaba en verla
pronto. Como si eso bastara. La alegría que había sentido al ver el remitente había sido
reemplazada pronto por la desilusión al ver que no contenía un mensaje más personal.
Luego se había enfurecido consigo misma al darse cuenta de que la idea de que quisiera
verla le hacía sentirse esperanzada.
Pero lo que verdaderamente la había irritado era el párrafo al final del artículo en el
que decía que la boda tendría lugar a final de año. ¡Ni siquiera se había molestado en
referirse al anuncio de la formalización del compromiso, sino a la boda en sí!
De haber estado leyendo un periódico, lo habría tirado a la basura. Pero lo único
que pudo hacer fue mirar la pantalla con odio mientras intentaba contener las náuseas
que la asaltaron.
Unos segundos más tarde, corría al cuarto de baño.
Nicholas llegó a las oficinas de la revista el viernes por la tarde, seis semanas
después de que Miley abandonara Zohra. Estaba allí para ver a la mujer que le había
robado el sueño numerosas noches a lo largo de las últimas semanas.
Era su sentido de culpabilidad por no haber cumplido con su deber lo que lo
mantenía insomne, y se recriminaba haber mantenido una pasividad que había conducido
a la necesidad de aquel absurdo cortejo.
Tampoco estaba contento de que el nombre de Miley y el suyo hubieran
acaparado los titulares de los periódicos desde que Miley había huido. Los rumores se
habían sucedido. Primero respecto a los motivos de la reacción de Miley, luego en
relación a la nota de prensa de palacio y finalmente, por conocer el plan de seducción que
había diseñado. Había tenido que rechazar numerosas peticiones para ser entrevistado,
aunque finalmente había aceptado una, y sí había dejado que se filtraran detalles sobre
los regalos que había enviado a su prometida.
Las mujeres necesitaban saber que eran apreciadas, y Nicholas estaba haciendo lo
posible por mostrar su aprecio a Miley. Al menos después de que consiguiera dominar
su enfado. Estaba orgulloso de no haber incluido ninguna nota recriminatoria con los
regalos, a pesar de que había estado tentado más de una vez. Incluso había accedido a
ser entrevistado por su revista. Había admitido al fotógrafo en su despacho del palacio de
Zohra y había dejado que lo fotografiara para la sección de moda con su traje tradicional
de estado, y con trajes de corte occidental.
Todos sus intentos de aproximación habían recibido el silencio como respuesta.
Por eso, después de organizar su agenda, había decidido intensificar el ataque.
Acompañado por dos guardaespaldas, vestido con su mejor Armani y con un ramo
de jazmín amarillo, Nicholas entró en el edificio. La recepcionista alzó la mirada desde su
escritorio central circular y abrió los ojos con sorpresa.
–¿Podría dirigirme al despacho de Miley bin Kemal al Jawhar? –preguntó Nicholas
con una de sus mejores sonrisas.
La mujer abrió los ojos aún más al tiempo que unos papeles que tenía sobre el
escritorio estuvieron a punto de caérsele al suelo.
–Eh... No sé... Tendré que llamar –balbuceó, sonrojándose al tiempo que marcaba
un número–. ¿Hola? Hay un... Creo que es un jeque o algo así. No creo que sea peligroso
pero va con dos hombres de aspecto amenazador. Viene a ver a Miley, aunque la ha
llamado bin-algo. Pero sólo trabaja con nosotros una Miley, ¿no?...
Nicholas podía oír el rumor de alguien hablando al otro lado.
–Sí, probablemente –siguió la recepcionista–. Lleva un ramo de esas flores que
Miley ha estado regalando las últimas semanas.
Nicholas frunció el ceño al oír aquello, preguntándose si al igual que las flores, Miley
habría regalado las joyas que le había enviado.
Su enfado debió de reflejarse en su rostro, ya que la recepcionista se sobresaltó y
tiró los papeles que unos segundos antes había salvado. Nicholas dio un paso atrás
adoptando una máscara de indiferencia mientras ella continuaba asintiendo a algo que le
decían por el auricular.
–Está bien –concluyó–. La llamaré a su extensión –presionó un botón–: ¿Miley?
Hay aquí un hombre que parece... no sé, podría ser peligroso pero lleva un ramo de flores
–se giró y bajó la voz aunque continuó siendo audible–. ¿Estás segura de que no es
peligroso?
Nicholas mantuvo el rostro impasible a duras penas.
–Está bien. Le diré que no tardarás. Date prisa.
La recepcionista miró a Nicholas y se sobresaltó al darse cuenta de que había oído
todo lo que había dicho.
–Miley dice que no tardará. Puede esperarla por ahí –dijo, señalando unas sillas
próximas a un ventanal apartado.
Nicholas asintió y se dirigió hacia ellas junto con sus guardaespaldas.
–Hola, Nicholas.
Se volvió al oír la voz de Miley, y su sonrisa se transformó en un rictus al verla.
Su piel normalmente luminosa estaba pálida y mate y tenía unas pronunciadas ojeras.
Además, había perdido peso.
–¿Estás bien? –preguntó. Y se mordió la lengua al instante, consciente de que ese
tipo de preguntas no debían hacerse en público.
–Perfectamente –Miley se alisó la falda.
El color berenjena que solía favorecerla, acentuaba en aquella ocasión la palidez
de su rostro. Aun así, estaba tan elegante como cualquiera de las modelos que aparecían
en su revista.
En cualquier caso, si no se encontraba bien, debía estar en casa, en la cama,
atendida. Y Nicholas hizo un cambio mental de planes.
–Me alegro de verte –la saludó con una inclinación de cabeza al tiempo que le
tendía las flores. Miley sacudió la cabeza sin hacer ademán de tomarlas. –He terminado
de trabajar. ¿Has pensado en dónde mantener esta conversación?
Miley se encaminó hacia la puerta y Nicholas le entregó las flores a uno de los
guardaespaldas antes de seguirla.
Su limusina esperaba fuera y Miley se dirigió a ella sin titubear. Sorprendido por
su actitud colaboradora, Nicholas la siguió. Una vez dentro, Miley se volvió hacia él y
preguntó:
–¿Dónde vamos?
–He reservado en Chez Alene.
–Mi restaurante favorito.
–Lo sé.
–¿Por mi madre?
–Sí.
–Deja que adivine: el rey Malik le pidió a la reina que compilara un dosier –dijo
Miley en un tono que no daba lugar a interpretaciones de ningún tipo.
–Así es.
Miley asintió, sin hacer ningún comentario sobre el hecho de que se conocían
desde hacía los bastantes años como para que no debiera haber necesitado información
de terceras personas.
–¿Has regalado las flores que te he mandado? –preguntó él.
–Sí.
–¿Puedo saber por qué? –Nicholas no estaba seguro de querer saber qué había
hecho con las joyas, los zapatos y los bolsos que su madre había elegido para ella.
–¿Por qué las has mandado?
–Después de tantos años de desatención, merecías que te cortejara.
–Así que una vez más, por deber.
Nicholas abrió la boca para negarlo, pero se dio cuenta de que en parte tenía razón.
–Puede que en cierta manera sí. Pero también era una forma de dejarte saber que
pensaba en ti.
–¡Qué poético!
Nicholas se encogió de hombros.
–Sigo las costumbres de mi tierra.
–Lo que eres es un hombre pragmático con una increíble habilidad para observar
al ser humano y usar la información a tu favor.
–¿No crees que sea sincero?
–Creo que estabas pensando en mí, pero los dos sabemos que no tenía nada que
ver con un deseo romántico de verme.
–Define la palabra «romance». No creo que nuestra última noche fuera tan
fácilmente olvidable.
Miley posó la mano en el vientre.
–Eso es verdad –dijo frunciendo el ceño.
–Parece que te molesta.
Miley miró por la ventana con un suspiro.
–Da lo mismo.
–Eso no es verdad.
–Claro que sí.
–Sé qué piensas que...
–Escucha, olvídate este intento de seducción por razones de estado –a pesar de
que habló con vehemencia, Miley parecía cada vez más débil e incómoda–. Es una
pérdida de tiempo para los dos.
–¿Tan convencida estás de que no puedo hacerte cambiar de idea? –No hace
falta. Si accedes a una serie de condiciones, me casaré contigo.

lunes, 16 de febrero de 2015

Noche de amor con el jeque-Capitulo 4

Capítulo 4


Nicholas se metió en el agua caliente y perfumada con Miley en sus brazos. El
tradicional rectángulo de mosaico podía acoger a cuatro personas, pero sólo iban a
ocuparlo ellos dos. En cuanto los pies de Miley tocaron el agua, ésta se removió y
aunque la suave luz era más luminosa que la de las velas, pero no tan brillante como para
hacerle daño en los ojos, Nicholasse inclinó protectoramente sobre ella para que despertara
sin sobresaltos. Nunca se había quedado una de sus amantes adormecida, relajada y
satisfecha en sus brazos, y contemplarla había despertado en él una emoción que prefirió
no analizar.
–Qué bien huele –susurró ella, acurrucándose contra su cuello.
–He preparado el baño tradicional de la noche de bodas.
–¿De tu familia o de Zohra en general?
–Contiene una mezcla de hierbas exclusiva de la familia real.
Nicholas deslizó la mano por el vientre de Miley pero se frenó a medio camino a
pesar de la tentación de seguir hacia abajo. Miley necesitaba recuperarse antes de
hacer de nuevo el amor.
–Están destinadas a mitigar el dolor y las molestias del coito.
–Pues funciona –dijo Miley con voz ronca.
–Me alegro de que te guste.
–¿A ti no? –dijo ella como si le retara a negar que el sexo también le había
impactado. Pero Nicholas no pensaba mentir.
–Desde luego.
Nicholas no podía pensar en una noche de bodas más satisfactoria. La boda tendría
que ser planeada y se invitaría a dignatarios de todo el mundo, pero hasta entonces no
tenía la menor intención de mantener entre ellos el voto de castidad.
Era aún más excitante saber que podían explorar la sensualidad de su relación sin
temor a concebir un heredero. No le había preguntado que método anticonceptivo
utilizaba porque aquella noche no quería hablar de cuestiones tan mundanas. Ya habría
tiempo para ello al día siguiente.
Miley era inteligente y organizada, así que no dudaba que habría elegido el
método más seguro. Cuando planeaba algo lo hacía con una meticulosidad que incluso
sorprendía al padre de Nicholas, o al menos eso le había dicho en varias ocasiones el rey.
Y se sentía orgulloso de que Miley, aunque fuera por las razones equivocadas,
hubiera planeado aquel encuentro.
–Tu cuarto de baño es espectacular. ¿Es propio de la realeza o de las familias
acomodadas de Zohra?
–Es propio de mí –Miley pasaba sus horas cumpliendo con su gente y necesitaba
tener la oportunidad de relajarse y de disfrutar del confort.
–Lo suponía pero nunca he tenido la oportunidad de ir a la suite de mis padres o
de mi tío.
–Te has negado a volver a la casa de tus padres después de que se reconciliaran.
–Para entonces era una adulta –Miley reflexionó unos instantes–. Era el
momento de instalarme en mi propia casa.
–De haber vivido en Jawhar habrías permanecido con tus padres hasta la boda.
Miley se tensó.
–Pero no he crecido en Jawhar.
–Eso es verdad.
–¿Te importa?
–No –aunque Nicholas encontraba su independencia en cierta forma desconcertante,
le gustaba la mujer que flotaba entre sus brazos.
–Has hecho un par de comentarios que me han hecho interpretar lo contrario.
–Que señale las diferencias no quiere decir que lo censure.
–A veces puede dar la sensación de que sí.
–Las impresiones no son hechos.
–Eso es verdad.
–No se puede confiar en los sentimientos –ese principio le había sido instilado
desde su infancia como preparación a su papel de líder del reino de Zohra.
–Es posible, Nicholas. Pero la ausencia de sentimientos puede ser igualmente
peligrosa.
–Controlar las emociones es el primer paso para ganar una negociación.
Miley se escurrió entre sus brazos.
–No todo en la vida es una negociación política –dijo, sentándose en el extremo
opuesto del baño y mirándolo fijamente–. No es posible que apliques el mismo principio a
tus relaciones personales.
–Si te dijera lo contrario, mentiría.
Miley abrió los ojos de sorpresa antes de entornarlos.
–Hablas en serio.
–No suelo mentir.
–Ocultaste tu relación con Elsa Bosch durante años –Miley se mordió el labio al
no haber podido reprimir el comentario.
Pero Nicholas no pareció molestarse.
–Lo mantuve en secreto como una estrategia de supervivencia de alguien que vive
todo el tiempo expuesto a los ojos del público.
–La discreción no basta, hay que acudir a subterfugios –dijo Miley, citando las
palabras que había oído pronunciar a menudo a su tío.
–A veces los subterfugios son necesarios, pero eso no me convierte en un
mentiroso.
Miley miró en otra dirección y suspiró.
–¿Así que tratas a tus padres como si fueran líderes de la oposición? –aunque era
una manera sutil de cambiar de tema, Nicholas no opuso resistencia. No tenía el menor
interés en seguir hablando de la que era la mayor equivocación de su vida.
–Sobre todo a mi padre. Mi primer éxito como negociador fue a los diez años para
conseguir mi primer caballo –sonrió al recordarlo–, pero luego lo cambié por una fiesta
exclusivamente familiar para celebrar mi cumpleaños.
–¿Eras un niño tímido? –Un líder mundial no puede permitirse ser tímido. –Pero
sólo tenías diez años. ¿Por qué no quería que hubiera otros niños? –Esa opción no era un
punto a tratar en la mesa de negociación. Miley frunció el ceño. –Pretendía tener una
fiesta con mis hermanos en lugar de una celebración de estado –explicó Nicholas. Miley
dejó escapar una exclamación. –¿Quieres decir que a tu fiesta de cumpleaños no habrían
invitado a otros niños de todas formas? Nicholas se encogió de hombros. –A los siete años
celebré mi último cumpleaños con niños.
Había seguido intentándolo hasta los doce años, cuando su padre le había dicho
que olvidara aquellas chiquilladas y que tenía que aceptar sus circunstancias, al igual que
habían hecho sus primos en Jawhar.
–¡Qué terrible! Nicholas sacudió la cabeza. –Eres demasiado sensible. –Si yo tuviera
un hijo, jamás le privaría de una fiesta infantil por celebrar una cena de estado –dijo ella
como si se refiriera a una forma de tortura. Nicholas no pudo evitar reír. –Aprendí muy pronto
la importancia de las responsabilidades de mi posición.
Había sido una buena lección para colocar las necesidades de su pueblo por
delante de sus deseos personales.
–Lo que aprendiste fue que no tenías derecho a ser niño –dijo Miley como si
acabara de descubrir algo importante sobre él–. Tus hermanos no pasaron por lo mismo.
–Claro que no.
Miley le lanzó una mirada significativa.
–Aquí estamos solos tú y yo, y lo que ha pasado no tiene nada que ver ni con
deber ni con obligación.
Súbitamente, su rostro se ensombreció al recordar que aquella noche era la
condición que había puesto para liberar a Nicholas de su compromiso, pero aunque éste
habría querido decirle que esa premisa era absurda, se limitó a confirmar la verdad de su
comentario.
–Hacerte el amor no ha sido ninguna obligación.
Miley escrutó su rostro como si quisiera asegurarse de que era sincero, y Nicholas
supo que lo comprobaría porque no mentía. La sonrisa que iluminó su rostro valió la pena.
–Esta noche sólo eres Nicholas, no el heredero de la corona.
Él nunca era otra cosa que guía y sirviente de su pueblo. Ni siquiera había dejado
de serlo el tiempo que había pasado con Elsa, aunque se había sentido cerca.
Pero Miley no lo habría comprendido ni aunque hubiera crecido entre su gente.
Saber desde la cuna que el país entero dependía de uno, era algo que sólo
experimentaban algunas personas en todo el mundo. Y aquéllos a los que conocía habían
crecido, como él, teniendo que asumir la responsabilidad que les estaba destinada.
Aun así no quiso desanimar a Miley diciéndole que se equivocaba porque en
cierta forma había algo de verdad en lo que había dicho. Aquella noche se sentía más
alejado de su papel de jeque de lo que había estado en toda su vida.
Decidido a convertir aquel momento en inolvidable para Miley, hacer el amor con
ella antes de estar casado era en sí misma una acción impropia de su sentido de
responsabilidad habitual. Una voz interior que sonaba sospechosamente como la de sus
tutores, le susurraba que podía haber actuado de otra manera para ahuyentar los temores
de Miley. Pero la sencilla y sorprendente verdad era que Nicholas había deseado a Miley.
La encontraba mucho más deseable sexualmente de lo que nunca había pensado, y no
había sido consciente de que los años que habían esperado a formalizar el compromiso
habían contribuido, aunque inconscientemente, a ello. Se había obligado a no pensar en
ella sexualmente. Primero porque era demasiado joven, más tarde porque esa parte de su
psique la ocupaba Elsa.
Pero acababa de ser súbitamente consciente de que Miley era y siempre había
sido la mujer ideal con la que compartir su cama.
La atrajo hacia sí.
–¿Estás preparada para seguir celebrando nuestra noche?
Miley entornó los ojos con expresión de deseo e inclinó la cabeza hacia atrás en
una invitación a ser besada que Nicholas pensó que nunca rechazaría.
Miley despertó con placenteros dolores en partes del cuerpo que nuca había
sentido antes, y pensó que habrían sido mucho mayores de no haberse dado dos baños
con Nicholas la noche anterior. Una noche llena de placer y pasión como nunca hubiera
imaginado que compartirían.
La tentación de pedirle que mantuvieran su condición de prometidos fue muy
grande y tuvo que morderse la lengua para no hacerlo cuando se despidieron con la
primera luz del alba.
Aunque habría querido despertar en brazos de Nicholas por una vez en su vida,
comprendió que éste le dijera que no debían ser descubiertos y que sería mejor que se
marchara antes de que despertara el palacio. Así que había obedecido y se había ido con
el cuerpo saciado y el corazón cargado de melancolía por lo que nunca llegaría a tener.
Al llegar a su dormitorio se dio una ducha, hizo la maleta y sacó los cuatro sobres
que había preparado antes de ir a Zohra. Uno de ellos contenía una carta para su tío por
adopción, el rey de Jawhar, al que anunciaba que no se casaría con Nicholas. Pedía
disculpas, le rogaba que no responsabilizara a su padre de la decisión y le decía que
comprendería que la repudiara. Por muy doloroso que le resultara, su corazón ya se había
hecho añicos meses antes, al descubrir la relación entre Nicholas y Elsa Bosch.
La segunda carta era similar, pero el destinatario era el padre de Nicholas.
La tercera estaba dirigida a Nicholas y acababa de escribirla. Le daba las gracias por
la maravillosa noche que habían compartido y le decía que nunca la olvidaría. También le
explicaba la existencia de las fotografías, que adjuntaba, proporcionándole cuanta
información poseía sobre el chantaje, incluidos los pagos que había realizado y la forma
de entrega. Le aseguraba que nadie, ni siquiera sus padres, conocía la existencia de las
fotografías, y que confiaba en que pudiera mantenerlas fuera de la circulación por el bien
de su familia, pero que notificaría al chantajista que ya no le daría más dinero.
Miró entonces el último sobre, el que le impediría cambiar de idea aunque sólo
fuera simbólico. Incluía una nota de prensa en la que se negaban los rumores de que se
pretendía establecer una relación permanente entre las casas de Jawhar y Zohra por
medio de una boda entre Nicholas y ella. Había añadido un par de citas personales. Una, en
la que decía que no quería vivir bajo la presión pública que representaba convertirse en
miembro de la familia real; y la otra, negándose a establecerse fuera de su país de
adopción, Estados Unidos.
Tras leerla, su padre la repudiaría con toda seguridad y su madre se pondría
furiosa, pero no estaba dispuesta a vivir el resto de su vida sin amor. Aunque no fuera
norteamericana de nacimiento, había crecido rodeada de ideales distintos a los del
sentido del deber de las familias de Jawhar y Zohra. Por más que amara ambos países,
era una mujer moderna americana.
No iba a forzar a Nicholas a cumplir un compromiso que no había elegido
voluntariamente. Estaba segura de que adquiriría otro, pero lo haría como adulto y podría
elegir a la novia de su conveniencia. A ella sólo le quedaba desear que fuera una mujer a
la que llegara a amar con el paso del tiempo.
A través de los pasadizos secretos fue al dormitorio de Nicholas, al que sabía
ocupado con su padre, para dejarle la carta. Las demás, las entregó a los
correspondientes secretarios privados, menos la nota de prensa, que llevó al
departamento de relaciones públicas.
Además había preparado varios correos electrónicos con la misma información
para enviarlos a las agencias internacionales al cabo de unas horas. Cuando la noticia
estallara, volaría ya a Estados Unidos, donde no constituiría más que una mera anécdota
entre la plétora de noticias dedicadas a los ricos y famosos.
Ya en el coche, camino del aeropuerto, sacó el teléfono móvil para hacer la
llamada más difícil de toda su vida.
Decidida a no tomar el camino más fácil, llamó primero a su padre. La
conversación transcurrió más o menos como había esperado, pero se negó a continuarla
cuando su padre culpó a su madre por haberla criado en Estados Unidos.
–Si no hubieras estado metido en líos de faldas, no habríamos tenido que irnos de
Jawhar. No te atrevas a culpar a mamá –la furia que su osadía despertó en su padre le
llegó a través de la línea–. De hecho, tus constantes infidelidades me han hecho darme
cuenta de que el matrimonio con Nicholas no saldría bien. No pienso vivir como mamá.
–Nunca le ha faltado nada. –Si de verdad crees eso, es que sigues sin comprender
nada. –No me hables con esa falta de respeto, Miley.
–Decir la verdad no es faltarte al respeto.
–La relación que yo tenga con tu madre no es de tu incumbencia.
–Puede que no, pero eso no impide que seas un modelo que me niego a imitar.
–Nicholas no es un hombre de sangre caliente –su padre calló la implicación de que él
sí lo era.
Miley no se molestó en sacarlo de su error. Y saber que Nicholas había pasado
noches tan apasionadas con Elsa como la que había pasado con ella la atravesó con un
dolor que decidió ignorar, pero que fue prueba de que todavía tenía la capacidad de sufrir.
–No puedes hacer lo que te propones, Miley.
–Ya lo he hecho.
–Lo discutiremos en otro momento. Ahora tengo que ver a Malik y a Faruq.
Supongo que adivinas lo que voy a contarles.
–No me estás escuchando, aunque no sé por qué me sorprende.
–¡Miley!
–Por favor, papá. Te quiero, pero no quiero vivir como mi madre. Antes de
marcharme de palacio he dejado cartas para los reyes en las que les explico mis
intenciones y les pido disculpas.
–¿Cómo que antes de marcharte? ¿Dónde estás?
Por primera vez su padre sonó más preocupado que enfadado. El coche se detuvo
ante el aeropuerto. Miley bajó y esperó a que el conductor sacara el equipaje y lo dejara
en la acera antes de contestar.
–Voy de camino a casa.
–Tu casa está aquí.
–Nunca lo ha estado ni lo estará –dijo ella, suspirando al tiempo que intentaba
ignorar la tristeza que aquellas palabras le causaban–. Escúchame, papá. He incluido una
nota para la prensa en las dos cartas que he dejado a los reyes. Sería mejor que
dedicarais la reunión a decidir cómo lidiar con las consecuencias que mi decisión puede
tener para las relaciones públicas del reino, que a intentar hacerme cambiar de opinión.
–Claro que te haremos cambiar de idea.
–No.
–Maldita sea, he cambiado mi vida para asegurar que esta boda se celebrara y no
voy a consentir que desbarates mis planes por un arranque de orgullo femenino.
–¿A qué te refieres?
–Nicholas te habrá contado la conversación que tuvimos hace unos años en la que me
anunció que no se casaría con una mujer cuyo padre salía regularmente en las prensa del
corazón.
A Miley no le costó creerlo dada la obsesión de Nicholas por mantener la buena
reputación de la casa real.
–Así que te has vuelto fiel... –tragó saliva para aliviar el sabor a bilis que le puso en
la boca saber que no lo había hecho por salvar su relación, si no por obtener una mejor
posición en la casa real–, o al menos, discreto, para que la boda de tu hija te asegurara la
unión con la familia real.
–Fiel –la corrigió su padre–. Me di cuenta de que mis actos sólo causaban dolor.
Desde luego, nunca logré con ellos lo que pretendía.
–¿Pensabas que tener affaires iba a tener una consecuencia positiva? –preguntó
Miley, atónita.
–Tu madre se negó a tener más hijos. Yo le acusé de haberse quedado
embarazada de ti para atraparme –tras una prolongada pausa, concluyó–: Nunca lo negó.
–¿Eso sucedió antes o después de tu primera infidelidad?
–Eso da lo mismo.
–Dudo que mamá estuviera de acuerdo.
–Nunca quiso darme un hijo.
–Siento haber supuesto tal desilusión –dijo Miley, que nunca lo había sabido.
–No he querido decir eso.
Miley lo creyó a su pesar, pues jamás le había hecho sentir que hubiera preferido
que fuera chico.
–No sabía que, no siendo miembro de la realeza, fuera tan importante tener un
heredero.
–Pero conoces a nuestro pueblo –dijo él, implicando que en su cultura no tener un
hijo al que dejar el apellido familiar era una tragedia.
–Lo siento –dijo ella, consciente del dolor de su padre.
–Debes entender que Nicholas es distinto a mí y no cometerá mis errores.
A la vez que se acercaba al mostrador de facturación, Miley recordó las
fotografías de Nicholas con Elsa.
–No puedo casarme con él, papá.
–Debes hacerlo. Sólo tienes nervios prenupciales.
–Ni quiera estamos comprometidos oficialmente.
–Estás evitando un futuro imaginario, no el que verdaderamente disfrutarás.
–¿Tú has amado siempre a mamá? –preguntó ella en lugar de replicar.
–Sí –dijo él sin titubear.
–Y sin embargo le has hecho sufrir durante años, igual que ella a ti –por primera
vez Miley era consciente de que el daño había sido recíproco, pero eso no le servía de
consuelo–. ¿Si vosotros, queriéndoos, os habéis herido, qué puede pasar en un
matrimonio en el que sólo uno de los dos ama al otro?
–No puedes esperar amor de Nicholas.
La respuesta instantánea de su padre, adivinando a quién se refería, colocó un
nuevo ladrillo en la barrera tras la que Miley intentaba proteger su corazón.
–Mi vuelo sale en unos minutos.
–No puedes abandonar Zohra –dijo su padre en tono amenazador.
Pero Miley había tomado medidas para asegurarse de lo contrario, contratando
un vuelo privado por la guardia real recibía la orden de buscarla en los vuelos
comerciales.
–Por favor, padre, acéptalo. Ya he mandado la nota de prensa.
–Podemos decir que era una broma.
–Daré una entrevista en directo –sin dar tiempo a que su padre contestara,
concluyó–: Te quiero, papá. Espero que algún día me perdones –y colgó.
Pasó la aduana por la zona VIP sintiendo que el corazón iba a estallarle. Dijeran lo
que dijeran sus cartas, alejarse de Nicholas era lo más doloroso que había hecho nunca.
La noche anterior había tenido la experiencia más maravillosa de toda su vida,
pero al volver a mirar las fotografías había recordado que por muy buen amante que Nicholas
fuera, nunca la amaría. Aun así, se le había pasado por la cabeza que quizá sería mejor
vivir con él sin su amor, que no volver a verlo.
Tuvo que obligar a sus pies a subir la escalerilla. Intercambió unas palabras con el
dueño antes de sentarse y ponerse el cinturón de seguridad, y se alegró de comprobar
que ni él ni su esposa estaban interesados en charlar. Necesitaba concentrarse para no
caer en la tentación de volver al palacio.
El capitán acababa de anunciar que despegarían en cuestión de minutos cuando
Miley vio en la pantalla del teléfono que le llamaba su madre. Lo apagó al tiempo que los
motores se ponían en marcha. Hablar con ella no podía beneficiarla en ningún sentido. La
conversación con su padre ya la había a angustiado lo suficiente.
Su madre siempre la había amado incondicionalmente, y la sospecha de que su
ruptura con la familia real de Zohra pusiera su afecto en peligro, era un escenario al que
no se sentía capaz de enfrentarse en aquel momento.