viernes, 11 de octubre de 2013

Para Siempre-Capitulo 6

Capitulo 6



A la mañana siguiente, Miley se despertó pronto con el trino de los pájaros en el árbol que se alzaba frente a sus ventanas abiertas. Se dio la vuelta y contempló un radiante cielo azul, lleno de enormes y orondas nubes, el tipo de cielo que la invitaba a salir al exterior.
Se levantó y se vistió apresuradamente, bajó la escalera hasta la cocina con la intención de buscar comida para Willie. Nicholas Fielding le había preguntado con sarcasmo si podía manejar un arado, clavar un clavo u ordeñar una vaca. No podía hacer las dos primeras cosas, pero en su casa había visto ordeñar vacas y no le parecía especialmente difícil. Además, después de seis semanas de encierro en el barco, le atraía cualquier tipo de actividad física.
Estaba a punto de salir de la cocina con un plato de sobras cuando le asaltó un pensamiento. Ignorando la indignada mirada del hombre del delantal blanco —el cocinero, según Charles le había contado la noche anterior—, que la miraba como si fuera una loca invadiendo su reino engalanado de ollas, se dirigió a la señora Northrup.
—Señora Northrup, ¿hay algo que pueda hacer... para ayudar en la cocina, me refiero?
La señora Northrup se llevó la mano a la garganta.
—No, claro que no.
Miley suspiró.
—En ese caso, ¿puede decirme dónde están las vacas?
—¿Las vacas? —exclamó la señora Northrup—. ¿Para... para qué?
—Para ordeñarlas —respondió Miley.
La mujer palideció, pero no dijo nada, así que, al cabo de un momento de confusión. Miley se encogió de hombros y decidió encontrarlas sola. Se dirigió a la puerta trasera para buscar a Willie. La señora Northrup se limpió la harina de las manos y se fue directa a la puerta principal en busca del señor Northrup.
Mientras Miley se acercaba a la montaña de compost, sus ojos rastreaban nerviosamente el bosque en busca de cualquier signo del perro. Willie, qué nombre tan peculiar para un animal tan grande y de aspecto tan feroz, pensó. Y luego lo vio, merodeando dentro del recinto de árboles, observándola. Se le erizaron los pelos cortos de la cerviz, pero ella le acercó el cuenco con las sobras hasta el bosque tanto como se atrevió.
—Toma, Willie —le tentó en voz baja—. Te he traído el desayuno. Ven a por él.
Los grandes ojos del animal parpadearon ante el plato que llevaba en la mano, pero se quedó donde estaba, vigilante, alerta.
—¿No quieres, acercarte? —prosiguió Miley, decidida a hacerse amiga del perro de Nicholas Fielding, pues nunca podría hacerse amiga del hombre.
El perro no cooperaba más que su amo. Se negaba a ser seducido y seguía centrando la amenazadora mirada en ella. Con un suspiro, Miley dejó el plato en el suelo y se alejó.
Un jardinero le indicó dónde se guardaban las vacas y Miley entró en el impoluto establo, sintiendo en la nariz el aroma dulce del heno. Se detuvo insegura cuando una docena de vacas levantaron la cabeza y la miraron con sus ojos enormes, marrones y líquidos, mientras caminaba por la hilera de compartimentos. Se detuvo ante una que tenía un taburete y un cubo colgando de la pared, pensando que aquella vaca sería la que antes tendría que ordeñarse.
—Buenos días —saludó a la vaca, dándole una palmada cariñosa en la cara mientras intentaba reunir valor.
Ahora que se le presentaba la ocasión, Miley no estaba segura de si recordaba exactamente cómo se debía proceder para ordeñar una vaca.
Con la intención de ganar tiempo, paseó alrededor de la vaca y le quitó unas pajas de la cola, luego miró con reticencia el taburete y colocó el cubo justo debajo de la ubre pendular del animal. Se sentó y se arremangó despacio, luego se recogió la falda. Sin ser consciente del hombre que acababa de entrar en el establo, acarició el flanco del animal y dio un largo y vacilante suspiro.
—Voy a ser totalmente sincera contigo —le confesó a la vaca—. Lo cierto es que... nunca he hecho esto antes.
Su compungida confesión detuvo a Nicholas cuando estaba a punto de entrar en el establo y sus ojos se encendieron, fascinados y divertidos, al mirarla. Sentada en el taburete de ordeñar con la falda tan cuidadosamente recogida como si se sentase en un trono, la señorita Miley Seaton ofrecía una imagen muy atractiva. Con la cabeza ligeramente inclinada mientras se concentraba en la tarea que tenía ante sí, presentaba una deliciosa visión de su perfil patricio, de elegantes pómulos y delicada naricilla. El sol que entraba por la ventana de arriba se reflejaba en su cabello y lo convertía en una resplandeciente cascada roja y dorada que se desparramaba sobre los hombros. Las largas y rizadas pestañas proyectaban sombras sobre sus lisas mejillas mientras se mordía el labio superior y se agachaba para mover el cubo un milímetro hacia delante.
Aquel gesto desvió la mirada de Nicholas hacia la prominente plenitud de sus senos, que presionaban de manera incitante contra el corpiño de su vestido negro, pero sus palabras le hicieron a Nicholas sacudir los hombros de risa.
—Esto —le dijo a la vaca con voz algo azorada mientras extendía las manos hacia delante— será tan embarazoso para ti como para mí.
Miley tocó la ubre carnosa de la vaca y retiró las manos con un fuerte ¡Aag! Luego volvió a intentarlo. Apretó dos veces, rápidamente, luego se inclino hacia atrás para echar un esperanzado vistazo al cubo. No había ni gota de leche.
—Por favor, por favor, no lo hagas más difícil —imploró a la vaca.
Repitió el mismo proceso dos veces, sin resultado. La frustración le hizo que la vaca volviera la cabeza y la mirara con reproche.
—¡Hago lo que puedo —le explicó Miley, devolviéndole la mirada—, al menos tú podrías poner algo de tu parte!
Una risueña voz masculina le advirtió a sus espaldas:
—Le cortarás la leche si la miras así.
Miley dio un salto y se volvió en el taburete, haciendo que su cabello cobrizo se amontonara sobre su hombro izquierdo.
—¡Tú! —soltó, sonrojada de vergüenza por la escena que era obvio acababa de contemplar—. ¿Por qué siempre te presentas sigilosamente sin hacer ruido? Lo menos que podías hacer es…
—¿Llamar? —sugirió con los ojos iluminados por la risa. Con lenta deliberación, levantó la mano y tocó con los nudillos dos veces sobre la viga de madera— ¿Siempre hablas a los animales? —le preguntó tratando de entablar una conversación.
Miley no tenía humor para que se burlaran de ella y podía ver por el brillo de sus ojos que era exactamente lo que él estaba haciendo. Con toda la dignidad que puedo reunir, se levantó, se alisó la falda e intentó pasar a u lado.
Pero él le cogió del brazo de manera firme aunque indolora.
—¿No vas a acabar de ordeñar?
—Ya has visto que no puedo.
—¿Por qué no?
Miley levantó la barbilla y le miró directamente a los ojos.
—Porque no sé.
Una ceja marrón se levantó sobre un divertido ojo verde.
—¿Quieres aprender?
—No —rechazó Miley enfadada y humillada—. Ahora, si quitas tu mano de mi brazo... —liberó el brazo de un tirón sin esperar su consentimiento—... intentaré encontrar otra manera de ganarme la vida aquí.
Sintió su mirada en ella mientras se alejaba, pero, al acercarse a la casa, sus pensamientos pronto se dirigieron hacia Willie. Vio el perro, acechando desde el bosque, observándola. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero no hizo caso. Acababa de ser intimidada por una vaca y se negaba categóricamente a que le acobardara un perro.




Nicholas contempló cómo se alejaba, luego se sobrepuso al recuerdo de una lechera de aspecto angelical, con los cabellos bañados por el sol, y volvió al trabajo que había abandonado cuando Northrup corrió a su estudio para informarle de que la señorita Seaton había ido a ordeñar las vacas.
Sentado en su propio escritorio, miró a su secretario.
—¿Dónde estábamos. Benjamín?
—Estaba dictando una carta a su hombre en Delhi, milord.
Tras el fracaso con la vaca, Miley buscó al jardinero que le había enseñado el camino hacia el establo. Fue hasta el hombre calvo que parecía a cargo de los demás y le preguntó si podía ayudar a plantar los bulbos que estaban metiendo en los amplios parterres circulares en frente del patio.
—¡Vuelve a tus obligaciones en el establo y apártate de nuestro camino, mujer! —rugió el jardinero calvo.
Miley se rindió. Sin molestarse en explicar que ella no tenía ninguna obligación en el establo, fue en dirección opuesta, hacia la parte trasera de la casa en busca del único tipo de trabajo que realmente estaba cualificada para hacer: se dirigió a la cocina.
El jefe de los jardineros la miró, arrojó su pala y fue en busca de Northrup.
Sin ser vista, Miley se quedó de pie en la cocina, donde ocho criados estaban ocupados preparando lo que parecía ser un almuerzo de estofado, complementado con vegetales de la temporada, masa de hojaldre, pan recién horneado y media docena de platos de guarnición. Desanimada tras los dos últimos intentos por ser útil, Miley observó hasta estar completamente segura de que realmente podía hacer aquella tarea; luego se aproximó al imprevisible chef francés.
—Me gustaría ayudar —declaró con firmeza.
Non! —gritó, creyéndola una criada en su sencillo vestido negro—. ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Sal de aquí! ¡Ve a atender a tus obligaciones!
Miley estaba harta de que la trataran como una idi/ota inútil. Muy educada, pero con mucha firmeza, dijo:
—Aquí puedo ser de ayuda y es evidente, por la prisa que se da todo el mundo, que se necesitan dos manos más.
El cocinero parecía a punto de explotar.
—No tienes formación —atronó con la voz—. ¡Vete! ¡Cuando André necesite ayuda, la pedirá y él la formará!
—No tiene ninguna complicación hacer un estofado, monsieur —comentó Miley, exasperada. Ignorando el tono rojizo que había adquirido su tez, al menospreciar la complejidad de sus artes culinarias, continuó en tono razonable—. Todo lo que se ha de hacer es cortar las verduras en esta mesa... —dio unos golpecitos a la mesa—... y meterlas en esta olla —señaló una que colgaba encima del fuego.
Un extraño y estrangulado sonido emergió del apopléjico hombre antes de que se arrancara el delantal.
—¡En cinco minutos —dijo mientras salía disparado de la cocina—haré que la despidan de esta casa!
En el cortante silencio que dejó detrás. Miley miró a su alrededor a los criados que permanecían allí, mirándola paralizados de horror, reflejando todo en sus ojos, desde compasión hasta diversión.
—Dios, muchacha —exclamó amablemente una mujer de mediana edad mientras se limpiaba la harina de las manos en el delantal—, ¿qué mosca te ha picado para enfurecerlo así? Hará que te echen de aquí cogida de una oreja por esto.
Salvo la doncella llamada Ruth, que arreglaba su habitación, aquella era la primera voz amistosa que Miley había oído entre todos los criados de la casa. Por desgracia, se sentía tan desgraciada por haber creado problemas, cuando solo deseaba ayudar, que la simpatía de la mujer casi le hizo verter lágrimas.
—No es que no tengas razón —prosiguió la mujer, dándole unos golpecitos en el brazo— en lo de que es tan sencillo hacer un estofado. Cualquiera de nosotros se las arreglaría sin André, pero su señoría exige lo mejor, y André es el mejor cocinero del país. Ya puedes ir a empacar tus cosas, pues seguro que estarás fuera de aquí en cuestión de una hora.
Miley apenas podía infundir en su voz la suficiente confianza para convencer a la mujer sobre ese punto.
—Soy una invitada, no una criada... pensé que la señora Northrup se lo había dicho.
La mujer se quedó con la boca abierta.
—No, señorita, no nos lo ha dicho. Al servicio no se le permite cotillear y la señora Northrup sería la última en hacer una cosa así, al estar emparentada con el señor Northrup, el mayordomo, por su matrimonio. Sabía que teníamos un invitado en la casa, pero yo... —sus ojos se fijaron en el modesto pero elegante traje negro de Miley y la muchacha se sonrojó—. ¿Puedo prepararle algo para comer?
Los hombros de Miley se derrumbaron con frustrada desesperación.
—No, aunque me gustaría... me gustaría hacer algo para calmar la mandíbula dolorida del señor O’Malley. Es un emplasto hecho de ingredientes sencillos, pero podría aliviar el dolor de su muela infectada.
La mujer, que se presentó como la señora Craddock, mostró a Miley dónde estaban los ingredientes que pedía y esta se puso manos a la obra, esperando que su señoría entrara en cualquier momento por la puerta de la cocina y la humillara públicamente.
Nicholas había empezado a dictar la misma carta que estaba dictando al decirle que Miley había ido al establo a ordeñar una vaca, cuando Northrup volvió a llamar a la puerta de su estudio.
—Sí —exclamó Nicholas impaciente, cuando el mayordomo estuvo ante él—. ¿Qué ocurre ahora?
El mayordomo se aclaró la garganta.
—Es la señorita Seaton otra vez, mi señor. Ella... ejem... es decir, intentó ayudar al jefe de los jardineros a plantar los parterres. Él la confundió con una criada y ahora se pregunta, pues le informé de que no era ninguna criada, si está descontento con su trabajo y la ha enviado a ella para...
La voz grave de Nicholas vibró de enojo.
—Dígale al jardinero que vuelva a su trabajo y luego dígale a la señorita Seaton que se aparte de su camino. Y usted —añadió amenazador—, apártese del mío. Tengo cosas que hacer —Nicholas se dirigió a su delgado secretario con lentes y le espetó—: Bueno, ¿dónde estábamos, Benjamín?
—La carta a su hombre de Delhi, milord.
Nicholas solo había dictado dos líneas cuando hubo una conmoción al otro lado de su puerta y el cocinero entró a empellones, seguido de Northrup, que intentaba adelantarlo y bloquearle el paso.
—¡O se va ella o me voy yo! —gritó monsieur André, desfilando hasta el despacho de Nicholas—. ¡No toleraré a esa moza pelirroja en mi cocina!
Con una calma impertérrita, Nicholas dejó la pluma y dirigió su brillante mirada verde hacia el chef.
—¿Qué me está diciendo ?
—He dicho que no permitiré...
—Fuera —dijo Nicholas en un tono de voz sedoso.
La cara redonda del cocinero palideció.
Oui —se apresuró a contestarle mientras empezaba a retroceder—. Regresaré a la cocina...
—¡Fuera de mi casa! —aclaró Nicholas sin piedad—. ¡Y de mi propiedad! ¡Ahora!
Poniéndose en pie, Nicholas pasó rozando al sudoroso chef y se encaminó hacia la cocina.
Todos se pusieron en pie y se volvieron ante el sonido de su indignada voz.
—¿Sabe alguno de ustedes cocinar? —exigió y Miley supuso que el chef había dimitido por su culpa. Horrorizada, dio un paso adelante, pero la terrible mirada de Nicholas la paralizó, amenazándola con funestas consecuencias si se atrevía a presentarse voluntaria. Miró a su alrededor a los demás con furioso enfado—. ¿Me están diciendo que ninguno de ustedes sabe cocinar?
La señora Craddock vaciló un segundo, luego dio un paso adelante.
—Yo, señor.
Nicholas asintió de manera cortante.
—Bien, usted es la jefa. En el futuro, por favor, evite esas nauseabundas e indigestas salsas francesas que me he visto obligado a comer. —Enfocó la carga helada de su mirada en Miley—. ¡Y tú —ordenó amenazador—, mantente fuera del establo y deja el jardín a los jardineros y la cocina a los cocineros!
Se fue y los criados se volvieron hacia Miley, mirándola con una mezcla de conmoción y tímida gratitud. Demasiado avergonzada por el problema que había causado para devolverles la mirada, Miley inclinó la cabeza y empezó a mezclar el emplasto para el señor O'Malley
—Vamos a trabajar —instó la señora Craddock a los demás en una voz enérgica y sonriente—. Aún tenemos que demostrar a su señoría que nos las podemos arreglar perfectamente sin que André nos dé un capón en la oreja o nos pegue en los nudillos.
Miley levantó la cabeza, buscando, con expresión conmocionada, a la señora Craddock.
—Es un tirano malhumorado —confirmó la mujer— y estamos profundamente agradecidos de librarnos de él.
A excepción del día en que sus padres murieron, Miley no podía recordar un día peor que aquel. Levantó el cuenco que contenía la mezcla que su padre le había enseñado a hacer para aliviar el dolor de muelas y salió.
Como no encontraba a O’Malley, fue a buscar a Northrup, que acababa de salir de una habitación llena de libros. Detrás de las puertas parcialmente abiertas, divisó a Nicholas sentado ante su escritorio con una carta en la mano, dirigiéndose a un caballero con lentes sentado en frente de él.
—Señor Northrup —dijo con voz sofocada mientras le tendía el cuenco—, ¿tendría la amabilidad de darle esto al señor O’Malley? Dígale que se lo ponga en la muela y en la encía varias veces al día. Le aliviará el dolor y la hinchazón.
Distraído por el sonido de las voces que procedían de fuera de su estudio, Nicholas dio un papirotazo en la mesa con la carta que estaba leyendo, se acercó a la puerta y la abrió de golpe. Sin hacer caso de Miley, que había empezado a subir la escalera, exigió a Northrup:
—¿Y ahora qué demonios ha hecho?
—Ella... ella ha hecho esto para la muela de O’Malley, milord —le contó Northrup en una voz extraña y forzada mientas levantaba su confusa mirada hacia la abatida figura que subía la escalera.
Nicholas siguió la mirada de Northrup y entornó los ojos hacia la esbelta forma con curvas vestida de luto.
—Miley.
Miley se volvió, preparada para otra invectiva, pero le dijo en una voz serena y cortada, cargada sin embargo de implacable autoridad:
—No vistas de negro nunca más. No me gusta.
—Lo siento mucho si mi ropa te molesta —respondió con serena dignidad—, pero estoy de luto por mis padres.
Nicholas frunció el ceño, pero contuvo su lengua hasta que Miley no podía oírle. Luego le ordenó a Northrup:
—Envía a alguien a Londres para que le consiga ropas decentes y se libre de esos harapos negros.
Cuando Charles bajó para almorzar, una Miley apagada se sentó en la silla de su derecha.
—Santo cielo, niña, ¿qué te pasa? Estás pálida como un fantasma.
Miley confesó las locuras de la mañana y Charles escuchó con los labios temblorosos de risa.
—¡Excelente, excelente! —dijo cuando acabó y, para su sorpresa, rompió a reír—. Adelante, perturba la vida de Nicholas, querida. Eso es exactamente lo que necesita. En la superficie puede parecer frío y duro, pero es solo un caparazón... un grueso caparazón, lo admito, pero la mujer adecuada podría atravesarlo y descubrir la dulzura que hay dentro. Cuando ella libere esa dulzura, Nicholas la hará una mujer muy feliz. Entre otras cosas, es un hombre extraordinariamente generoso...
Levantó las cejas, dejando la frase en el aire y Miley se revolvió incómoda bajo su intencionada mirada, preguntándose si Charles podría albergar la esperanza de que ella fuera esa mujer.
Ni por un momento creyó que hubiera dulzura alguna dentro de Nicholas Fielding y, además, quería tener tan poco contacto con él como le fuera posible. En lugar de decirle eso al tío Charles, cambió de tema con tacto.
—En las próximas semanas recibiré noticias de Andrew.

—Ah, sí... Andrew—exclamó y sus ojos se apagaron.



jueves, 10 de octubre de 2013

Para Siempre-Capitulo 5

Capitulo 5



La luz del sol se filtraba por las ventanas abiertas y la brisa se deslizaba a través de la habitación, acariciando suavemente el rostro de Miley. En algún lugar, bajo sus ventanas, los cascos de un caballo resonaban contra el camino pavimentado y dos pájaros aterrizaron a la vez en su alféizar, entablando una ruidosa pelea sobre los derechos territoriales de cada uno. Su airado trino penetró lentamente en el descanso de Miley y. la despertó de sus felices sueños sobre su hogar.
Aún medio dormida, se dio la vuelta y enterró la cara en la almohada. En lugar del tejido algo áspero que cubría la almohada de su hogar y el olor a sol y a jabón, su mejilla se encontró con la suavidad de la seda. Apenas consciente de que no estaba en su cama mientras su madre abajo le hacía el desayuno, Miley apretó los ojos, intentando recuperar sus tranquilos sueños, pero ya era tarde. A regañadientes volvió la cabeza y abrió los ojos.
En la resplandeciente luz de media mañana, contempló los cortinajes plateados y azules que rodeaban su lecho como una crisálida de seda y su mente se despejó de golpe. Estaba en Wakefield Park. Había dormido toda la noche.
Se apartó el revuelto cabello de los ojos, se incorporó hasta sentarse en la cama y se inclinó contra las almohadas.
—Buenos días, señorita —saludó Ruth desde el otro lado de la cama.
Miley reprimió un grito de sorpresa.
—No pretendía asustarla —se apresuró a disculparse la joven doncella—, pero su excelencia está abajo y dice que le pregunte si le gustaría desayunar con él.
Muy animada por las noticias de que su primo el duque quisiera realmente verla. Miley apartó las sábanas.
—Le he planchado sus vestidos —anunció Ruth, abriendo el armario—. ¿Cuál le gustaría ponerse?
Miley eligió el mejor de los cinco: una muselina negra tenue con un escote bajo y cuadrado adornado con minúsculas rosas blancas que ella había bordado con esmero en las amplias mangas y en el bajo durante el largo viaje. Rechazando la oferta de Ruth de ayudarla a vestirse. Miley se puso el vestido sobre la combinación y se ató el amplio fajín negro en la esbelta cintura.
Mientras Ruth hacía la cama y limpiaba la habitación inmaculada, Miley se sentó en una silla ante el tocador y se cepilló el cabello.
—Ya estoy lista —declaró a Ruth mientras se levantaba, con los ojos iluminados por la expectativa y las mejillas arreboladas de un color saludable—. ¿Podrías decirme dónde encontraré a... ejem... su excelencia?
Los pies de Miley se hundieron en la gruesa alfombra roja mientras Ruth la guiaba por la sinuosa escalera de mármol y atravesaba el vestíbulo donde dos criados hacían guardia junto a un par de puertas de caoba ricamente tallada. Antes de que le diera tiempo a respirar hondo, los criados abrieron las puertas con gesto silencioso y Miley entró en una habitación de casi treinta metros de largo, dominada por una gran mesa de caoba centrada entre tres gigantescas arañas de cristal. Al principio creyó que la habitación estaba vacía, mientras su mirada se paseaba por las sillas de respaldo amplio, forradas de terciopelo dorado y alineadas a ambos lados de la gigantesca mesa. Y entonces oyó un roce de papel procedente de la silla que se encontraba en el extremo más próximo de la mesa. Incapaz de ver al ocupante, lo rodeó lentamente y se detuvo a un lado.
—Buenos días —dijo bajito.
La cabeza de Charles se volvió y la contempló, palideciendo al instante.
—¡Santo Dios! —exclamó, se puso en pie despacio, con la mirada fija en la joven y exótica belleza que tenía delante.
Vio a Katherine exactamente igual que la había visto tantos años atrás. Recordaba perfectamente bien, y con cariño, aquella increíble belleza, el rostro de facciones delicadas, el grácil dibujo de las cejas y las largas y gruesas pestañas que enmarcaban los ojos del color de los grandes zafiros iridiscentes. Reconoció esa dulce y sonriente boca, la elegante naricilla, la minúscula y encantadora marca en la obstinada barbilla y la maravillosa mata de cabello rojizo con destellos dorados que caía sobre sus hombros con exuberante indolencia.
Se afirmó con la mano izquierda en el respaldo de la silla y extendió la otra hacia ella.
—Katherine—susurró.
Miley puso tímidamente la mano en aquella palma extendida y los largos dedos de Charles se cerraron en torno a los suyos.
—Katherine —volvió a susurrar roncamente y Miley vio asomar la chispa de las lágrimas en sus ojos.
—Mi madre se llamaba Katherine —le corrigió con amabilidad.
La mano de Charles se crispaba casi dolorosamente sobre la suya.
—Sí —susurró. Se aclaró la garganta y su voz recuperó un poco la normalidad—. Sí, claro —admitió, moviendo la cabeza como si deseara aclarársela.
Miley observó que era sorprendentemente alto y muy delgado, con ojos castaños que estudiaban sus rasgos hasta el más mínimo detalle.
—Así que —saltó de repente—, tú eres la hija de Katherine.
Miley asintió, sin estar segura de cómo debía dirigirse a él.
—Me llamo Miley.
En los ojos de aquel hombre brilló una insólita ternura.
—Mi nombre es Charles Víctor Fielding.
—Ya... ya sé —murmuró.
—No. No sabes. —Sonrió, con una sonrisa amable que le había costado décadas—. No sabes nada en absoluto —y luego, sin previo aviso, la estrechó en un cálido y firme abrazo—. Bienvenida a casa, niña —le expresó en una voz ahogada por la emoción, mientras le daba golpecitos en la espalda y la abrazaba fuerte—. Bienvenida.
Y Miley sintió extrañamente como si de verdad estuviera en casa. Charles la soltó con una sonrisa avergonzada y le acercó una silla.
—Debes de estar muerta de hambre. ¡O'Malley! —llamó al criado que estaba apostado en el aparador repleto de platos tapados—. Los dos estamos hambrientos.
—Sí, excelencia —asintió el criado, dándose media vuelta y empezando a llenar dos platos.
—Mis más sinceras disculpas por no tener un coche esperándote a la llegada —se excusó Charles—. Nunca soñé que llegaras tan pronto, me dijeron que los paquebotes de América llegan siempre tarde. ¿Tuviste un buen viaje? —le preguntó mientras el criado servía a Miley un plato lleno de huevos, patatas, ríñones, jamón y panecillos crujientes.
Miley deparó una mirada a los cubiertos de oro labrado que se desplegaban a cada lado del plato y dirigió una oración de gracias a su madre por haberles enseñado, a Dorothy y a ella, el uso correcto de cada pieza.
—Sí, un viaje muy agradable —respondió con una sonrisa y luego añadió con timidez y torpeza—: su excelencia.
—Santo cielo —dijo Charles entre carcajadas—. No creo que necesitemos tanta ceremonia. Si lo hacemos, tendré que llamarte condesa Langston o lady Miley.
Y no me gustaría nada, sabes, preferiría que nos llamásemos «tío Charles» y «Miley». ¿Qué te parece?
Miley respondió a su cariño con un afecto que ya había arraigado profundamente en su corazón.
—Me gusta mucho. Estoy segura de que nunca me acordaría de responder a eso de condesa Langston —quien quiera que sea— y lady Miley tampoco me gusta como suena.
Charles le dirigió una curiosa mirada mientras se ponía la servilleta en el regazo.
—Las dos sois de esa gente. Tu madre fue la única hija del conde y la condesa de Langston. Murieron cuando ella era una niña, pero su título era de origen escocés y fue Katherine quien lo heredó. Tú eres la hija mayor, por tanto el título es ahora tuyo.
Los ojos azules de Miley parpadearon de asombro.
—¿Y qué voy a hacer con él?
—Lo que hacemos todos —respondió entre risas—: alardear.
Guardó un momento de silencio mientras O'Malley dejaba un plato ante él.
—En realidad, creo que hay una pequeña propiedad en Escocia que debe ir con el título. Tal vez no. ¿Qué te contó tu madre?
—Nada, mamá nunca hablaba de Inglaterra ni de su vida aquí. Dorothy y yo siempre supusimos que era bueno, una persona corriente.
—No había nada «corriente» en tu madre —le corrigió en voz baja.
Miley oía un hilo de emoción en su voz y se preguntó a qué obedecería, pero cuando le empezó a preguntar sobre la vida de su madre en Inglaterra, meneó la cabeza y respondió, como quitándole importancia:
—Algún día te lo contaré... todo, pero ahora no. Por ahora, vamos a conocernos mejor.
Pasó una hora increíblemente rápida mientras Miley respondía a las preguntas que Charles le formulaba educadamente. Cuando acabaron de desayunar, se percató de que, con mucha soltura, se había hecho una imagen exacta de su vida, hasta el momento en que llegó a su puerta con un cerdito chillón en los brazos. Le había hablado de sus vecinos, de su padre, de Andrew. Por alguna razón, oír hablar de estos dos últimos pareció enturbiar su humor, pero parecían las dos personas que más le interesaban. Evitaba cuidadosamente investigar sobre su madre.
—Confieso que estoy confuso sobre la cuestión de tu compromiso con ese tal Andrew Bainbridge —admitió cuando Miley hubo acabado, con la frente marcada por un profundo surco—. La carta que recibí de tu amigo el doctor Morrison no lo mencionaba. Antes bien al contrario, dijo que tú y tu hermana pequeña estabais solas en el mundo. ¿Dio tu padre su bendición a ese compromiso?
—Sí y no —contestó Miley, preguntándose por qué le preocupaba tanto—. Verás, Andrew y yo nos conocemos desde que éramos crios, pero papá siempre insistía en que debíamos tener dieciocho años para comprometernos formalmente. Le parecía un compromiso demasiado serio para una mujer más joven.
—Muy sabio —coincidió Charles—. Pero, cumpliste los dieciocho antes de que tu padre falleciera y sin embargo no estás formalmente comprometida con Bainbridge ¿es eso correcto?
—Bueno, sí.
—¿Porque tu padre no prestaba su consentimiento?
—No exactamente. Poco antes de mi cumpleaños, la señora Bainbridge, la madre viuda de Andrew, le propuso a mi padre que Andrew hiciera una versión reducida del Gran Tour para poner a prueba nuestro compromiso mutuo, y que tuviera la oportunidad de echar, lo que ella llamaba, una «última cana al aire». Andrew pensó que la idea era una tontería, pero mi padre estuvo del todo de acuerdo con la señora Bainbridge.
—A mí me parece que tu padre era extraordinariamente reticente a que te desposaras con el joven. Al fin y al cabo, os conocíais desde hacía años, así que no había ninguna necesidad de poner a prueba vuestro compromiso mutuo. Parece una excusa, no una razón. Además, me parece que la madre de Andrew también se oponía al enlace.
El duque parecía cerrar filas en su mente contra Andrew, lo que no dejó a Miley más remedio que explicarle toda la embarazosa verdad.
—Papá no tenía ninguna duda sobre el hecho de que Andrew sería un marido excelente para mí. Sin embargo, tenía serias reservas sobre mi vida con mi futura suegra. Es viuda, sabe, y le tiene mucho apego a Andrew. Además, es propicia a todo tipo de enfermedades que la ponen de muy mal talante.
—¡Ah! —exclamó el duque de modo comprensivo—. ¿Y son serias sus enfermedades?
Las mejillas de Miley se ruborizaron.
—Según le dijo mi padre en una ocasión que presencié, sus enfermedades son fingidas. Cuando era joven, tuvo cierta debilidad en el corazón, pero papá dijo que salir de la cama le ayudaría más que permanecer en ella y regodearse en la autocompasión. Ellos... ellos no se caían demasiado bien, ¿sabe?
—¡Sí, ya veo por qué!—sonrió el duque—. Tu padre tenía toda la razón en poner obstáculos a tu matrimonio, querida. Tu vida habría sido muy desgraciada.
—No habría sido nada desgraciada —respondió Miley con firmeza, decidida a casarse con Andrew con o sin la aprobación del duque—. Andrew se da cuenta de que su madre utiliza sus enfermedades para intentar manipularle y eso no le impide hacer lo que desea. Solo consintió a emprender ese viaje por la insistencia de mi padre.
—¿Te ha escrito alguna carta?
—Solo una, pero sabes, Andrew se fue a Europa dos semanas antes del accidente de mis padres, del que hace tres meses, y las cartas tardan ese tiempo en ir y venir de Europa. Le escribí, contándole lo ocurrido y le volví a escribir, justo antes de embarcarme hacia Inglaterra, para darle mi dirección de aquí. Espero que ahora mismo esté de regreso a casa, pensando en venir a rescatarme. Yo quería quedarme en Nueva York y esperar su regreso, lo que habría sido mucho más sencillo para todos, pero el doctor Morrison no quiso ni oír hablar de eso. Por alguna razón, estaba convencido de que los sentimientos de Andrew no resistirían el paso del tiempo. Sin duda, la señora Bainbridge le dijo algo así, que es el tipo de cosas que ella haría.
Miley suspiró y miró por la ventana.
—Preferiría que Andrew se casara con alguien más importante que la hija de un pobre médico.
—O mejor aún, que no se casara con nadie y permaneciera atado a su lecho —aventuró el duque, levantando una ceja—. Una viuda que finge enfermedades me parece muy posesiva y dominante.
Miley no podía negarlo, así que, en lugar de condenar a su futura suegra, guardó un caritativo silencio sobre el tema.
—Algunas de las familias del pueblo me ofrecieron alojarme con ellos hasta que regresara Andrew, pero esa solución no era muy buena. Entre otras cosas, si Andrew regresaba y me encontraba con ellos, se habría puesto furioso.
—¿Contigo? —preguntó su excelencia, frunciendo el ceño molesto con el pobre Andrew.
—No, con su madre, por no insistir en que me quedara con ella.
—¡Oh! —exclamó, pero aunque esa explicación libró por completo a Andrew de cualquier culpa, Charles parecía algo deprimido—. El hombre parece un rústico parangón de la virtud —musitó.
—Te gustará mucho —predijo Miley, sonriente—. Andrew vendrá aquí para llevarme a casa, ya verás.
Charles le dio unos golpecitos en la mano.
—Olvidémonos de Andrew y alegrémonos de que estés aquí en Inglaterra. Ahora, dime si te gusta eso, hasta el momento...
Miley le dijo que lo que había visto le había gustado mucho y Charles le contestó describiendo la vida que había planeado para ella. Para empezar, quería que tuviera un nuevo guardarropa y una doncella personal que la ayudara. Miley estaba a punto de rechazarla cuando vio en la oscuridad una figura intimidatoria que avanzaba a grandes pasos hacia la mesa con la silenciosa seguridad de un peligroso salvaje, con unos pantalones de gamuza que le modelaban las piernas y los muslos musculosos, y la camisa abierta dejando ver su cuello bronceado. Aquella mañana parecía aún más alto que ayer, delgado y extraordinariamente en forma. Su espeso cabello negro era algo rizado, tenía una nariz recta y una boca severa y elegantemente cincelada. En realidad, si no fuera por la arrogante autoridad estampada en sus facciones duras y el cinismo de sus fríos ojos verdes, Miley habría pensado que era impresionantemente guapo.
—¡Nicholas! —le llamó Charles efusivamente—. Deja que te presente como es debido a Miley. Nicholas es mi sobrino —añadió hacia Miley.
¡Sobrino! Ella esperaba que solo fuera una visita, pero ahora se daba cuenta de que era un pariente que probablemente viviera con Charles. Saber eso hizo que Miley se sintiera algo indispuesta y al mismo tiempo que su orgullo la obligara a levantar la barbilla y sostener con serenidad la mirada implacable de Nicholas. Tras responder a la presentación con una cortante inclinación de cabeza, se sentó en frente de ella y miró a O'Malley.
—¿Es mucho pedir que me sirva la comida que haya sobrado?
El criado temblaba visiblemente de miedo.
—Yo... no, milord. No. Es decir, hay bastante comida, pero quizá no esté lo bastante caliente. Bajaré a las cocinas ahora mismo y haré que le cocinen algo —y salió como una exhalación.
—Nicholas —dijo Charles—. Acababa de sugerirle a Miley que debía tener una doncella personal y un guardarropa más apropiado para...
—No —respondió Nicholas lisa y llanamente.
La necesidad de huir de Miley rápidamente se impuso sobre cualquier otro instinto.
—Si me disculpas, tío Charles. Tengo cosas que hacer.
Charles le dirigió una mirada agradecida y eximiente, y educadamente se levantó cuando ella lo hizo, pero su detestable sobrino simplemente se recostó en la silla, observando su retirada con aburrido disgusto.
—Miley no tiene la culpa de nada —empezó Charles mientras los criados empezaban a cerrar las puertas detrás de ella—. Debes metértelo en la cabeza.
—¿De veras? —preguntó Nicholas arrastrando las palabras con sarcasmo—. ¿Y esa pequeña mendiga lastimera comprende que esta es mi casa y que yo no la quiero Las puertas se cerraron tras ella, pero Miley ya había oído bastante. ¡Mendiga! ¡Mendiga lastimera! La humillación la invadía a oleadas nauseabundas, mientras huía a ciegas por el pasillo. Por lo visto. Charles la había invitado sin el consentimiento de su sobrino.
Miley palideció pero se recompuso al entrar en su habitación y abrir el baúl.
En el comedor, Charles suplicaba al inveterado cínico que tenía delante.
—Nicholas, no comprendes que...
—Tú la has traído a Inglaterra —prorrumpió Nicholas—. Si tanto quieres que esté aquí, llévala a Londres a vivir contigo.
—¡No puedo hacer eso! —alegó con vehemencia Charles—. Aún no está preparada para enfrentarse a la buena sociedad. Hay mucho que hacer antes de que se presente en Londres. Entre otras cosas, necesitaremos una mujer mayor que se quede con ella como carabina, para guardar las apariencias.
Nicholas asintió con impaciencia al criado que sostenía sobre su hombro una cafetera de plata, aguardando su permiso para servirle, y cuando hubo terminado lo echó de la habitación. Luego se dirigió a Charles y le dijo con rudeza:
—Quiero que se vaya de aquí mañana, ¿está claro? ¡Llévatela a Londres o envíala a su casa, pero llévatela de aquí! No voy a gastarme ni un centavo en ella. Si quieres que pase una temporada en Londres, tendrás que encontrar otra manera de pagársela.
Charles se frotó cansinamente las sienes.
—Nicholas, sé que no eres tan despiadado e insensible como pareces ahora. Al menos deja que te cuente algo sobre ella.
Reclinándose en la silla, Nicholas le miraba con glacial aburrimiento mientras Charles se inclinaba tercamente hacia delante.
—Sus padres murieron hace unos meses en un accidente. En un día trágico Miley perdió a su madre, a su padre, su hogar, su seguridad... todo —como Nicholas permanecía callado e impasible, Charles perdió la paciencia—. ¡Maldita sea! ¿Has olvidado cómo te sentías cuando perdiste a Jamie? Miley ha perdido a las tres personas que más quería, incluido al joven con el que estaba comprometida. Es lo bastante tonta como para creer que el tipo vendrá corriendo a rescatarla en las próximas semanas, pero su madre se opone a la boda. Recuerda lo que te digo, se doblegará a los deseos de su mamá ahora que un océano lo separa de Miley. Su hermana está ahora bajo custodia de la duquesa de Claremont, así que hasta la compañía de su hermana se le niega en este momento. ¡Piensa en cómo se siente, Nicholas! La muerte y la pérdida no te resultan desconocidas... ¿o has olvidado el dolor?
Las palabras de Charles dieron en el blanco con la fuerza suficiente como para forzar una mueca en Nicholas. Charles lo vio y decidió presionar para aprovechar esta ventaja.
—Es tan inocente y está tan perdida como una niña, Nicholas. No tiene a nadie en el mundo salvo a mí... y a ti, te guste o no. Piensa en ella como pensarías en Jamie en estas mismas circunstancias. Pero Miley tiene valor y orgullo. Por ejemplo, aunque se reía de ello, podría decir que su recepción de ayer aquí la humilló terriblemente. Si cree que no es querida, encontrará el modo de marcharse. Y si eso sucede —concluyó Charles con tensión—, nunca te lo perdonaré. ¡Te juro que no!
Nicholas apartó bruscamente su silla hacia atrás y se puso en pie, con expresión cerrada y dura.
—Por curiosidad, ¿es ella otra de tus bastardos?
El rostro de Charles palideció.
—¡Dios mío, no! —cuando Nicholas seguía con su mirada escéptica. Charles añadió con gravedad—: ¡Piensa en lo que estás diciendo! ¿Habría anunciado tu compromiso con ella si fuera mi hija?
En lugar de calmar a Nicholas, esa afirmación simplemente le recordó el compromiso que le daba tanta rabia.
—Si tu pequeño ángel es tan condenadamente inocente y tan valiente, ¿por qué consiente en prestar su cuerpo para casarse conmigo?
—¡Ah, es eso! —Charles movió la mano desestimándolo—. Hice ese anuncio sin su conocimiento; no sabe nada de esto. Llámalo exceso de entusiasmo por mi parte —admitió en tono suave—. Te aseguro que no tiene ningún deseo de casarse contigo.
La expresión glacial de Nicholas empezó a aflojarse y Charles se apresuró a convencerle aún más.
—Dudo que Miley te quiera algún día, aun cuando tú la quisieras a ella. Eres demasiado cínico y duro y estás demasiado de vuelta de todo como para una muchacha bien educada e idealista como ella. Admiraba a su padre y me ha dicho abiertamente que quiere casarse con un hombre como él: un hombre sensible, amable e idealista. Y tú no eres nada de eso —prosiguió, dejándose llevar tanto por la ilusión de la Miley que no se percató de que su discurso rozaba el insulto—. Me atrevería a decir que si Miley supiera que supuestamente está comprometida contigo, ¡se caería muerta en el acto! Antes se quitaría la vida que...
—Creo que ya me he hecho a la idea —interrumpió Nicholas tibiamente.
—Bien —respondió Charles con una sonrisa furtiva—. ¿Entonces puedo sugerirte que mantengamos ese anuncio de compromiso en secreto? Pensaré en algún modo de rescindirlo sin que os cause molestias a ninguno de los dos, pero no podemos hacerlo de inmediato.
Cuando los ojos de Nicholas se entornaron sonrientes, Charles se calmó rápidamente.
—Es una niña, Nicholas, una valiente y orgullosa niña que intenta hacer lo mejor en un mundo cruel que no está preparada para afrontar. Si revocamos el compromiso demasiado pronto después de su llegada aquí, será motivo de burlas en Londres. Dirán que le echaste un vistazo y te asustaste.
Una visión de los radiantes ojos azules y las pestañas oscuras y un rostro demasiado hermoso como para ser cierto cruzó por la mente de Nicholas. Recordó la fascinante sonrisa que mostraban sus suaves labios hacía unos minutos, antes de que fuera consciente de su presencia en el comedor. Pensándolo bien, parecía una niña vulnerable.
—Ve a hablar con ella, por favor —imploró Charles.
—Hablaré con ella —convino Nicholas.
—¿Pero harás que se sienta bien recibida?
—Eso depende de cómo se comporte cuando la encuentre.
En su habitación, Miley cogió más ropa del armario mientras las palabras de Nicholas Fielding martilleaban dolorosamente en su cerebro. Mendiga lastimera... no quiero estar aquí... mendiga lastimera... No había encontrado ningún nuevo hogar, pensó histéricamente. El destino le había gastado una broma cruel. Metió las ropas en el baúl. Levantándose de nuevo se volvió hacia el armario y soltó un grito ahogado de susto.
—¡Tú! —exclamó entrecortadamente, contemplando la alta e imponente figura que se encontraba en el umbral, con los brazos plegados sobre el pecho. Enojada con ella misma por traslucir su susto, levantó la barbilla, absolutamente decidida a no volver a dejarse intimidar—. Alguien debería haberte enseñado a llamar antes de entrar en una habitación.
—Llamar —repitió burlón—. ¿Cuando una puerta está abierta? —desvió su atención hacia el baúl abierto y levantó las cejas—. ¿Te vas?
—Es obvio —respondió Miley.
—¿Por qué?
—¿Por qué? —saltó incrédula—. Porque no soy una mendiga lastimera y, para tu información, odio ser una carga para nadie.
En lugar de parecer culpable porque había oído sus rudos comentarios, parecía algo divertido.
—¿No te ha enseñado nadie a no espiar conversaciones ajenas?
—No estaba, espiando —replicó Miley—. Estabas difamándome con un tono de voz que podía oírse hasta en Londres.
—¿Adonde piensas ir? —le preguntó, haciendo caso omiso de sus críticas.
—No te importa.
—¡Un poco de respeto! —le espetó, con modales repentinamente fríos e imperativos.
Miley le dirigió una mirada rebelde y calibradora. Apoyado en el umbral, parecía peligroso e invencible. Era de amplias espaldas, pecho firme y las mangas blancas arremangadas mostraban los brazos muy bronceados y musculosos, cuya fuerza ya había experimentado cuando la subió en brazos por la escalera el día anterior. También sabía que tenía mal genio y a juzgar por la inquietante mirada en sus duros ojos de jade, diría que ahora estaba pensando en sacarle la respuesta a sacudidas. En lugar de darle esa satisfacción. Miley dijo fríamente:
—Tengo un poco de dinero. Encontraré un lugar donde vivir en el pueblo.
—¿De veras? —preguntó con sarcasmo—. Solo por curiosidad, cuando tu «poco de dinero» se acabe, ¿de qué vivirás?
—¡Trabajaré! —le informó Miley, intentando destruir su exasperante compostura.
Nicholas levantó las cejas con sardónico regodeo.
—Qué idea más novelesca... una mujer que realmente quiere trabajar. Dime, ¿qué tipo de trabajo sabes hacer? —Su pregunta restalló como un látigo—. ¿Sabes manejar un arado ?
—No...
—¿Sabes clavar un clavo?
—No.
—¿Sabes ordeñar una vaca?
—¡No!
—Entonces no sirves para nada, ni para ti ni para nadie —comentó sin piedad.
—¡Claro que sí, sirvo para mucho! —le contrarió orgullosa y enfurecida—. Puedo hacer todo tipo de cosas, puedo coser y cocinar y...
—¿Y dejar que todos los aldeanos murmuren sobre los monstruos que son los Fielding por echarte? Olvídalo —le instó con arrogancia—. No lo permitiré.
—No recuerdo haberte pedido permiso —le replicó Miley desafiante.
Pillado desprevenido, Nicholas la miró duramente. Los hombres maduros rara vez se atrevían a desafiarle, pero allí estaba aquella mocosa haciendo exactamente eso. Si su fastidio no hubiera sido tan grande como su sorpresa, se habría reído entre dientes y sonreído ante su valor. Reprimiendo la insólita necesidad de atenuar sus palabras, dijo brevemente:
—Si tienes tantas ganas de trabajar para ganarte la vida, puedes hacerlo aquí.
—Lo siento mucho —anunció fríamente la desafiante belleza—, pero eso no lo haré.
—¿Por qué no?
—Porque sencillamente no me imagino haciendo reverencias, fregando y temblando de miedo cada vez que pases por delante, como el resto de tus criados se supone que deben hacer. Porque ese pobre hombre con dolor de muelas casi se desmaya esta mañana cuando tú...
—¿Quién? —exigió Nicholas, sustituyendo momentáneamente su ira por estupefacción.
—El señor O’Malley.
—¿Quién demonios es el señor O’Malley? —la interrogó, controlando su carácter con un esfuerzo supremo.
Miley puso los ojos en blanco enfadada.
—Ni siquiera sabes su nombre, ¿verdad? El señor O’Malley es el criado que te fue a buscar el desayuno y tenía la mandíbula tan hinchada...
Nicholas giró sobre sus talones.
—Charles quiere que te quedes y basta. —En el umbral, se detuvo y se volvió, dejándola clavada en el sitio con la mirada—. Si piensas irte a pesar de mis órdenes, te aconsejo que no lo hagas. Me causarás el problema de ir a buscarte y no te gustará lo que ocurra cuando te encuentre, créeme.
—No me asustan tus amenazas —mintió Miley con orgullo, intentando rápidamente buscar alternativas.
No quería herir a Charles marchándose, pero su orgullo tampoco le permitía ser una «mendiga» en la casa de Nicholas. Ignorando el amenazador brillo de sus ojos verdes dijo:
—Me quedaré, pero mi intención es trabajar para pagarme la comida y el alojamiento.
—Muy bien —soltó Nicholas, sintiéndose como si de algún modo hubiera salido vencedor del conflicto.
Se dio media vuelta para irse, pero su voz le detuvo.
—¿Puedo preguntar cuál será mi salario?
Nicholas respiró hondo furioso.
—¿Estás tratando de irritarme?
—En absoluto. Simplemente quiero saber cuál será mi salario, para poder planear el día en que... —Su voz se extinguió mientras Nicholas rudamente salía de la habitación.
El tío Charles le mandó decir si quería comer con él, lo cual resultó ser una agradable comida, porque Nicholas no estuvo presente. Sin embargo, el resto de la tarde se le hizo eterna y, en un arrebato de ansiedad, Miley decidió salir a pasear. El mayordomo la vio bajar la escalera y corrió a abrirle la puerta principal. Para demostrarle que no albergaba ningún rencor contra él por lo de ayer. Miley le sonrió.
—Muchas gracias, ¿ejem...?
—Northrup —contestó de manera educada y expresión cuidadosamente en blanco.
—¿Northrup? —repitió Miley, con la esperanza de incitarle a la conversación—. ¿Es su nombre o su apellido?
La miró y luego apartó la mirada.
—Eh... mi apellido, señorita.
—Ya veo —continuó educadamente—. ¿Y cuánto tiempo lleva trabajando aquí?
Northrup apretó las manos a la espalda y se balanceó sobre sus talones, con apariencia solemne.
—Durante nueve generaciones, mi familia ha nacido y muerto al servicio de los Fielding, señorita. Y yo espero seguir esa orgullosa tradición.
—¡Oh! —exclamó Miley, reprimiendo la risa que le provocaba su profundo orgullo por un trabajo que parecía no acarrear nada más importante que abrir y cerrar las puertas a la gente.
Como si le leyera el pensamiento, añadió:
—Si tiene algún problema con el servicio, señorita, dígamelo. Como jefe de la casa, me esforzaré para que rectifiquen de inmediato.
—Estoy segura de que no será necesario. Todo el mundo aquí es muy eficiente —comentó amablemente Miley.
Demasiado eficiente, pensó mientras salía a tomar el aire.
Cruzó el césped principal, luego cambió de dirección y caminó por un lado de la casa, con la intención de visitar los establos y ver los caballos. Con la idea de darles manzanas para hacerse amiga de ellos, Miley rodeó la casa hasta la parte de atrás y preguntó por dónde se iba a la cocina.
La gigantesca cocina estaba llena de gente enfrascada en sus frenéticas ocupaciones, amasando masa con un rodillo sobre mesas de madera, calentando hervidores y cortando verduras. En mitad del meollo, un hombre enormemente gordo en un inmaculado delantal blanco del tamaño de un mantel se alzaba como un frenético monarca, enarbolando una cuchara de mango largo y gritando instrucciones en francés y en inglés.
—Disculpe —interrumpió Miley a la mujer de la mesa más cercana—. ¿Me puede dar dos manzanas y dos zanahorias si les sobran?
La mujer miró con aire vacilante al hombre del delantal blanco que estaba observando a Miley, luego desapareció en otra habitación contigua a la cocina y regresó al cabo de un minuto con las manzanas y las zanahorias.
—Gracias, ¿mmm?
—Señora Northrup, señorita —respondió la mujer incómoda.
—Qué bonito —respondió Miley con una sonrisa dulce—. Ya he conocido a su marido, el mayordomo, pero no me dijo que usted también trabajaba aquí.
—El señor Northrup es mi cuñado —le corrigió.
—Ah, ya veo —dijo Miley, notando la reticencia de la mujer a hablar delante del gordo taciturno que parecía el jefe—. Bien, buenos días, señora Northrup.
Un camino de losetas, flanqueado por árboles a la derecha, conducía hasta los establos. Miley paseó por él, admirando la espléndida vista de céspedes ondulantes y recortados y exuberantes jardines a la izquierda, cuando un repentino movimiento a unos metros de distancia hacia su derecha la hizo pararse en seco y mirar. En el perímetro del bosque, un enorme animal gris estaba hurgando en lo que parecía ser una pequeña pila de compost. El animal la olió, levantó la cabeza y cruzó su feroz mirada con la de Miley helándole la sangre. ¡Un lobo! Gritó en su mente.
Paralizada de terror, se quedó inmóvil en el sitio, temerosa de moverse o hacer algún ruido, mientras su embotado cerebro registraba datos al azar de la terrible bestia. El denso manto gris del lobo tenía un aspecto raído y grueso, pero no lo bastante grueso como para ocultar sus costillas prominentes; tenía unas mandíbulas terriblemente grandes y ojos fieros... A juzgar por el grotesco y demacrado aspecto del animal, parecía muerto de hambre. Lo que significaba que atacaría y comería cualquier cosa que pudiera atrapar, incluida ella misma. Miley dio un pequeño y cauteloso paso atrás, hacia la seguridad de la casa.
El animal gruñó, levantó el labio superior y mostró unos inmensos colmillos blancos. Miley reaccionó automáticamente, lanzándole las manzanas y las zanahorias en un desesperado esfuerzo por distraerle de su obvia intención de comérsela. En lugar de abalanzarse sobre los proyectiles que le había arrojado, como ella esperaba que hiciera, el animal se alejó de su festín vegetal y salió disparado hacia el bosque con el rabo entre las piernas. Miley se dio media vuelta y echó a correr en dirección a la casa, hacia la puerta trasera que era la más cercana, luego se precipitó hasta la ventana y miró escrutadoramente el bosque. El lobo estaba de pie justo dentro del perímetro de los árboles, contemplando hambriento la montaña de compost.
—¿Ocurre algo, señorita? —preguntó un criado, que llegó por su espalda de camino hacia la cocina.
—He visto un animal —dijo Miley sin aliento—. Creo que era un...
Observó la bestia gris trotando a hurtadillas hasta el jardín y engullir las manzanas y las zanahorias; luego corrió de nuevo al bosque, con la crespa cola aún entre las piernas. Se dio cuenta de que el animal estaba asustado y hambriento.
—¿Tienen algún perro por aquí? —requirió, preguntándose de repente si estaba a punto de cometer un error que le hiciera parecer absolutamente est/úpida.
—Sí, señorita... varios.
—¿Hay alguno grande, flaco y de color negro y gris?
—Ese es el viejo perro de su señoría, Willie. Siempre está por los alrededores, mendigando algo para comer. No es malo, si eso le preocupa. ¿Lo ha visto?
—Sí—afirmó Miley, cada vez más enojada al recordar cómo había engullido la famélica criatura los vegetales podridos de la montaña de compost como si fueran bistecs—. Y está casi muerto de hambre. Alguien debería alimentar al pobre animal.
—Willie siempre se comporta como si estuviera hambriento —respondió el criado con total indiferencia—. Su señoría dice que si come más, estará demasiado gordo para caminar.
—Si come menos, estará demasiado débil para seguir vivo —replicó Miley enojada.
Imaginaba perfectamente a ese hombre despiadado matando de hambre a su propio perro. El animal tenía un aspecto patético con las costillas saliéndole de aquel modo, ¡qué horrible! Volvió a la cocina y pidió otra manzana, algunas zanahorias y un plato de restos de comida.
A pesar de su compasión. Miley tuvo que luchar contra su miedo al animal mientras se acercaba a la montaña de compost y lo localizaba, observándola desde su escondite en el bosque. Era un perro, no un lobo, ahora lo veía. Recordó que el criado le había asegurado que el perro no era malo, se acercó tanto como se atrevió y le mostró el plato de sobras.
—Ven, Willie —dijo en voz baja—. Te he traído comida buena.
Tímidamente, avanzó otro paso. Willie puso las orejas hacia atrás, le mostró los colmillos de marfil y Miley perdió el valor. Dejó el plato en el suelo y salió huyendo hacia los establos.
Esa noche cenó con Charles y, como Nicholas volvía a estar ausente, la comida fue deliciosa; pero cuando se acabó y Charles se retiró, volvió a encontrarse con el tiempo en las manos. Aparte de la excursión a los establos y su aventura con Willie, aquel día no había hecho nada salvo vagar sin propósito sin nada que hacer. Mañana, decidió desenfadadamente, iré a trabajar. Estaba acostumbrada a estar ocupada y necesitaba desesperadamente hacer algo más que pasar sus horas vacías. No había mencionado a Charles su intención de ganarse el sustento, pero estaba seguro de que cuando se enterara, se sentiría aliviado de que se valiera por sí misma y le evitara futuras broncas de su sobrino malcarado.
Fue a su habitación y se pasó el resto de la noche intentado escribir una carta alegre y optimista a Dorothy.