lunes, 3 de febrero de 2014

Para Siempre-Capitulo 16

Capitulo 16

La tarea de seleccionar los mejores entre el número creciente de pretendientes de Miley, con el fin de preparar una lista, le resultó a Charles mucho más difícil que la última vez. Al final de la semana siguiente, la casa de Upper Brook Street estaba invadida de ramos de flores que traían un desfile de ansiosos caballeros, todos ellos deseosos de conseguir sus favores.
Incluso el elegante francés, el marqués de Salle, cayó bajo su hechizo, no a pesar de la barrera del lenguaje, sino debido a ella. Apareció en la casa un día en compañía de su amigo, el barón Arnoff, y otro amigo que se había detenido a hacerle una visita matutina a Miley.
—Su francés es excelente —mintió el marqués con una galantería engolada y absurda mientras cambiaba sabiamente al inglés y se sentaba en la silla que le indicaban.
Miley lo miró y se rió incrédula.
—Es malísimo —declaró compungida—. Los tonos nasales que se usan en francés me parecen casi tan difíciles de imitar como los tonos guturales usados por los apaches.
—¿Apache? —inquirió educadamente—. ¿Qué es eso?
—Es el idioma que habla una tribu de indios americanos.
—¿Salvajes americanos? —repitió el barón ruso, un legendario jinete del ejército ruso. Su expresión de aburrimiento cambió por otra de interés—. He oído decir que esos salvajes son extraordinarios jinetes. ¿Es cierto?
—Solo he conocido a un indio, barón Arnoff, y era muy viejo y educado, nada salvaje. Mi padre lo encontró en el bosque y lo trajo a casa para devolverle la salud. Se llamaba Río Raudo y era una especie de ayudante de mi padre. Sin embargo, respondiendo a su pregunta, aunque solo era medio apache, era un magnífico jinete. Yo tenía doce años cuando lo vi por primera vez demostrar sus habilidades y me quedé sin habla, maravillada. No usaba silla y...
—¡Sin silla! —exclamó el barón.
Miley negó con la cabeza.
—Los apaches no la usan.
—¿Y qué tipo de habilidades tenía? —preguntó el marqués, más interesado en su embriagador rostro que en sus palabras.
—Una vez. Río Raudo me hizo colocar un pañuelo en medio de un campo; luego cabalgó hacia él a galope tendido. Cuando casi estaba allí, soltó las riendas del todo, se inclinó hacia un lado y cogió el pañuelo mientras el caballo aún corría. También me enseñó a hacerlo —admitió, riendo.
Impresionado, el barón dijo:
—Tendría que verlo para creerlo. Supongo que no podrá demostrarme cómo se hace.
—No, lo siento. El caballo debe estar entrenado primero al estilo apache.
—Tal vez pudiera enseñarme una palabra o dos en apache —le pinchó el marqués con una sonrisa persuasiva— y yo podría enseñarle francés.
—Su oferta es muy amable —respondió Miley—, pero no sería justa, pues yo tengo mucho que aprender y poco que enseñar. Recuerdo muy pocas palabras de las que me enseñó Río Raudo.
—¿Podría enseñarme una frase? —la incitó, sonriendo ante sus ojos centelleantes.
—No, realmente...
—Insisto.
—Muy bien —capituló Miley con un suspiro—, si insiste. —Pronunció una frase con tonos guturales y miró al marqués—. Ahora, intente repetirla.
El marqués la captó a la perfección al segundo intento y sonrió de placer.
—¿Qué significa? —le preguntó—. ¿Qué he dicho?
—Dijo —respondió Miley con una mirada de disculpa—: ese hombre está pisando mi águila.
—Pisando mí.... —El marqués, el barón y todos los demás que se encontraban reunidos en el salón dorado se mondaron de la risa.
Al día siguiente, el barón ruso y el marqués francés regresaron para unirse a las filas de los pretendientes de Miley, aumentando inmensamente su prestigio e incrementando su popularidad.
Doquiera que se encontrara Miley en la casa, había risas y el sonido de una animada alegría. Sin embargo, en el resto de la casa había una tensión amenazadora y tensa que partía de lord Fielding y extendía sus tentáculos alrededor de todos los demás. A medida que pasaban las semanas y el número de pretendientes de Miley se duplicaba y reduplicaba, el humor de Nicholas pasaba de amenazador a asesino. Allí donde fuera, veía algo que le molestaba. Reprendió a la cocinera por preparar su comida favorita demasiado a menudo, castigó a una doncella porque encontró una mota de polvo en la barandilla, amenazó con despedir a un criado que había perdido un botón de la chaqueta.
En el pasado lord Fielding había sido un amo exigente y riguroso, pero también era razonable. Ahora, nada parecía satisfacerle y cualquier criado que se cruzase en su camino podía ser objeto del azote de su lengua cáustica. Por desgracia, cuanto más imposible se volvía, más rápida y esforzadamente trabajaban ellos y más nerviosos y torpes les ponía.
En otro tiempo sus casas se gobernaban de manera tan eficiente como máquinas bien engrasadas. Ahora los criados andaban a toda prisa, chocaban unos con otros en un apuro desesperado por completar sus tareas y evitar la ira inflamada de su amo. Como resultado del nervioso frenesí, un inestimable jarrón chino se cayó, se derramó un cubo de agua sobre la alfombra Aubusson del comedor y el caos general reinaba por toda la casa.
Miley era consciente de la tensión entre el personal, pero cuando con mucha cautela intentaba abordar el tema con Nicholas, este la acusaba de «intentar incitar la insurrección», luego lanzaba una airada diatriba sobre el ruido que sus visitas hacían mientras intentaba trabajar y el nauseabundo olor de las flores que le compraban.
Por dos veces Charles intentó discutir la segunda lista de pretendientes con él, solo para ser echado del estudio con cajas destempladas.
Cuando el propio Northrup recibió una severa reprimenda de Nicholas, toda la casa empezó a resquebrajarse de aterrorizada tensión. Todo acabó bruscamente al final de una tarde, al cabo de cinco semanas de la presentación en sociedad de Miley. Nicholas estaba trabajando en su estudio y llamó a Northrup, que se disponía a arreglar en un jarrón un ramo de flores recién llegado para Miley.
En lugar de hacer esperar a su malhumorado amo, Northrup corrió al estudio con el ramo en la mano.
—¿Sí, milord? —inquirió con aprensión.
—¡Qué bonito! —se burló Nicholas sarcástico—. ¿Más flores? ¿Para mí? —antes de que Northrup pudiera responder, Nicholas dijo de malos modos—: ¡Toda la maldita casa apesta a flores! Deshágase de ese ramo, dígale a Miley que quiero verla y tráigame esa maldita invitación para el asunto de Frigleys de esta noche. No recuerdo a qué hora empieza. Luego dígale a mi valet que me saque un traje de etiqueta para ir, a la hora que sea. ¿Bien? —le espetó— ¿A qué está esperando? ¡Muévase!
—Sí, milord. Enseguida.
Northrup salió corriendo al pasillo y chocó con O’Malley, a quien Nicholas acababa de reprender por no haber lustrado bien las botas.
—Nunca lo había visto así —susurró O’Malley a Northrup, que estaba poniendo el ramo en un jarrón antes de ir a buscar a lady Miley—. Su señoría me pidió té y luego me gritó porque debía haberle llevado café.
—Su señoría —comentó con altivez Northrup— no bebe té.
—Se lo dije cuando me lo pidió —respondió amargamente O’Malley—, y me dijo que era un insolente.
—Lo eres —replicó Northrup, fomentando la animadversión que desde hacía veinte años existía entre él y aquel criado irlandés. Tras dedicar una sonrisita de suficiencia a O’Malley, Northrup se alejó.
En el pequeño salón. Miley observaba con la mirada perdida la carta que acababa de recibir de la señora Bainbridge y las palabras se le borraban ante sus ardorosos ojos.

... no consigo encontrar un modo discreto de decirte que Andrew se ha casado con su prima en Suiza. Intenté advertirte de este probable acontecimiento antes de que te fueras a Inglaterra, pero preferiste no creerlo. Ahora que debes aceptarlo, te sugiero que busques un mando más adecuado para una muchacha de tu situación.

—¡No! ¡Por favor! —susurró Miley mientras todos sus sueños y esperanzas se hacían añicos y caían a sus pies, junto con su fe en todos los hombres. En su mente vio el atractivo y risueño rostro de Andrew cabalgando a su lado: «Nadie cabalga como tú, Miley...». Recordó su primer beso largo, el día de su decimosexto cumpleaños: «Si fueras mayor —le había susurrado con voz ronca—, te daría un anillo en lugar de una pulsera...».
—¡Mentiroso! —murmuró entrecortadamente—. ¡Mentiroso!
Lágrimas amargas anegaban sus ojos y se derramaban por sus mejillas, cayendo lentamente sobre el papel.
Northrup entró en el salón y canturreó:
—Lord Fielding desea verla en su estudio, milady, y lord Crowley acaba de llegar. Pregunta si le podría deparar...
La voz de Northrup se detuvo en un conmovido silencio mientras Miley levantaba sus encantadores y azules ojos llenos de lágrimas hacia los suyos; luego se puso de pie, tapándose la cara con las manos y pasó a su lado a toda velocidad. Se le escapó un sollozo grave y angustiado mientras corría por el pasillo y luego subía la escalera.
La mirada alarmada de Northrup la siguió por la larga escalera y luego automáticamente se inclinó y recogió la carta que se le había caído del regazo. A diferencia de los demás criados, que solo oían fragmentos de la conversación familiar, Northrup conocía mucho más, y nunca había creído, como creía el resto del personal, que lady Miley fuera a casarse con lord Fielding. Además, le había oído decir varias veces que tenía intenciones de casarse con un caballero de América.
Aguijoneado por una sensación de alarma, no de curiosidad, echó una mirada a la carta para ver qué noticia funesta había llegado para provocarle tan desgarradora aflicción. La leyó y cerró los ojos compartiendo su pena.
—¡Northrup! —atronó lord Fielding desde su estudio.
Como un autómata, Northrup obedeció las órdenes.
—¿Le ha dicho a Miley que quiero verla? —exigió Nicholas—. ¿Qué lleva ahí?, ¿es la nota de lady Frigley? Démela a mí —Nicholas tendió la mano entornando los ojos con impaciencia mientras el envarado mayordomo caminaba despacio, muy despacio, hacia su escritorio—. ¿Qué diablos le pasa? —preguntó quitándole la carta de la mano del criado—. ¿Qué son esas manchas?
—Lágrimas —aclaró Northrup, tieso y envarado, evitando sus ojos y centrándose en la pared.
—¿Lágrimas? —repitió Nicholas, entornando más los ojos ante las palabras confuso—. Esto no es la invitación, es... —El silencio llenaba la habitación mientras Nicholas por fin se daba cuenta de lo que estaba leyendo y respiraba hondo. Cuando acabó, Nicholas levantó su iracunda mirada hacia Northrup—. Ha hecho que su madre le diga que se ha casado con otra. ¡Ese débil hijo de pu/ta!
Northrup tragó saliva.
—Yo siento lo mismo —dijo con voz ronca.
Por primera vez en casi un mes, la voz de Nicholas carecía siquiera de un ápice de rabia.
—Iré a hablar con ella —anunció.
Empujó la silla hacia atrás y subió al dormitorio de Miley.
Como de costumbre, no respondió a su llamada, como de costumbre, Nicholas se tomó la libertad de entrar sin su permiso. En lugar de llorar sobre su almohada, Miley estaba mirando por la ventana, con la cara mortalmente pálida, los hombros tan tiesos que Nicholas casi podía sentir su doloroso esfuerzo por mantenerse erguida. Cerró la puerta detrás de él y vaciló, esperando que ella le dirigiera una de sus habituales reprimendas por entrar en su habitación sin ser invitado, pero cuando por fin habló, lo hizo con voz alarmantemente serena e impasible.
—Por favor, vete.
Nicholas no le hizo caso y fue hacia ella.
—Miley, lo siento... —empezó, pero se detuvo ante el destello de rabia que vio en sus ojos.
—¡Apuesto a que sí! Pero no te preocupes, milord, no tengo intenciones de quedarme aquí y seguir siendo una carga para ti.
Avanzó hacia ella, con la intención de abrazarla, pero Miley retrocedió de un salto como accionada por un resorte.
—¡No me toques! —susurró—. ¡No te atrevas a tocarme! No quiero que me toque ningún hombre y menos tú. —Respiró honda y temblorosamente, luchando obviamente por conservar el control, y luego continuó de forma entrecortada—. He estado pensando sobre cómo puedo cuidar de mí misma. Yo... Yo no soy tan inútil como crees —afirmó con orgullo—. Soy una excelente modista. Madame Dumosse, que hizo mis vestidos, mencionó más de una vez lo difícil que es encontrar trabajadoras aptas. Tal vez pueda darme trabajo...
—¡No seas ridícula! —espetó Nicholas, furioso consigo mismo por haberle dicho que era una inútil cuando llegó por primera vez a Wakefield y furioso con ella por echárselo en cara ahora, cuando él deseaba consolarla.
—¡Oh, pero es que soy ridícula! —exclamó con voz ahogada—. Soy una condesa sin un céntimo, ni casa, ni orgullo. Ni siquiera sé si soy lo bastante lista con la aguja como para...
—¡Basta! —la interrumpió tensamente Nicholas —. No te permitiré que trabajes como una vulgar modistilla y no se hable más. —Como se disponía a objetar, Nicholas la cortó—. ¿Así es como corresponderías a mi hospitalidad, humillando a Charles y humillándome a mí delante de todo Londres?
Miley se vino abajo y negó con la cabeza.
—Bien. Entonces no quiero oír más tonterías sobre trabajar para madame Dumosse.
—Entonces, ¿qué voy a hacer? —susurró buscando los ojos de Nicholas con los suyos llenos de dolor.
Una peculiar emoción parpadeó en los rasgos de Nicholas y su mandíbula se tensó como si estuviera reteniéndose para evitar decir algo.
—Haz lo que siempre hacen las mujeres —respondió con aspereza después de una larga pausa—. Casarse con un hombre que pueda proporcionarte el modo de vida al que empiezas a acostumbrarte. Charles ya ha recibido media docena de cartas pidiendo tu mano. Cásate con uno de esos hombres.
—No quiero casarme con alguien a quien no ame en absoluto —replicó Miley recuperando brevemente los ánimos.
—Cambiarás de opinión —pronosticó Nicholas con fría certidumbre.
—Tal vez lo haga —admitió Miley destrozada—. Querer a alguien duele demasiado, porque luego te traicionan y... ¡Oh, Nicholas, dime qué tengo de malo! —le pidió abriendo sus grandes ojos heridos y suplicantes—. Tú me odias y Andrew...
La contención de Nicholas se rompió. La abrazó y la apretó fuerte contra su pecho.
—No tienes nada de malo —susurró acariciándole el cabello—. Andrew es un débil est/úpido. Y yo soy aún más est/úpido.
—Andrew quiere a otra más que a mí —lloró Miley en sus brazos—. Y duele mucho saberlo.
Nicholas cerró los ojos y tragó saliva.
—Lo sé.
Miley le empapó la pechera de la camisa con sus lágrimas calientes y estas a su vez empezaron a derretir el hielo que durante años rodeaba el corazón de Nicholas.
Abrazando protector a Miley, esperó hasta que por fin cesó su llanto, luego pegó los labios a su sien y le dijo bajito:
—¿Recuerdas cuando en Wakefíeld me preguntaste si podíamos ser amigos?
Miley asintió, rozando sin pensar la mejilla contra su pecho.
—Eso me gustaría mucho —murmuró Nicholas con voz ronca—. ¿Me darías una segunda oportunidad?
Levantando la cabeza. Miley lo observó con recelo. Luego asintió.
—Gracias —dijo con una sonrisa apenas esbozada.

Para Siempre-Capitulo 15

Capitulo 15



—No he visto a una joven causar tanto revuelo desde que Caroline hizo su presentación —reconoció Robert Collingwood sonriendo a Nicholas mientras contemplaban a Miley en un baile, una semana más tarde—. Está en boca de toda la ciudad. ¿Es cierto que le dijo a Roddy Carstairs que podía vencerlo con su propia pistola?
—No —respondió Nicholas tajante—. Le dijo que si le hacía otra proposición indecorosa le pegaría un tiro y si fallaba, le soltaría a Lobo. Y si Lobo no acababa el trabajo, tenía toda la fe en que yo lo hiciera —Nicholas se echó a reír y sacudió la cabeza—. Es la primera vez que me nombran para el papel de héroe. Sin embargo, me sentí un poco frustrado por ser la segunda opción, después del perro.
Robert Collingwood le dirigió una extraña mirada, pero Nicholas no lo notó. Estaba observando a Miley. Rodeada casi por completo de pretendientes que rivalizaban por su atención, ella se hallaba serenamente en medio, como una reina de cabello rojizo a la que sus súbditos adoradores le rinden pleitesía. Envuelta en un vestido de satén azul hielo a juego con sus guantes largos hasta el codo y el cabello derramándose en una suntuosa cascada sobre los hombros, dominaba todo el baile con su encantadora presencia.
Al observarla, notó que lord Warren merodeaba a su alrededor, bajando la vista hacia el escote redondeado y amplio del corpiño de su vestido. Nicholas palideció de ira.
—Discúlpame —pidió tensamente a Robert—. Warren y yo vamos a tener una pequeña charla.
Era la primera de las diversas ocasiones que se producirían durante la quincena siguiente en que la buena sociedad londinense contemplaría el asombroso espectáculo del marqués de Wakefíeld bajando en picado como un halcón furioso sobre algún pretendiente ansioso, cuyas atenciones hacia lady Miley eran demasiado notorias.


Tres semanas después de la presentación en sociedad de Miley, Charles entró en el estudio de Nicholas.
—He hecho la lista de candidatos para marido de Miley que querías revisar —anunció con la voz de quien ha sido obligado a realizar una tarea repugnante y ahora desea acabar con ella—. Me gustaría repasarla contigo.
Nicholas levantó la mirada del informe que estaba leyendo, entornó los ojos sobre la hoja de papel que Charles llevaba en la mano.
—En este momento estoy ocupado.
—Sin embargo, me gustaría acabar con esto. Prepararlo me ha resultado singularmente desagradable. He elegido varios candidatos aceptables, pero la tarea no ha sido fácil.
—Estoy seguro de que no —convino sardónicamente Nicholas—. Todos los pisaverdes (presumidos) y tontos de Londres han estado siguiéndole el rastro —y diciendo esto, Nicholas volvió a centrar su atención en el informe—. Adelante, lee los nombres, si te empeñas.
Arrugando el ceño, sorprendido ante la actitud despreciativa de Nicholas, Charles se sentó frente al escritorio y se puso las gafas.
—Primero, está ese joven lord Crowley, que ya me ha pedido permiso para cortejarla.
—No, demasiado impulsivo —decretó llanamente Nicholas.
—¿Qué te hace decir eso? —preguntó Charles con una mirada perpleja.
—Crowley no conoce lo bastante a Miley como para querer «cortejarla», tal como acabas de enunciar de forma pintoresca.
—No seas ridículo. Los primeros cuatro hombres de esta lista ya me han pedido permiso para lo mismo, siempre y cuando tu pretensión sobre ella no sea irrompible.
—No a los cuatro, por la misma razón —proclamó Nicholas de manera cortante, recostándose en su silla, absorto en el informe que tenía entre manos—. ¿Quién es el siguiente?
—El amigo de Crowley, lord Wiltshire.
—Demasiado joven. ¿Quién es el siguiente?
—Arthur Landcaster.
—Demasiado bajo —sentenció crípticamente Nicholas—. ¿Siguiente?
—William Rogers —le replicó Charles con voz desafiante—, y es alto, conservador, maduro, inteligente y guapo. También es el heredero de una de las mejores propiedades de Inglaterra. Creo que sería muy bueno para Miley.
—No.
—¿No? —estalló Charles—. ¿Por qué no?
—No me gusta el modo en que Rogers monta a caballo.
—No te gusta... —Charles se mordió la lengua, enojado e incrédulo; luego miró el rostro implacable de Nicholas y suspiró—. Muy bien, el último nombre de mi lista es lord Terrance. Monta a caballo extraordinariamente bien, además de ser un tipo excelente. También es alto, guapo, inteligente y rico. Ahora —concluyó triunfante—, ¿qué defecto le encuentras?
La mandíbula de Nicholas se tensó ominosamente.
—No me gusta.
—¡Tú no tienes que casarte con él! —gritó Charles, alzando la voz.
Nicholas se incorporó violentamente en la silla y dio un manotazo en la mesa.
—He dicho que no me gusta —repitió con los dientes apretados—. Y basta.
En el rostro de Charles, la rabia dio paso a la sorpresa, luego a una sonrisa amarga.
—No la quieres, pero tampoco quieres que nadie más la tenga... ¿es eso?
—Exacto —respondió Nicholas con acritud—. No la quiero.
La voz grave y furiosa de Miley resonó en el umbral a sus espaldas.
—¡Yo tampoco te quiero a ti!
Ambos hombres volvieron la cabeza, pero al entrar, sus magníficos ojos azules estaban dirigidos exclusivamente hacia el rostro impasible de Nicholas. Apoyó las palmas de las manos sobre la mesa con el pecho palpitante de furioso dolor.
—¡Como estás tan preocupado en librarte de mí si Andrew no viene a buscarme, me esforzaré en encontrarle algunos sustitutos, pero tú nunca serás uno de ellos! No vales ni una décima parte que él. ¡Andrew es amable y cariñoso y bueno, mientras que tú eres frío, cínico y presuntuoso y... y un bastardo!
La palabra «bastardo» despertó la furia en los ojos de Nicholas.
—Si yo fuera tú —se vengó en voz baja y salvaje—, empezaría a buscar esos sustitutos, porque el bueno de Andrew no te quiere más que yo.
Más humillada de lo que podía soportar, Miley giró sobre sus talones y salió a grandes zancadas de la habitación, con solo una idea en la mente: de algún modo iba a demostrar a Nicholas Fielding que otros hombres sí la querían. Y nunca, nunca más, iba a permitirse volver a confiar en él. En las últimas semanas, había creído confiadamente que eran amigos. Incluso había pensado que le gustaba. Recordó el insulto que le acababa de dirigir y su humillación se redobló. ¡Cómo podía permitirle que le provocara hasta el punto de insultarle!
Cuando se hubo ido. Charles se dirigió a Nicholas.
—Felicidades —dijo amargamente—. Querías que te despreciase desde el día en que llegó a Wakefíeld y ahora sé por qué. He estado observando cómo la miras cuando crees que nadie te ve. La quieres y temes que en un momento de debilidad le pidas que se cas...
—¡Ya es suficiente!
—La quieres —continuó Charles furioso—, la quieres y te preocupas por ella y te odias a ti mismo por esa debilidad. Bien, ahora no tienes que preocuparte; la has humillado tanto que nunca te lo perdonará. Ambos tenéis razón. Tú eres un bastardo y Andrew no va a venir a buscarla. Deléitate, Nicholas. No tendrás que preocuparte por las debilidades nunca más. Te odiará aún más en cuanto se percate de que Andrew no viene. Disfruta de tu triunfo.
Nicholas cogió el informe que había estado leyendo antes, con expresión glacial.
—Haz otra lista durante la semana que viene y tráemela.



Para Siempre-Capitulo 14

Capitulo 14


La predicción de Robert sobre el éxito de Miley se hizo realidad. Al día siguiente al baile, doce caballeros y siete jóvenes damas acudieron para invitar a lady Miley, presionándola para que aceptara y suplicándole que les dejara ver a Lobo más de cerca. Northrup estaba en la gloria, acompañando a las visitas a un salón o a otro y dando instrucciones a los criados de que llevaran bandejas de té a los diversos salones.
Cuando se sirvió la cena a las nueve en punto, Miley estaba demasiado exhausta para pensar en acudir a ningún baile nocturno o a ninguna de las soirées a los que le habían invitado sus visitas. La noche anterior se había acostado al alba y apenas podía mantener los ojos abiertos mientras comía despreocupadamente el postre. Por otro lado, Nicholas parecía tan fresco y vital como de costumbre, a pesar de haber trabajado en su estudio toda la tarde.
—Miley, tuviste un éxito extraordinario anoche —comentó cambiando su atención de Charles a ella—. Es obvio que Crowley y Wiltshire ya están perdidamente enamorados de ti. También lord Makepeace, y se le considera el mejor partido de la temporada.
Sus ojos somnolientos fueron asaltados por la risa.
—¡Esa expresión en particular me trae a la mente un halibut!
Al cabo de un momento se excusó para irse dormir. Nicholas le deseó las buenas noches, con una sonrisa persistente en los labios ante su ocurrencia. Podía iluminar una habitación con su sonrisa, aunque estuviera adormilada. Bajo su inocente sofisticación, había dulzura e inteligencia también. Nicholas apuró su brandy, recordando el modo en que había cautivado a la buena sociedad la noche anterior con su belleza y su risa. Se había ganado a Northrup por completo interpretando a Mozart especialmente para él. Cuando acabó, el anciano mayordomo tenía lágrimas en los ojos. Luego había mandando llamar a O’Malley y había interpretado una animada giga irlandesa para él. Al final, una docena de criados se había reunido fuera del estudio, merodeando para escuchar a escondidas su improvisado concierto. En lugar de ordenarles que se dispersaran y se ocuparan de sus obligaciones —como Nicholas había estado a punto de hacer—, Miley se volvió hacia ellos y les preguntó si tenían alguna pieza favorita que desearan que interpretara. Sabía todos sus nombres, les preguntó sobre su salud y sus familias. Y aunque era obvio que estaba cansada, siguió tocando el piano durante más de una hora.
Nicholas se dio cuenta de que todos le tenían mucho cariño. Los criados sonreían y hacían lo imposible para complacerla. Las doncellas se apresuraban a hacer su menor encargo. Y Miley les daba gentilmente las gracias por cada servicio que le prestaban. Tenía mano para la gente; podía ganarse a barones y mayordomos con la misma facilidad, tal vez porque los trataba a ambos con el mismo interés sincero y sonriente.
Nicholas daba vueltas, distraído, a la copa de brandy. Sin ella, el estudio de repente pareció sombrío y vacío. Sin percatarse de que Charles lo estaba mirando con un centelleo de satisfacción en los ojos, Nicholas siguió sentado, frunciendo el ceño ante la silla que Miley había dejado vacía.
—Es una mujer extraordinaria, ¿verdad? —le incitó Charles finalmente.
—Sí.
—Deslumbrantemente hermosa e inteligente por si fuera poco. ¡Te has reído más desde que Miley vino a Inglaterra que lo que te he visto reírte en un año! No lo niegues, la muchacha es única.
—No lo niego —respondió Nicholas, recordando su intrigante habilidad para parecer una condesa, una lechera, una niña abandonada o una mujer sofisticada, según su humor y el entorno.
—Es encantadora e inocente, pero también tiene mucho carácter y ardor. El hombre adecuado podría convertir a Miley en una mujer apasionada y amante, una mujer que caliente su cama y su vida. —Charles hizo una pausa, pero Nicholas no dijo nada—. Su Andrew no tiene intención de casarse con ella —continuó intencionadamente—. No me cabe duda de ello. Si la tuviera, ya se habría puesto en contacto con ella.
Volvió a hacer otra pausa, pero Nicholas no dijo nada.
—Me da más pena ese Andrew que Miley—añadió Charles con astuta determinación—. Me da pena cualquier hombre lo bastante idi/ota para ignorar la única mujer en un millar que podría hacerle realmente feliz. Nicholas —solicitó Charles—. ¿Me estás prestando atención?
Nicholas le dirigió una mirada impaciente y desconcertada.
—He oído todo lo que has dicho. ¿Qué tiene todo esto que ver conmigo?
—¿Qué tiene todo...? —repitió Charles frustrado. Se contuvo y prosiguió con más cautela—. Tiene todo que ver contigo y conmigo también. Miley es una mujer joven y soltera. Incluso con la señorita Flossie aquí como carabina. Miley no puede seguir viviendo indefinidamente en una casa con un soltero, y otro soltero que se pasa todo el día aquí. Si seguimos así más de unas pocas semanas, la gente supondrá que el compromiso es un embuste y que en realidad es otra de tus conquistas. Cuando eso suceda, la ignorarán. Y tú no quieres causarle esa humillación, ¿verdad?
—Claro que no —respondió Nicholas ausente, mirando el brandy de su copa.
—Entonces solo hay una solución, tiene que casarse y rápido —esperó, pero Nicholas permanecía en silencio—. ¿No crees, Nicholas? —le instó.
—Supongo que sí.
—Entonces, ¿con quién tiene que casarse, Nicholas? —preguntó Charles triunfante—. ¿Quién puede convertirla en una mujer amante y apasionada? ¿Quién necesita una esposa que le caliente la cama y le dé un heredero?
Nicholas se encogió de hombros, irritado.
—¿Cómo demonios voy a saberlo? No soy el casamentero de la familia, ese eres tú.
Charles le clavó la mirada.
—¿Quieres decir que no se te ocurre quién es el hombre con quien debe casarse?
Nicholas se acercó la copa de brandy a los labios y rápidamente la vació, luego dejó la copa en la mesa con un topetazo decidido y bruscamente se levantó.
—Miley sabe cantar, tocar el piano, hacer reverencias y coser —resumió con decisión—. Encuentra un hombre con buen oído para la música, buen ojo para la belleza y que le gusten los perros. Pero asegúrate de que tiene un carácter apacible, porque de otro modo la sacará de quicio. Tan simple como eso.
Como Charles se quedó mirándolo con la boca abierta, Nicholas dijo con impaciencia:
—Tengo seis casas que dirigir, una flota de barcos de la que seguir el rastro y cientos de detalles en los que concentrarme. Yo me ocuparé de esas cosas, tú te ocuparás de encontrar un marido para Miley. Cooperaré acompañándola a algunos bailes y veladas durante una semana o dos. Ya ha causado sensación. Solo con su presencia en algunas funciones más de la ciudad, tendrá tantos pretendientes que no sabrás qué hacer con ellos. Examínales cuando vengan a buscarla y haz una lista de los candidatos más apropiados. Yo supervisaré la lista y elegiré uno.
Charles abatió los hombros en cansada derrota.
—Como quieras.


Para Siempre-Capitulo 13

Capitulo 13



—Ya ha llegado casi todo el mundo —balbuceó la señorita Flossie, nerviosa, mientras Ruth acababa de dar los últimos toques al peinado de Miley—. Ha llegado el momento en que hagas tu gran entrada, querida.
Miley se levantó obediente, pero le temblaban las rodillas.
—Preferiría quedarme en la línea de recepción con el tío Charles y lord Fielding, así podría conocer a los invitados por separado, y me pondría mucho menos nerviosa.
—Pero no es tan efectivo —explicó airosa la señorita Flossie.
Miley echó una última mirada crítica a su reflejo, aceptó el abanico que Ruth le ofreció y se recogió la falda.
—Estoy preparada —anunció con voz trémula.
Al cruzar el descansillo, Miley se detuvo para mirar abajo hacia el vestíbulo, que se había convertido en un maravilloso jardín de flores en honor al baile, con macetas gigantes de helechos etéreos y enormes cestas de rosas blancas. Entonces respiró hondo, nerviosa, y subió la escalera de caracol que conducía hacia el próximo piso, donde se había dispuesto la sala de baile. Criados vestidos con librea formal de terciopelo verde y galones dorados formaban atentos a lo largo de la escalera junto a elevados pedestales plateados con más rosas blancas. Miley sonrió a los criados que conocía y saludó educadamente con la cabeza a los demás. O’Malley, el jefe de los criados, estaba situado en lo alto de la escalera y Mileyle preguntó en voz baja:
—¿Le ha molestado la muela? No deje de decírmelo si le vuelve a doler... no me cuesta nada curar otro dolor de muelas.
Le sonrió con abierta devoción.
—No me ha molestado más desde que me curó la última vez, milady.
—Muy bien, pero no intente aguantar si le vuelve a doler.
—No, milady.
Aguardó hasta que Miley dobló la esquina, luego se volvió hacia el criado que estaba a su lado.
—Es magnífica, ¿verdad?
—Una dama de los pies a la cabeza —convino el otro criado—. Tal como usted dijo que era desde el comienzo.
—Nos alegrará la vida a todos —predijo O’Malley—, y al amo también, cuando le caliente la cama. Le dará un heredero; eso le hará feliz.
Northrup estaba apostado en el balcón, supervisando la sala de baile, con la espalda tiesa como un palo, presto a anunciar los nombres de los últimos invitados que llegaban y pasaban bajo el portal de mármol. Miley se acercó con piernas que parecían de mantequilla.
—Déme un momento para tomar aliento —le suplicó—. Luego podrá anunciar nuestros nombres. Estoy terriblemente nerviosa —le confió.
Casi una sonrisa, aunque no completa, rompió su severo semblante mientras su ojo experto miraba de reojo a la despampanante joven que tenía a su lado.
—Mientras toma aliento, milady, ¿puedo decirle lo mucho que me gustó su interpretación de la sonata de piano en fa menor de Beethoven ayer por la tarde? Personalmente es mi favorita.
Miley estuvo tan complacida y tan perpleja ante aquella inesperada cordialidad del austero criado, que casi se olvidó de la multitud bulliciosa y sonriente del baile que se celebraba abajo.
—Gracias —dijo, sonriendo amablemente—. ¿Y cuál es su pieza favorita?
Parecía conmovido por su interés, pero se lo dijo.
—Mañana la tocaré para usted —le prometió con dulzura.
—¡Es usted muy amable, milady! —respondió con cara adusta y una reverencia formal. Pero cuando se volvió para anunciar su nombre, la voz de Northrup rezumaba orgullo.
—Lady Miley Seaton, condesa Langston —anunció— y la señorita Florense Wilson.
Un relámpago de expectación pareció golpear a la multitud, que interrumpió las conversaciones y cesaron las risas mientras unos quinientos invitados se volvían casi al unísono para ver por primera vez a la muchacha nacida en América que ahora llevaba el título de su madre y que pronto recibiría otro título aún más codiciado de Nicholas, lord Fielding.
Vieron una diosa exótica, de cabellos bermejos, envuelta en un vestido resplandeciente de estilo griego y seda color zafiro que hacía juego con sus luminosos ojos y se adaptaba a cada curva de su esbelto y voluptuoso cuerpo. Guantes largos enfundaban sus brazos y su lustroso cabello estaba recogido en una masa de espesos y radiantes rizos, entreverados con tiras de zafiros y diamantes. Vieron una cara de inolvidable belleza con pómulos salientes y delicadamente modelados, una nariz perfecta, labios generosos y una minúscula e intrigante marca en el centro de la barbilla.
Nadie al mirarla habría creído que las rodillas de la regia y joven belleza temblaban de pánico.
El mar de rostros sin nombre que la miraban mientras descendía los escalones parecía separarse y Nicholas avanzó de repente éntrela multitud. Le tendió la mano y Miley colocó automáticamente la suya en ella, pero los ojos que levantó hacia él estaban muy abiertos de miedo.
Inclinándose como si le murmurase algún cumplido íntimo, Nicholas dijo:
—Estás muerta de miedo, ¿verdad? ¿Quieres que empiece ahora con los cientos de presentaciones o preferirías bailar conmigo y dejarles que acaben de echarte un concienzudo repaso mientras tanto?
—¡Qué alternativa! —Susurró Miley ahogando una risa.
—Diré que empiece la música —decidió sabiamente Nicholas, e hizo una seña a los músicos con la cabeza. La guió hasta la pista de baile y la cogió en los brazos mientras los músicos empezaban un dramático vals—. ¿Sabes bailar el vals? —preguntó de repente.
—¡Vaya momento para preguntarlo! —comentó sonriente, al borde de la histeria nerviosa.
—¡Miley! —exclamó Nicholas severamente, pero con una espléndida sonrisa dirigida al público que los observaba—, tú eres la mismísima mujer que amenazaba fríamente con volarme los sesos con un arma. No te atrevas a acobardarte ahora.
—No, milord —respondió, intentando desesperadamente seguirle mientras empezaba a guiarle a través de los primeros pasos del vals.
Bailaba el vals, pensó ella, con la misma elegancia relajada con la que vestía su traje de etiqueta negro de corte soberbio.
De repente, ciñó los brazos a la cintura de Miley, forzándola a una proximidad con su poderoso cuerpo que le ponía nerviosa y Nicholas le advirtió en voz baja:
—Es costumbre que una pareja mantenga algún tipo de conversación o flirteo inocente cuando bailan, para que los espectadores no noten que los dos se desagradan.
Miley le contempló, con la boca tan seca como el serrín.
—¡Dime algo, maldita sea!
La maldición, pronunciada con tan centelleante y atenta sonrisa, produjo en ella una sonrisa involuntaria y temporalmente se olvidó del público. Intentó hacer lo que le pedía y dijo lo primero que se le ocurrió.
—Bailas muy bien el vals, milord.
Nicholas se relajó y le devolvió la sonrisa.
—Eso es lo que se supone que debía de decirte yo.
—Vosotros los ingleses tenéis reglas para gobernarlo absolutamente todo —contrarrestó Miley con admirativa burla.
—Sucede que vos sois inglesa, señora —le recordó y luego añadió—: la señorita Flossie te ha enseñado a bailar muy bien el vals. ¿Qué más te ha enseñado?
Algo herida por la suposición de que ella no supiera bailar el vals antes. Miley le dirigió una sonrisa desenvuelta y añadió:
—Debes estar tranquilo y convencido de que ahora poseo, todas las habilidades que los ingleses estiman necesarias en una joven dama refinada y de buena cuna.
—¿Y cuáles son? —inquirió Nicholas, sonriendo por el tono que Miley empleaba.
—Además de tocar el piano, puedo entonar una melodía, bailar un vals sin caerme y bordar con puntadas finas. Además, sé leer en francés y hacer una reverencia en la sala real con gran aplomo. Me parece —observó con una sonrisa impertinente— que en Inglaterra es muy deseable para una mujer ser absolutamente inservible.
Nicholas echó hacia atrás la cabeza y se rió de su observación. Pensó que Miley poseía una sorprendente combinación de contrastes intrigantes, de sofisticación e inocencia, feminidad y valor, exuberante belleza y humor incontenible. Tenía un cuerpo que había sido creado para las manos de un hombre, un par de ojos que podían despertar el deseo, una sonrisa que podía ser risueña o sensual y una boca, una boca que positivamente invitaba a un hombre a besarla.
—Es de mala educación quedarse mirando así —observó Miley, más preocupada en aparentar divertirse que en la dirección de su mirada.
Nicholas apartó la mirada de su boca.
—Lo siento.
—Dijiste que se esperaba que flirteáramos mientras bailábamos —le recordó provocándole—. Yo no tengo ninguna experiencia en eso, ¿y tú?
—Más que suficiente —respondió, admirando el encendido color que realzaba sus pómulos.
—Muy bien, adelante, enséñame cómo se hace.
Sorprendido por la invitación, Nicholas bajó la mirada hacia sus risueños ojos azules y se perdió por un momento en ellos. El deseo recorrió su cuerpo y su brazo automáticamente la acercó más a él.
—No necesitas lecciones —murmuró con voz ronca—. Ahora mismo lo estás haciendo muy bien.
—¿Qué cosa?
Su obvia confusión restauró el juicio de Nicholas y relajó su abrazo.
—En meterte en más problemas de los que nunca has soñado.
En los aledaños, el joven lord Crowley levantó su monóculo e inspeccionó a lady Miley de la cabeza a los pies.
—Exquisita —le comentó a su amigo—. Te lo dije en cuanto le pusimos los ojos encima el día en que llegó a Brook Street. Nunca he visto nada igual a ella. Es divina. Celestial. Un ángel.
—¡Una belleza, una auténtica belleza!—el joven lord Wiltshire coincidió.
—Si no fuera para Wakefield yo mismo la cortejaría —bravuconeó Crowley—. ¡Asediaría sus defensas, lucharía contra sus demás pretendientes y le daría caza!
—Puedes hacerlo —afirmó con gracia lord Wiltshire—, pero para cazarla, necesitarías ser diez veces más viejo y veinte más rico. Aunque, por lo que he oído, eso del matrimonio no está completamente cerrado.
—En ese caso, haré que me la presenten esta noche.
—Yo también —replicó desafiante lord Wiltshire, y ambos se apresuraron a buscar a sus respectivas madres para procurarse las adecuadas presentaciones.
Para Miley, la noche fue un éxito sin igual. Había temido que el resto de la buena sociedad fuera muy parecida a lady Kirby, pero la mayoría parecía recibirla bien en sus exclusivas filas. En realidad, algunos de ellos, en particular los caballeros, fueron casi cómicamente efusivos en sus cumplidos y atenciones. La rodeaban, solicitando presentaciones y bailes, luego se quedaban a su lado, rivalizando por su atención y pidiendo permiso para invitarla. Miley no se tomó nada de esto en serio, sino que los trató a todos con imparcial simpatía.
De vez en cuando sorprendía miradas de Nicholas y se sonreía con cariño. Estaba increíblemente guapo aquella noche con el traje de etiqueta negro que hacía juego con su cabello y contrastaba marcadamente con su camisa blanca de volantes y su sonrisa de marfil. A su lado, los demás hombres parecían pálidos e insignificantes.
Muchas otras damas pensaban lo mismo que ella, se percató Miley cuatro horas más tarde, mientras bailaba con algún otro de sus compañeros. Algunas de estas damas flirteaban descaradamente con él, a pesar de que se suponía que estaba prometido. Con simpatía secreta, observó a una rubia hermosa y sensual que intentaba atraer su atención mirándolo de manera incitante a los ojos, mientras Nicholas se encontraba negligentemente apoyado contra un pilar, con una expresión de aburrida condescendencia en su bronceado rostro.
Hasta aquella noche, Miley había supuesto que solo a ella la trataba con aquella actitud exasperante y burlona, pero observó que Nicholas parecía tratar a todas las mujeres con una fría tolerancia. Sin duda esta actitud era a la que se refería Caroline cuando decía que Nicholas era rudo y tenía actitudes impropias de un caballero. Aun así, las damas se sentían atraídas por él como pequeñas polillas hacia una peligrosa llama. Y por qué no, decidió Miley filosóficamente, observándole librar con delicadeza su brazo de la mano de la rubia y avanzar hacia lord Collingwood. Nicholas era cautivador, irresistible, magnéticamente... viril.
Robert Collingwood miró a Nicholas y movió la cabeza en dirección a los pretendientes de Miley, que se apiñaban alrededor de Flossie Wilson esperando el regreso de Miley de la pista de baile.
—Si intentas casarla con algún otro, Nicholas —le dijo—, no tendrás que esperar demasiado. Está causando furor.
—Bien —respondió Nicholas observando el tropel de pretendientes de Miley y desdeñándolos con un encogimiento de hombros.
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