martes, 21 de enero de 2014

Para Siempre-Capitulo 9 (Maratón)

Capitulo 9




La tarde siguiente, Miley aún no había podido quitarse el turbador beso de Nicholas de la mente. Sentada en la hierba juntó a Willie, le acariciaba la cabeza mientras él roía el hueso que le había llevado. Al mirarlo, volvía a pensar en la actitud desenfadada y sonriente que Nicholas adoptó finalizado el beso y se le hacía un nudo en el estómago al comparar su inocencia y estupidez con la sofisticación y la mordaz experiencia de él.
¿Cómo había podido abrazarla y besarla como si quisiera devorarla y al cabo de un momento bromear sobre ello? Y, de dónde, se preguntaba, había sacado ella la capacidad para bromear como él, cuando le daba vueltas la cabeza y le temblaban las rodillas? Y sobre todo, ¿cómo había podido mirarla con aquellos ojos helados y aconsejarle que no cometiera el mismo error que «docenas de mujeres» habían cometido?
¿Qué le había inducido a comportarse así?, se preguntaba. Era un hombre imposible de tratar, imposible de comprender. Había intentado trabar amistad con él, para terminar siendo besada. Todo le parecía tan diferente en Inglaterra; tal vez aquí los besos como aquel no tenían nada fuera de lo común y se estaba sintiendo culpable y furiosa sin motivo, pero lo cierto es que no podía evitarlo. Le agobiaba echar de menos a Andrew y se estremecía de vergüenza ante su voluntaria participación en el beso de Nicholas.
Levantó la vista para mirar a Nicholas cabalgando hacia los establos. Aquella mañana había salido de caza, de modo que había podido evitarlo mientras intentaba recuperar sus sentidos, pero el indulto llegaba a su fin: el carruaje del conde de Collingwood entraba por el camino principal. Miley se levantó reticente.
—Vamos, Willie. Vamos a decirle a lord Fielding que el conde y la condesa acaban de llegar y le ahorraremos al pobre señor O’Malley un viaje innecesario a los establos.
El perro levantó su cabezota y la miró con ojos inteligentes, pero no se movió.
—Ya es hora de que dejes de esconderte de la gente. No soy tu criada, sabes, y me niego a seguir trayéndote la comida hasta aquí. Northrup me ha dicho que solías comer en los establos. ¡Vamos, Willie! —repitió, decidida a controlar al menos aquella pequeña parte de su vida.
Dio dos pasos y aguardó. El perro se levantó y la miró, con la expresión alerta para hacerle comprender que había entendido la orden.
—¡Willie! —lo llamó irritada—. Me estoy impacientando demasiado con los machos arrogantes —chasqueó los dedos—. ¡He dicho: vamos! —Volvió a dar otro paso, mirándolo por encima del hombro, preparada para arrastrar al obstinado animal por el pescuezo si se negaba—. ¡Vamos! —le ordenó enérgicamente y esta vez, el perro le siguió.
Animada por aquel pequeño triunfo, Miley echó a andar hacia los establos de donde salía Nicholas, con el largo rifle en la mano.
Delante de la casa, el conde de Collingwood ayudó a su esposa a descender del carruaje.
—Allí están, allí —le indicó a su mujer haciendo un gesto con la cabeza en dirección a los establos. Poniéndole cariñosamente la mano en el ángulo de su codo, se encaminó por los prados hacia la otra pareja—. Sonríe —le animó con un susurro cuando ella empezó a rezagarse—. Parece como si fueras a enfrentarte al verdugo.
—Que es más o menos como me siento —admitió Caroline con una sonrisa avergonzada—. Sé que te reirás, pero lord Fielding me asusta bastante —y se lo confirmó asintiendo ante la mirada atónita de su marido—. No soy la única que se siente así... casi todo el mundo le teme.
—Nicholas es un hombre brillante, Caroline. He tenido enormes ganancias con cada inversión que ha tenido la amabilidad de recomendarme.
—Tal vez, pero sigue siendo horriblemente inabordable e... intimidatorio, a decir verdad. Además es capaz de darte el tipo de apabullante rapapolvo que hace que una quiera que se la trague la tierra. El mes pasado, le dijo a la señorita Farraday que le desagradaban las mujeres que sonreían como bobas, en particular aquellas que se cuelgan de su brazo mientras sonríen como bobas.
—¿Y qué le contestó la señorita Farraday?
—¿Qué podía contestar a eso? Estaba colgada de su brazo y sonreía como boba al mismo tiempo. Fue de lo más embarazoso.
Ignorando la elocuente sonrisa de su esposo, se alisó los guantes blancos en los largos dedos.
—Qué verán las mujeres en él, no puedo imaginarlo, sin embargo, siempre se derriten cuando él anda cerca. Claro, es tan rico como Creso, con seis mansiones y sabe Dios cuántas libras al año... y, claro, será el próximo duque de Atherton, también. Y le haré justicia si admito que es singularmente guapo...
—¿Pero no entiendes qué ven las mujeres en él? —bromeó su marido riéndose.
Caroline sacudió la cabeza y bajó la voz al acercarse a la pareja.
—Sus maneras no son del todo buenas. Al contrario... ¡es espantosamente rudo!
—Cuando un hombre es perseguido insaciablemente por su riqueza y su título, debería ser excusado por perder la paciencia de vez en cuando.
—Eso crees tú, pero por mi parte, compadezco considerablemente a la pobre señorita Seaton. Solo pensar en lo aterrorizada que debe de estar... vivir en la misma casa que él.
—No sé si está aterrorizada, pero tengo la impresión de que está sola y necesita una amiga que le muestre cómo comportarse en Inglaterra.
—Debe de sentirse tan triste —coincidió Caroline, con compasión, observando a Miley, que acababa de alcanzar a Nicholas y estaba hablando con él.
—El conde y la condesa han llegado —anunció Miley a Nicholas con fría educación.
—Ya veo. Te han seguido hasta aquí —explicó Nicholas—, están a pocos pasos detrás de ti a tu derecha. —Volvió a mirarla y se quedó helado cuando fijó su atención en algo que estaba detrás de ella en el otro lado—. ¡Apartate! —le ordenó, empujándola con brusquedad mientras apoyaba el rifle en el hombro.
A su espalda Miley oyó un gruñido grave y terrible y de repente comprendió lo que Nicholas pretendía.
—¡No! —gritó, dando salvajes manotazos golpeó el cañón del arma hasta levantarlo en el aire y se puso de rodillas, abrazó a Willie y se quedó mirando a Nicholas.
—¡Estás loco! ¡Loco! ¿Qué ha hecho Willie para merecer morir de hambre y que le peguen un tiro? —exigió histéricamente, acariciándole la cabeza—. ¿Se puso a nadar en tu est/úpido arroyo o... o se atrevió a desobedecer una de tus órdenes... o...?
El rifle se deslizó de los dedos petrificados de Nicholas hasta que el cañón apuntó inofensivamente hacia el suelo.
—Miley —dijo con una serenidad en la voz que contradecía sus tensos y pálidos rasgos—, este no es Willie. Willie es un collie y se lo presté a los Collingwood hace tres días para cruzarlo.
La mano de Miley volaba en el aire en mitad de un manotazo.
—A menos que haya perdido la vista y el juicio en el último minuto, yo diría que el animal que estás abrazando como una madre protege a su bebé es al menos medio lobo.
Miley tragó saliva y se puso en pie lentamente.
—Aunque no sea Willie, sigue siendo un perro, no un lobo —insistió obstinada—. Entiende la orden «ven».
—Es, en parte, un perro —le contradijo Nicholas.
Tratando de apartarla del animal, dio un paso adelante y la cogió por el brazo, acción que provocó la reacción instantánea del perro, que se agachó, gruñendo y mostrando sus colmillos, con el pelo del lomo erizado.
Nicholas le soltó el brazo y sus dedos se dirigieron despacio hasta el gatillo del rifle.
—Apártate de él, Miley.
Los ojos de ella estaban clavados en el arma.
—¡No lo hagas! —le advirtió furiosa—. No te dejaré. Si le disparas, te dispararé a ti, te lo juro. Soy mejor tiradora que nadadora, en mi casa cualquiera puede confirmártelo. ¡Nicholas! —gritó desgarradoramente—. Es un perro y solo está intentando protegerme de ti. ¡Cualquiera puede comprender eso! Es mi amigo. Por favor, no le dispares. Por favor...
Observó aliviada cómo la mano de Nicholas se relajaba sobre el rifle y de nuevo el cañón se deslizaba inofensivamente hacia la hierba.
—Deja de abrazarle —le ordenó—. No le dispararé.
—¿Me das tu palabra de caballero? —insistió Miley, que seguía escudando al lobo con su cuerpo, con la intención de evitar un fatal enfrentamiento entre el bravo perro que intentaba protegerla y el hombre con el arma mortal que se preparaba para matarlo por ello.
—Te doy mi palabra.
Miley empezó a apartarse, pero entonces recordó algo que Nicholas le había dicho y rápidamente volvió a interponerse entre los combatientes. Mirando a Nicholas con recelo, le recordó:
—Tú me contaste que no eras un caballero y dijiste que no tenías principios. ¿Cómo sé que harás honor a tu palabra dada, como haría un caballero?
Los ojos felinos de Nicholas brillaban, divertidos a su pesar, ante la escena de la indefensa joven que, estaba defendiendo a un lobo y al mismo tiempo le desafiaba, amotinada.
—Haré honor a mi palabra. Ahora, deja de comportarte como Juana de Arco.
—No estoy segura de creerte. ¿Se lo jurarás a lord Collingwood también?
—Estás tentando la suerte, querida —le advirtió Nicholas en voz baja.
Aunque lo había enunciado con mucha tranquilidad, tenía la innegable apariencia de una amenaza y Miley le hizo caso, no porque temiera las consecuencias, sino porque sentía instintivamente que Nicholas haría lo que había prometido. Asintió y se apartó, pero el corpachón del animal seguía en posición de ataque, con la mirada amenazadora fija en Nicholas.
A su vez, Nicholas miraba al animal, con el rifle aún preparado a su lado. Desesperada, Miley se dirigió al animal:
—¡Siéntate! —le ordenó, sin demasiada convicción en que el perro obedeciera la orden.
El perro dudó y luego se sentó a su lado.
—¿Lo ves? —Miley levantó las manos aliviada—, Alguien lo ha entrenado. Y sabe que tu arma puede herirle... por eso sigue mirándote. Es listo.
—Muy listo —admitió Nicholas con mordaz ironía—. Lo bastante listo como para vivir bajo mis narices mientras yo, y todo el mundo en kilómetros a la redonda, salíamos a cazar el «lobo» que estaba asaltando gallineros y aterrorizando al pueblo.
—¿Por eso has ido a cazar cada día? —cuando Nicholas asintió. Miley liberó un torrente de palabras, todas destinadas a impedir que Nicholas dijera que el perro no podía quedarse en su terreno—. Bueno, no es un lobo, es un perro, como puedes ver. Y he estado dándole de comer cada día, de modo que no tendrá motivos para asaltar gallineros nunca más. Es muy inteligente y comprende lo que digo.
—Entonces tal vez podrías decirle que es de muy mala educación sentarse en espera de la primera oportunidad para morder la mano que, al menos indirectamente, ha estado alimentándolo.
Miley dirigió una ansiosa mirada a su impaciente protector y luego a Nicholas.
—Creo que si vuelves a tocarme y le digo que no te gruña, él lo entenderá. Adelante, tócame.
—Me gustaría retorcerte el pescuezo —dijo Nicholas medio en broma, pero la tomó del brazo como ella le había pedido.
El animal se agachó, listo para saltar, gruñendo.
—¡No! —ordenó Miley con energía y el lobo llamado Willie se relajó, dudó y le lamió la mano.
Miley respiró aliviada.
—Lo ves, funcionó. Tendré excelente cuidado de él y no será la más mínima molestia para nadie, si le dejas quedarse.
Nicholas no estaba inmunizado contra el valor ni contra la implorante mirada de aquellos brillantes ojos azules.
—Ata a tu perro —suspiró. Cuando Miley se disponía a poner objeciones, añadió—: Haré que Northrup informe a los guardabosques de que no deben hacerle ningún daño, pero si se mete en la propiedad de otro, le dispararán en cuanto lo vean. No ha intentado atacar a nadie, pero los granjeros valoran a sus gallinas, además de sus familias.
Evitó mayor discusión simplemente volviéndose para saludar al conde y la condesa de Collingwood y, por primera vez. Miley recordó su presencia.
La vergüenza le hizo acalorarse mientras se obligaba a mirar a la mujer que Nicholas parecía considerar un modelo de corrección. En lugar de la desdeñosa altivez que esperaba ver en la cara de la condesa, lady Collingwood la miraba con algo que parecía notable, aunque risueña, admiración. Nicholas hizo las presentaciones y luego se alejó con el conde para hablar de ciertos negocios, abandonando cruelmente a Miley a su suerte para que se las arreglara lo mejor que pudiera con la condesa.
Lady Collingwood fue la primera en romper el incómodo silencio.
—¿Puedo pasear con usted mientras ata a su perro?
Miley asintió, secándose las húmedas manos en la falda.

—Debe... debe de pensar que soy la mujer más maleducada de la tierra —se lamentó con tristeza.
—No —respondió Caroline, mordiéndose el labio superior para controlar la risa—, creo que es innegablemente la más valiente.
Miley se quedó atónita.
—¿Porque no tengo miedo de Willie?
La condesa negó con la cabeza.
—Porque no le tiene miedo a lord Fielding —le corrigió, riendo.
Miley miraba a la despampanante morena con su elegante vestido, pero lo que vio era el travieso brillo en aquellos danzarines ojos grises y el ofrecimiento de amistad y su sonrisa. Se percató de que había encontrado un alma gemela en aquel país aparentemente hostil y eso le levantó el ánimo.
—En realidad estaba aterrorizada —admitió Miley, volviéndose hacia la parte trasera de la casa donde había decidido atar al perro hasta que consiguiera convencer a Nicholas de que le dejara entrar en la casa.
—Pero no lo demostró, sabe, y eso es muy bueno, porque me parece que cuando un hombre se da cuenta de que una mujer tiene miedo de algo, usa ese conocimiento contra ella de maneras perfectamente horribles. Por ejemplo, en cuanto mi hermano Cariton se dio cuenta de que me daban miedo las serpientes, me puso una en el cajón de los pañuelos. Y antes de que se me hubiera acabado el ataque de histeria, mi hermano Abbott me puso otra en las zapatillas de ballet.
Miley se encogió de hombros.
—Odio las serpientes. ¿Cuántos hermanos tiene?
—Seis, y todos me hicieron maldades hasta que aprendí a devolverles la jugada. ¿Tiene hermanos?
—No... una hermana.
Cuando los caballeros acabaron su conversación de negocios y se unieron a las damas para una cena temprana, Miley y Caroline Collingwood ya se tuteaban y estaban en camino de convertirse en amigas. Miley ya le había explicado que su compromiso con lord Fielding era un error que Charles había cometido, aunque con las mejores intenciones, y le había hablado de Andrew; Caroline le había hecho la confidencia de que sus padres habían elegido a lord Collingwood como marido, pero, por lo que decía y el modo en que sus ojos se iluminaban cada vez que lo mencionaba, era obvio para Miley que lo adoraba.
La cena transcurrió amenizada con una alegre conversación mientras Miley y Caroline siguieron intercambiando confidencias y comparando hazañas de sus infancias. Incluso lord Collingwood contribuyó con historias sobre su propia niñez y pronto fue evidente para Miley que los tres habían disfrutado de infancias despreocupadas y de la seguridad de unos padres que los querían. Sin embargo, Nicholas se negaba a hablar de su propia juventud, aunque parecía disfrutar de verdad al escuchar los relatos que contaban de las suyas.
—¿De veras sabes disparar un arma? —Caroline preguntó admirada a Miley mientras dos criados servían trucha salteada con mantequilla y hierbas aromáticas y recubierta de una delicada salsa.
—Sí—admitió Miley—. Andrew me enseñó porque quería competir con alguien en el tiro al blanco.
—¿Y lo hiciste? Me refiero a competir con él.
Miley asintió con la cabeza, el resplandor de las velas captaban la salvaje luminosidad de su cabello y lo convertía en un halo líquido.
—Y bien que competí. Fue lo más raro que podáis imaginar, pero la primera vez que puso un arma en mi mano, seguí sus instrucciones, apunté y di en el blanco. No parecía muy difícil.
—¿Y después?
—Fue fácil —dijo Miley con un guiño.
—A mí me gustan los sables —confesó Caroline— Mi hermano Richard solía dejarme ser su compañero de esgrima. Todo lo que se necesita es un buen brazo.
—Y un ojo seguro —añadió Miley.
Lord Collingwood se echó a reír.
—Yo imaginaba que era un caballero antiguo y simulaba justas con los mozos de cuadra. Me desenvolvía muy bien en la liza, pero los caballerizos eran reticentes a derribar a un pequeño conde de su caballo, de modo que probablemente no era tan bueno como yo creía en aquella época.
—¿Jugabais a tirar de la cuerda en América? —preguntó Caroline con curiosidad.
—Sí, invariablemente eran chicos contra chicas.
—Pero eso no es justo... los chicos son siempre más fuertes.
—No —contradijo Miley con una mirada risueña y atribulada—, si las chicas conseguíamos elegir un lugar donde había un árbol y luego nos las arreglábamos para atar, disimuladamente, la cuerda alrededor del árbol mientras ellos tiraban.
—¡Qué desvergonzadas! —se rió Nicholas—. ¡Hacíais trampa!
—Cierto, pero de no ser así, teníamos muy pocas probabilidades de ganar, de modo que no era realmente hacer trampa.
—¿Qué sabes tú de probabilidades? —le incitó.
—¿En cuanto a las cartas? —preguntó Miley, con el rostro encendido de una alegría contagiosa—. A decir, vergonzosamente, verdad, soy casi una experta en el cálculo de probabilidades de los diversos jugadores cuando reparto las cartas de un modo que puedo dar según qué manos —admitió abiertamente—. En resumen, sé hacer trampas.
Las cejas oscuras de Nicholas se juntaron en un ligero frunce.
—¿Quién te enseñó a hacer trampas?
—Andrew. Dijo que eran «trucos de cartas» que había aprendido cuando estuvo fuera, en la universidad.
—Recuérdame que nunca presente a ese tal Andrew para ser miembro de ninguno de mis clubes —bromeó Collingwood—. No viviría para ver el nuevo día.
—Andrew nunca hace trampas —corrigió lealmente Miley—. Creía que era importante saber cómo hacer trampas, así no te puede timar ningún jugador sin escrúpulos, pero solo tenía dieciséis años en aquella época y no creo que se diera cuenta aún de que era improbable que encontrara una persona semejante...
Nicholas se arrellanó en su silla, observando a Miley con fascinado interés, sorprendido por la graciosa desenvoltura con la que se conducía con los invitados y el modo que cautivaba a Robert Collingwood para que participara en la conversación de sobremesa. Notó el modo en que su rostro se iluminaba de ternura cada vez que hablaba de su Andrew y el modo en que llenaba de vida el comedor con su sonrisa.
Era lozana, vivaracha y sin tacha. A pesar de su juventud había una sofisticación natural en ella que procedía de una mente activa, un ingenio agudo y un genuino interés por los demás. Sonrió por dentro, al recordar la valiente defensa de su perro, que a partir de ahora, según ella había anunciado, se llamaría Lobo, no Willie. A lo largo de su vida, Nicholas había conocido pocos hombres auténticamente arrojados, pero nunca había conocido a una mujer valiente. Recordó su tímida receptividad ante el beso y la increíble oleada de deseo ardiente que había prendido en su cuerpo.
Miley Seaton estaba llena de sorpresas, llena de promesas, pensó, estudiándola subrepticiamente. Una viva belleza se moldeaba en cada facción de su rostro perfectamente esculpido, pero su atractivo iba más allá; estaba en su risa musical y sus gráciles movimientos. Había algo dentro de ella que la hacía centellear y resplandecer como una joya inmaculada, una joya que solo necesitaba la formación y el entorno adecuados: ropas elegantes para complementar su seductora figura y sus exquisitos rasgos, un magnífico hogar donde gobernara cual reina, un marido para doblegar sus impulsos más salvajes, un niño en su pecho para abrazar y nutrir...
Sentado frente a ella, Nicholas recordó su viejo y largamente abandonado sueño de tener una mujer que animara su mesa con su calor y sus risas... una mujer a la que abrazar en la cama y que alejara el oscuro vacío de su interior... una mujer que amara los hijos que él le daría...
Nicholas se cortó en seco, disgustado con sus sueños ingenuos y juveniles y anhelos incumplidos. Los había llevado a cabo en la madurez y se había casado con Melissa, creyendo est/úpidamente que una mujer hermosa podía hacer aquellos sueños realidad. Qué est/úpido había sido, qué increíblemente cándido al permitirse creer que a una mujer le importaba el amor o los niños o algo que no fuera el dinero, las joyas y el poder. Frunció el ceño al caer en la cuenta de que Miley Seaton le devolvía de repente el tormento de todos aquellos viejos y est/úpidos anhelos.

lunes, 20 de enero de 2014

Para Siempre-Capitulo 8

Capitulo 8



—No puedo explicarte cuánto siento lo de anoche —se disculpó Charles, la mañana siguiente durante el desayuno, con rostro preocupado y contrito—. Me equivoqué al anunciar tu compromiso con Nicholas, pero tenía tantas ganas de que los dos os llevarais bien y estaba tan esperanzado... En cuanto a lady Kirby, es una vieja bruja y su hija lleva dos años revoloteando alrededor de Nicholas para pescarle, por eso ambas vinieron corriendo a verte.
—No tienes que volver a explicarme todo eso, tío Charles —le disculpó Miley amablemente—. No ha sido nada malo.
—Tal vez no, pero además del resto de desagradables cualidades, hay que añadir que Kirby es la peor de las murmuradoras. Ahora que se ha enterado de que estás aquí, se asegurará de que todos los demás lo sepan también, lo que significa que pronto nos lloverá un aluvión de visitas, ansiosas por echarte un vistazo. Eso significa que tendremos que buscar una carabina adecuada para que nadie te ponga en entredicho por convivir con dos hombres.
Levantó la mirada hacia Nicholas, que acababa de entrar, al tiempo que Miley se puso tensa y rezó por que la tregua de la noche anterior resistiera la luz del día.
—Nicholas, estaba explicándole a Miley la necesidad de una carabina. He mandado llamar a Flossie Wilson —añadió refiriéndose a su tía soltera, que en otro tiempo le ayudó a cuidar a Jamie—. Es una auténtica pava, pero es mi única pariente femenina y la única aceptable que conozco para ser la carabina de Miley. A pesar de su falta de sentido común, Flossie sabe cómo comportarse en sociedad.
—Perfecto —aceptó Nicholas ausente, se detuvo junto a la silla de Miley y la miró con una expresión insondable—. Espero que no sufras los efectos perniciosos de tu incursión de anoche con el brandy.
—En absoluto —respondió animada—. En realidad, me gustó bastante, una vez me acostumbré a él.
Una sonrisa relajada nació en su curtido rostro y el corazón de Miley dio un salto. Nicholas Fielding tenía una sonrisa que podía derretir un glaciar!
—Cuida que no te guste demasiado —y añadió bromeando—, prima.
Absorta en esperanzados planes para convertir a Nicholas en su amigo, Miley no prestó atención a la conversación de los hombres hasta que Nicholas se dirigió a ella.
—¿Me has oído. Miley?
Miley miró sin comprender.
—Lo siento, no estaba escuchando.
—El viernes espero la visita de un vecino que regresa de Francia —repitió Nicholas—. Si viene con su mujer, te la presentaré.
El momentáneo placer de Miley ante aquella presentación ostensiblemente amistosa se apagó tras la franca explicación posterior.
—La condesa de Collingwood es un excelente ejemplo de cómo deberías comportarte en sociedad. Deberías ser sensata, observar su comportamiento y emularla.
Miley se sonrojó, se sentía como una niña mal educada a la que acaban de decir que debía seguir el ejemplo de alguien. Además ya había conocido a cuatro aristócratas ingleses: Charles, Nicholas, lady Kirby y la señorita Johanna Kirby. A excepción de Charles, todos le parecían muy difíciles de tratar. Y no le hacía ni pizca de gracia la perspectiva de conocer a dos más. No obstante, dominó su ira y olvidó su temor.
—Gracias —concedió educadamente—. Tengo ganas de conocerlos.
Miley pasó los cuatro días siguientes gratamente ocupada, escribiendo cartas o en compañía de Charles. Por la tarde del quinto día, bajó a las cocinas a buscar otro plato de sobras para Willie.
—Ese animal se va a poner demasiado gordo para dar un paso, si continúa alimentándolo de ese modo —le advirtió la señora Craddock de buen humor.
—Aún falta mucho para que eso ocurra —respondió Miley con una sonrisa—. ¿Puedo llevarme también este hueso grande que está aquí encima o tiene pensado usarlo para hacer sopa?
La señora Craddock le dijo que no y le dio el enorme hueso a Miley. Tras darle las gracias. Miley se disponía a marcharse cuando recordó algo y se dio media vuelta.
—Anoche, el señor Field... quiero decir, su señoría —corrigió, observando cómo los criados se quedaban paralizados ante la mera mención de su nombre— dijo que el pato asado era el mejor que había probado en su vida. No estoy segura de que se acordara de mencionárselo —explicó Miley, sabiendo perfectamente que Nicholas ni siquiera se molestaría en hacerlo—, así que he pensado que le gustaría saberlo.
Las orondas mejillas de la señora Craddock se arrebolaron de placer.
—Gracias, milady —respondió educadamente.
Miley declinó el título con una sonrisa y un gesto de su mano, luego desapareció por la puerta.
—Ahora hay una verdadera dama —dijo la señora Craddock a los demás cuando Mileyse hubo ido—. Es amable y gentil y no como todas aquellas insípidas señoritas que te encuentras en Londres o las petulantes con humos que su señoría se ha traído de vez en cuando. Dice O’Malley que es una condesa. Se lo oyó decir a su excelencia la otra noche a lady Kirby.
Miley llevó la comida hasta el lugar donde había empezado a dar a Willie su ración durante los últimos nueve días. En lugar de quedarse atrás, amparado en la seguridad de los árboles durante varios minutos, como solía hacer, al verla salió unos pocos pasos.
—Ven —lo llamó, riendo bajito—, mira lo que te he traído.
El corazón de Miley empezó a latir con una sensación de triunfo mientras el enorme perro plateado y negro se aproximaba hasta ponerse al alcance de su mano, mucho más de lo que se había acercado nunca.
—Si dejas que te acaricie, Willie —prosiguió, arrimándose un poco a él y extendiendo el cuenco—, te traeré otro delicioso hueso esta noche después de cenar.
El animal se detuvo muy cerca y la miró con una mezcla de temor y desconfianza.
—Sé que quieres esto —continuó, dando otro pasito hacia él— y yo quiero ser tu amiga. Probablemente pensarás que la comida es un soborno —lentamente se inclinó y puso el cuenco entre ellos—, y tienes razón. Estoy tan sola como tú, pero tú y yo podemos ser grandes amigos. Nunca he tenido perro, ¿sabías?
Sus ojos centelleantes iban y venían ávidamente desde la comida hasta Miley. Al cabo de un momento se acercó al cuenco, pero sus ojos no dejaban de mirarla, ni siquiera cuando inclinó la cabeza y empezó a devorar la comida. Miley seguía hablándole con voz suave mientras comía, con la intención de infundirle confianza.
—No imagino en qué estaría pensando el señor Fielding cuando escogió tu nombre, no tienes pinta de Willie. Yo te habría llamado Lobo o Emperador, algo que sonara tan fiero como tu aspecto.
En cuanto acabó, el perro empezó a retirarse, pero Miley rápidamente extendió la mano izquierda para mostrarle el gran hueso que le había conseguido.
—Si lo quieres tendrás que cogerlo de mi mano —le advirtió.
El animal miró el hueso durante solo un instante antes de que sus grandes mandíbulas lo apresaran y se lo arrebataran de la mano. Miley esperaba que saliera corriendo con él hacia el bosque, pero para su deleite, después de una pausa tensa y cautelosa, lo soltó junto a sus pies y empezó a morderlo y reducirlo a astillas. De repente, Miley sintió como si el cielo le sonriera. Ya no se sentía no deseada ni fuera de lugar en Wakefíeld, ahora los dos hombres Fielding eran sus amigos y pronto tendría a Willie como compañero. Se arrodilló y le acarició la inmensa cabeza.
—Necesitas un buen cepillado —le comentó observando cómo sus afilados colmillos de marfil roían el hueso—. Me gustaría que Dorothy te viera —continuó con nostalgia—. Le encantan los animales y tiene buena mano para ellos. En un instante te tendría haciendo gracias para ella.
La idea hizo sonreír a Miley y luego acentuó dolorosamente su soledad.
Era la media tarde del día siguiente cuando apareció Northrup para anunciar que lord Collingwood había llegado y que lord Fielding deseaba que acudiera a su estudio.
Miley se miró con aprehensión en el espejo de su tocador y se sentó para recogerse el cabello en un moño perfecto, preparándose para encontrarse con un robusto, orgulloso y distante aristócrata de la edad de lady Kirby.
—Su carruaje se rompió cuando venía hacia aquí y dos granjeros la acompañaron —le estaba contando Nicholas a Robert Collingwood con una escueta sonrisa en el rostro—. Al sacar su baúl de la carreta, dos cerditos se escaparon y Miley cogió uno de ellos justo en el momento en que Northrup abría la puerta. Vio el cerdito en sus brazos y la confundió con una campesina, así que le dijo que diera la vuelta hasta la parte trasera para entregar las mercancías. Cuando Miley puso objeciones, ordenó a un criado que la echara de la propiedad.
Nicholas acabó de hablar y ofreció a Robert Collingwood una copa de tinto de Burdeos.
—¡Dios santo! —exclamó el conde riendo—. ¡Vaya recibimiento! —Levantó la copa para brindar y dijo:— Por tu felicidad y la inagotable paciencia de tu prometida.
Nicholas frunció el ceño.
Con la intención de aclarar lo que consideraba un brindis confuso, Robert explicó:
—Puesto que no ha dado media vuelta y tomado el primer barco para América, solo puedo suponer que la señorita Seaton tiene mucha paciencia, un rasgo de personalidad muy deseable en una prometida.
—El anuncio del compromiso en el Times fue cosa de Charles —aclaró Nicholas—. Miley es prima lejana suya. Cuando supo que se había quedado sin familia y venía hacia aquí para vivir con él, decidió que yo debía casarme con ella.
—¿Sin consultarte antes? —preguntó Robert incrédulo.
—Supe que estaba prometido del mismo modo que lo supo todo el mundo: leyendo el Times.
Los cálidos ojos marrones del conde se encendieron de divertida compasión.
—Imagino que te sorprendería.
—Me enfureció —corrigió Nicholas—. Ya que tocamos ese tema, esperaba que tu esposa te acompañara hoy para que Miley pudiera conocerla. Caroline es solo unos pocos años mayor que ella y creo que harán buenas migas. Para serte sincero. Miley necesitará una amiga aquí. Es evidente que se armó un buen escándalo entre la buena sociedad cuando su madre se casó con un médico irlandés y es obvio que la vieja lady Kirby planea remover de nuevo las aguas. Además, la bisabuela de Miley es la duquesa de Claremont y aparentemente no quiere reconocer a la joven. Miley es condesa por derecho propio, pero eso no bastará para que sea aceptada en sociedad. Claro que contará con el apoyo de Charles, lo cual será de gran ayuda. Nadie osará rechazarla de entrada.
—También contará con el peso de tu influencia, que es considerable —apostilló Collingwood.
—No será de ninguna ayuda —discrepó con sequedad Nicholas— en lo relativo a que una joven intente labrarse una reputación de virtuosa e inocente.
—Es cierto —se rió Robert.
—En cualquier caso, Miley ha conocido solo a las Kirby como ejemplos de la aristocracia inglesa. Creo que tu esposa le causará mejor impresión. En realidad, le he sugerido que considere a Caroline como un buen ejemplo de modales y conducta aceptables...
Robert Collingwood echó atrás la cabeza y estalló en carcajadas.
—¿De veras? Entonces será mejor que lady Miley no siga tu consejo. Los modales de Caroline son exquisitos, lo bastante exquisitos para engañarte incluso a ti, por lo visto, para hacerte creer que es un modelo de corrección, pero yo estoy continuamente sacándola de apuros. Nunca en mi vida he conocido a una mujer más testaruda —terminó, pero sus palabras estaban teñidas de ternura.
—En ese caso. Miley y Caroline se llevarán a las mil maravillas —comentó Nicholas secamente.
—Te estás tomando mucho interés en ella —observó Robert mirándolo atentamente.
—Solo como obligado guardián.
Detrás de la puerta del estudio. Miley se alisó la falda del vestido de muselina verde manzana, llamó con discreción y luego entró. Nicholas estaba sentado detrás de su escritorio en un sillón de cuero de respaldo alto, hablando con un hombre de treinta y pocos años. Cuando la vieron, ambos hombres dejaron de hablar y se pusieron en pie con una precisa, aunque accidental, coordinación, un simple movimiento que parecía subrayar el parecido que existía entre ellos. Al igual que Nicholas, el conde era alto, atractivo y de constitución atlética, pero tenía el cabello rubio oscuro y los ojos marrones y cálidos. Rezumaba la misma aura de serena autoridad que Nicholas, pero resultaba menos amenazador. El humor acechaba en sus ojos y su sonrisa era amigable en lugar de sardónica. Sin embargo, no parecía el tipo de hombre que uno desease tener como enemigo.
—Discúlpeme por quedarme mirando —Miley expresó en voz baja, cuando Nicholas acabó de hacer las presentaciones—, pero al verlos juntos por primera vez, he pensado que son muy parecidos.
—Estoy segura de que lo dice como un cumplido, milady —sonrió Robert Collingwood.
—No —bromeó Nicholas—, no tenía esa intención.
Miley pensó rápidamente alguna respuesta adecuada y no pudo encontrar ninguna, pero el conde le libró de esa preocupación, cuando dirigió a Nicholas una indignada mirada y preguntó:
—¿Qué posible respuesta puede dar a eso la señorita Seaton?
Miley no oyó la réplica de Nicholas porque su atención estaba fija en otro ocupante de la habitación: un niño adorable de unos tres años que se hallaba de pie al lado del conde, contemplándola en muda fascinación con un barco de vela apretado en sus regordetas manos.
El pelo rizado y rubio y los ojos marrones le hacían parecer una réplica en miniatura de su padre, hasta los pantalones de montar de color habano, las botas marrones de cuero y la chaqueta que llevaba. Absolutamente fascinada, Miley le sonrió.
—Creo que nadie nos ha presentado... —insinuó.
—Perdóneme —se disculpó el conde con sonriente solemnidad—. Lady Miley, permítame que le presente a mi hijo, John.
El niño dejó el barco en la silla que estaba detrás de él e hizo una solemne y adorable reverencia. Miley respondió agachándose con otra reverencia que despertó la risa del niño. Luego señaló con el dedo regordete su cabello y miró a su padre.
—¿Rojo? —pronunció con infantil placer.
—Sí —asintió Robert.
—Bonito —susurró, lo que provocó la risa del padre.
—John, eres demasiado joven para intentar conquistar a las damas encantadoras —le reprendió en broma Collingwood.
—¡Oh! Pero yo no soy una dama —corrigió Miley y, dirigiéndose al encantador niñito, le dijo con desenvoltura—: ¡Soy un marinero! —Lo vio tan confundido que añadió—: ¡Oh! Lo soy... y prodigiosamente bueno. Mi amigo Andrew y yo solíamos construir barcos y hacerlos navegar todo el tiempo con el resto de los niños, aunque nuestros barcos no eran tan magníficos como el tuyo. ¿Podemos llevar el tuyo al arroyo?
John asintió y Miley miró a su padre solicitando su permiso.
—Lo cuidaré estupendamente —prometió— y al barco también, claro.
Cuando el conde consintió, John cogió la mano de Miley y salieron del estudio.
—Es obvio que le gustan los niños —observó Robert cuando los dos aventureros se hubieron marchado.
—Ella es poco más que una niña —comentó Nicholas desdeñoso.
El conde volvió la cabeza y miró a la fascinante joven que caminaba por el vestíbulo. Volvió a mirar a Nicholas y este levantó las cejas en divertida contradicción, pero no dijo nada.
Miley se pasó casi una hora sentada sobre una manta en la orilla del río que trazaba un pintoresco camino a través de los ondulantes prados que se extendían ante la casa. El sol bañaba su rostro y calentaba sus extremidades mientras se sentaba al lado de John, inventando historias de piratas y tormentas que supuestamente asediaron su barco durante la travesía desde América. John escuchaba encantado, sujetando fuerte el hilo de pescar que Miley había pedido a Northrup y que estaba atado al barco. Cuando se cansó de la simulada navegación que le proporcionaba el pequeño buque allí en los bajíos, ella le cogió el hilo y se pusieron a caminar, Miley guiaba el barco corriente abajo, hacia donde el arroyo se hacía más profundo, que surcaba veloz el río bajo un amplio y elegante puente de piedra, donde agitaba las aguas un árbol caído.


—Toma —le avisó, volviendo a darle el hilo—. No lo sueltes o ese árbol atascado nos mandará a pique.
—No lo soltaré —prometió sonriente mientras el barco de tres mástiles cabeceaba y se balanceaba en las agitadas aguas.
Miley vagaba por la orilla abrupta y estaba feliz reuniendo un ramo de flores silvestres, rosadas, azules y blancas que alfombraban el talud, cuando John dio un grito dando torpes saltos detrás del hilo que se le había escapado.
—¡No te muevas! —gritó autoritaria y corrió hasta él.
Haciendo un valiente esfuerzo por no llorar, señaló el barquito que navegaba directamente hacia las ramas del árbol caído bajo el puente.
—Se ha ido —susurró entrecortadamente mientras dos lágrimas bañaban sus ojos marrones—. El tío George me lo hizo, se va a poner triste.
Miley se mordió el labio, vacilante. Aunque el agua era profunda y rápida en aquel tramo, ella y Andrew habían rescatado sus propios barcos del río, considerablemente más peligroso, donde siempre los hacían navegar. Levantó la cabeza y estudió la pronunciada ribera, asegurándose de que estaban colina abajo, fuera del alcance de la vista de la casa y de todos los que allí se encontraban; luego tomó una decisión.
—No se ha ido, solo ha encallado en un arrecife —exclamó alegremente abrazándole—. Yo lo rescataré. —Ya se estaba quitando las sandalias, las medias y el vestido nuevo de muselina verde que Nicholas le había regalado—. Siéntate aquí, yo lo traeré.
Vestida solo con la camisa y unas ligeras enaguas, Miley vadeó el arroyo hasta que el fondo se hundió profundamente bajo sus pies, luego nadó con largas y expertas brazadas hasta el extremo más lejano del árbol. Debajo del puente, el agua profunda estaba helada y se arremolinaba alborotada alrededor de las ramas, pero no tuvo problemas en localizar la pequeña nave. Sin embargo, le costó mucho liberar de las ramas el fuerte hilo de pescar. Se sumergió dos veces, para el deleite del pequeño John, quien parecía no haber visto nunca a nadie nadar ni bucear así. A pesar del agua fría y las enaguas empapadas, nadaba con vigor y Miley disfrutaba de la libertad que le ofrecía.
—Esta vez liberaré el barco —le gritó a John haciéndole señas. Vigilando, para cerciorarse de que el niño no iba a intentar ir detrás de ella, le gritó—: Quédate exactamente donde estás, no necesito ayuda.
Asintió obediente y Miley se sumergió, siguiendo el hilo con los dedos fríos por debajo del árbol, palpando el lugar donde había quedado atrapado alrededor de una rama sumergida y abriéndose camino hacia el lado opuesto.
—Northrup dijo que los había visto caminando hacia el puente... —Nicholas se detuvo bruscamente cuando llegó hasta ellos la palabra «socorro».
Ambos hombres echaron a correr, cortando en ángulo por el prado hacia el lejano puente. Deslizándose y patinando, corrieron pendiente abajo por la ribera tapizada de flores hacia donde se encontraba John. Robert Collingwood cogió a su hijo por los hombros y con voz profunda y alarmada le preguntó:
—¿Dónde está ella?
—Debajo del puente —respondió el niño sonriendo—. Bajo el árbol, tratando de rescatar el barco de tío George para mí.
—¡Oh, por el amor de Dios! Esa pequeña loca... —exclamó Nicholas, quitándose la chaqueta y corriendo hacia el agua.
De repente, una sonriente sirena de cabellos rojizos salió a la superficie con un espectacular y alto salto.
—¡Lo tengo, John! —gritó con el cabello cubriéndole los ojos.
—¡Bien! —voceó John, aplaudiendo.
Nicholas se frenó de inmediato, su ciego terror dio paso a una furia sombría cuando la vio nadar alegremente hacia la orilla con largas y gráciles brazadas, arrastrando el barquito a lo lejos. Con las botas plantadas, los pies bien abiertos y una expresión torva, aguardó impacientemente a que su presa estuviera al alcance.
Robert Collingwood dirigió una compasiva mirada a su furioso amigo y cogió a su hijo de la mano.
—Ven conmigo a la casa, John —le ordenó con firmeza—. Creo que lord Fielding desea decirle algo a la señorita Miley.
—¿Gracias? —predijo el niño.
—No —negó irónicamente—, no es «gracias».
Miley salió del agua caminando hacia atrás, arrastrando el barquito y mientras andaba, hablaba al ausente John.
—Lo ves, te dije que rescataría el... —su espalda chocó con un objeto inmóvil al mismo tiempo que manos como tenazas le agarraban por los hombros y le daban media vuelta, obligándola a echar la cabeza hacia atrás.
—¡Pequeña loca! —le espetó furiosamente Nicholas—. ¡*beep* loca, podías haberte ahogado!
—No... no, no he corrido ningún peligro —le contradijo Miley asustada por el rabioso brillo de sus ojos zarcos—. Soy una excelente nadadora, sabes, y...
—¡También lo era el mozo que casi se ahoga aquí el año pasado! —le rebatió con una voz terrible.
—Bueno, romperme los brazos no va a servir de nada —pero sus inútiles esfuerzos por liberarse solo hacían que la cogiera más fuerte. El pecho de Miley subía y bajaba agitado, pero intentaba desesperadamente apelar a la razón de Nicholas—. Lo sé, te he asustado, lo siento, pero no corría ningún peligro. No he hecho nada malo.
—¿No has hecho nada malo? ¿Y no has corrido ningún peligro? —repetía amenazador, bajando la vista hasta su pecho que subía y bajaba con su respiración temerosa.
De repente, Miley se dio cuenta de que estaba empapada y apenas vestida y le estaba mojando la camisa allí donde le tocaban sus senos.
—Imagina que alguien que no fuera yo estuviera aquí en esta orilla mirándote... ¿qué crees que sucedería?
Miley tragó saliva y se humedeció los labios, recordó la ocasión en que había llegado a casa mucho después de ponerse el sol y se encontró con que su padre había organizado una partida para peinar el bosque en su búsqueda. Primero había reaccionado con alegría, pero después, Miley tardó dos días en poder sentarse con cierta comodidad.
—Yo... no sé qué habría sucedido —le respondió, intentando negar la evidencia—. Supongo que quien fuera me habría acercado la ropa y...
Nicholas miró sus labios húmedos y más abajo, descendiendo por la línea de su garganta hasta los tentadores montículos carnosos que se presentaban ante su vista, pegados a la camisa mojada. Con la cabeza hacia atrás, temblaban y sobresalían insinuantes, recalcando el innegable hecho de que era una mujer atractiva y no la niña que había intentado convencerse de que era.
—¡Esto es lo que hubiera ocurrido! —de repente su boca se aplastó contra la suya en un feroz y brutal beso que tenía la intención de castigarla y humillarla.
Miley se debatió en silencio contra él, intentando romper su abrazo y apartar su boca de la fiera posesión de sus labios. Pero cuanto más se debatía, más parecía enfurecerle y más doloroso era el beso.
—Por favor —jadeó entre lágrimas contra su boca—. Siento haberte asustado...
Lentamente, las manos de Nicholas aflojaron su férreo abrazo, levantó la cabeza y la miró a los ojos asustados. Automáticamente, Miley cruzó los brazos sobre sus senos, el cabello se derramaba sobre sus hombros como una cortina de húmedos rubíes recubiertos de un lustre dorado y sus ojos zafiro estaban abiertos de par en par de miedo y contrición.
—Por favor —susurró con voz temblorosa por las dos emociones, mientras intentaba mantener la tregua que había existido entre ellos durante casi cinco días—. No te enfades, siento haberte asustado. Nado desde que era una niña, pero no debía haberlo hecho hoy, ahora lo sé.
Su directa y sincera admisión pilló a Nicholas completamente desprevenido. Habían empleado con él todas las artimañas femeninas existentes desde que había hecho fortuna y conseguido un título, pero sin éxito; el candor de Miley, combinado con su hermoso y conmovido rostro y la sensación de su seductor cuerpo apretado contra él, actuaron como un poderoso afrodisíaco. El deseo nació en él, le hacía hervir la sangre, se propagaba por sus venas, obligando a sus manos a acercarla más.
Miley vio un destello primitivo y terrible en sus ojos mientras le sujetaba los brazos. Intentó zafarse, en su garganta nacía un grito, pero los labios de Nicholas tapaban los suyos, ahogando su voz con tanta insistencia que la inmovilizaban. Como un conejo asustado, capturado en una trampa indolora, luchó hasta que sintió las manos de Nicholas acariciándole con dulzura la espalda y los hombros de arriba abajo, mientras sus labios se movían en los suyos con una inflamante destreza.

Mareada, apoyó las manos en su pecho en busca de apoyo precisamente en el objeto que estaba destruyendo su equilibrio. Aquella acción inocente desató en Nicholas una reacción instantánea. Sus brazos se ciñeron alrededor de ella y el beso se hizo más profundo, sus labios se movían con voraz ardor, acoplando con insistencia sus labios a los suyos. Perdida en una neblina de anhelos sin nombre, Miley se puso de puntillas, respondiendo a la forzuda presión de sus brazos. Nicholas gimió mientras ella modelaba su cuerpo contra el de él y sus labios abiertos aplastaban los suyos, deslizándose insistentemente de un lado a otro, instando a los de Miley a separarse; en cuanto esto ocurrió, deslizó la lengua entre ellos, hundiéndose en los suaves recesos de su boca.
Miley apartó la boca, horrorizada de lo que él estaba haciendo y lo empujó con todas sus fuerzas.
—No —gritó.
Nicholas la soltó tan bruscamente que trastrabilleó, luego él respiró hondo y audiblemente, durante un tiempo anormalmente largo. Apartando su hostil mirada del pecho de Nicholas, le lanzó una mirada iracunda, esperando que él le echara la culpa de aquel beso del todo impropio.
—Supongo que esto también es culpa mía —le espetó enojada—. Sin duda dirás que yo estaba pidiendo semejante tratamiento.
Su boca se torció en una triste sonrisa y Miley tuvo la fugaz impresión de que estaba luchando por recobrar la compostura.
—Esta tarde cometiste el primer error —habló por fin—. Este ha sido mío, lo siento.
—¿Qué? —no daba crédito a lo que había oído.
—Al contrario de lo que debes de pensar de mí —confesó arrastrando las palabras—, no tengo costumbre de seducir inocentes...
—No corría ningún peligro de ser seducida —mintió con orgullo Miley.
Una indolente burla encendió los ojos de Nicholas.
—¿No? —preguntó, le parecía divertido y eso aliviaba la tensión de su cuerpo.
—¡No, te aseguro que no!
—Entonces te sugiero que te vistas antes de que me sienta tentado a demostrarte lo equivocada que estás.
Miley abrió la boca para hacer algún comentario mordaz sobre su enojosa arrogancia, pero su sonrisa osada y chispeante era demasiado para ella.
—¡Eres imposible! —exclamó sin convicción.
—Tienes razón —y se dio la vuelta para que pudiera vestirse.
Miley se vistió deprisa, intentando desesperadamente controlar sus coléricas emociones y equipararse a su actitud contenida. Andrew la había besado unas pocas veces, pero nunca de aquel modo. Nunca así. Nicholas no debería haberlo hecho, ni debería estar tan insufriblemente sereno. Estaba casi segura de que tenía todo el derecho a estar furiosa con él, pero tal vez las cosas eran diferentes en Inglaterra. Tal vez las damas se tomaban aquellos besos con calma. Tal vez no haría sino parecer una idi/ota si armaba revuelo por aquello. Incluso aunque armase un escándalo, Nicholas se limitaría a decir que el beso era insignificante, tal como acababa de hacer. No tenía nada que ganar azuzando su hostilidad contra él y, sin embargo, todo que perder. Aun así, no podía controlar por completo su enojo.
—Eres realmente imposible —volvió a decir.
—Ya nos hemos puesto de acuerdo en eso.
—Y también impredecible.
—¿En qué sentido?
—Bueno, pensé que ibas a pegarme por haberte asustado. En lugar de eso me besas —se agachó y cogió el barco de John—. Empiezo a creer que eres como tu perro; ambos parecéis más fieros de lo que realmente sois.
Por primera vez Miley vio su fachada complaciente y segura de sí misma alterarse un poco.
—¿Mi perro? —repitió mirándole sin comprender.
—Willie.
—Deben aterrorizarte los canarios si encuentras a Willie fiero.
—He llegado a la conclusión de que no hay motivo para asustarme de ninguno de los dos.
Una sonrisa tocó las comisuras de sus sensuales labios mientras él le quitaba el barquito.
—No se lo cuentes a nadie o arruinarás mi reputación.
Miley se tapó con la manta, luego ladeó la cabeza para preguntarle.
—¿Acaso tienes reputación?
—De las peores —afirmó llanamente, lanzándole una mirada desafiante—. ¿Quieres que te cuente los detalles sórdidos?
—Claro que no —le cortó Miley, remilgada.
Con la esperanza de que tal vez el leve remordimiento de Nicholas por el beso le hiciera más maleable, reunió valor para abordar el tema que la inquietaba desde hacía unos días.
—Hay un modo en que puedes reparar tu «error» —le tanteó mientras caminaban hacia la casa.
Nicholas le dirigió una mirada ponderativa.
—Yo diría que un error compensó el otro, pero ¿qué es lo que quieres?
—Quiero que me devuelvas mis ropas.
—No.
—Tú no lo entiendes —gritó con las emociones crispadas por el beso y ahora por su implacable actitud— Estoy de luto por mis padres.
—Lo entiendo. Sin embargo, no creo que la pena sea tan grande como para no poder llevarla por dentro y no creo en las exhibiciones externas de luto. Además, Charles y yo queremos que te construyas una nueva vida aquí, una de la que puedas disfrutar.
—¡No necesito una nueva vida! —le contradijo Miley desesperadamente— Me quedaré solo hasta que Andrew venga a buscarme y...
—No va a venir a buscarte. Miley. Solo te ha escrito una carta en todos estos meses.
Las palabras atravesaron el cerebro de Miley como puñales ardientes.
—Vendrá, te lo aseguro. Solo ha dado tiempo para que recibiera una carta antes de que me fuera.
La expresión de Nicholas se endureció.
—Espero que tengas razón. Sin embargo, te prohíbo que vistas de negro. El sufrimiento se lleva en el corazón.
—¿Cómo lo sabes? —estalló, dándose media vuelta con las manos en jarras— Si tuvieras corazón, no me obligarías a desfilar por ahí con estos vestidos como si mis padres nunca hubieran existido. ¡No tienes corazón!
—Tienes razón —respondió Nicholas, con mordacidad y una voz aún más atemorizadora, pues era baja—. No tengo corazón. Recuérdalo y no te engañarás a ti misma creyendo que bajo mi feroz apariencia exterior, soy tan dócil como un perrito faldero. Docenas de mujeres han cometido ese error y lo han lamentado.
Miley se alejó de él con piernas temblorosas. ¡Cómo había llegado a creer que podían ser amigos! Nicholas era un hombre frío, cínico y duro, tenía un temperamento violento y poco de fiar y además ¡era evidente que era un desequilibrado! Ningún hombre en su sano juicio besaría a una mujer con ternura y pasión y se volvería escandalosamente insinuante, para mostrarse frío y odioso al instante siguiente. ¡No era ningún perrito faldero, era tan peligroso e impredecible como la pantera que parecía!
Pese al hecho de que caminaba lo más rápido que podía, las largas zancadas de Nicholas la alcanzaron enseguida y llegaron a la vez al camino circular de delante de la casa.
El conde de Collingwood les esperaba, ya montado en su soberbio alazán con John cómodamente sentado delante de él.
Azorada y furiosa. Miley se despidió brevemente de Collingwood, sonrió sin demasiada convicción a John, le dio su barco y corrió hacia el interior de la casa.
John la observó, miró a Nicholas, luego se volvió preocupado hacia su padre.
—¿No le habrá dado a la señorita Miley una azotaina, verdad?
El conde levantó la divertida mirada de la pechera mojada de Nicholas hasta su rostro.
—No, John, lord Fielding no le ha dado una azotaina —y dirigiéndose a Nicholas, añadió—: ¿Le pido a Caroline que llame a la señorita Seaton mañana?
—Ven con ella y continuaremos nuestra charla de negocios.
Robert asintió. Apretó instintivamente el brazo sobre su hijo, espoleó a su impaciente montura y el alazán arrancó a medio galope por el camino.
Nicholas observó cómo se marchaba, mientras su expresión desabrida daba paso a una de ceñudo disgusto cuando se permitió por primera vez afrontar lo que le había ocurrido junto al arroyo.