Capítulo 2
Nicholas recibió aquellas tres palabras como un número igual de puñetazos. Mientras
que había esperado que Elsa lo traicionara por no poder proporcionarle el compromiso de futuro que esperaba de él, siempre había considerado a Miley una mujer plenamente
consciente de sus deberes de estado.
–Bromeas –dijo, mirándola fijamente en busca de señales de embriaguez, pero las
pupilas de Miley no estaban dilatadas, y aunque tenía las mejillas sonrosadas, el tema
del que hablaba lo justificaba.
–En absoluto –Miley miró la estatuilla del beduino y alargó la mano para tocarla–.
No pienso arrastrarte a un matrimonio con una mujer a la que no amas.
– ¿Y tú esperas ser amada por tu marido?
¿Quién le habría inculcado unas ideas tan románticas?
–Sí.
–Pareces olvidar la importancia del deber familiar y de estado.
Una llamarada brilló en los oscuros ojos de Miley.
–Precisamente el sentido del deber de mi madre es lo que me lleva a no querer
seguir adelante con esta farsa.
–Unir las casas reales de Zohra y Zawhar no es ninguna farsa.
–Por muy indulgente que sea el rey Malik con mi padre, yo no pertenezco a la casa
real de Jawhar.
Miley tenía razón. Kemal pertenecía a una de las familias más influyentes de
Jawhar y había sido acogido en la familia real al morir sus padres. Así que, aunque había
sido educado como un hermano más de Malik, no tenían vínculos de sangre.
–No creía que eso te importara.
–Y no me importa.
–Pero lo mencionas como una razón para no mantener tu compromiso.
–Yo no he aceptado ningún compromiso. A los trece años me dijeron que un día
me casaría contigo.
No era más que una niña y Nicholas había sentido lástima de ella.
–Pero nunca te has quejado.
–Porque creía en cuentos de hadas y he tardado mucho tiempo en darme cuenta
de que no son reales.
Sueños de amor. ¿Cómo no se había dado cuenta de que ellos no podían
permitirse ese lujo?
–Debes reflexionar.
–Nicholas, te estoy devolviendo la libertad –la voz de Miley se tiñó de impaciencia–.
En lugar de intentar hacerme cambiar de idea, deberías limitarte a darme las gracias.
¿De verdad creía que le hacía un favor? Nicholas lo dudaba.
–Avergonzaremos a nuestras familias.
–Por favor,Nicholas, todavía no se ha hecho el anuncio oficial.
–Pero todo el mundo lo asume.
–Y qué –Miley se encogió de hombros–. Quienquiera que cuente con ello se verá
desilusionado.
–Como mi padre o el hombre al que llamas «tío». Los humillaremos.
La mirada que le digirió Miley dejó claro que no la impresionaba con aquel
dramático augurio.
–Puede que los desilusionemos, pero no tanto como si nos divorciáramos.
– ¿Por qué íbamos a divorciarnos? –Nicholas sabía que no la conocía bien, pero
nunca había pensado que fuera tan pesimista–. No te comprendo.
–Nicholas, ¿de verdad puedes decirme que no sientes una punzada de esperanza en
este momento, que no te sientes aliviado a pesar de que intentas convencerme de que no
haga lo que en el fondo estás deseando?
Nicholas se quedó sin habla al darse cuenta de que Miley verdaderamente creía que
le estaba haciendo un favor, que creía que debía estarle agradecido por anunciarle que
iba a romper su palabra. Intentó adivinar qué le habría hecho llegar a una conclusión tan
equivocada, pero no lo consiguió. No podía pensar en ninguna razón lógica.
Miley hundió los hombros en un gesto con el que quedó de manifiesto que no
estaba tan segura de sí misma como intentaba aparentar.
–Tu silencio es más significativo que tus palabras. Yo asumiré toda la
responsabilidad de cara a nuestras familias y a la prensa. Sólo tengo una condición.
Nicholas dio varios pasos hacia ella.
– ¿Cuál?
–Quiero pasar una noche en tu cama y tener la noche de bodas que ya no
celebraremos.
Si lo había sorprendido hasta entonces, aquella petición dejó a Nicholas atónito.
– ¿Por qué? –preguntó al tiempo que intentaba comprender por qué la modosa
princesa se ofrecía, o más bien, le exigía, que cumpliera algo que no debería producirse
hasta después de la boda.
–Quiero que seas mi primer hombre.
Eso era lo lógico.
–Pero no quieres casarte conmigo.
¿Qué sentido podía tener aquella petición?
– ¿Querías casarte con Elsa Bosch?
Nicholas había creído a veces que sí. Igual que pensaba estar enamorado. Pero
siempre había sabido que no eran más que fantasías. Pronto había descubierto que no
sólo su carrera profesional la hacía inapropiada como futura reina de Zohra.
–Ni siquiera me lo planteé.
–Pero mantuviste relaciones con ella
Aquellas palabras en los labios de Miley incrementaron su desconcierto. Había
llegado el momento de dar por terminada la conversación.
–Eso es algo de lo que no pienso hablar contigo.
–No es una pregunta, es una mera observación.
–Esto es absurdo.
–Lo que es absurdo es que dos personas se casen en pleno siglo XXI por obligación.
Su educación norteamericana debía de ser la causa de aquella actitud.
–Un día seré rey y la mujer que esté a mi lado debe ser la adecuada. El amor no
tiene nada que ver con las obligaciones que debemos cumplir.
–Dices la palabra amor como si fuera algo sucio.
Nicholas se encogió de hombros. En su experiencia personal se trataba de un
sentimiento más doloroso que placentero.
–Tus hermanos han encontrado el amor –añadió Miley.
–Ninguno de los dos va a heredar la corona –ni habían recorrido un camino fácil
hasta encontrarlo.
Nicholas no tenía ningún interés en seguir sus pasos puesto que ya se enfrentaba a
suficientes retos para ser líder y servir a su gente.
–Tu padre no usa corona.
–No hagas juegos de palabras. Esto es demasiado importante. Creía que conocías
tus deberes.
–Mi principal deber es conmigo misma, y no estoy de acuerdo con que un país
vaya a descarrilar porque su líder busque la felicidad.
– ¿Y crees que romper un compromiso es honorable?
–No estamos prometidos.
–Como si lo estuviéramos.
– ¿De verdad lo crees? –preguntó Miley como si la respuesta fuera de gran
importancia.
–Sí.
Miley miró a Nicholas con tristeza.
–Lo siento.
– ¿Vas a entrar en razón?
–No –dijo ella con vehemencia.
Y de pronto Nicholas creyó comprender. Miley temía que no fueran compatibles en la
cama, y tenía motivos para estar preocupada. En cierto sentido tenía razón: no eran una
pareja decimonónica que tuviera que llegar virgen al matrimonio. Ni siquiera la novia.
Había pasado la vida en Estados Unidos, rodeada de una cultura que
desmitificaba el sexo y que a menudo lo glorificaba. Él nunca se había insinuado porque,
a pesar de lo que acababa de decir, nunca habían estado oficialmente comprometidos.
Primero porque la había considerado demasiado joven, y después, por su relación con Elza. Una relación abocada al fracaso desde el principio, pero que le había permitidoescapar brevemente de las ataduras de sus responsabilidades diarias. Él había creído estar enamorado de ella hasta que había averiguado que no era su único amante. Y todavía seguía furioso por haber dado tal muestra de vulnerabilidad.
En el proceso, había desatendido a la mujer con la que iba a casarse.
Miley sacudió la cabeza mirándolo fijamente.
–Deja de pensar en cómo hacerme sentir culpable para que cambie de idea
porque no vas a conseguirlo. –Ya veo que no. Miley necesitaba la confirmación de que su relación no sería desapasionada. Y aunque hasta entonces él no había hecho nada por demostrarle lo contrario, en aquel momento, al sentir su sexo endurecerse, estaba seguro de que no tendría ningún problema en darle pruebas de la pasión que buscaba.
–Quieres acostarte conmigo. Miley se estremeció, pero mantuvo la cabeza
erguida. –No creo que una noche de sexo sea un sacrifico desmesurado a cambio de tu
libertad –dijo, ahogando con palabras su inseguridad.
Nicholas lo interpretó así, pero además comprendió que Miley consideraba un regalo
pasar una noche en su cama. Y entonces fue consciente de algo que le hizo sentirse
halagado y que despertó su compasión a partes iguales.
–Estás enamorada de mí.
Nicholas siempre había sabido que le gustaba, pero nunca había pensado que se
tratara de nada más profundo que el sentimiento de admiración de una jovencita, y
descubrir la profundidad de sus sentimientos lo dejó perplejo. El amor podía ser doloroso,
pero ella no tenía nada que temer, porque él no la traicionaría como Elsa lo había
traicionado a él.
– ¿Cuándo lo dedujiste? ¿Tras el torpe intento de besarte cuando cumplí dieciocho
años o al saber que no he salido con ningún hombre a pesar de que nunca hemos
oficializado nuestra relación?
Nicholas no se molestó en indicarle que, si estaba enamorada de él no tenía sentido
que rechazara el acuerdo familiar, porque a aquellas alturas estaba convencido de que en
realidad no era lo que deseaba, sino que necesitaba que le diera pruebas de que su
relación era posible.
Tampoco se molestó en decirle que su supuesto amor se basaba en una relación
platónica. ¿Cómo podía amarlo si no lo conocía de verdad?
Pero lo cierto era que ella creía amarlo y eso justificaba el dolor que sentía.
–Discúlpame por no haber sido consciente de tus sentimientos. Sé que el amor
puede ser un sentimiento doloroso.
– ¿Crees que no lo sé? –preguntó Miley con incredulidad. Luego palideció,
horrorizada–. ¿Quieres decir que estabas enamorado de ella?
Por primera vez en su vida, Nicholas tuvo la tentación de mentir abiertamente, pero su
honor no se lo permitió.
–Da lo mismo. Elsa Bosch y yo hemos terminado.
–Pero ¿la amabas?
–No es algo de lo que debamos hablar.
Elsa era el pasado, mientras que Miley representaba el futuro.
–No hace falta. Las fotografías lo demuestran. Pensé que no era posible, porque
ya era bastante doloroso ver lo relajado y feliz que parecías con ella.
– ¿Has deducido todo eso de una fotografía? –No. Pero eso es algo de lo que
tampoco yo quiero hablar contigo.
No. Era evidente que lo que necesitaba en aquel momento eran pruebas de que
podía llega a sentir algo por ella y él habría estado encantado de dárselas, pero...
–No podemos abandonar el banquete nupcial de mi hermano.
– ¿Por qué no? Tú lo has hecho.
–Tenía que ocuparme de algunos asuntos para que mi padre pudiera atender la
fiesta.
–Siempre te sacrificas por tu familia.
–Y lo considero un privilegio.
–Te creo.
–Porque es verdad.
–Eres un hombre increíble.
–Y tú me amas –Nicholas no pensaba volver a exponerse a ese sentimiento, pero
protegería el de Miley. Era su deber.
Y él siempre cumplía con su deber.
–La celebración de la boda durará hasta el amanecer. No es el mejor momento
para compartir nuestros cuerpos por primera vez.
– ¿Qué sugieres?
– ¿Vas a quedarte en el país los tres próximos días?
–Sí, permaneceré aquí mientras duren los festejos.
A pesar de negarse a participar en la organización, su familia había acudido al
palacio días antes de la boda. Nicholas apenas la había visto porque había estado ocupado
con sus obligaciones de estado.
–Me ocuparé de organizar tu última noche aquí. Ese día no hay ningún
acontecimiento oficial después del desayuno –le ofreció el brazo–. Y ahora, creo que
debemos volver junto a los demás invitados.
Miley le tomó el brazo con dedos temblorosos que delataban la tensión que
sentía, y dejó que la guiara fuera del despacho.
Transcurridas dos noches, se dijo Nicholas, le demostraría que no tenía nada que
temer.
A pesar de que el sol se había puesto hacía más de una hora, las baldosas de la
terraza seguían calientes bajo los pies de Miley. Se había quitado los altos tacones que
había usado durante la última fiesta de celebración de la boda de Amir y Grace, pero
llevaba puesto el vestido ceñido de seda que había lucido y a causa del cual sus padres
habían discutido porque su padre lo consideraba inapropiado. Finalmente, Lou-Belia
había ganado y Miley había acudido a la fiesta con él. La mirada con la que Nicholas la
había recibido había valido la pena, sus ojos habían brillado de puro deseo sexual y
Miley había descubierto su mirada ardiente tantas veces posada sobre ella a lo largo de
la velada que había ansiado que llegara a su fin para que finalmente se iniciara su única
noche con el jeque Nicholas bin Faruq al Zohra.
La fiesta había concluido y podía acudir junto a Nicholas cuando quisiera. Lo único
que la detenía era el vestido de apariencia inocente que había sobre la cama. Había
encontrado la galabeya al volver a su dormitorio. El vestido de novia tradicional del país, de seda blanca y bordados de oro era propio de un cuento de Las mil y una noches. A su lado había una nota de Nicholas:
Querida Miley: has dicho que querías celebrar la noche de bodas. Por favor,
ponte este vestido que usó mi abuela en su boda. Estoy deseando verte con él... y sin él.
Nicholas.
El día anterior le había dicho que acudiera a él por los corredores secretos del
palacio, de los que Miley nunca había sabido hasta entonces, aunque también los había
en Zawhar.
Con un gran suspiro, volvió al interior del dormitorio. En la penumbra, la galabeya
resplandecía, provocando su fascinación y su rechazo a partes iguales.
Que Nicholas quisiera que llevara un vestido de novia era perturbador, pero también
formaba parte de su fantasía. Por qué entonces dudaba. La galabeya era una prenda
maravillosa y las babuchas a juego, de una exquisita elegancia. Además de ser de su
talla. ¿Cómo la habría adivinado Nicholas?
Una voz interior la advirtió de que al día siguiente pagaría por aquella noche. Pero
era la única ocasión que tenía de estar con el hombre de sus sueños y no estaba
dispuesta a no vivir su fantasía.
Se puso la galabeya, estremeciéndose al sentir el sensual roce de la seda, y eligió
un conjunto de ropa interior de encaje blanco en lugar de la ropa íntima tradicional.
Después de todo no se trataba de una boda de verdad, sino de una noche de seducción,
aunque ya no estaba segura de quién seducía a quién, puesto que Nicholas ya no mostraba
la reticencia que había manifestado inicialmente.
Quizá su cambio de actitud se debía a que su relación con Elsa había terminado.
Pero tampoco debía olvidar que a cambio, ella le estaba ofreciendo su libertad y que ese
objetivo podía haber incrementado su ardor, y no ella.
¿O acaso siempre se había sentido atraído por ella pero no había dado ningún
paso para no adelantar la boda?
Miley prefería pensar que la segunda opción era la correcta. En cualquier caso,
se negó a seguir analizando la situación, se peinó el cabello y se maquilló levemente. Al
mirarse en el espejo, pensó que, de no ser por los reflejos del cabello y la ropa interior,
habría pasado por una novia de siglos atrás.
No se cruzó con nadie en los pasadizos, pero oyó una risa femenina al pasar a la
altura del dormitorio de Amir. Sonó tan cerca que se ocultó en un recodo, justo a tiempo
de oír pisadas en el corredor por el que acababa de pasar.
–Shhh... Recuerda que es secreto –dijo Amir en un susurro a su mujer, que seguía
riendo.
–¿Cómo es posible que no haya sabido de su existencia hasta ahora?
–Porque todavía no eras mi esposa.
–Ahora lo soy –dijo Grace, insinuante.
–Desde luego que sí –dijo él con orgullo.
–¿Vamos a explorar?
–¿Prefieres eso a volver al dormitorio y celebrar nuestra boda?
–¿Tú qué crees? –siguió un silencio sólo perturbado por el rumor de besos y la
respiración jadeante de la pareja. Entonces Grace añadió con voz ronca–: Tengo que
reconocer que una boda de siete días está muy bien. Las novias occidentales sólo tienen
una noche de bodas.
Sus voces se apagaron a medida que las pisadas se alejaron por donde habían
llegado y Miley suspiró aliviada, preguntándose cómo habría podido Nicholas mantener su relación oculta durante tanto tiempo, cuando a ella una sola noche la tenía en tal estado de tensión que temía quebrarse en cualquier momento.
martes, 3 de febrero de 2015
domingo, 1 de febrero de 2015
Noche de amor con el jeque-Capitulo 1
votos de matrimonio. Su voz se quebró al prometer no sólo fidelidad y amor eterno la
novia, Grace, cuyos ojos chispeaban al contemplar, fascinada, a su futuro esposo. Su voz
también tembló al devolverle la promesa de amor.
Amor. Sus dos hermanos lo habían encontrado en mujeres de rango inferior, pero
él, como heredero al trono, no tenía la libertad de elegir.
Zohra y Jawhar habían elegido a su futura esposa hacía una década.
Nicholas deslizó la mirada por su padre, el rey del pequeño país de Oriente Medio, y
por su emocionada madre antes de llegar a la mujer con la que algún día se casaría.
Aunque no compartían lazos de sangre, Miley bin Kemal recibía trato de sobrina por
parte del rey de Jawhar.
Aunque sus miradas se encontraron, ella desvió inmediatamente la suya hacia la
pareja que celebraba la boda.
Nicholas era consciente de que lo evitaba, pero tal y como habían transcurrido los
últimos meses, no le extrañó.
Desconcertando a todos los implicados, la mujer que algún día sería su esposa se
había negado a participar en la organización de la boda. Aduciendo que no era familiar ni
del novio ni de la novia, había rechazado todas las peticiones de la madre de Nicholas y de
Grace.
Nicholas había interpretado sus negativas como una forma de presionar para que el
compromiso se formalizara. Debía de estar cansada de esperar, y después de los
sucesos del mes anterior, también él era consciente de que debía cumplir con su deber.
Además, el padre de Miley había cumplido con su parte del trato y hacía tiempo
que su comportamiento era intachable y que los tabloides habían perdido interés en él.
Después de que su madre le dijera que Miley estaba destrozada por las
constantes infidelidades de su padre y que no le hablaba desde hacía más de un año,
Nicholas había decidido intervenir. Kemal formaría parte de su familia en el futuro y no podía
consentir que los avergonzara con su falta de discreción. Así que había hablado con él,
diciéndole que no se casaría con una mujer cuyo padre ocupaba tantas páginas de la
prensa sensacionalista como una estrella del rock.
Kemal se había tomado la amenaza en serio, se había reconciliado con su esposa
y hacía casi cinco años que no protagonizaba ningún escándalo, demostrando con ello
que se tomaba el futuro de su hija más en serio que sus propias promesas.
Nicholas reprimió la sonrisa de desprecio que esos pensamientos hicieron aflorar a su
boca. Él nunca se comportaría de aquella manera, aunque su matrimonio no fuera por
amor.
Sospechaba que Miley, al contrario que su madre, no toleraría ese tipo de
comportamiento. La nueva determinación de que había dado muestra había hecho crecer
sus esperanzas, ya que no quería atarse a una mujer dispuesta a ser humillada.
Pero aparte de la curiosidad que despertaba en él aquella prometedora faceta de
su personalidad, la paciencia de Nicholas había ido alcanzando el límite a medida que
avanzaba la celebración de la boda. Miley había llevado su testarudez a límites
insospechados, negándose incluso a aparecer en las fotografías oficiales.
–Vamos, mi pequeña princesa, ya has dejado claro lo que piensas –el rey Malik de
Jawhar le había dado una palmada en la espalda, dejando entrever con sus palabras que
interpretaba su comportamiento de la misma manera que Nicholas.
Miley sonrió a su tío aunque sus ojos no se iluminaron y sacudió la cabeza.
–Las fotografías oficiales son para la familia, no para los amigos.
Nicholas había fruncido el ceño, desconcertado. Era la primera vez que Miley
rechazaba una invitación del rey.
–Tú eres prácticamente familia –había dicho éste, consciente de que Miley era lo
bastante inteligente como para entender lo que quería decir.
Pero ella se había limitado a sacudir la cabeza y se había dado la vuelta para
marcharse.
Nicholas alargó la mano para detenerla, pero la bajó inmediatamente, alarmado por lo
que había estado a punto de hacer. No estaban prometidos oficialmente y tocarla en
aquellas circunstancias habría sido completamente inapropiado. Como futuro rey de
Zohra, Nicholas siempre actuaba de acuerdo a la etiqueta. Al menos en público.
También su «inapropiado» comportamiento había llegado a su fin aunque todavía
se sintiera un idiota por haber anhelado aquello que no podía tener: una vida de amor y
felicidad como la que sus hermanos estaban construyendo.
El rey Malik rió.
–Ha dejado de ser una niña para convertirse en una mujer de carácter, ¿no te
parece?
Nicholas no pudo negarlo. También era la primera vez que veía a Miley vestida de
una manera tan seductora. Y tenía que reconocer que lo había fascinado.
Acostumbrado a apenas fijarse en ella, a Nicholas le había desconcertado sentirse
excitado al verla llegar. Se había aclarado el cabello oscuro con unos leves reflejos y lo
llevaba recogido en un moño que dejaba a la vista su delicado cuello y la suave curva de
sus hombros; su vestido color melocotón no tenía nada de recatado, sino que caía
pegado a sus curvas y le quedaba por encima de las rodillas, de manera que con unas
sandalias de tacón, estaba casi tan alta como su madre y, aunque no tuviera la
espectacular belleza de ésta, era, en cambio, mucho más sexy.
Junto con el hecho de que su nueva personalidad lo intrigaba y que le había
sorprendido que se negara a tomar parte en la organización de la boda, aduciendo que no
había crecido en el estricto círculo del palacio real de Jawhar, Miley había conseguido
despertar su libido.
Aunque su matrimonio, al contrario que el de sus hermanos, no tuviera como base
el amor, al menos no sería una anodina unión de dos personas sumisas.
Por lo que a él concernía, el amor había perdido su valor. Pasión y curiosidad eran
todo lo que quería.
– ¿No te ha parecido una boda preciosa?
Miley sonrió a su madre con melancolía.
–Desde luego, gracias al amor que sienten Amir y Grace.
–Me ha recordado a mi boda con tu padre –dijo Lou-Belia con un suspiro–.
Estábamos tan enamorados.
–No creo que Amir y mi padre se parezcan.
Lou-Belia frunció el ceño.
–Sabes que Kemal ha cambiado.
Miley lo sabía, pero no estaba particularmente entusiasmada con la idea de un
hombre que, tras dos décadas engañando a su mujer, se transformaba en un marido
modélico cuando su única hija se enfrentaba a él.
Eso no impedía que estuviera encantada por su madre. Cada vez pasaban más
tiempo juntos e incluso vivían en el mismo domicilio. Su padre trataba a su madre muy
afectuosamente. Pero a Miley le indignaba que sólo hubiera cambiado de
comportamiento después de pelearse con él y de que le dejara de hablar durante un año
porque, ¿en qué lugar quedaba entonces el amor que sentía por su esposa?
Su padre había pedido a su madre que lo perdonara y Kemal y Lou-Belia parecían
haberse reconciliado definitivamente.
– ¿Así que el pasado no existe? –preguntó a su madre.
–Lo he olvidado por el bien del futuro –Lou-Belia sonrió a Miley con
desaprobación–. Han pasado casi cinco años, menina.
Pequeña. Miley no era una niña desde hacía mucho tiempo, pero ni su madre ni
Nicholas parecían haberse dado cuenta.
Dio un afectuoso abrazo a su madre.
–Eres una mujer buena y comprensiva, mamá. Te quiero –dijo.
Al tiempo que pensaba: «Pero no quiero ser como tú». Y con esa determinación
fue en busca del hombre que algún día sería rey.
Unos minutos más tarde, se coló en el despacho de Nicholas por la puerta entornada.
No lo había visto en la fiesta posterior a la ceremonia y supo que lo encontraría allí.
– ¿Evitando tus responsabilidades, príncipe Nicholas? –Preguntó, cruzándose de
brazos–. ¿Qué pensaría tu padre?
La habitación era tan masculina, exuberante e imponente como Nicholas, si bien las
piezas de arte y los muebles antiguos dejaban vislumbrar una excepcional apreciación de
la belleza, de la que pocas personas eran conscientes excepto ella. Quizá porque, aunque
él apenas le hubiera prestado atención, ella llevaba años observándolo y lo conocía mejor
que muchos.
De hecho, seguía asombrada de no haber descubierto por sí misma el secreto que
le había sido revelado hacía meses y había decidido que sólo podía deberse a que estaba
cegada de amor, lo cual en lugar de servirle de consuelo sólo le hacía sentir aún más
estúpida.
Era una virgen de veintitrés años sin perspectivas de futuro y sólo ella tenía la
culpa por haberse aferrado a cuentos de hadas sin base real. Debía haberle bastado el
matrimonio de sus padres para saberlo.
Nicholas alzó la mirada de unos papeles que tenía en el escritorio y por una fracción
de segundo sus ojos grises se dilataron. Se puso en pie al instante alcanzando su
impresionante estatura. Llevaba la toga y el tocado propios de un jeque heredero del trono
sobre un traje occidental de corte exquisito.
–Princesa Miley, ¿qué haces aquí?
Siempre la llamaba «princesa» aunque no lo fuera, porque era el apodo que su
padrino, el rey Malik, siempre usaba para referirse a ella y había acabado siendo la forma
en que muchos la nombraban.
El que Nicholas no la llamara solamente por su nombre, como habría hecho el hombre
que iba a ser su marido, la irritaba.
Él miró por encima de su hombro asumiendo que estaría acompañada por una
carabina, pero ella se había encargado de dejar en el banquete a su madre y a cualquier
otra persona que pudiera velar por su virtud. Cerró la puerta y el sonido del pestillo al
cerrarse se amplificó en el silencio.
– ¿He olvidado que tuviéramos una cita? –preguntó él, perplejo, aunque no
pareció inquietarse–. ¿Debía haberte escoltado a la mesa?
–No necesito que nadie me acompañe a la mesa –ella misma había solicitado que
los sentaran en mesas separadas–. Sé lo de Elsa Bosch.
No había planeado que ésa fuera su frase inicial, pero ya no podía dar marcha
atrás. Había hecho ya dos pagos al chantajista, pero a partir de aquel fin de semana, ya
no se sentiría responsable de la reputación de Nicholas, así que el fotógrafo tendría que
buscar otra fuente de ingresos.
Nicholas hizo un gesto de indiferencia y Miley sospechó que pensaba en la
fotografía que se había publicado de él en una revista del corazón la semana anterior,
almorzando con su amante en París.
Pero por comparación con las fotografías que ella había visto, la imagen de ellos
dos sentados frente a frente era una nadería. Aun así, el mero hecho de que Nicholas fuera
«amigo» de la actriz había dado lugar a numerosas especulaciones y a un leve
escándalo.
También cabía la posibilidad de que el gesto de Nicholas se debiera a que le irritaba
que su modosa casi prometida, sacara el tema. Después de todo, llevaba años trabajando
en trasmitir la imagen perfecta de una futura reina.
Lo que Nicholas no sabía, era que aquella Miley se había convertido en cenizas en
su despacho de Estados Unidos.
–Ése es un tema que no debe preocuparte.
Miley sintió un dolor que ya no se creía capaz de sentir después de lo que había
pasado. Había esperado que Nicholas reaccionara con rabia, con desdén, incluso con
violencia. Pero no restándole importancia, como si ella no tuviera nada que decir sobre las
mujeres con las que él compartía su vida mientras a ella ni siquiera la rozaba.
Pero eso iba a cambiar. Ella sabía lo bastante como para intuir que el sexo era
maravilloso, y estaba decidida a dejar de ser completamente inexperta. Aquella misma
noche.
Haber descubierto que Nicholas se parecía más a su padre de lo que nunca hubiera
imaginado había estado a punto de disuadirla, pero por algún extraño motivo, había
terminado por convertirse en un acicate para hacer lo que se proponía.
–Los dos salíais muy favorecidos en la fotografía.
Nicholas dio un paso hacia ella.
–Escucha, princesa...
–Me llamo Miley.
–Lo sé.
–Prefiero que uses mi nombre –al menos por aquella noche, Miley quería que la
viera como una persona de carne y hueso–. No soy princesa.
Y nunca lo sería. Ni siquiera era la niña de ojos brillantes, loca de felicidad por el
anuncio de su futuro matrimonio. Los últimos diez años no sólo la habían convertido en
una adulta, sino que habían representado un choque con la realidad.
El hombre al que había amado durante años, y al que, si creía a su madre,
seguiría amando hasta la muerte, tenía tantas ganas de casarse con ella como de bailar
desnudo en la siguiente boda real. Quizá incluso menos.
–Miley –dijo él, como si hiciera una gran concesión–. La señorita Bosch no es un
tema que debamos tratar.
Nicholas estaba completamente equivocado a muchos niveles, pero Miley no estaba
allí para enumerar sus errores. Así que no lo hizo.
–En la fotografía sonreías y parecías feliz.
A ella nunca le había mirado con el afecto que le dedicaba a la actriz alemana.
Nicholas la miró como si hubiera hablado en una lengua distinta a cualquiera de las
cinco que dominaba con fluidez.
–He leído que has roto con ella –Miley había pasado de no saber nada de la vida
social de su prometido a convertirse en una experta.
–Así es.
–Porque os fotografiaron juntos...
Nicholas frunció el ceño pero asintió con la cabeza.
–Sí.
Miley sintió lástima por Nicholas, por sí misma e incluso por Elsa Bosch. ¿Habría
sido consciente de que era tan fácil prescindir de ella? Por otro lado, cabía la posibilidad
de que fuera ella quien estaba extorsionándola. Cualquiera que fuera la situación, Elsa no
era el tema que le importaba, y Miley sabía que no debía olvidarlo por más que las
imágenes de ella y Nicholas le quemaran la retina.
Se separó de la pared y se aproximó a unas estatuillas expuestas en una vitrina.
Su favorita era la de un jinete beduino sobre un caballo tallado en madera, que parecía a
punto de partir al galope. Pero se fijó en un pieza nueva: la de otro beduino con el traje
tradicional que miraba en la distancia con una expresión tan tris te que le encogió el
corazón.
– ¿Cuándo has comprado ésta?
–Es un regalo.
– ¿De quién? –el silencio de Nicholas sirvió de respuesta–. Elsa, ¿verdad? –Miley
se volvió hacia Nicholas–.Te conoce bien –dijo, evitando sentirse herida.
–No voy a mentirte. Nuestra relación duró años, no días. Miley no supo cómo
interpretar su tono; y que hablara en pasado no la apaciguó.
–Lo suponía –las fotografías que había recibido se correspondían a distintas
épocas. Quizá alguien que no lo hubiera observado tanto como ella no lo habría
apreciado, pero para Miley era evidente.
–Los tabloides publican basura. Me sorprende que los leas.
Miley no respondió a la provocación ni contestó a la pregunta implícita sobre el
origen de su información. Se limitó a decir lo único que resultaba imprescindible.
–No quieres casarte conmigo.
–Pienso cumplir con el deber que me impone mi rango –lo que era más una
confirmación a las palabras de Miley de lo queNicholas probablemente había pretendido.
–Algún día serás un magnífico rey –ya era un gran político–. Pero no me has dado
una respuesta directa, y has preferido ignorar que yo no te he hecho ninguna pregunta.
–Si todo esto se debe a una relación ya terminada con Elsa Bosch, te recuerdo
que todavía no estamos oficialmente prometidos.
– ¿Se supone que debo interpretar eso como que una vez que lo estemos no me
serás infiel?
Nicholas frunció el ceño y por primera vez desde que había empezado la
conversación, Angele percibió su enfado.
–Por supuesto que no.
–Permite que lo dude.
–No seas ridícula prin... Miley. No soy tu padre.
–Tienes razón –y Miley no estaba dispuesta a comprobarlo–. En realidad esto
tampoco está relacionado estrictamente con Elsa Bosch.
Porque de lo que estaban tratando era del amor; de amar lo bastante a alguien
como para darle la libertad. Pero sonaba tan cursi que no se atrevió a pronunciar las
palabras. Y además estaba unido a la idea de que también ella merecía ser amada
plenamente por el hombre con el que compartiera su vida.
Por la expresión del rostro de Nicholas, supo que no la creía, y que buscaba las
palabras adecuadas para tranquilizarla porque no era consciente de que le iba a resultar
imposible porque no había nada que pudiera decir para hacerle cambiar de idea.
Una vez más, era la hora de la verdad.
–Tus hermanos han encontrado la felicidad mientras que tú estás atrapado por una
promesa hecha entre dos hombres con demasiado poder y ninguna comprensión de las
consecuencias que pueden llegar a tener sus planes dinásticos.
–No me siento atrapado. Ya era adulto cuando se selló ese acuerdo –era verdad.
Tenía veinticuatro años y un alto sentido del deber–. Elegí mi futuro.
Un hombre de su personalidad tenía que convencerse a sí mismo de que era su
decisión porque no estaba en su naturaleza aceptar las restricciones impuestas por otros.
Era un beduino de corazón, pero con el sentido de la responsabilidad de un miembro de la
realeza.
–No quieres casarte conmigo –repitió Miley–. Y no pienso obligarte a hacerlo por
deber.
Como no estaba dispuesta a comprometerse a un matrimonio tan infeliz como el
que había sido durante años el de sus padres.
Nicholas la miró con los ojos entornados.
–Lo que dices no tiene ningún sentido.
–Llevamos diez años prometidos, Nicholas. Si hubieras querido casarte conmigo,
llevaríamos tiempo casados y viviendo en el palacio –al menos estarían comprometidos
oficialmente.
–No se han dado las circunstancias adecuadas.
Miley había oído esa excusa con anterioridad y la había creído. Primero, era
demasiado joven, luego, la salud del padre de Nicholas se había visto debilitada; a
continuación Khalil y Jade se habían casado y según Nicholas no habría estado bien robarles
el protagonismo. La misma excusa sirvió cuando Amir y Grace se prometieron. A lo largo
de diez años, o al menos cinco, si sólo tenía en cuenta su mayoría de edad, no había
habido un momento adecuado para anunciar su compromiso y mucho menos, para
casarse. Y nunca se casarían si tenían que esperar que Nicholas quisiera celebrar la boda.
Aunque como príncipe heredero acabaría por aceptar su deber. Sin embargo, puesto que
ella constituía la otra mitad de aquel acuerdo, no consentiría que se llevara a cabo.
Olvidar sus sueños había sido aún más doloroso que ver las fotografías de Nicholas besando
a Elsa. La felicidad que había atisbado en su rostro le había roto el corazón, que seguía
sangrando.
Por eso no podía concebir un futuro sabiendo que no era la mujer con la que
quería vivir su marido. Desde el momento en que concibió el plan que estaba poniendo en
práctica, una faja de hierro le había acorazado el pecho para impedir que siguiera
sintiendo tanto dolor.
Pero algún día el dolor iría mitigándose. Y cualquier cosa era mejor que ver cómo
el hombre al que amaba buscaba la felicidad en los brazos de otras mujeres o pasaba con
ella sólo el tiempo necesario que dictaba el deber de estado.
Había tomado la decisión definitiva cuando Amir anunció su boda después de que
Lina, la hija de otro jeque poderoso, se había negado a aceptar un compromiso oficial,
dejándolo libre para casarse con la mujer a la que amaba
Tal y como Miley le había dicho a su madre, el amor entre Amir y Grace había
hecho que la ceremonia fuera hermosa. Lo que no había comentado era la expresión de
envidia que había visto reflejada en el rostro de Nicholas.
El valor de Lina había contagiado a Miley; y la felicidad de Amir había afianzado
su determinación. Nicholas se merecía la oportunidad de experimentar una felicidad como la de su hermano, y ella no sería quien se lo impidiera.
–Nicholas, siempre te he considerado un hombre de gran integridad –su relación con
Elsa no le había hecho cambiar de opinión.
Era verdad que no estaba prometido oficialmente y él nunca le había mentido,
puesto que ella nunca le había preguntado nada. Pero ya no estaba tan segura de que no
fuera a tener amantes después de casados.
–Lo soy.
– ¿Estás enamorado de mí? –había llegado la hora de las preguntas directas.
Nicholas no se inmutó.
–Nuestra unión no está basada en el amor.
–Lo sé. Pero por favor, contesta sí o no.
–No entiendo por qué lo preguntas.
–No pretendo que me entiendas. Responde, por favor.
–No.
Miley dudó de que fuera una respuesta a la pregunta o una negativa a contestar,
pero supo que era una contestación al ver la lástima que se reflejaba en los ojos de Nicholas
al darse cuenta de que ella albergaba sentimientos que él no correspondía.
A pesar de que lo sabía, una puñalada atravesó el corazón de Miley al oírlo de
sus labios.
–Eso era lo que pensaba –logró decir.
–El amor no es necesario en un matrimonio como el nuestro.
–No estoy de acuerdo. No pienso casarme con un hombre que no confía en
amarme.
–Yo...
–Si no has descubierto nada en mí a lo largo de diez años que te haga pensar que
puedes amarme, no creo que vayas a encontrarlo ahora.
De hecho, estaba tan convencida que estaba a punto de tomar una medida
desesperada.
–Tienes todas las cualidades de una futura princesa y reina.
«Pero no de la mujer a la que amas». En lugar de pronunciar aquellas palabras,
Miley dijo:
–Te mereces la felicidad que han alcanzado tus hermanos.
–No es mi destino.
La tácita confirmación de Nicholas volvió a atravesarle el corazón, pero Miley se mantuvo firme. Tenía un plan que acabaría por beneficiar a ambos.
–Puedes cambiarlo.
–No pienso dar la espalda a mi deber –dijo Nicholas en tono de censura por tan
siquiera insinuarlo.
–Pero yo sí.
viernes, 30 de enero de 2015
Noche de amor con el jeque-Prólogo
Prólogo
Miley le había preguntado a su madre si el amor moría al enterarse de que su
padre Cemal bin Ahmed al Jawhar, hermanastro del rey de Jawhar y su héroe, era un
adúltero compulsivo. Por entonces era un joven e inocente universitaria, tan convencida
de la integridad de su padre que no había creído la noticia publicada en un periódico
sensacionalista que alguien había dejado anónimamente en su casillero.
El gran héroe de su vida había caído de su pedestal haciéndose añicos sin que ni
siquiera llegara a saberlo, al menos inicialmente.
Su madre, la ex modelo brasileña que conservaba una madura belleza, la miró
largamente en silencio. Sus ojos, del mismo color azules que su hija, cargados de emoción y
dolor.
–A veces pienso que sería lo mejor, pero algunas personas estamos destinadas a
amar incondicionalmente hasta la muerte.
–Pero ¿por qué sigues con él?
–En realidad hacemos vidas bastante separadas.
Y al oír aquello, Miley había sentido que otro de sus mitos se desvanecía. Vivían
en Estados Unidos por su educación y para llevar una vida lo más anónima posible. Era
un país con los bastantes escándalos propios como para ir a buscarlos en una familia
acomodada de un pequeño país de Oriente Medio como Jawhar.
En cierta forma, su madre había intentado protegerla de la verdad, pero también se
protegía a sí misma de la humillación de ser la esposa de un conocido adúltero, y Miley
comprendió por qué sus viajes a Brasil o a Jawhar se habían ido espaciando cada vez
más.
– ¿Y por qué no te has divorciado de él?
–Porque lo amo.
–Pero...
–Es mi marido –Lou-Belia se había erguido con dignidad– y no pienso avergonzar
ni a mi familia ni a él con un divorcio.
Teniendo en cuenta que el padre de Miley era considerado un miembro de facto
de la familia real Jawhar, la excusa parecía justificada.
Sin embargo, aquel día Miley juró que nunca aceptaría vivir como su madre, que no se dejaría atrapar en un matrimonio por obligación, en el que el amor causara más daño que felicidad.
Pensaba que podría mantener su promesa porque, a pesar de que nunca se había producido el anuncio formal, llevaba prometida al príncipe heredero Nicholas bin Faruq al Zohra desde los trece años, y no había hombre más honorable en todo el mundo.
O eso había creído hasta aquel mismo día, en el que había recibido por correo unas fotografías.
La sensación de estar reviviendo una situación la asaltó tan vívidamente que pudo
oler la hierba recién cortada que había perfumado el aire aquella fatídica mañana, cuatro
años atrás. Los mismos escalofríos le recorrieron la espalda, dejándola temblorosa y confusa.
Si alguien le hubiera preguntado hacía apenas una hora por una certeza, Miley habría dicho que Nicholas jamás sería protagonista de las páginas de un tabloide porque su sentido de la responsabilidad hacia su familia se lo habría impedido. El jeque era demasiado íntegro como para que pudieran pillarlo in fraganti con una mujer.
Pero su segundo ídolo acababa de colapsar
Miley contempló la primera de las fotografías, una imagen inocente en la que Nicholas ayudaba a una rubia voluptuosa a subir a su Mercedes, y sintió un nudo en la garganta al
contener una risa histérica.La realidad la sacudió como una bofetada. No olía a hierba, sino a la fragancia de
limón con la que a su jefe le gustaba perfumar el sistema de ventilación. No se oía el parloteo de los estudiantes en los pasillos, sino su propia respiración en la oficina casi
vacía. El sabor metálico del miedo le llenó la boca al tiempo que empujaba con el dedo la fotografía hacia un lado.
La siguiente, mostraba a Nicholas besando a la mujer, que en aquella ocasión lucía un mínimo biquini ya que estaban al borde de una piscina. Miley no reconoció la casa. De
estilo mediterráneo y con una gran piscina, podría encontrarse en cualquier parte. En cambio no quedaba duda de la pasión con la que la pareja se besaba.
Y ese beso le recordó una escena que habría preferido olvidar.
Tenía dieciocho años y estaba enamorada de Nicholas desde que tenía uso de razón. No le importaba que los demás la entendieran, pero lo cierto era que su sentimiento se
había hecho más profundo a medida que pasaban los años.
Hasta entonces había asumido que Nicholas la trataba con extrema cortesía a causa de su edad, pero con dieciocho años ya era oficialmente adulta. Al menos para los estándares norteamericanos con los que ella había crecido.
Se encontraban en una cena oficial, a la que por primera vez acudían como pareja.
Miley creyó que era el momento perfecto para besarse por primera vez y había acorralado a Nicholas en el patio con tanta determinación como le permitió su timidez natural y no haber sido agraciada con la belleza de su espectacular madre.
Con el corazón desbocado, había alzado el rostro hacia Nicholas, había clavado la mirada en sus ojos grises y, asiéndose a sus musculosos bíceps, le pidió que la besara. No había dudado que el hombre que iba ser su marido, cumpliría sus deseos. Pero tras esperar unos segundos que se le hicieron interminables, tan sólo recibió un beso en
la frente.
« ¿Nicholas?», había dicho, abriendo los ojos. Y él, separándola suavemente de sí, se
había limitado a contestar: «Todavía no ha llegado el momento, ya habibti. Eres una niña».
Mortificada, ella había asentido al tiempo que pestañeaba para contener las lágrimas. Él le había dado una palmadita en el brazo, diciendo: «Tranquila, ya habibti. Nuestro momento llegará».
Y mientras volvían a la recepción, ella se había consolado con
el hecho de que la hubiera llamado dos veces «querida». Miley soltó una amarga carcajada al tiempo que las lágrimas le nublaban la vista.
Había cumplido veintitrés años y seguía esperando a que Nicholas se diera cuenta de que ya
no era una niña.
De no haber visto aquellas fotografías, quizá no se habría dado cuenta de que ese día nunca llegaría. Se concentró de nuevo en ellas, extendiéndolas sobre el escritorio. Ya
las había contemplado con anterioridad, pero en aquella ocasión quería empaparse de ellas y no poder negar la evidencia y lo que representaban.
Nicholas no pensaba que aquella mujer fuera una niña. No. Elsa Bosch era todo lo que un hombre podía soñar en una mujer: espectacularmente guapa, voluptuosa y
experimentada. Miley se estremeció al pensar que ella no era ninguna de esas tres cosas.
No estaba segura de que el honor de Nicholas pudiera verse manchado por su relación con la actriz alemana puesto que su compromiso seguía sin haberse anunciado oficialmente y él la trataba más como a una prima distante que como a una novia.
Ella había permitido que su propio amor y la seguridad de que compartirían el futuro dieran pie a toda una serie de fantasías que no tenían ninguna base real. Había creído que Nicholas llegaría a darse cuenta de que ya no era la niña con la que lo habían prometido en matrimonio.
Había esperado diez años. Diez años. Una década durante la que no había salido con nadie y en la que ni siquiera había acudido a la fiesta de graduación porque se consideraba prometida.
Había tenido amigos en la universidad, pero nunca se había comportado con ellos más que como una compañera de estudios. Y había asumido que, de la misma manera,
Nicholas ocupaba su tiempo con sus responsabilidades, su familia, sus amigos... desde luego, no con una mujer.
Al contrario que su padre, Nicholas había sido muy discreto con su relación. Pero aquellas fotografías eran la prueba de que la tenía. Y aunque, igual que cuando recibió las
de su padre, habría supuesto que su dolor debía ser igual de profundo, la realidad era que se sentía vacía.
Al contrario que en aquella ocasión, la persona que enviaba las fotografías de Nicholas exigía dinero a cambios de no venderlas a un periódico sensacionalista.
Que Nicholastuviera una relación con una mujer que había actuado en una película porno era lo bastante escandaloso como para que las dos familias reales de Jawhar y
Zohra se vieran afectadas. Y aunque tras documentarse, Miley había averiguado que la actriz se comportaba con discreción, no era una compañía apropiada para el heredero.
Sin embargo, Elsa era la mujer que él había elegido.
Las fotografías trasmitían pasión y felicidad. Miley nunca había visto a Nicholas tan sonriente ni tan relajado.
El amor podía mantener a una mujer amarrada a un conquistador, pero a otra mujer, de más carácter, podía darle el valor de dejar en libertad al hombre al que amaba.
Mirando aquellas fotografías, Miley tuvo el convencimiento de que no consentiría que Nicholas cumpliera un contrato firmado entre hombres que ni siquiera se habían planteado si las dos personas implicadas se amaban o no. El amor que sentía por él le exigía mucho más. Y la ausencia de amor que él sentía por ella la obligaba a liberarlo
Miley le había preguntado a su madre si el amor moría al enterarse de que su
padre Cemal bin Ahmed al Jawhar, hermanastro del rey de Jawhar y su héroe, era un
adúltero compulsivo. Por entonces era un joven e inocente universitaria, tan convencida
de la integridad de su padre que no había creído la noticia publicada en un periódico
sensacionalista que alguien había dejado anónimamente en su casillero.
El gran héroe de su vida había caído de su pedestal haciéndose añicos sin que ni
siquiera llegara a saberlo, al menos inicialmente.
Su madre, la ex modelo brasileña que conservaba una madura belleza, la miró
largamente en silencio. Sus ojos, del mismo color azules que su hija, cargados de emoción y
dolor.
–A veces pienso que sería lo mejor, pero algunas personas estamos destinadas a
amar incondicionalmente hasta la muerte.
–Pero ¿por qué sigues con él?
–En realidad hacemos vidas bastante separadas.
Y al oír aquello, Miley había sentido que otro de sus mitos se desvanecía. Vivían
en Estados Unidos por su educación y para llevar una vida lo más anónima posible. Era
un país con los bastantes escándalos propios como para ir a buscarlos en una familia
acomodada de un pequeño país de Oriente Medio como Jawhar.
En cierta forma, su madre había intentado protegerla de la verdad, pero también se
protegía a sí misma de la humillación de ser la esposa de un conocido adúltero, y Miley
comprendió por qué sus viajes a Brasil o a Jawhar se habían ido espaciando cada vez
más.
– ¿Y por qué no te has divorciado de él?
–Porque lo amo.
–Pero...
–Es mi marido –Lou-Belia se había erguido con dignidad– y no pienso avergonzar
ni a mi familia ni a él con un divorcio.
Teniendo en cuenta que el padre de Miley era considerado un miembro de facto
de la familia real Jawhar, la excusa parecía justificada.
Sin embargo, aquel día Miley juró que nunca aceptaría vivir como su madre, que no se dejaría atrapar en un matrimonio por obligación, en el que el amor causara más daño que felicidad.
Pensaba que podría mantener su promesa porque, a pesar de que nunca se había producido el anuncio formal, llevaba prometida al príncipe heredero Nicholas bin Faruq al Zohra desde los trece años, y no había hombre más honorable en todo el mundo.
O eso había creído hasta aquel mismo día, en el que había recibido por correo unas fotografías.
La sensación de estar reviviendo una situación la asaltó tan vívidamente que pudo
oler la hierba recién cortada que había perfumado el aire aquella fatídica mañana, cuatro
años atrás. Los mismos escalofríos le recorrieron la espalda, dejándola temblorosa y confusa.
Si alguien le hubiera preguntado hacía apenas una hora por una certeza, Miley habría dicho que Nicholas jamás sería protagonista de las páginas de un tabloide porque su sentido de la responsabilidad hacia su familia se lo habría impedido. El jeque era demasiado íntegro como para que pudieran pillarlo in fraganti con una mujer.
Pero su segundo ídolo acababa de colapsar
Miley contempló la primera de las fotografías, una imagen inocente en la que Nicholas ayudaba a una rubia voluptuosa a subir a su Mercedes, y sintió un nudo en la garganta al
contener una risa histérica.La realidad la sacudió como una bofetada. No olía a hierba, sino a la fragancia de
limón con la que a su jefe le gustaba perfumar el sistema de ventilación. No se oía el parloteo de los estudiantes en los pasillos, sino su propia respiración en la oficina casi
vacía. El sabor metálico del miedo le llenó la boca al tiempo que empujaba con el dedo la fotografía hacia un lado.
La siguiente, mostraba a Nicholas besando a la mujer, que en aquella ocasión lucía un mínimo biquini ya que estaban al borde de una piscina. Miley no reconoció la casa. De
estilo mediterráneo y con una gran piscina, podría encontrarse en cualquier parte. En cambio no quedaba duda de la pasión con la que la pareja se besaba.
Y ese beso le recordó una escena que habría preferido olvidar.
Tenía dieciocho años y estaba enamorada de Nicholas desde que tenía uso de razón. No le importaba que los demás la entendieran, pero lo cierto era que su sentimiento se
había hecho más profundo a medida que pasaban los años.
Hasta entonces había asumido que Nicholas la trataba con extrema cortesía a causa de su edad, pero con dieciocho años ya era oficialmente adulta. Al menos para los estándares norteamericanos con los que ella había crecido.
Se encontraban en una cena oficial, a la que por primera vez acudían como pareja.
Miley creyó que era el momento perfecto para besarse por primera vez y había acorralado a Nicholas en el patio con tanta determinación como le permitió su timidez natural y no haber sido agraciada con la belleza de su espectacular madre.
Con el corazón desbocado, había alzado el rostro hacia Nicholas, había clavado la mirada en sus ojos grises y, asiéndose a sus musculosos bíceps, le pidió que la besara. No había dudado que el hombre que iba ser su marido, cumpliría sus deseos. Pero tras esperar unos segundos que se le hicieron interminables, tan sólo recibió un beso en
la frente.
« ¿Nicholas?», había dicho, abriendo los ojos. Y él, separándola suavemente de sí, se
había limitado a contestar: «Todavía no ha llegado el momento, ya habibti. Eres una niña».
Mortificada, ella había asentido al tiempo que pestañeaba para contener las lágrimas. Él le había dado una palmadita en el brazo, diciendo: «Tranquila, ya habibti. Nuestro momento llegará».
Y mientras volvían a la recepción, ella se había consolado con
el hecho de que la hubiera llamado dos veces «querida». Miley soltó una amarga carcajada al tiempo que las lágrimas le nublaban la vista.
Había cumplido veintitrés años y seguía esperando a que Nicholas se diera cuenta de que ya
no era una niña.
De no haber visto aquellas fotografías, quizá no se habría dado cuenta de que ese día nunca llegaría. Se concentró de nuevo en ellas, extendiéndolas sobre el escritorio. Ya
las había contemplado con anterioridad, pero en aquella ocasión quería empaparse de ellas y no poder negar la evidencia y lo que representaban.
Nicholas no pensaba que aquella mujer fuera una niña. No. Elsa Bosch era todo lo que un hombre podía soñar en una mujer: espectacularmente guapa, voluptuosa y
experimentada. Miley se estremeció al pensar que ella no era ninguna de esas tres cosas.
No estaba segura de que el honor de Nicholas pudiera verse manchado por su relación con la actriz alemana puesto que su compromiso seguía sin haberse anunciado oficialmente y él la trataba más como a una prima distante que como a una novia.
Ella había permitido que su propio amor y la seguridad de que compartirían el futuro dieran pie a toda una serie de fantasías que no tenían ninguna base real. Había creído que Nicholas llegaría a darse cuenta de que ya no era la niña con la que lo habían prometido en matrimonio.
Había esperado diez años. Diez años. Una década durante la que no había salido con nadie y en la que ni siquiera había acudido a la fiesta de graduación porque se consideraba prometida.
Había tenido amigos en la universidad, pero nunca se había comportado con ellos más que como una compañera de estudios. Y había asumido que, de la misma manera,
Nicholas ocupaba su tiempo con sus responsabilidades, su familia, sus amigos... desde luego, no con una mujer.
Al contrario que su padre, Nicholas había sido muy discreto con su relación. Pero aquellas fotografías eran la prueba de que la tenía. Y aunque, igual que cuando recibió las
de su padre, habría supuesto que su dolor debía ser igual de profundo, la realidad era que se sentía vacía.
Al contrario que en aquella ocasión, la persona que enviaba las fotografías de Nicholas exigía dinero a cambios de no venderlas a un periódico sensacionalista.
Que Nicholastuviera una relación con una mujer que había actuado en una película porno era lo bastante escandaloso como para que las dos familias reales de Jawhar y
Zohra se vieran afectadas. Y aunque tras documentarse, Miley había averiguado que la actriz se comportaba con discreción, no era una compañía apropiada para el heredero.
Sin embargo, Elsa era la mujer que él había elegido.
Las fotografías trasmitían pasión y felicidad. Miley nunca había visto a Nicholas tan sonriente ni tan relajado.
El amor podía mantener a una mujer amarrada a un conquistador, pero a otra mujer, de más carácter, podía darle el valor de dejar en libertad al hombre al que amaba.
Mirando aquellas fotografías, Miley tuvo el convencimiento de que no consentiría que Nicholas cumpliera un contrato firmado entre hombres que ni siquiera se habían planteado si las dos personas implicadas se amaban o no. El amor que sentía por él le exigía mucho más. Y la ausencia de amor que él sentía por ella la obligaba a liberarlo
Noche de amor con el jeque-Argumento
Argumento:
¿Accedería el orgulloso jeque a celebrar la noche de bodas aunque la boda se cancelara?Miley ansiaba consumar su relación con el príncipe heredero Nicholas tras casarse con él.
Inocentemente, anhelaba que su prometido la esperara, como ella lo esperaba a él.
Pero unas comprometedoras fotografías sacadas por unos paparazis acabaron con sus sueños de
juventud. Miley no estaba dispuesta a convertirse en la mujer de Nicholas por obligación, ni
someterse a un matrimonio sin amor. Romper… pero no sin imponer una condición.
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